Sin concesiones

Propones que me rinda sin condición alguna,
que abandone mis sueños.

Que termine mis días sin degustar el vino de las añejas viñas que plantó mi abuelo,
Que no vaya a Macedonia ni a Persia tras las huellas del Magno,
Que no recuerde mi infancia, ni aquellos días de agosto donde todo estaba aun por suceder,
Que deje de buscar como resuelvo el enigma que ocultan las heridas que no sangran,
Que no duerma más junto al arroyo salvaje que bañaba mi infancia,
donde no cabían ni la crueldad ni lo mezquino,
Que no sueñe con ella,
Que no vuelva a escuchar como rugía el León de Belfast,
Que no reviva nunca más el lujurioso desparpajo de las primeras veces,
Que no evoque mi dolorosa pérdida y no llore sin llanto,
Que no navegue más sobre el cristal del Okavango,
Que no huela el jazmín ni la retama,
Que no contemple mas ni a Venus ni a la Mona Lisa, ni los tesoros de Egipto
Que ya no escuche mas la música que vibra en tus sonrisas,
Que me aleje para siempre de la Ítaca que jamás he logrado avistar,
Que renuncie a morir en el corazón de las tinieblas,
Que no bucee más en la niebla de los días de febrero y ceje ya de perseguir un horizonte.

Que, entonces, me oville y retenga mi tristeza,
…….… como si nunca hubiera existido
todo el amor que te profeso.

 

Estambul/Sant Just Desvern
Diciembre 2024/Febrero 2025

Oh, Pretty Woman (nada que ver con Julia Roberts)

Hay cosas que son producto de mi imaginación
y que, sin embargo
las he vivido más que otras de mi realidad”

Montero González.
De una entrevista en “Diario de Sevilla”..

 

Estaba siendo un día asqueroso. Otro más. Masticando la derrota. Un francés, cualquiera de ellos, había venido a verla y, por todo comentario, me anunció que llegaría tarde o que, a lo mejor, ni venía. Así estaban las cosas entonces. Podía haberme quedado en casa. Y beber, que es lo que, al parecer, hace casi todo el mundo, pero nunca había sido mi estilo. O refugiarme en la música, que siempre era bálsamo. O llorar en un rincón, como otras veces. Pero preferí echarme a la calle. Un tejano gastado, un jersey viejo y aquellas bambas de cien caminos. Ya me había lamido bastantes las heridas. Aquellas y las anteriores. Y, jodido, me largué a caminar. Sin rumbo. A lo mejor, agotarme era un alivio.

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Cuando, indeciso, llegué a la plaza de Sant Josep Oriol, desde el Carrer de la Palla, no podía ver lo que pasaba en la Plaça del Pi, sobre todo porque estaba sucediendo al pie de la fachada de la basílica de Santa María. Solo se oía, distante, música. Y no podía imaginar lo que allí me aguardaba.

Plena primavera. La lluvia había culminado su retirada. El suelo de la plaza parecía de plata. Y el atardecer estaba dejando paso a un crepúsculo especialmente luminoso. Una gavilla de los últimos rayos de luz enfilaba por el hueco de Cardenal Cassañas e inundaba de claridad la plaza. Ante mis ojos, bajo la portada del templo, aparecía, amenizada por la música, una escena casi costumbrista, una estampa de zíngaros, que podría haber salido, sin ir mas lejos, de un cuadro de Fortuny.

A la izquierda, unos rizos negros, una nariz respingona y una cándida sonrisa esbozaban un rostro que parecía salido de un cuadro de Vermeer. Añadidle el fulgor de dos lumbreras, dos tizones de antracita, iluminando la cara de aquel mocoso precioso. Y, por si fuera poco, en aquellos ojos, un rayo tallando un par de diamantes de una pureza nunca vista. Menuda belleza. ¡No podía ser mas guapo!

Al otro lado del portalón, un varón, a punto de entrar en la treintena, enarbolaba una guitarra destartalada. Si alguien me hubiera susurrado que el músico acababa de afinarla, por decir algo, tras haberla encontrado en un contenedor, hubiera jurado que era cierto. No podía estar más deteriorada. Sucia, rota, vieja. Y creo recordar que sin todas las cuerdas. Pero allí estaba él. Enjuto no, lo siguiente. Flaco como la radiografía de un silbido, con los pies clavados en una de las losas, el rostro famélico y la mirada desafiante, golpeando el cordaje con mano sarmentosa, y agitando el mástil como quien ondea una bandera, sacudiéndole al instrumento sin ningún tipo de consideración auténticos mamporros; mi deficiente inglés no me permitía entender la letra, aunque es posible que no tuviera nada que ver con lo que estaba pasando, pero el riff de la guitarra se estaba clavando una y otra vez en mi corazón. El seguía a lo suyo, prisionero de su música, y deslumbrado, aunque era obvio que no por primera vez, por lo que estaba sucediendo, allí, a su lado; solo un puñado de afortunados teníamos el privilegio de verla.

Porque entre ellos dos, objeto de su embeleso, había una mujer. En el mismísimo centro del espejo bruñido que la lluvia acaba de formar sobre las losas de la plaza. Meciéndose al son de la canción, empuñando, con la fiereza del que empuña una daga, una pandereta, sacada del mismo contenedor que la guitarra, descalza, con las piernas morenas, sucias de vida, oscilando su mínima cintura, con toda la magia del mundo aferrada a aquel talle exiguo, feroz pero delicado. Lo ceñía una falda deshilachada y muy corta, ligeramente acampanada, que ella hacía revolotear como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que ensayar aquel aleteo; un vaivén, acompasado y sensual, un cimbreo en el que se mezclaban a partes iguales, la picardía de mulata caribeña y el duende de gitana del Sacromonte. ¿Sangre hindú? ¿Ancestros árabes? A saber. A pesar de que puse en ello todo mi afán, y la escruté largo rato, no fui capaz de discernirlo. No logré desentrañar su origen. Era, tan solo, pura magia.

Una leve ráfaga de aire agitó su cabello, una melena agreste, orlada de rizos negros, que enmarcaba un rostro que también hubiera podido ser etíope. Toda la belleza del mundo. Y el viento me trajo aromas que, en aquel momento, no reconocí. Luego un leve recuerdo emanado de algún rincón de mi memoria me permitió identificarlos. Aquella mujer olía a frambuesas recién cogidas y a manzanas que han madurado en el árbol.

Cantaba con el sentimiento que brota del desarraigo, con la emoción del apátrida cuando cree que ha podido encontrar un lugar en el mundo, con la sensibilidad que da la fuerza de quien, aunque no tiene nada, sabe de su capacidad de seducir, no en vano intuye que su belleza es una suerte de poder. Respiraba desde el diafragma y su abdomen, liso como el agua de un estanque, solo oscilaba, sutilmente, cuando sacudía su tamboril. Dominaba la canción, dominaba a los presentes y se había apoderado de todo el entorno. La plaza tenía a su diosa. En la mismísima puerta de la iglesia

Y allí quedó encarcelada mi mirada; primero en sus caderas. Todo el sexo del mundo parecía haberse quedado a vivir en ellas. Cada movimiento invitaba al mas impúdico de los goces. Incapaz de resistirme, mudé mi prisión hasta sus ojos. Allí estaban los ojos de las náyades que cantó el poeta. Del tamaño de las esmeraldas del sultán. La luz jugueteaba en ellos y ellos jugueteaban con la luz. Ahora eran verde mar, ahora verde laurel. Tan pronto tenían el verde de la temprana hoja del almendro como ese verde triste que se apodera de los árboles a los que la sequía incipiente empieza a castigar. Ahora eran fuego, ahora hielo. Dos luceros incandescentes de puro orgullo. “No me mires mas”, te decían, para clavarte, al instante, aquellos iris diamantinos pidiéndote que no te apartaras de ellos. Llenos de promesas que se iban a incumplir antes de ser hechas. Unos ojos que te dejaban claro que nada ni nadie iban a lograr domarlos jamás.

