Oh, Pretty Woman (nada que ver con Julia Roberts)

Hay cosas que son producto de mi imaginación
y que, sin embargo
las he vivido más que otras de mi realidad”

Montero González.
De una entrevista en “Diario de Sevilla”..

 

Estaba siendo un día asqueroso. Otro más. Masticando la derrota. Un francés, cualquiera de ellos, había venido a verla y, por todo comentario, me anunció que llegaría tarde o que, a lo mejor, ni venía. Así estaban las cosas entonces. Podía haberme quedado en casa. Y beber, que es lo que, al parecer, hace casi todo el mundo, pero nunca había sido mi estilo. O refugiarme en la música, que siempre era bálsamo. O llorar en un rincón, como otras veces. Pero preferí echarme a la calle. Un tejano gastado, un jersey viejo y aquellas bambas de cien caminos. Ya me había lamido bastantes las heridas. Aquellas y las anteriores. Y, jodido, me largué a caminar. Sin rumbo. A lo mejor, agotarme era un alivio.

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Cuando, indeciso, llegué a la plaza de Sant Josep Oriol, desde el Carrer de la Palla, no podía ver lo que pasaba en la Plaça del Pi, sobre todo porque estaba sucediendo al pie de la fachada de la basílica de Santa María. Solo se oía, distante, música. Y no podía imaginar lo que allí me aguardaba.

Plena primavera. La lluvia había culminado su retirada. El suelo de la plaza parecía de plata. Y el atardecer estaba dejando paso a un crepúsculo especialmente luminoso. Una gavilla de los últimos rayos de luz enfilaba por el hueco de Cardenal Cassañas e inundaba de claridad la plaza. Ante mis ojos, bajo la portada del templo, aparecía, amenizada por la música, una escena casi costumbrista, una estampa de zíngaros, que podría haber salido, sin ir mas lejos, de un cuadro de Fortuny.

A la izquierda, unos rizos negros, una nariz respingona y una cándida sonrisa esbozaban un rostro que parecía salido de un cuadro de Vermeer. Añadidle el fulgor de dos lumbreras, dos tizones de antracita, iluminando la cara de aquel mocoso precioso. Y, por si fuera poco, en aquellos ojos, un rayo tallando un par de diamantes de una pureza nunca vista. Menuda belleza. ¡No podía ser mas guapo!

Al otro lado del portalón, un varón, a punto de entrar en la treintena, enarbolaba una guitarra destartalada. Si alguien me hubiera susurrado que el músico acababa de afinarla, por decir algo, tras haberla encontrado en un contenedor, hubiera jurado que era cierto. No podía estar más deteriorada. Sucia, rota, vieja. Y creo recordar que sin todas las cuerdas. Pero allí estaba él. Enjuto no, lo siguiente. Flaco como la radiografía de un silbido, con los pies clavados en una de las losas, el rostro famélico y la mirada desafiante, golpeando el cordaje con mano sarmentosa, y agitando el mástil como quien ondea una bandera, sacudiéndole al instrumento sin ningún tipo de consideración auténticos mamporros; mi deficiente inglés no me permitía entender la letra, aunque es posible que no tuviera nada que ver con lo que estaba pasando, pero el riff de la guitarra se estaba clavando una y otra vez en mi corazón. El seguía a lo suyo, prisionero de su música, y deslumbrado, aunque era obvio que no por primera vez, por lo que estaba sucediendo, allí, a su lado; solo un puñado de afortunados teníamos el privilegio de verla.

Porque entre ellos dos, objeto de su embeleso, había una mujer. En el mismísimo centro del espejo bruñido que la lluvia acaba de formar sobre las losas de la plaza. Meciéndose al son de la canción, empuñando, con la fiereza del que empuña una daga, una pandereta, sacada del mismo contenedor que la guitarra, descalza, con las piernas morenas, sucias de vida, oscilando su mínima cintura, con toda la magia del mundo aferrada a aquel talle exiguo, feroz pero delicado. Lo ceñía una falda deshilachada y muy corta, ligeramente acampanada, que ella hacía revolotear como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que ensayar aquel aleteo; un vaivén, acompasado y sensual, un cimbreo en el que se mezclaban a partes iguales, la picardía de mulata caribeña y el duende de gitana del Sacromonte. ¿Sangre hindú? ¿Ancestros árabes? A saber. A pesar de que puse en ello todo mi afán, y la escruté largo rato, no fui capaz de discernirlo. No logré desentrañar su origen. Era, tan solo, pura magia.

Una leve ráfaga de aire agitó su cabello, una melena agreste, orlada de rizos negros, que enmarcaba un rostro que también hubiera podido ser etíope. Toda la belleza del mundo. Y el viento me trajo aromas que, en aquel momento, no reconocí. Luego un leve recuerdo emanado de algún rincón de mi memoria me permitió identificarlos. Aquella mujer olía a frambuesas recién cogidas y a manzanas que han madurado en el árbol.