Envidié cada instante de la vida de aquel músico callejero. Aquel esmirriado, de piel terrosa, que tocaba una guitarra salida de un contenedor, le arrancaba a aquella cintura toda la pasión del mundo. Y ella, cuando cantaba, solo cantaba para él. Cantaba y le estaba acariciando, le estaba besando; tan pronto le estaba susurrando al oído como gemía a voz en grito diciéndole que lo amaba. Que lo amaba solo a él.

Muerto de envidia y de amor. De envidia porque había que ser idiota para no desear estar en la piel del guitarrista, porque la manera en que la diosa miraba a aquel desarrapado era fascinante. De amor, porque caí prendado. En aquel momento, ella podía haberme hecho olvidar de cualquiera, incluso de mi mismo. No había visto nunca a aquella mujer. Pero me estaba muriendo por ella, me estaban abrasando los celos. No pude evitarlo, aunque tampoco lo intenté. Porque sabía desde el primer instante que era inútil. Se apoderó de mi. Sin mas. Para siempre. Y nunca iba a ser mía.

Debía ponerme a salvo. Me recliné en un rincón de la plaza. Cerré los ojos. Soñé. Soñé con que un día se habría acabado la pesadilla y como por ensalmo una mujer me miraría como ella lo miraba a él, y, porque no, me iba a cantar con aquella voz llena de deseo. Y que, al final del sueño, no me daría miedo despertar.

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No había oído nunca la canción. Pero, desde entonces, no puedo evitarlo. La canción y ella son lo mismo. Me atrapó. Por los siglos de los siglos. Se convirtió, como por arte de magia, en una de mis favoritas. Y juro que, a pesar de mi afición desmedida hacia la música de los sesenta, de los miles de canciones que he llegado a escuchar o de los muchos vinilos que atesoro, nunca había oído, hasta aquel día, aquella canción.

Tan solo un par de días después, logré oír la versión original, en la voz del legendario Roy Orbison ¡ Mercy¡

Oh, Pretty Woman.
(Bill Dees/Roy Orbison)
(1964)

Pretty woman walkin’ down the street
Pretty woman the kind I like to meet
Pretty woman I don’t believe you, you’re not the truth
No one could look as good as you, mercy

La libreta gris. Cuarta parte. (continuación)

Mi padre y yo

Estas líneas venían a continuación de las que había dedicado a su madre. Al contrario de aquellas, estas permanecieron desconocidas para mi hasta que la viuda de Emilio me trajo sus papeles.
No tenían ni demasiadas tachaduras ni rectificaciones. Parece que las escribió de corrido. Y son muchas paginas. Os las comparto en varios fragmentos 

 

¿No ves que si hemos perdido
hemos ganado historias que contar?

“Noches reversibles”
Love of Lesbian

 

Desde el porche de la casa, mas allá de las rocas, escudriño el horizonte. El sol no acaba de clarear. Ha sido una noche larga. Al principio, el alcohol me ha aflojado las costuras. Luego el insomnio ha vuelto a tiranizarme por enésima vez. En la mesa, hojas sueltas. No logro escribir ni una palabra mas. Tengo un libro imaginario instalado en mi cabeza y ojeo en sus páginas, desmañadamente, recuerdo tras recuerdo. Esa sarna pegajosa y turbia que es la melancolía me ha hecho compañía. Y la tristeza de la noche, una noche triste como pocas, vaga por la estancia. Ni siquiera la proximidad del mar mitiga esas sensaciones. Una lluvia emocional ha ido empapando lentamente todos los rincones de mi cerebro, esa lluvia casi inapreciable pero pertinaz que te cala sin que te des cuenta. Y que te llega hasta el tuétano de los huesos. Hasta el ultimo recodo del alma. La sombra del recuerdo de mi padre ha venido a verme y ha velado conmigo.

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Aunque cualquiera de las personas de mi circulo mas cercano puedan extrañarse al leerlo, aunque algunas de las personas que conocen retazos de la historia pueda opinar lo contrario, quería a mi padre. Y lo quería mucho, mucho. Y puse todo mi empeño en quererlo.

Ahora que hace años que yace en una tumba anónima, la condena de mis hermanos en un ejercicio de rencor que todavía hoy me anega en llanto, no puedo evitar que aquella mirada y aquella sonrisa coronada de un bigotillo que ahora sería ridículo, se me aparezcan de vez en cuando, en circunstancias que no soy capaz de controlar.

Y es en esos momentos, cuando, algunas veces, se despierta en mi un incomprensible afán de redimirlo.

Pienso en como era y busco una explicación. Necesito entender lo que pasó. Y tomo conciencia de lo mucho que no sé de él, de lo que nunca supe de él…. de lo que me hubiera gustado saber de él y no sé, y ya no sabré, y lo mezclo con lo poco que sí logré saber, para intentar recomponer su rompecabezas vital, la evocación anhelada de lo que a lo mejor fue, y encontrar en ello, en él, una mínima justificación que me permita afirmar: mi padre no era tan mala persona, era solo una víctima mas de su tiempo, de ese ejercicio duro y difícil que es vivir, de lo que le trajo su entorno.

¿Hasta que punto todo aquello pudo mas que él? O, quizás instalado en un victimismo cómodo, cobarde, se dejó llevar por la ley del mínimo esfuerzo y no fue capaz de sobreponerse a nada. ¿Cuáles eran sus cualidades innatas y hasta que punto hizo uso de ellas? ¿Luchó para sobreponerse a las adversidades del destino? Nunca lo sabré. Puedo opinar sobre el resultado final. Lo que mi padre era en sus últimos años. Pero poco más ¿Lo vivido no le permitió madurar como ser humano? ¿Fue eso lo que acabó destruyéndolo, porque nunca dejó de ser, ante todo, un egoísta?. ¿Y fue por eso, por que ir así por la vida tiene sus riesgos, por lo que se vio abocado a una especie de destierro emocional?.

Llegó un momento en el que estaba allí, pero a su mujer y a sus hijos les daba igual. Necesitaban defenderse de él. Pocas cosas mas tristes para escribir un triste final.

Otros días, olvido el mas leve atisbo de piedad, y una rabia sorda y negra se apodera de mi. Es entonces cuando todos los males del infierno me parecen poco para él. ¡Cómo mediatizó nuestras vidas con su estrepitosa ausencia, como destruyó a mi madre, como se jactaba de sus menguados triunfos, cuando, en realidad, iba de fracaso en fracaso, de ser poco menos que un ejemplo, un prototipo de hombre varonil, cuando no era mas que machista de manual!. La cólera me invade.

Porque, además, lo peor de mi padre no fue todo eso, con ser de lo mas reprochable a un padre. Lo peor fue que, como era un mentiroso compulsivo, nos enseñó a mentir. Y esa maldita costumbre ha contribuido a formar la personalidad de muchos de los miembros de la familia y ha acabado por destruirla. Sin remedio. Una maldición.

Me detengo. Necesito una pausa. Respiro hondo. intento desprenderme de la cólera. Vuelvo a inhalar y dejo que la brisa marina me tranquilice. Intento equilibrar la balanza. Pugno por serenarme. Mi pulso recupera su ritmo habitual. Mi padre, ¡será cabrón !, me sonríe. y, una vez mas, se va. ¡Mas de lo mismo!.

Pero, aunque os cueste creerlo, yo lo quería mucho, mucho. Quería quererlo. Y estuve toda su vida necesitándolo.

Menorca, una noche de Agosto de 2011

(Continuará)

El vendedor de tebeos

 

                                                                                                      Para Juan José Román.
Sigue luchando, amigo

 

No fui al colegio hasta los seis años. Nunca supe por qué no fui antes, teniendo en cuanto que por entonces ya había en casa dos críos más y que, de ellos, la tercera le costó a mi madre una mastitis terrible, que a ella la dejó exhausta y, en mi retina infantil, imágenes difíciles de olvidar. Pero cuando, empezado el curso, mi madre, por fin, se decidió a dejarme ir, y me incorporé a la clase de D. Enrique, ya sabía leer. En casa se preocuparon de que aprendiera y a fe que lo hicieron a conciencia. Hasta tal punto de que leer es, sin duda alguna, la pasión de mi vida, eso sí, si exceptuamos la otra, que mas que pasión, igual es debilidad.

Y sin pretenderlo, me convertí en un lector voraz, casi compulsivo. Creo que en algún otro momento ya he contado que devoré la biblioteca del colegio. Y los libros que había en casa. Y periódicos. A diario. Pero, además, y sin tregua, leía tebeos.

Ahora son comics, pero entonces, cuando los descubrí, vía, por supuesto, “El Capitán Trueno” y “El Jabato”, cuando dedicaba horas y horas a empaparme, día tras día, de aquellas viñetas maravillosas … solo eran tebeos. O, al menos, así los llamábamos entre nosotros. Tebeos. Una palabra que evoca la magia de un conjuro inigualable, el vuelo incontrolado e incontrolable de la fantasía, el mundo de un niño que soñaba con emular al “El Príncipe Valiente”, en un entorno vital en el que, salvo el cine, no siempre a nuestro alcance, las imágenes eran un lujo, un extra que lucía en el escaparate de la librería o en los estantes del quiosco cercano.

Y daba igual. Aventuras de caballeros medievales, con o sin antifaz, o de proscritos romanos, o hazañas bélicas, o de periodista-detective, o de … risa, porque los llamábamos así, “de risa”…..daba igual  “Zipis” que “Zapes”, “Urracas” que “Rompetechos”,  “Carpantas” que “Ulises”, o los inefables “Mortadelo y Filemón”.  Lo importante era dejarse llevar por la alquimia de las viñetas. Aquella realidad alternativa que te transportaba, ocasionalmente, lejos de la realidad cotidiana.

Por otra parte, conviene apuntarlo, eran mas asequibles que los libros. Y, ahora os cuento, resultaba mas sencillos conseguir. Ejercicio de ingenio, de picaruelo de poca monta. O eso me parecía a mi.

Porque, si leerlos era una suerte, poseerlos era un privilegio que empecé a perseguir con entusiasmo sin igual, a pesar de que, todo hay que decirlo, una economía como la de un párvulo como yo no se podía permitir esos lujos. Máxime si, además, el coleccionista que había en mi, empezaba, también, a abarcar el de los cromos. Aunque esa es otra historia. El incipiente coleccionista que el tiempo se encargó de apuntalar ya empezaba a combatir los desafueros afectivos haciéndose con casi todo aquello que le atraía indefectiblemente. Pero coleccionar tebeos no era factible. Guardarlos en casa hubiera dado al traste con el “ciclo económico” que permitía leer cuantos más, mejor. Así que se trataba de comerciar con ellos.

…………………………………………………

Era una farmacia de las de toda la vida con un farmacéutico recio y calvo, con gafas bifocales y voz serena. Don Rafael. Auxiliado perennemente por su esposa, que, probablemente, era la que gobernaba el establecimiento. Desgraciadamente los archivos de mi memoria no conservan su imagen. Creo que se llamaba Magda y quizás tuviera el pelo claro, pero no consigo ponerle rostro. Y no será porque no tuviera, años después y sin proponérselo, una influencia decisiva en mi vida.

La farmacia, como no podía ser de otra manera, era uno de los centros neurálgicos del barrio. Situada en una esquina estratégica, tenía la puerta orientada a la calle Mecánica, pero era a la otra calle, la calle Fundición, a la que daban los dos escaparates más grandes. Altos, bastante vistosos en su singularidad, contiguos, y junto con la vitrina situada al lado de la puerta de acceso, conteniendo todo el despliegue publicitario que precisaban los productos farmacéuticos de la época.

En medio de esos dos escaparates, una puerta inutilizada dejaba un hueco del orden del metro y medio aproximadamente, que tenía un suelecillo de cemento que permitía exponer mis preciados tesoros. Imaginadlo por un momento. Todos y cada uno de mis tebeos, extendidos, con unos cuantos guijarros, del tamaño adecuado, para evitar que pudieran volar en un golpe de viento, pero que no impidieran mostrar adecuadamente las siempre atractivas portadas de la mercancía.

Y, por extraño que parezca, muchas de las personas que transitaban por aquel cantón se detenían, primero a mirar a aquel crío, que aparecía allí de vez en cuando, para, luego, ojear la oferta. Y no eran pocos los que preguntaban precio y se llevaban alguno. De hecho, más de un día y más de dos, acababa por venderlos todos. Mi “mercadillo” funcionaba casi siempre. Aun ahora me sigue pareciendo increíble.

……………………………………………………

Un tebeo caro por dos más baratos. Alejandro no te perdonaba ni un céntimo. Ya apuntaba maneras. Pero, después, Juanjo, que siempre fue un buen chaval, desinteresado como luego, muchos años mas tarde tuve ocasión de volver a comprobar, era distinto. Te cambiaba tebeo a tebeo, sin importar el precio. El secreto estaba en mejorar en ese canje el valor de tus posesiones. Ibas a su casa, te enseñaba los que tenía y, si había suerte, salías con cuatro o cinco tebeos para leer que marcaban un precio mas alto. Y a leerlos para acabar, de nuevo, en casa de Alejandro. Y allí, eso si, otra vez céntimo a céntimo.

Y a repetir el ciclo tantas veces como se pudiera. Hasta que, agotadas las opciones, porque todos los tebeos estaban archileidos, y se había cerrado el circuito de intercambios, acababan en el puestecillo ambulante de la farmacia, a la venta. Y era entonces donde el haber cambiado tebeos caros por tebeos algo mas económicos cobraba todo su sentido. Tenías mas tebeos para vender.

Recuperado una parte del dinero, el ciclo volvía a comenzar. Modestos juegos de “petit coquin”, como me llamó un día Don Eladio, aquel bendito profesor de francés, de ojos claros y de nariz achatada, en uno de sus extraños golpes de malhumor. Y nuevas viñetas con las que disfrutar, nuevas historias para alimentar el fuego interior de la imaginación, para transportar a un maravilloso mundo de aventuras al comerciante de pacotilla, al pequeño vendedor de tebeos.

 

 

Harold Foster publicó, por primera vez, viñetas de su comic,
“El Príncipe Valiente”, el 13 de febrero de 1937

Henry Hathaway estrenó su película, “El príncipe Valiente” basada en el comic en 1954, con un joven Robert Wagner de protagonista. Tenía 24 años. La vi, muchos años después, en el “Cine Capri”


El capitán Trueno se publicó por primera vez en 1956. Su principal creador nunca ocultó la influencia de Foster en su obra.