Cantaba con el sentimiento que brota del desarraigo, con la emoción del apátrida cuando cree que ha podido encontrar un lugar en el mundo, con la sensibilidad que da la fuerza de quien, aunque no tiene nada, sabe de su capacidad de seducir, no en vano intuye que su belleza es una suerte de poder. Respiraba desde el diafragma y su abdomen, liso como el agua de un estanque, solo oscilaba, sutilmente, cuando sacudía su tamboril. Dominaba la canción, dominaba a los presentes y se había apoderado de todo el entorno. La plaza tenía a su diosa. En la mismísima puerta de la iglesia

Y allí quedó encarcelada mi mirada; primero en sus caderas. Todo el sexo del mundo parecía haberse quedado a vivir en ellas. Cada movimiento invitaba al mas impúdico de los goces. Incapaz de resistirme, mudé mi prisión hasta sus ojos. Allí estaban los ojos de las náyades que cantó el poeta. Del tamaño de las esmeraldas del sultán. La luz jugueteaba en ellos y ellos jugueteaban con la luz. Ahora eran verde mar, ahora verde laurel. Tan pronto tenían el verde de la temprana hoja del almendro como ese verde triste que se apodera de los árboles a los que la sequía incipiente empieza a castigar. Ahora eran fuego, ahora hielo. Dos luceros incandescentes de puro orgullo. “No me mires mas”, te decían, para clavarte, al instante, aquellos iris diamantinos pidiéndote que no te apartaras de ellos. Llenos de promesas que se iban a incumplir antes de ser hechas. Unos ojos que te dejaban claro que nada ni nadie iban a lograr domarlos jamás.

Envidié cada instante de la vida de aquel músico callejero. Aquel esmirriado, de piel terrosa, que tocaba una guitarra salida de un contenedor, le arrancaba a aquella cintura toda la pasión del mundo. Y ella, cuando cantaba, solo cantaba para él. Cantaba y le estaba acariciando, le estaba besando; tan pronto le estaba susurrando al oído como gemía a voz en grito diciéndole que lo amaba. Que lo amaba solo a él.

Muerto de envidia y de amor. De envidia porque había que ser idiota para no desear estar en la piel del guitarrista, porque la manera en que la diosa miraba a aquel desarrapado era fascinante. De amor, porque caí prendado. En aquel momento, ella podía haberme hecho olvidar de cualquiera, incluso de mi mismo. No había visto nunca a aquella mujer. Pero me estaba muriendo por ella, me estaban abrasando los celos. No pude evitarlo, aunque tampoco lo intenté. Porque sabía desde el primer instante que era inútil. Se apoderó de mi. Sin mas. Para siempre. Y nunca iba a ser mía.

Debía ponerme a salvo. Me recliné en un rincón de la plaza. Cerré los ojos. Soñé. Soñé con que un día se habría acabado la pesadilla y como por ensalmo una mujer me miraría como ella lo miraba a él, y, porque no, me iba a cantar con aquella voz llena de deseo. Y que, al final del sueño, no me daría miedo despertar.

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No había oído nunca la canción. Pero, desde entonces, no puedo evitarlo. La canción y ella son lo mismo. Me atrapó. Por los siglos de los siglos. Se convirtió, como por arte de magia, en una de mis favoritas. Y juro que, a pesar de mi afición desmedida hacia la música de los sesenta, de los miles de canciones que he llegado a escuchar o de los muchos vinilos que atesoro, nunca había oído, hasta aquel día, aquella canción.

Tan solo un par de días después, logré oír la versión original, en la voz del legendario Roy Orbison ¡ Mercy¡

Oh, Pretty Woman.
(Bill Dees/Roy Orbison)
(1964)

Pretty woman walkin’ down the street
Pretty woman the kind I like to meet
Pretty woman I don’t believe you, you’re not the truth
No one could look as good as you, mercy

El autocar de los prodigios

 

Mustafá conduce a toda velocidad por la autovía. El autocar es una bestia rugiente que no deja de acosar a cualquier coche que se le pone por delante. Los turcos de turno miran por el retrovisor preguntándose que demonios pretende el loco que conduce aquel mastodonte. Pero, impertérrito, Mustafá no levanta el pie del acelerador.

El paisaje es abierto. El valle por donde transcurre la carretera, surcado por un río de aguas bravas, de un leve color parduzco, parece fértil. Se va estrechando a medida que avanzamos. Y la luz crepuscular, filtrándose a través de nubes deshilachadas, hace que las montañas parezcan aun mas cercanas, como si se recogieran, reverentes, sobre la cinta de asfalto por la que circulamos.

Mi mente no sabe de treguas. Algunas veces, pocas … no vayamos a entusiasmarnos… la vida te obsequia con un guiño portentoso. Casi mágico. Sencillamente, y con la misma simple deriva con que te va dejando sin amigos que creías para siempre… casi como sin querer, como sin pretenderlo …. cuando ya no te lo esperas…. va y te devuelve algo de lo perdido y aparecen en tu camino, casi por casualidad, un racimo de buenas personas. Y Mustafá, en este atardecer algo desmayado, lleva a bordo un buen puñado de esa clase, “rara avis”, de compañeros. Mi cabeza bulle.

Es el final de una larga jornada. Josep, una vez más, nos ha exprimido y, por supuesto, viaje dentro del viaje, nos ha obsequiado con su interminable saber. Dormita. Una cabezada breve. Una pausa.

Y, entonces, y a pesar del cansancio, ellas se apoderan del momento. Y a mi lo que más me gusta, lo que prefiero, es escucharlas. Esas bromas de mujeres empoderadas, esos comentarios rápidos y afilados, mezclados con guiños dialécticos insuperables, esos juegos de palabras atrevidos, siempre sazonados con citas que revelan su elevada cultura y que, a su vez, delatan su origen. No me canso de oírlas hablar ni ellas se cansan de hacerlo. Tema tras tema, un rato y otro rato, sin pausa, sus voces se apoderan de todo. Del aire, de la luz, del espacio, del sonido y, en especial y como no, de la risa, sobre todo de la risa. Todo tamizado por esa ternura inherente a su manera de entender la vida. Ellos, que los hay, y de notable estatura humana, también son importantes, desde luego, pero ellas, ellas reinan por encima de cualquier consideración. Pura brujería.