Mi primer curso fue el de 1958-1959. 
Fuí a la escuela con el curso empezado, sabiendo leer.
Me habían enseñado en casa mi madre y mi madrina.

Lo que os cuento ocurría sobre 1964 o 1965

Frente a vosotros (Poema XXXI)

 

Este era uno de los diseños que se prepararon para la portada del libro que, como recordareis, nunca se llegó publicar. El otro día, rebuscando por baules secretos, para mi sorpresa, apareció.

 

Y este es otro de los poemas de ese libro.
A veces cuesta lágrimas escribir.

 

Es hermosa. Entendedme bien.
No digo bella sino hermosa.
Su pelo es negro y diferente siempre
y sus labios oscuros y carnosos
como guindas. Es frágil.
Tras su sonrisa, un cisne de alas rotas,
una cierva atrapada,
un no sé qué tembloroso.
Y fuerte. También es fuerte
Como el diamante que acrisola
la amargura precoz. Y felina.
Y hermosa. Una burbuja de niebla
empaña sus profundos ojos limpios,
tiñéndolos de miedo. Está herida.
Eso me seduce y por ello pagaré
culpas ajenas. Pero es muy hermosa.
No escribo bella sino hermosa.
Con esa clara obscenidad
que tiene lo imposible.

 

De «Frente a Vosotros».

                                        Inédito

Escribí este poema sobre una historia real.

Una chica que me gustaba mucho pero que había vivido un infierno.
Era la segunda vez que sabía del abuso sexual de un padre
a su hija, que ya tenía, entonces, veinticinco años.

La madre lo supo y nunca se atrevió a hacer nada.
Nunca he logrado entenderlo

 

 

La libreta gris. Cuarta parte.

 

No me sorprendió encontrar estas líneas entre los documentos de Emilio. Sabía de la existencia de este texto, porque me lo había leído en vísperas de una Navidad. 

Y recuerdo que la versión que entonces compartió conmigo era algo diferente. Y que el primer párrafo le generaba muchas dudas. Pero, por lo que parece, al final, lo dejó así.

 

Mi madre y yo

No sé si os lo he contado alguna vez, pero mi madre se llamaba Natividad, aunque todos la llamaban Nati. Había nacido en un lejano pueblito cercano a Sos del Rey Católico, precisamente el día de Navidad de 1925. De ahí su nombre. Nació el mismo año, por citar a alguien, que Celia Cruz, o Gore Vidal o Robert Kennedy o Ignacio Aldecoa. O que B.B. King. Y antes de ella, solo un par de semanas antes de ella había nacido Carmen Martin Gaite. Era el año de la muerte de Erik Satie. Y de Pablo Iglesias. El año en que se publicó “Marinero en tierra” y, a titulo póstumo, “El Proceso”, de Kafka. Y en el que Sergi Eisenstein estrenó «El acorazado Potemkin». Y, curiosidad donde las haya, el año en que la R.A.E aceptó el verbo “piropear”.

Pero, dejadme decíroslo, su vida no tuvo el brillo de ninguno de los personajes que os he citado. No alcanzó celebridad alguna. Ella fue una heroína anónima. En realidad, da un poco igual donde y cuando nació. Eso solo sirve, quizás, para añadir algo de contexto. O para explicar, en parte, la soledad en la que vivió durante muchos años. Nacer allí, y entonces, no predecía una vida amable. Por mil razones.  Y asi fue.

Pero, hablando de su relación conmigo, lo relevante es que mi madre, a la que yo quería de la manera mas sencilla y mas incondicional del mundo, vinculándome a su mundo, del que colgaría el mío, me hizo lo que soy. Es posible que lo que tengo sea fruto de mi esfuerzo, pero lo que soy, es su obra. Con sus luces y sus sombras, que las hay, por supuesto, pero soy su obra.

Y eso que creo que no llegué a conocerla bien. Entendámonos. Sabía como era, como se iba a comportar o como iba a reaccionar, de la misma manera que ella sabía como era yo, y podía predecir casi sin error lo que iba a hacer, pero saber de su vida, saber como se había ido construyendo aquella persona que me había parido y que siempre estaba allí, no logré saberlo. Quizás es la ansiedad que surge de la ausencia, pero lo que supe de su vida hace mucho tiempo que me sabe a poco. O, dicho de otra manera, no supe todo lo que me hubiera gustado saber de ella, sobre ella. Y no fue que le prestara poca atención. Y mucho menos, que no la quisiera lo suficiente. Solo que tengo la impresión, certeza desde que tuve uso de razón, de que nada fue fácil en su vida. Y eso la hizo algo reservada con sus vivencias.

En aquellos años, en aquel momento, y es posible que siempre sea así, las madres, igual que los padres, no les contaban a sus hijos todo lo que habían vivido. Se trataba de dejar atrás una época dura como pocas, y una forma de dejarla atrás, era intentar desvincular a sus hijos de aquel pasado terrible. Pensad que, desde su nacimiento al mío, pasaron no solo sus 27 primeros años, sino, como el que no quiere la cosa, la Dictadura de Primo de Rivera, la II Republica y la Guerra Civil, además de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea. Casi nada. Así que ahora tengo la impresión de que, consciente o inconscientemente, vete a saber, solo nos contaban pequeños retazos que retrataban una juventud mucho mas feliz de lo que realmente había sido. Seguro. Ella siempre se esmeró, hasta que no pudo mas, en tratar de conseguir que, penurias al margen, nuestra infancia fuera lo mas alegre posible.

Era religiosa, conservadora, aragonesa, por ese orden y sobre todo, honesta. Nunca hacia trampas. Ni se engañaba ni engañaba. Eso sí, entusiasta del esfuerzo, del espíritu de sacrificio y dotada de un desmedido afán de superación, difícilmente desmayaba. Y era una persona buena, buena hasta lo indecible, sufrida, en el estricto sentido de la palabra, como casi todas las mujeres de su generación, viviendo lejos de sus raíces, intentando construir un entorno afectivo nuevo, en el que empezar por enésima vez a ubicarse, lejos de todo lo que fueron sus primeros veinte años, precedida, por otra parte, de un cierto hálito trágico, nacido de la hostilidad emocional que le deparaba su lugar en la familia, hálito del que nunca pudo desprenderse.

Y necesitada de afecto. Muy necesitada.

Y es sabido que, en esas circunstancias, las madres tienen tendencia a aferrarse a sus hijos, cayendo, a menudo, en el exceso. Con el riesgo que de ello se deriva. Madres posesivas que acaban por destruir la vida de sus hijos. Todos conocemos montones de historias que empiezan así y acaban en tragedia. Pero, sin embargo, no fue su caso. A pesar de esa necesidad, su capacidad para resistirse a la tentación de esa posesividad enfermiza que se apodera de tantas madres fue ejemplar. Y ese era uno de los fundamentos de nuestro amor. No recuerdo que quisiera apoderarse de mi. Es verdad que me necesitó muchas veces, y, que recuerde, siempre estuve allí, pero tenía la virtud de sugerirte, no la costumbre de gobernarte. Y nunca me faltó mi espacio. Siempre pude ser el que quise ser, sin esas dependencias enfermizas de los varones que no son nada, o casi nada, sin su madre. Ella sabía su sitio y respetaba el mío. Si cualquiera de los dos necesitaba al otro, solíamos estar allí. Mas o menos cerca, pero allí. Lo que no impidió que influyera en determinados aspectos de manera decisiva.