Y, paradoja, yo dejo de ser yo para ver como aflora alguien que creí desaparecido. Y, aunque, como de costumbre, parezco mas de lo que soy, dejo que las risas me inunden, se disipe la angustia, se disuelva la tristeza. Y se obra el prodigio. El sosiego surge como por ensalmo. El miedo a la muerte, que ha estado cercana, va quedando atrás. Un conjuro invisible llena de calma mi afligido corazón, se desvanece la melancolía, y lo que suele ser una leve sonrisa se convierte en un manantial de carcajadas, una cascada de regocijo. Un jolgorio interminable. Y levito. Creedme que floto. De pura paz interior.

Mañana será otro día. Distinto. No le van a faltar alicientes. Es imposible que eso ocurra, estando donde estamos y siendo los que somos. Veremos lugares excepcionales y cosas maravillosas. Comeremos y beberemos, o no, según el día. Y volveremos a ver mas portentos y a vivir otros momentos de asombro, nuevas sorpresas. Pero el rato bueno, el que no puede faltar a la cita inevitablemente, es el que beberá del hechizo de compartir, una vez mas, ese espacio común, lleno de su seductora presencia.

Y, anhelo…, espero que vuelva una y otra vez, año tras año. Y dará igual el país. Y resultará indiferente la carretera, y el modelo de vehículo ni sumará ni restará. Ni llegará a ser relevante el chofer, salvo cuando sea etíope. Aunque esa sería otra historia. Lo que de verdad importará es que, de nuevo, podré volver a estar, con todos, pero sobre todo con ellas. Impaciente, aguardo a que regrese el encantamiento, a que se desboque, otra vez, el autocar de los prodigios.

                                                                 Turquía, agosto de 2018

El pusilánime ingenuo y sentimental

“Cuando la vida quiere ser cruel, no hay mayor crueldad que vivir”
“Todo lo peor”
César Pérez Gellida.

“Si la vida da limones, limonada hago yo.
Lo amargo es sólo un gusto que tiene otro sabor”
“La Voz” del disco “Resistencia + Iva” (2000)
del grupo
Resistencia Suburbana

 

La palabra resuena concluyente en la boca de mi terapeuta quien, como siempre, ha acertado con el calificativo. Su hablar pausado se apoya, acostumbra a hacerlo, en una gestualidad prudente. Pero su capacidad de situar el adjetivo adecuado en el momento justo tiñe su prudencia de una rotundidad inhabitual. No es su única virtud. En aquel salón reina el sosiego, se palpa la calma que, sin duda, simboliza. Rodeado, como no podría ser de otra manera, de obras completas de referencia, los diferentes puntos de lectura instalados entre las paginas de los volúmenes delatan la presencia permanente de varios libros que están siendo leídos;  tres pequeños cuadros contienen una foto de Freud, un pergamino con el dibujo de un viejo chino y un grabado que nadie, ni siquiera él, sabe lo que es, lo que, en el fondo, resulta adecuado a lo que suele suceder en aquel aposento de ventanal amplio y clima estable, diván y sillón, a elección del visitante, y en el que ejerce su capacidad de influir con un lenguaje reposado y preciso a la vez.

Llevamos muchas sesiones intentando descifrar los códigos emocionales que componen la partitura de mis días y el origen de mis cuitas. E, intuyo, algunas veces, demasiadas, le sorprende como están grabadas a fuego en mi medula determinadas conductas. Amar hasta la extenuación, que no deja de ser sinónimo de autodestrucción, y que eso te convierta en especialmente vulnerable; callar para no herir, lo que confunde siempre a los que interpretan tu silencio como debilidad; la ingenuidad que espera de los demás lo mismo o parecido a lo que sueles darles, confiando aún en la natural bondad del ser humano, lo que acaba permitiendo el abuso.

Y, sin caer en la desesperación, sería mucho decir, no acaba de comprender como no logro interiorizar sus enseñanzas. Que el amor es relativo y egoísta a la vez, que hay que dar, aunque solo sea de vez en cuando, un puñetazo en la mesa, contundente a ser posible y que la vida es dura y nadie regala nada de nada. Que una cosa es lo posible y otra lo probable. Y que mejor no bajes la guardia porque cualquiera te puede usar a su conveniencia o te va a obsequiar con una bonita traición, sin pestañear, sin perder ni un ápice la compostura fingida de la amante maravillosa, el amigo del alma o el hermano pequeño que no tenías.

Así que parafraseo un título de Le Carré (hacerlo con un maestro consumado nunca es plagio) y aquí estoy. “El pusilánime ingenuo y sentimental”. Volviendo a intentar reconstruirme para superar el enésimo episodio, la penúltima derrota, la innecesaria crueldad reciente. Sabiendo que lo que no te mata te hace mas fuerte, Nietzsche dixit, o al menos así debería ser. Y que, algunas veces, solo algunas veces, el derrotado disfruta de un aura romántica, que hace que se hable de él o se le recuerde precisamente porque perdió.