Es verdad que de crío intentó por todos los medios encauzarme hacia lo que ella creía que era lo mejor para mi. ¡Qué madre no lo intenta! Y su peculiar manera de entender algunas cosas, en especial la religión y la sexualidad, marcaron etapas de mi vida. Y eso deja poso. Pero cuando di síntomas de querer ser yo y no el que ella quería que fuera, su instinto y, porque no decirlo, su sabiduría y su amor, sobre todo su amor, me permitieron cortar amarras, me dejaron ir. No me retuvo. No me detuvo. Y confió en mi.

Debo confesar que, si pudiera recuperar algo relacionado con ella, nostalgia vana, ¡ya lo sé!, sería que pudiéramos volver a conversar, mano a mano; sentarnos cerca de una chimenea, atizar un buen fuego y escucharla contar historias, pedirle que me contara todo lo que no supe de su vida, todas esas historias suyas que nadie sabía. E incluso que me volviera a contar algunas que aún recuerdo. Cuando escribo estas líneas hubiera cumplido 85 años. Pero no tuvo esa suerte, porque un segundo cáncer se la llevó al inicio del siglo. Desde entonces y aun ahora … la echo de menos. ¡Claro que la echo de menos! No siempre, no a todas horas. Pero la echo de menos. Y siento no haberla disfrutado un poco más. Pero la vida es así y ella no me perdonaría que su ausencia me debilitara. La relación que teníamos nos hacía felices. Nos queríamos mucho, mucho. Pero sabíamos querernos. Nos queríamos bien.

                                                                           Barcelona, diciembre de 2010

 

 

El mote

 

Dedicado a I.S., donde quiera que esté

 

No cumplí los doce hasta noviembre de aquel curso. Y si era algo a esa edad era un pozo de desconcierto. Y me pasaban las cosas que me pasaban. Ahora os cuento.

La conocí en su casa.

En junio del siguiente año, cuando aun me faltaba medio año para cumplir los trece, me habían suspendido 3 asignaturas en tercero de bachiller. Me podía haber excusado con mi mala relación con D. Vicente, D. Vicente Fernández de Gobeo, de infausta memoria, una tortura para mi. Pero D. José María Arroyo, el director, con la autoridad que emanaba de su más que respetable figura, no me dio opción. Sin permitirme el alegato, me sentenció: “Estas no son las notas de un hombrecito”. Touché.

Ni que decir tiene que, en nuestro barrio, no había secretos. Y, a esas alturas, todo el mundo sabía, él incluido, por supuesto, que habíamos caído victimas de un furor preadolescente que, cuando no estábamos en clase, nos tenía “dando vueltas a la manzana”. Un singular ritual, que creo haber relatado ya, que nos permitía cruzarnos con las niñas de nuestra edad, que, todo hay que decirlo, también andaban alborotadas. Y, no penséis, la cosa no pasaba de ahí. Adiós, adiós, unas risas y a otra vuelta. Pero ella, entonces, no estaba en el grupo de las niñas con las que tonteábamos.

Mi madre, en materia de estudios, no hacía concesiones. Si algún objetivo claro tenía en esta vida era que sus hijos estudiaran una carrera. Para que no les pasara como a ella, que se sabía dueña de una inteligencia natural muy por encima de la media, pero que se había visto abocada al matrimonio y la maternidad porque entonces las chicas no estudiaban una carrera. Por resumir.

Así que aquellos tres suspensos no merecieron piedad. Antes de que se secara la tinta con que se habían impreso las notas, ya estaba buscando “profesor particular”, que era la expresión que, entonces, abarcaba todas las opciones posibles para remontar el desastroso resultado.

Y la elección no debió de ser sencilla, porque, además, tenia un coste económico imprevisto que, para presupuesto tan menguado, era de difícil encaje. Así que, entre los diferentes candidatos, la elegida fue una amiga de la familia. Que, además de tener el habilitante titulo de maestra, ajustó el precio y cobró poco. O igual hasta lo hizo gratis. Por ayudar. Las clases, para comodidad de todos, iban a ser en su casa. Y allí que fui. Con las orejas gachas y el rabo entre las piernas. El listillo había cateado tres y la exposición publica de su fracaso formaba parte de la penitencia inherente. Todo el mundo sabía adonde iba a media mañana, camino de la letra “B”.

Aquellos pisos eran algo mas grandes que el resto de las viviendas. Así que en una de las esquinas había un saloncito que debía tener, aproximadamente, unos doce metros cuadrados, quizás algo mas. Lo recuerdo estrecho y largo. Un tresillo sencillo, en suaves tonos marrones, dos mesitas laterales, imitando madera, entre el sofá y los dos sillones individuales, y una lámpara de pie con pantalla de algo parecido al pergamino era todo el mobiliario. No recuerdo cuadros ni nada similar. Aunque eso no garantiza que no los hubiera. Y un ventanal tras el sofá, que, a esas horas, llenaba de luz la habitación, lo que la hacía muy agradable. Aunque fuera para repasar asignaturas suspendidas.

La maestra era encantadora. Y comprensiva con el reo. Dió por sentado que en septiembre íbamos a aprobar. Empleaba el plural como síntoma de implicación y confianza en mis capacidades. Alguien le debía haber explicado que era una situación inhabitual, fruto mas bien del alocamiento que de la falta de talento. Y tenía paciencia. Lo que era de agradecer. Una mujer madura, casi cincuentona, de rostro afable, cabello corto, lo que entonces se llamaba a lo “garçon”, ojos vivarachos y despiertos, sonrisa luminosa y voz suave. Y que nunca paraba quieta con las manos. De hecho, había mas expresividad en su gestualidad manual que en todo lo que llegaba a verbalizar, que no era poco. Mi madre había elegido bien.

Debió de ser el tercer o cuarto día, y llevábamos apenas quince minutos de clase. La puerta del saloncito se abrió sin apenas ruido y, con andar gatuno, una niña de mi edad se deslizó hasta el sillón individual que estaba frente a mi, en el otro extremo de la estancia. Mi sorpresa interrumpió brevemente la explicación de mi profesora; miró de soslayo a la que luego supe que era su sobrina, volvió los ojos hacia mi, pestañeó apenas y siguió con su disertación. La niña llevaba un libro en la mano e inmediatamente, fingió leerlo, pero incluso un despistado crónico como yo podía percatarse de eso. De que fingía. En realidad, no apartaba la vista de mi. Aquellos ojos vivaces me escrutaban como nunca hasta entonces había hecho nadie. Y menos una niña de mi edad. Solo los tímidos pueden intuir lo que, mientras defendía la clase como Dios me dio a entender, me pasaba por dentro. Solo las personas que padecen timidez crónica pueden saber de qué les hablo. Salvé el trámite como pude y logré terminar la clase. Pero cinco minutos antes de acabar, ella se levantó. Pude, entonces, darle una rápida ojeada. Era el vivo retrato de su tía, pero con nuestra edad. Cabello castaño, corto, muy corto, en una versión adolescente del peinado de mi improvisada profesora. Vestía falda plisada, con poco vuelo, de color azul marino y blusa blanca. Apenas pude distinguir que calzaba porque desapareció igual que había llegado. Felinamente. Eso sí. Pude ver que era muy bajita.

Acabada la clase, recuperé la calle y empecé la indagación. ¿Quién era?

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Supe quien era, claro. Y con ello, supe del mote con que se la obsequiaba, pura crueldad, mote que, por otra parte, debo confesar que yo también usaba. Un mote que ahora nos debería poner poco menos que al borde del procesamiento. Un mote despectivo e hiriente como pocos.