Como dijo el columnista Jan Mulder en “Brilliant Orange”, el clásico de David Winner sobre «el arte, la fuerza y la vulnerabilidad del fútbol holandés»: “Seguimos hablando de aquel maravilloso equipo que perdió, precisamente porque perdió. Si hubiese ganado, sería menos interesante, menos romántico». Por supuesto, está hablando de la Holanda de Cruyff.

¿Perder te hace más interesante? ¿No es tan romántico ganar como perder? O, simplemente es una vana aspiración pagar el precio de la derrota para conseguir que alguien se detenga a aquilatar tu capacidad para no herir, para respetar, para no golpear primero como una manera legítima de transitar por la vida y pretender que eso se acabe tornando en una loa a tus derrotas como paradigma de una manera de entender la vida. O, sencillamente, ser interesante y romántico, pusilánime, ingenuo y sentimental no es mas que una fútil vanidad. O una solemne cobardía. 

O, ¡qué demonios!, simplemente, ……. la vida es así, te da y te quita con igual saña y, cuando sale cruz, coges el limón, y haces limonada, como el cantante. Porque lo amargo, también es un sabor. Y, luego, ya veremos.

«Tras lo cual distribuí una fotocopia en la que
había escrito mis siete mandamientos:
…………..
Olvidadlo todo, pero no perdonéis nada»
«La cocinera de Himmler»
Franz-Olivier Giesbert

 

Mas, o menos, turbación.

No lograba dormir. Mi cuerpo no parecía mi cuerpo, el familiar receptáculo de mis afanes nunca completados experimentaba cambios en una dirección sorprendente, difícil de entender y … allí nadie te daba ni la mas mínima pista. Todo era improvisación, por decir algo.

La cama oscilaba al compás del ritmo que la mano derecha imprimía al resto de mi, y, por suerte, la lujuria podía con el miedo. El somier, viejo, producía un tenue crujido que el silencio de la noche amplificaba hasta hacerlo parecer un estruendo que amenazaba con delatarme. Y eso hacía que no fuera descartable la aparición de la silueta de mi madre, recortada en el vano de la puerta, en aquel contraluz que a veces era cálido pero que, otros días, podía ser severo. Y ese riesgo convertía en aun más prohibido lo que estaba sucediendo. La “singer” y su leve ronroneo era la única señal de que todavía estaba trabajando. No era necesario parar. En la cama de al lado el memo de mi hermano, que nunca se enteraba de nada, había empezado con su impenitente resoplar. El no sabía de pecados. Probablemente por eso tenia desesperada a mi madre con sus descomunales poluciones nocturnas, que acartonaban las sábanas y, en ocasiones, llegaban a dejarlas casi inservibles. Pero siempre dormía. Y roncaba. ¡Menuda música de fondo para el placer!

Sin Lico nunca hubiera sabido de que iba aquello. Se iban al túnel de ferrocarril de la zona de Santa Eulalia, y entre rugir y rugir de trenes, organizaban concursos para ver quien conseguí enviar mas lejos el chorretón de leche que descargaban sus pililas adolescentes. Me invitaron a la galería. Fui con ellos al túnel un par de veces para no regresar. Miedo de los trenes, pero, sobre todo, pudor ante el sexo colectivo. El placer solitario es eso, solitario, y aquella colectivización onanista no iba conmigo. Culpable y ermitaño, a partes iguales. Como de costumbre.

Aquello era pecado. Los misioneros que, con sus prédicas, habían flagelado nuestros corazones y aterrorizado nuestras mentes durante los ejercicios espirituales, te lo grababan a fuego. Y obligaba a la confesión inmediata, para evitar que un accidente imprevisto acelerara nuestra muerte y, sin poder expiar la culpa, acabáramos ardiendo en el peor de los infiernos: el de la lascivia. Pero pasar por el confesionario no era la solución. A los quince años no sabes que hacer con aquella cosa ardiente y, tras misa y comunión, acababas en el primer rincón, jadeando con los ojos cerrados y la mente abriéndose a un mundo maravilloso. Cada día.

La cama había dejado de crujir. En la habitación contigua la “singer” ya no susurraba. Un suave tarareo la delataba. Había empezado a sacar hilvanes. Aún tenía que planchar y la prenda quedaría lista para su entrega. Una ojeada rápida a la habitación donde dormían sus hijos daría fin a la jornada. Ajena a mi furtivo parpadeo, pecador, aturdido y contento, transgresor y libre, más, o menos, turbado, intentaba conciliar el sueño sin delatarme.

 

“No te metas con la masturbación. Es hacer el amor con alguien a quien yo quiero.”

Alvy Singer en 
«Annie Hall»

(Alvy Singer es Woody Allen)

 

 

¿Desfachatez o envidia?

Intentar obtener prestigio daña la dignidad
“La devoción del sospechoso X”
Keigo Highasino

 

Introito.

La gente detesta a los abogados. Incluso las personas mas prudentes, aquellas que solo emplean lenguajes políticamente correctos, las que contemporizan, incluso esas en su fuero interno, los detestan. Nos detestan. Leyendas de todo tipo, chistes buenos, regulares y malos, algunos muy malos, y, como no, refranes populares, “Advocats y Procuradors, al infern de dos en dos”, dice el dicho.