Pero, cosas de la vida, acabó gustándome porque me habían dicho que yo le gustaba, cuestión esta, que realmente, nunca supe si fue cierta o no. Y no quisiera que ahora parezca que, cobardemente, reniego de lo que pasó, de lo que viví. De verdad que no es eso. No recuerdo que me quitara el sueño, síntoma, que, como todos sabemos, es clave para diagnosticar sentimientos. Pero a estas alturas, a mi edad, tampoco puedo engañarme. Bendita ingenuidad la de entonces. La de aquella edad precoz. Cosas de críos, sin duda. Porque después de un primer enamoramiento, este si, sufriente por no correspondido, ese detalle, gustarle a alguien, aunque solo fuera un poco, aunque solo fuera a distancia, era importante. A pesar de mis aires, ya empezaba a dar los primeros síntomas de la baja autoestima que viviría después. Claro que en ese momento y en esa época ni nadie podía darse cuenta de ello, ni yo podía interpretar las señales, y, mucho menos, intuir lo que vendría luego. Pero esa es otra historia.

Ella era una adolescente alegre, divertida, probablemente la mas madura de todo su grupo, que cargaba a sus espaldas con una orfandad muy temprana, pero que desprendía alegría de vivir a todas horas; solo que, por entonces, aprovechando esa superioridad emocional que tienen las chicas de tu edad, se dedicó a divertirse jugueteando con el proyecto de adolescente que yo era entonces; muy aparente por fuera, pero, en realidad, inseguro y tímido hasta la enfermedad. Era lo que había, era lo que tocaba. No hace falta decir, llegados a este punto que, por supuesto, nunca hubo ni el más leve atisbo de nada. Y si lo pudo haber, que no creo, mi timidez lo hubiera abortado, lo abortó, de hecho, de raíz. Era incapaz de acercarme a ninguna chica. Probablemente, de tanto como me gustaban. Vamos con ello.

Al principio, entonces, todo lo que teníamos eran los guateques, en algún piso, donde padres mas permisivos, o mas sutiles, nos permitían bailar. No recuerdo que bebiéramos. Aunque quizás se bebía y yo ni me enteré. Que podría ser. En casa de Tony, por ejemplo, hicimos muchos. Un tocadiscos sencillo, un puñado de singles y una pandilla de adolescentes. Tarde completa. Y hasta el domingo que viene.

Un día ella logró la autorización paterna, un señor serio que realmente imponía, para organizar un guateque en su casa. Donde, en aquel agosto, había atisbado la existencia de lo que para mi ya era un tesoro. Su hermano mayor tenía bastantes singles y E.P.’s de muchos de los grupos que me gustaban a rabiar. Así que no podía faltar. Hubo que pasar por el trámite de la lista de invitados, que, por mor del espacio, era limitada. Y cuya composición daba pie a juegos y especulaciones de casi todas clases. Pero estaba entre los afortunados. Y allí que fui.

Para mi vergüenza y escarnio. Todavía hoy no sé explicar lo que me pasó. Fue verme allí y empezar a coagulárseme la sangre en las venas. Un ataque de timidez terrible. El primero de algunos mas. Pero ese no lo olvidaré en la vida. Allí estábamos casi todos. Empezaron a sonar en el pick-up, uno de los lujos de la fiesta, “Les Surfs”. Un grupo de hermanos malgaches, cuatro chicos y dos chicas, que, además, al encanto de sus voces, añadían el dato medio exótico de ser muy bajitos. Iros situando. De rabiosa actualidad en aquel momento con sus versiones de grandes éxitos anglosajones, que ellos vertían al francés y al castellano e incluso creo que al italiano. El “cuatro canciones” de “Tu serás mi baby”, que se oía en la radio a todas horas, (versión, como supe mucho después, de “Be my baby”, la legendaria canción que Spector compuso para The Ronettes), era uno de los tesoros que la casa escondía. Fue sonar la música y mi corazón se desbocó. El rubor tiñó mis mejillas hasta la grana, un sudor frío empezó a cubrirme la frente, mis músculos se tensaron hasta lo indecible y me empezó a faltar el aire. Literal. La sangre dejó de circular por mis venas. Quedé paralizado. Me hubieran podido poner alfileres por todo el cuerpo, que no hubiera notado nada.

Poco podía imaginar que la salvación, por llamarla de alguna manera, estaba en un anexo de la cocina de la casa, donde padre y tía, mi maestra, (por cierto, sacamos las tres asignaturas con notas excelentes), se habían refugiado para dejar el terreno libre a la gente joven. Mi madre me había dado severas instrucciones. “Sobre todo, saluda a los mayores”. Y en un instante de lucidez, con ese pretexto, giré hacía donde estaban y me dispuse a seguir las órdenes de mi progenitora. Ya he dicho que su padre imponía, pero la presencia de mi profesora lo puso fácil. Saludé, di las gracias, y, sin poderlo evitar, le di una ojeada a la pantalla de televisión. En blanco y negro, TVE había programado para esa hora una zarzuela. Inolvidable. “La verbena de la paloma”. Empezaba en ese preciso instante. Y, lo creáis o no, con no recuerdo que pretexto, me senté en una silla y me quedé a ver la zarzuela. Completa. Aquella familia debió alucinar. Un buen puñado de mis amigos y casi todas ellas estaban fuera, en el salón, oyendo música y bailando, y degustando la merienda con la que nos obsequiaba la anfitriona, y yo allí, clavado delante de la tele, dándoles conversación en las pausas publicitarias y siguiendo en religioso silencio cada una de las escenas de la obra. Una zarzuela. Cuando acabó, consciente de mi ridículo, no fui capaz de salir al salón. Y me quedé mucho mas rato. Hasta que llegó la hora de irnos, de irme. Me despedí educadamente, dije adiós a la pandilla, bajé las escaleras y corrí hasta casa. Corrí como alma que lleva el diablo. Hasta perder el resuello. Hasta encontrarme en casa, a salvo.

Ni que decir tiene que, si alguna vez pude tener el favor de la chica, que no creo, allí finió todo. Como debe ser ante semejante comportamiento. Que no sé si alguien captó pero que hasta hoy no recuerdo haberle confidenciado a nadie.

Hubo mas capítulos, un concurso de canciones, una carta en un campamento, ……. Podría contaros algo mas sobre aquellos días y aquella chica. Parece mentira como se afila la memoria para recordar lo que pasó entonces, en aquellos días felices, y como, en cambio, olvidas lo mas reciente. Pero así es suficiente. Al menos, de momento.

Todavía, tiempo después, mucho tiempo después, en alguna reunión con los compañeros de curso, se la citó como de pasada, porque acabó casándose con alguien de nuestro curso. Y el mote, infame donde los haya, siguió estando allí. Me atrevería a decir que muchos de aquel grupo se verían en un aprieto si les pidiéramos su nombre de pila. No podrían recordarlo.

No he vuelto a verla nunca más. Ni siquiera cuando, muchos años después, defendí a su tía en el Juzgado. Pero, de verla, no me importaría presentarle mis excusas. Por el mote. Por haberlo usado. Y, porque no, por no tener la gallardía de intentar impedirlo. Aunque hubiera sido inútil, probablemente. A esa edad, a los trece años, nadie me hubiera hecho caso. Pero debí intentarlo. Así que, aunque sea tarde, perdón, señora.

Lo que no quiere el soberbioso……….

Los refranes de la abuela.

I.-

Benditos refranes. La abuela no se los quitaba de la boca. Uno para cada situación; con su inevitable moraleja, que era lo que realmente le gustaba del refranero. La sentencia que cada dicho desprendía. Ella era así. Sentenciosa siempre, la verdad.