Y tiene varias explicaciones, pero la que prefiero es aquella que pone el acento en el hecho, indudable, de que nuestra mera existencia, la de los abogados, es una prueba, irrefutable, de la estupidez humana. ¿Cómo, si no, denominar a esa niebla espesa que parece invadir el cerebro de los seres humanos en situaciones que debieran resolver con una simple conversación y un posterior apretón de manos y, sin embargo, acaba degenerando en un pleito que da de comer a varios letrados? Personas que se han amado, que han convivido, que se han reproducido son, en miles de casos, incapaces de finalizar su relación sin que intervengan los abogados. Personas que han trabajado durante años codo con codo, cuando aparecen las dificultades, pueden llegar a eternizar sus diferencias al ritmo desesperante de cualquier juzgado. Hermanos que se han querido con sincero afecto pierden la brújula cuando la herencia no favorece sus expectativas (o las de sus conyugues, todo hay que decirlo) y se convierten, para su desasosiego posterior, en carne de sentencia. Y así en casi todas las situaciones y entornos que podáis suponer. La lista de ejemplos sería inacabable.

Y toda esta reflexión, os diréis, ¿qué tiene que ver con el titulo? A ello voy. En realidad, se trata de una entradilla para poner en contexto un par de historias, que no conocería si no fuera abogado, por supuesto, pero que hablan de gentes capaces de, mientras maldicen de los letrados, chulearles durante muchos años. Porque, en realidad, piensan que ser abogado es fácil y que, sobre todo, que ellos lo hubieran podido hacer, y mejor, si hubieran tenido el título. Pequeño detalle sin importancia, para ellos. Y siempre, porque no suele fallar, so pretexto, para mas “inri”, de una amistad que, luego se sabe, siempre es mentira, nunca existió. Culpa suya. Nada más peligroso que trabajar para algunos amigos. En realidad, nada más peligroso que escogerlos mal.

Dicho de otra manera. Diez mil abogados en el fondo del mar son el principio de una gran historia, pero hay por ahí, suelto, cada pelaje capaz de darle la vuelta a la maldición histórica y dejar chica cualquier leyenda en torno a los leguleyos, que en nada tienen que envidiar a los denostados letrados.

Primera parte: “el gallego”

Un gallego mas fino que el coral. Una especie de Cardenal Mazarino venido a menos, siempre sonriente, con ínfulas de cachondo y divertido, siempre pendiente de su imagen y del “qué dirán”, intentando siempre elaborarse un prestigio a golpe de cualquier cosa, a casi cualquier precio, pero al que, por lo que se ve, no se le podía dar la espalda ni un minuto porque, como lo hicieras, te colocaba una daga entre la tercera y la cuarta intercostal, mientras él, claro, ponía cara de asombro a la par que se le escapaba la sonrisilla mezquina entre los labios. Que quede claro que en esta historia nada hay contra los gallegos y que nadie desea dejarse arrastrar por los tópicos. De verdad, nada contra los gallegos. Pero, al parecer, éste….

Apareció disfrazado de vecino del letrado. Su esposa era una chica introvertida pero amable y muy hospitalaria. Y, como sucede siempre con todas las relaciones, al principio era muy agradable tratar con ellos. Hasta se esmeraban. Sobre todo, ella. Probablemente porque venían de ambientes familiares similares. Familias humildes con muchos hermanos y bastantes penurias. El era otra cosa. Hijo de militar y exseminarista. Y muy pagado de si mismo. Suficiente para poner a cualquiera sobre aviso. A cualquiera …. menos a un ingenuo impenitente como nuestro letrado. Además, tenían hijas de la misma edad que simpatizaron. Lo dicho. Todo muy agradable.

Hasta que le confirió el honor, que luego se reveló dudoso, de querer colaborar profesionalmente con él. Como estaba en sus inicios, y eso siempre te convierte en sospechoso, que la empresa para la que trabajaba nuestro gallego le encomendara algún asunto era un privilegio. Y allá fue. Poniendo los cinco sentidos en todo lo que hacía, estudiando aún mas de lo habitual, repasándolo todo hasta el exceso, porque no podía fallar. Dándolo todo, vamos. Y, por fortuna, con éxito. Y mira tu por donde, cuando llegó el momento de cobrar, se torció la cosa. Qué si es mucho, qué si no ha sido tanto trabajo, qué lo hablo con mi jefe y te digo…. Meses y meses dándole largas para poder cobrar una parte del fruto de su trabajo, un dinero que precisaba porque, como es sabido, abrirse paso en una profesión y mas si es liberal, siempre es duro. Un dinero que nunca acababa de llegar. Y, eso si, más encargos. Y resuélveselos rápido y bien. Para no fallar. Y para ver como la pelota del “ya te pagaré” se hacía cada vez mas grande.

Incapaz de sentarse delante de él, mirarle a la cara y decirle la verdad. Que le está haciendo los encargos porque, al margen de su calidad como profesional, no puede ir a otro despacho a no pagar, como hacía con él, porque las cosas no van bien, porque la empresa tiene muchos problemas y, evidentemente, poco dinero. Incapaz de mirarle a los ojos y pedirle que le eche una mano, que lo necesita y que.. hazte a la idea, ya te pagaremos. Lo mínimo para que hubiera podido tomar su decisión y sentirse dueño de su trabajo y su tiempo. Lo mínimo para salvaguardar su dignidad. Y …. adivinadlo. La historia se fue repitiendo. Te pago un poco y te dejo a deber más. O este tema, que no me queda mas remedio que pagarte, lo cobrarás tarde, mal y ….con un descuento que te impongo porque sé que necesitas el dinero. Un encanto, vamos…

No voy a negarlo, nuestro letrado reconoce que “el gallego” alguna vez tuvo algún detalle. No todo fueron sombras. Pero pocos. Detalles me refiero. No sea que se malacostumbrase.

Un día, era inevitable, todo estalló. Cuando los imponderables industriales y la impericia del truhan se mezclaron, todo se derrumbó. Se creó tantos enemigos que encontraron la forma de asfixiarlo económicamente. Al margen de que tanta mentira es difícil de sostener durante tanto tiempo. Todo se fue al garete. Y, aunque cueste creerlo, allí estaba él. Para arremangarse y pasarse seis meses de su vida trabajando, durmiendo solo tres o cuatro horas diarias, porque a alguien que, a pesar de todo, creía su amigo, le habían puesto un pleito en el que le reclamaban 1.000 millones. Si, leéis bien. Antiguas pesetas, pero 1.000 millones. Con más 100 de intereses y 100 de costas. Y contra pronóstico (porque los demandantes tenían razón, pero no la supieron demostrar) el letrado de nuestra historia ganó el juicio. Tras un calvario procesal que resulta inútil detallar porque nadie creería. En todas las instancias. Y piensas…. esta vez sí, esta vez te va a contar que su trabajo se vio recompensado. ¡Ni hablar!  Con un pretexto repugnante, el galaico se evapora y le manda a un interpuesto para que por enésima vez regatee a la baja, pero que muy a la baja, el precio de su trabajo. Que, no importa, claro está, además ha estado a punto de costarle la salud.

Pero da igual. “El gallego” se deprime y allí está él. A disposición. Y no le falta un detalle cada noviembre, aunque también sea su cumpleaños y no reciba ni una triste felicitación. Y cuando necesita trabajo, lo sitúa al frente de una empresa que es cliente suyo, con un contrato superblindado y una remuneración que casi alcanza la suya. Para que se sienta bien y no tenga problemas de auto estima ni personal ni profesional. Y porque un amigo siempre es un amigo. Y… si, lo habéis adivinado, lo primero que hace al llegar es pedir sus facturas, las de nuestro letrado, para ponerlas en cuarentena….. y tardar dos años en atenderlas. Si, habéis leído bien, dos años. Deduzco que fue una muestra de agradecimiento…. Y con su coartada moral y todo… no vaya a ser que la gente piense que como le paga, lo hace porque es su amigo….

Más. Un golpe de suerte lo coloca al frente de una empresa relevante. Y se va. Solo faltaría. Y deja su tarea a medias en la empresa donde lo colocó, sus facturas sin pagar, por supuesto, y además le pide que le cobre lo que le deben de los últimos meses…… Pero en un gesto de magnanimidad, le encarga que reflote la nueva empresa …. No porque confíe en él, por que aquella vez lo sacó de un apuro mortal … no, solo porque es el mas barato y porque …. ya sabes, le pagará como y cuando le dé la gana y lo que le dé la gana. Piensa que esta vez no se atreverá…… y comete la enésima necedad. Y se repite la historia. Hace un trabajo brillante, de esos que terceros privilegiados espectadores de su tarea califican de “encuadernable para las escuelas de negocio”, consigue acuerdos inverosímiles y contra pronóstico con las administraciones publicas, y ….. si, si …….le prometen colaboraciones de futuro, pero ….. sus facturas primero cogen polvo y luego se pudren en un archivo anónimo. Con premeditación y alevosía, porque, por supuesto, se esperan a que haya cerrado todos los acuerdos para decirle que no le van a pagar el esfuerzo extra. Y cuando pide explicaciones … corre a coger el teléfono para quedar y mirarle a la cara y darle una explicación…… ¡qué te lo has creído! ¿No ves que es “el gallego”? No tiene coraje para mirarle a la cara. Y por última vez que le vuelve a dejar en la estacada. ¿Por última? ¡Qué va!

A alguien muy próxima y muy vulnerable y muy frágil y muy indefensa, a alguien muy importante para nuestro letrado le diagnostican una grave enfermedad. De las que dan miedo de verdad. De esas en las que se juega la vida. Y allá que va nuestro hombre, haciendo de tripas corazón, a luchar contra el destino que golpea donde mas le duele. A ayudar en todo lo que pueda. No hace falta que lo escriba, ¿verdad? Le llegan ánimos de casi todas partes, pero nunca de él…… está tan ocupado que no se le ocurre llamarle un día para simplemente hacerle un rato de compañía. Sigue resolviendo los problemas de la empresa y alguno ocasional de la familia del galaico, pero él no sabe coger el teléfono y hacerle llegar una palabra de ánimo…… Y, esta vez si, esta vez se cansa de almacenar agua en un canasto de mimbre. Y lo dice …..¡por fin! “Déjalo, porque no me tratas con respeto y nunca estás cuando se te necesita”.

Y ahora, cuando acaba de escupir el relato, ……. porque esto no está contado, está escupido, ………. y antes de permitirme publicarlo en mi blog, me confiesa que va a coger papel y enviárselo de su puño y letra con una nota, un solo interrogante: ¿Cómo has podido ser tan mezquino? Pero duda y cual Saulo camino de Damasco……cae del caballo. Y remata. Me reconoce que el sonsonete que alguien le ha estado susurrando al oído durante todos estos años, acaba por abrirse paso y disuadirle: “No solo no era tu amigo…. es que además siempre se ha muerto de envidia”.

                                                                                                   «continuará» 
                                               Segunda parte: “el jugador de bridge”

Rencores y venganzas

Quizás sea tiempo de rencores. Diques que se rompen, muros que se agrietan. Resquebrajados por el tiempo, ya no resisten el esfuerzo de contener emociones que caminan paralelas, que se han alimentado del recuerdo de días duros, tristes, de situaciones que ha percibido como injustas, ingratas y que le llenaron de pavor.