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Todavía hoy es, o eso parece, un rincón perdido entre decenas de huebras resecas. Una esquina de las Cinco Villas, tan cercana al limite con Navarra como que esconde algunos campos que son, en realidad, mitad aragoneses, mirad navarros. Un puñadito de casas en un otero, al pie de la Sierra de Peña, que luce, con orgullo, su pasado romano, evidente tanto en el origen de su nombre como en los trazos que pueden verse en algunas de las piedras sillares de sus casas. No en vano se emplearon, en tiempos, bastantes restos de ese pasado para edificarlas.

Y hace años, hace ahora algo mas de 50 años, era, además, el paisaje de nuestra infancia, el lugar remoto donde pasábamos veranos enteros.

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Agosto. Ni siquiera la noche te daba tregua. Apenas apuntaba el amanecer, que el sol y el calor de la mañana ya eran asfixiantes. Y la polvareda que envolvía al pueblo, apoderándose de él, lo hacía todo aún más agobiante. Se trillaba en todas las casas, a destajo, para evitar que una inoportuna tormenta de verano perjudicara las mieses que aún se secaban en las eras. Primero habían llegado las cebadas, luego trigos y centenos. Las avenas siempre quedaban para el final. Y carros y galeras recorrían, tirados por mulas jadeando al límite, las calles del pueblo. Se acarreaban mostelas de haces, mieses de toda clase, aperos de trilla y recambios, para regresar con sacos rebosantes que se depositaban al resguardo del granero. Esa actividad frenética, ese ajetreo continuo, cubría toda la pardina de una nube asfixiante. El polvillo que la paja soltaba al ser aventada, al que se sumaba el que levantaban caballerías y carretas, permanecía en suspensión mientras duraba la agitación. Y allí, en medio de todo, respirando como podíamos, vestidos de cualquier manera, agitanada la piel, con la boca reseca y sudando a chorros, estábamos nosotros. Uno de nuestros tíos dirigía esas labores y lo hacía sin compasión. Cuando reclutaba a la chiquillería, casi siempre, no concedía tregua. Dirigía las operaciones con puño de hierro, estaba en todas partes y el rugido permanente de su voz, salpicada siempre de un vocabulario que se volvía aún mas soez de lo habitual bajo la tensión de la trilla, lo dominaba todo. Y exigía de nosotros como si fuéramos peones contratados. No en vano éramos de la casa. El grano para la familia debía llegar rápido y bien al granero, y no cabían distracciones. Escabullirse, tan solo intentarlo, era alta traición. Se libraba una guerra en la que no se hacían prisioneros.

La trilladora tosía porque era antigua. Y de vez en cuando se atascaba. Pero el tío Alberto, que ya empezaba entonces a tener la cara de boxeador sonado que le caracterizó el resto de su vida, tocaba un tornillo aquí, ajustaba una correa allá, y lograba que siguieran funcionando, milagrosamente. Que duda cabe que eran sus habilidades mecánicas las que lograban eso, pero nosotros, pobres infelices, estábamos convencidos que todo se debía a la magia que residía en el trapo que llevaba en el bolsillo de atrás del pantalón, y más concretamente, en la grasa que lo impregnaba.  Grasa milagrosa, pensábamos.

El tratorico también tosía. Allí todo se estaba haciendo viejo. Y aquel armatoste, que había salido de donde ni se sabe, tenia que mantener en marcha el mecanismo de la trilladora. Lo que lograba con dignidad, pero a duras penas.

Las gavillas seguían llegando desde los campos. Y cortábamos los fencejos con un giro seco de muñeca y en el mismo instante desparramábamos la mies al inicio de la banda elevadora. Esta atrapaba la mies y la depositaba en la boca insaciable de la trilladora. Que devoraba sin cesar, engullendo el cereal hacia el tambor de peines, luego hacia el cóncavo y, finalmente, hasta ventiladores y zarandas, donde se remataba el proceso. Todo esto, siempre sin quitarle ojo a las dos bocas laterales de ensacado que escupían grano. No se podía fallar en el momento de cambiar de un saco a otro para que no se perdiera ni un grano del preciado cereal.

La pausa del almuerzo, pan y tocino normalmente, había sido, como siempre, breve. Pero la parada para comer era sagrada. Todo el mundo había trabajado duro y había que reponer fuerzas. Y restañar heridas y aliviar magulladuras. Las hoces para desgavillar los haces cortaban como navaja barbera y eran frecuentes los tajos en los dedos, fruto de nuestro afán de ir mas deprisa todavía. Y abundaban los cardenales, fruto de golpes involuntarios en medio de tanto trasiego. Nada mejor, entonces, que las ensaladas, los guisos de carne o legumbres; algunos días algo de caza, y siempre el pan de hogaza del horno de Mari Carmen. Regado con vino de la Cooperativa, vino recio donde los hubiera, que aguardaba en botas a la sombra, pero que, cuando te lo dejaban probar para incentivar tu aportación, raspaba en la garganta y quemaba en el esófago. Suerte del agua fresca de los botijos.

Y después de comer, cuando el sol era plomo derretido y no había ser humano que resistiera su acoso, el frescor de las falsas. La siesta. La somnolencia de la digestión y el agotamiento de la mañana eran suficientes para que no tuvieran que insistirnos, a pesar de que, por lo general, inquietos como perdiganas, la cama no era nuestro refugio favorito. Pero a los cinco minutos, dormitábamos todos.

Un par de gritos y a reenganchar en el tajo. Sol y más sol, sudor y más sudor, el último esfuerzo del día, los últimos gritos, los últimos sacos. Y a la hora de la merienda, a la chiquillería, por fin, se nos permitía librar.

Impacientes, el hambre volvía a ponernos alerta. Porque, además, esa comida era, de todas las del día, la mejor. La abuela la organizaba con precisión matemática. Y siguiendo un ritual invariable: los lunes, pan con aceite y azúcar, los martes, pan con chocolate, los miércoles, tortas, los jueves, magra de jamón con pan, y los viernes, pan con vino y azúcar. Sábados y domingos se dedicaban a los dulces que se elaboraban en la casa: de sandía, de higo, de tomate…. Rebanada de pan y dos cucharadas soperas de dulce.  Y acudían todos los nietos. Todos los que estuvieran ese día en el pueblo. Tomando en cuenta que tenían treinta y ocho y que en agosto estaban casi todos, los habituales del pueblo y los que llegábamos desde Zaragoza o desde Barcelona, a nadie se le oculta que la merienda era un jolgorio sin igual, que llenaba la cada de risas y voces, un espectáculo alegre y colorido. Una especie de verbena cotidiana, a la que solo le faltaba la música y los farolillos multicolores. Recibíamos por orden de edad, rigurosamente y, por lo general, en la cara se nos dibujaba un rictus de felicidad. Las raciones eran generosas. Y las devorábamos¡¡

De todos los primos, no sé bien porque, mientras escribía, me ha venido a la cabeza el cuarto de los hijos del tío Jesús, que, amén de ser el mayor de los hermanos vivos, (el primogénito había fallecido en el 39), vivía allí, cuidando los rebaños de su suegro, proveyendo de carne al pueblo, cultivando algunos campos de secano y la huerta familiar. Su cuarto vástago se llamaba Javier, en atención a la devoción que su abuela Elisa sentía por el santo jesuita, cuyo castillo natal estaba apenas a 40 kilómetros del pueblo. Era más joven que yo, un buen puñado de años de diferencia, pero verano tras verano coincidíamos y nos convertíamos desde el primer al ultimo día de mi estancia allí, en compañeros inseparables, cómplices de toda suerte de correrías: robábamos brevas y almendrucos, cogíamos moras de los zarzales del arroyo, encorríamos perdices, acompañábamos a los pastores, y, día sí día también, éramos aliados para todo lo que se nos ocurría: triscar por los rastrojos, bañarnos en la arboleda, asaltar el granero del abuelo para hundirnos en el trigo, bajar a por agua con el burro y las anganetas de seis cántaros, y abastecer de agua toda la casa, un no parar de tareas y trastadas ….. hasta que tocaban o diana o llamada y había que acudir al tajo. Mucha complicidad, en resumen. Que rara vez se quebraba. Y si en alguna ocasión, en que, fruto del temperamento o de distintos puntos de vista, aparecía alguna diferencia, nunca fallaba la sabia aportación de la tía Ana, con su saber hacer, su sentido de la equidad, y su legendaria “mano izquierda”.  Colegas y cómplices. Lo mejor de la vida. O eso creía yo.