No se creía a salvo del daño inevitable que conlleva vivir y era consciente de haber causado mas de una herida, profunda en ocasiones. Cuando empezamos a respirar somos inocentes pero, tras vivir, ¿quién puede alegar ingenuidad? ¿Quien se mantiene a salvo?

Durante mucho tiempo se había lamido las heridas. La saliva cicatriza, se decía. Había intentado ignorar los costurones, prescindir de ellos. No mirarlos para no verlos. Soslayar su existencia como fórmula para aliviar la tortura que los recuerdos le suponían.

Pero, últimamente, las contadas ocasiones en que echa la vista atrás, el horror ha regresado a por él. Cierto que atesoraba vivencias hermosas y que podía evocar recuerdos casi mágicos. Pero, sin embargo, a pesar de ello, sobraba horror en su ayer. Y estaba de regreso.

Rememoraba como al principio se había instalado en la perplejidad. La que surge del desconcierto que produce recibir daño gratuito. Era su manera de soslayar el dolor. Vivir, incluso, perplejo por quien era y por todo lo que había conllevado ser así. Lo que había sucedido a su alrededor. De hecho, la perplejidad se había acabado convirtiendo en alimento del exilio definitivo de su alma, de su incapacidad de ser lo que quería ser.

Luego, la perplejidad dejó paso al olvido. “Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”, había escrito Borges. Y vivió con el olvido. Largas épocas de su vida flotando en ese hálito sedante como forma de sosegar su ánimo. Confiando que el paso del tiempo sería mas bálsamo que angustia. Creyendo que lo había logrado.

Y ahora, de repente, no sabe muy bien porque, tras muchos años, cuando, a pesar de todo, el hechizo de algunas evocaciones lo sumerge en una ensoñación teñida de una serena madurez que está lejos de ser cierta, algo aúlla dentro de él. Algo reclama venganza. Borges giró hacia Banksy. Parecía el camino. “Hay cuatro necesidades humanas básicas: la alimentación, el sueño, el sexo y la venganza”. Pero no resultaba satisfactorio. Demasiado primario, probablemente. Al menos para él. Suspiraba por algo mas sutil. Sin lograrlo.

Algo imparable le movía a seguir tramando sus golpes. Hilvanando argumentos y fabulando escenarios. Alimentando rabias. Sin limites. Soñando con el dolor ajeno como alivio para el propio. Clamando venganza. Venganza, venganza. Día tras día. Sin cuartel. Respirando hondo para que llenara sus pulmones y hallara refugio en su corazón. Al acecho. Los ajustes de cuentas se habían convertido en terreno abonado para su fértil imaginación y su resentimiento. Se ahogaba.

Acabó buscando alivio en Einstein. “Las personas débiles se vengan. Las fuertes perdonan. Las personas inteligentes ignoran” Pero ya había probado esa formula. Sabía que no iba a funcionar. Que no le proporcionaría ningún consuelo. No parecía que pudiera mitigar su cólera. Lejos de ello, su ira iba en aumento.

Pero, para su sorpresa, ella tenía la solución. Parker, la Reina de la Mesa Redonda del Algonquín. Aquella mujer fascinante le brindó su ayuda. De su pluma había salido la solución. “Escribir bien es la mejor venganza”. Y se puso a ello. Con denuedo.

Sabe que mañana, cuando se rompa el hechizo, regresará la vorágine turbadora de un día a día que cada vez le interesa menos, síntoma inequívoco, por otra parte, de que se aproxima a la vejez. Pero espera vivir lo suficiente como para culminar su anhelo. Cobrarse la revancha.

Ajuste de cuentas

La pistola se encabritó. Falta de práctica. Hacía más de cuarenta años que no disparaba una. Y esta era un trasto. Pero a esa distancia no podía fallar. Vi antes la cara de miedo del destinario que el impacto en su pecho. Un borbotón de sangre. Un grito ahogado. Un cuerpo que se desploma. Una venganza cumplida. No fue importante que me robara dinero. Pero su cinismo de entonces, abusando de mi confianza y riéndose en mis narices, me había llenado de amargura. Había esperado, pacientemente, mi momento.

En la lejanía, una sirena. Posiblemente de la policía.

Su prestigio no le sirvió para defenderse. Sorpresa total. La bala destrozó el arco ciliar derecho. Maldita pistola. Casi no acierto. Un gritito agudo se escapó de sus labios. Como siempre. No sabía quien era yo. Y nunca me iba a relacionar con la actriz a la que humilló. Su mezquindad achacándole el fracaso de la película era imperdonable. Daño gratuito. Daño cobarde. Rencor larvado durante años. Tema zanjado.

La sirena se iba acercando a toda velocidad.

No me esperaba. Llevábamos mas de veinte años alejados. Y a la ultima persona que pensaba encontrar era a mi. A su hermano. Seguía teniendo la misma mirada innoble, los mismos ojos desleales. Sin palabras. El cañón del arma buscó su corazón. Esta vez el tiro fue mas preciso. Ya se sabe. A la tercera…. La afrenta quedaba lavada. No se puede morder la mano que te da de comer. Cuenta saldada. Por fin.

Chirriaron las ruedas y el coche se detuvo en la puerta. Paró la sirena.