Javier era de los primeros en acudir a merendar. Nunca llegaba tarde. Y hacía buen papel. No dejaba ni las migas. Había pasado épocas en su vida, de mas chaval, en los que comer era para él una tortura. Sopa y pollo era todo lo que toleraba, para desespero de sus padres, excelentes comedores ambos. Pero con la pubertad había experimentado un cambio y se apuntaba a todo. Por eso, aun resulta más extraño lo que ocurrió aquel día. Era jueves y la abuela había subido a la falsa de los jamones y había bajado con el plato de magras. Cabe decir que allí, entonces, el jamón no se cortaba como ahora, en lascas finas, sino que el cuchillo ahondaba en el jamón y separaba lonchas grandes y largas de medio centímetro de grosor. Que iban directas al pan. Magras. En aquel pueblo el jamón se comía así. Magra tras magra. Y nosotros las devorábamos con fruición.

Todavía es un misterio por qué aquel día Javier organizó aquel barullo. Que si su magra era mas delgada que la de los demás, que el vivía allí y como iba a menudo a ver a los abuelos, tenía derecho a pasar delante de los demás, que si ahora él era el favorito del abuelo, que si ya le tocaba a él, que nosotros éramos ya muy mayores. Un sinsentido repentino, que casi nadie entendió, y que culminó con mi primo dando un portazo y saliendo de allí llevado por mil demonios. Eso si. En su furor, se dejó la magra. Y la tía Ana miró a mi abuela. Y mi abuela miró a mi primo Pepe, que todos sabíamos que era un tragón. Y Pepe me miró a mi. Y no hizo falta mas. Pepe puso cara de “como despreciar una buena magra de jamón”…¡Y como casi había terminado la suya, no le supuso sacrificio alguno engullir la de Javier!

A la tía Ana y a la abuela se les escapaba la risilla por la comisura de los labios. Y, como os he dicho, sentenciosa ella, la anciana, en un susurro, tiró de refrán: “Lo que no quiere el soberbioso, se lo come el goloso”. Refrán como colofón. Y moraleja. Aquel día, lo que Javier despreció, se lo comió Pepe.

 

El autocar de los prodigios

 

Mustafá conduce a toda velocidad por la autovía. El autocar es una bestia rugiente que no deja de acosar a cualquier coche que se le pone por delante. Los turcos de turno miran por el retrovisor preguntándose que demonios pretende el loco que conduce aquel mastodonte. Pero, impertérrito, Mustafá no levanta el pie del acelerador.

El paisaje es abierto. El valle por donde transcurre la carretera, surcado por un río de aguas bravas, de un leve color parduzco, parece fértil. Se va estrechando a medida que avanzamos. Y la luz crepuscular, filtrándose a través de nubes deshilachadas, hace que las montañas parezcan aun mas cercanas, como si se recogieran, reverentes, sobre la cinta de asfalto por la que circulamos.

Mi mente no sabe de treguas. Algunas veces, pocas … no vayamos a entusiasmarnos… la vida te obsequia con un guiño portentoso. Casi mágico. Sencillamente, y con la misma simple deriva con que te va dejando sin amigos que creías para siempre… casi como sin querer, como sin pretenderlo …. cuando ya no te lo esperas…. va y te devuelve algo de lo perdido y aparecen en tu camino, casi por casualidad, un racimo de buenas personas. Y Mustafá, en este atardecer algo desmayado, lleva a bordo un buen puñado de esa clase, “rara avis”, de compañeros. Mi cabeza bulle.

Es el final de una larga jornada. Josep, una vez más, nos ha exprimido y, por supuesto, viaje dentro del viaje, nos ha obsequiado con su interminable saber. Dormita. Una cabezada breve. Una pausa.

Y, entonces, y a pesar del cansancio, ellas se apoderan del momento. Y a mi lo que más me gusta, lo que prefiero, es escucharlas. Esas bromas de mujeres empoderadas, esos comentarios rápidos y afilados, mezclados con guiños dialécticos insuperables, esos juegos de palabras atrevidos, siempre sazonados con citas que revelan su elevada cultura y que, a su vez, delatan su origen. No me canso de oírlas hablar ni ellas se cansan de hacerlo. Tema tras tema, un rato y otro rato, sin pausa, sus voces se apoderan de todo. Del aire, de la luz, del espacio, del sonido y, en especial y como no, de la risa, sobre todo de la risa. Todo tamizado por esa ternura inherente a su manera de entender la vida. Ellos, que los hay, y de notable estatura humana, también son importantes, desde luego, pero ellas, ellas reinan por encima de cualquier consideración. Pura brujería.

Y, paradoja, yo dejo de ser yo para ver como aflora alguien que creí desaparecido. Y, aunque, como de costumbre, parezco mas de lo que soy, dejo que las risas me inunden, se disipe la angustia, se disuelva la tristeza. Y se obra el prodigio. El sosiego surge como por ensalmo. El miedo a la muerte, que ha estado cercana, va quedando atrás. Un conjuro invisible llena de calma mi afligido corazón, se desvanece la melancolía, y lo que suele ser una leve sonrisa se convierte en un manantial de carcajadas, una cascada de regocijo. Un jolgorio interminable. Y levito. Creedme que floto. De pura paz interior.

Mañana será otro día. Distinto. No le van a faltar alicientes. Es imposible que eso ocurra, estando donde estamos y siendo los que somos. Veremos lugares excepcionales y cosas maravillosas. Comeremos y beberemos, o no, según el día. Y volveremos a ver mas portentos y a vivir otros momentos de asombro, nuevas sorpresas. Pero el rato bueno, el que no puede faltar a la cita inevitablemente, es el que beberá del hechizo de compartir, una vez mas, ese espacio común, lleno de su seductora presencia.

Y, anhelo…, espero que vuelva una y otra vez, año tras año. Y dará igual el país. Y resultará indiferente la carretera, y el modelo de vehículo ni sumará ni restará. Ni llegará a ser relevante el chofer, salvo cuando sea etíope. Aunque esa sería otra historia. Lo que de verdad importará es que, de nuevo, podré volver a estar, con todos, pero sobre todo con ellas. Impaciente, aguardo a que regrese el encantamiento, a que se desboque, otra vez, el autocar de los prodigios.

                                                                 Turquía, agosto de 2018

Fente a vosotros (Poema XII)

Horadas la memoria
sus lagunas y relieves,
descubres sobre el tiempo,
encaramado,
un manojo de nervios
y violetas,
alguna humillación
y el resorte oxidado
de la sangre ajena.
Y eliges,
una vez más,
darlo al olvido

De «Frente a Vosotros».

                                        Inédito