Lo que iba a suceder a partir de ese momento ya no importaba. La semana anterior me habían dado el diagnóstico: enfermedad terminal. Inesperado. Al principio me angustié, pero luego…. ¿por qué no? Ese escenario me daba la posibilidad de dar rienda suelta al rencor. Ajuste de cuentas. En mi estado, nadie decretaría mi ingreso en prisión. Y si lo hacían, ¿qué importaba? Costó un poco, pero conseguí una pistola. Y tres balas. Y la ira desapareció para siempre

Llamaron a la puerta.

Para la web de «Viaje a Caledonia»

En el año 2004, dos buenos amigos, Isabel y Miguel publicaron un libro sobre Van Morrison, «Viaje a Caledonia», absolutamente imprescindible. Con motivo de su presentación tuvieron el detalle de pedirnos a muchas personas de Van Hispano (otro día os hablaré de ello) que relatáramos como llegamos hasta ese músico incomparable. Se puede ver en su web: www.viajeacaledonia.com

Lo que sigue es el texto que escribí para ellos y que ahora me permito insertar en mi blog:

/var/folders/21/ym3cd_t90k98w1j0kxjgp_sm0000gn/T/com.microsoft.Word/WebArchiveCopyPasteTempFiles/Enrique_Moreno.jpgFulminado no es la palabra. No caí fulminado por Van y su música. En realidad, lo que viví fue un proceso distinto. Algo así como una decantación lenta e inexorable. Como si el inevitable transcurrir del tiempo sólo llevara hasta allí.

Me crié en un barrio extremo que, en honor a la verdad, era un aparente oasis, artificial, en el centro de un entorno en el que, como escribiera Candel, “la ciudad pierde su nombre”. A mediados de los 60 todavía imperaba allí el pensamiento único, en todos los sentido, en especial en el plano político-religioso. En ese contexto, a los 13 años, la música fue un descubrimiento providencial, un asidero sin parangón para alguien que buscaba “su lugar en el mundo”, una excusa, un pretexto para arremeter contra casi todo. 

La música, en mayúsculas, cualquier tipo de música. Material de aluvión para el intento de construir un delta propio donde poder enfrentarse al resto de cuestiones que cualquier adolescente no sabe como resolver. A los 14 devoraba la música y a los 15 me convertí en un coleccionista compulsivo. Cualquier vinilo era bienvenido. Máxime si eran de los Hollies, o los Beach Boys, o los Four Tops, o los Beatles, o los Kinks, o … la lista sería interminable. Ahí aparece “Gloria”, en la versión de un grupo del barrio de al lado, que, en un descuido, se apoderan de los instrumentos de los hijos de la panadera (los únicos con poder adquisitivo para tener guitarras, bajo y batería), y nos dejan lelos con su versión de la canción de Van (en ese momento, todavía no sé quien es¡¡¡) y su posterior interpretación de “What’d I Say”. Aquello abre nuevas vías. Por las que me lanzo atropelladamente.

Desde ese momento, y hasta ahora, he mamado música, cualquier tipo de música, en cualquier circunstancia. Y ella ha sido el antídoto que he empleado para huir de la locura a la que, en muchas ocasiones, nos lleva la vida. Ya sabes¡¡. No se puede vivir impunemente. 

Y dentro de ese proceso, la decantación a la que antes me refería lleva, inexorablemente, a Van. Yo también creo, con él, en el poder sanador de la música. Poder que no todas las músicas tienen. Y a medida que creces, probablemente el único privilegio es escoger tú medicina. Tengo en las estanterías de casa montones de vinilos y cds que ahora no pondría bajo ningún concepto. Que posiblemente en su momento cumplieron su función, incluso aunque sólo fuera la de enseñarme que esa música no iba, no llevaba, a ninguna parte. Sin embargo en ese proceso, la obra de Van ha ido creciendo en importancia, para mí, de manera imparable. Siempre regreso a su obra. Siempre me aporta algo. Ahora, hasta tal punto, que quiero que esté siempre ahí.

Y dentro de su obra, soy del “Veedon Fleece”. Acepto, sin ambages, sin dar paso a la polémica, que “Astral Weeks” es superior. Y confieso que mi canción favorita de Van es “Madame George”. Reconozco que otras obras son realmente maravillosas. Y, por supuesto, hay decenas de canciones que me erizan el vello como ya lo hacen muy pocas cosas. Pero no me puedo resistir a la magia del Vellocino. Viví con él tantas cosas especiales, que no sabría, aunque quisiera, como traicionarlo. Para colmo, cada vez que oigo “Streets Of Arklow” ….. esa flauta¡¡¡ …. nada describe mejor los paisajes de la infancia que no tuve, que dejé que me arrebataran. Y llegado el momento de echar la vista atrás, sabes, esas cosas son definitivas. 

Sé que por el camino me dejo muchas cosas (creo que fue Borges el que escribió que la “memoria escoge lo que olvida”) pero por muy selectiva que sea la memoria, la presencia de la obra de Van no se difumina, ni siquiera ahora que, cuando menos aparentemente, ha empezado una decadencia a la que, nosotros, sus compulsivos admiradores, le negamos todo derecho. Todavía pienso que el peor de sus discos es mejor que el mejor de muchos otros artistas y que en el peor de sus conciertos suele haber un momento mágico por el que suspirarían muchos creadores. 

Si, añado, además esa música me ha traído, como de la nada, un puñado de personas con las que compartir todo eso … no es que la curación haya empezado, es que está a punto de llegar.