Hojas sueltas (I)

VIII.-

En la caja de Emilio había, creo que ya os lo conté, un puñado de hojas sueltas. Temas aparentemente aislados. Notas garabateadas apresuradamente, borradores apenas abocetados, bosquejos de cartas, …. Como si al no incorporarlos a la libreta gris, hubiera querido dejarlos al margen. Pero dignos de ser tomados en consideración. Algunos teñidos de amargura. O eso me parece a mí. Recuerdos que el tiempo no parece haber mitigado. Están llenas de tachaduras y “pentimentos”. Las he “pasado a limpio” y las publico como creo que él hubiera querido. Esta es una de ellas.

 

No money, no show.

No era todavía época de artistas ambulantes por las calles de nuestra ciudad. No era habitual. Algún músico, si. Pero funambulistas, mimos, malabares… esos vinieron después. O al menos, creo recordarlo así. No tenía noción de ello. Quizás simplemente por que estaba tan destruido entonces, mi dignidad andaba por los suelos, que mucho de lo que sucedía a mi alrededor me pasaba desapercibido. Pero de verdad que no los recuerdo.

Malos días. No sé si alguna vez has tenido esa sensación. Nada encaja, nada está en su sitio. Todo lo que intentas fracasa o no funciona. Nadie parece reparar en tu existencia. Cuesta respirar. Una mano atenaza tu garganta. Te pesan los ojos que, además, se pasan las horas al borde del llanto. El latido de tu corazón o es apenas perceptible o se te desboca en el pecho. Como si estuviera o a punto de detenerse o a punto de hacerte estallar el plexo solar y salir huyendo. Aquello no era vida.

Mi amigo, cuasi-hermanos escribiría años después, en un alarde de cinismo, creo que no estaba mucho mejor que yo, pero lo gestionaba de otra manera. Tenía un orgullo que lo mantenía en pie. Para que luego digan que el orgullo no lleva a ninguna parte. Y como aún era mi amigo, estuvo ahí. De lo poco que hubo entonces.

El sinsentido en el que no vivía tenía muchas consecuencias. No todo eran noches insomnes. Quizás ni siquiera era lo peor. Al fin y al cabo…. devoras libros o intentas que la música alivie tu angustia y todo eso que tienes. Acabas haciendo de la necesidad, virtud. No. Lo peor posiblemente fuera que todo ello agigantaba los miedos que venían contigo desde la infancia. Los convertía en titanes que te tomaban rehén sin posibilidad de rescate. Y atrapado, te instalabas en el pánico a todo. Miedo a ir y a no hacerlo. A intentar algo y lo contrario. A decir y a estar callado. Mal compañero el miedo. Creedme.

Y entre mis fobias, la de salir de las fronteras de lo que entonces era mi país. Terror, literal, a lo desconocido. Y ahí mi amigo estuvo al quite. Viajero empedernido, tenia un congreso de su especialidad en Leiden. Y allá que fuimos. En un coche al que él llamaba cariñosamente “el armario” y que debía ser un modelo antiguo de Seat que no soy capaz de recordar. Un armatoste. La verdad es que los coches me han importado toda la vida un comino. Pero esa es otra historia.

Loco del volante, podía estar horas enteras conduciendo. Para mi era incomprensible, pero era inútil razonar con él. Volante y asfalto lo convertían en un tío feliz. Y locuaz. No callaba nunca. Mezclaba temas compulsivamente. Música y paisaje, anécdotas de sus guardias médicas, coches y motos, alguna evocación del colegio, alguna anécdota sobre antiguos compañeros, y de nuevo música y coches. Radiografiaba, mientras las tarareaba, sus canciones favoritas y radiografiaba los coches de su devoción. Y lo dicho. Allá que fuimos. Insomne como era entonces, no tardé en quedar dormido.

Desperté al pie de la Torre Eiffel. Había tenido la humorada de entrar en Paris solo para darme esa sorpresa. Eran las seis de la mañana y hacía frío. La torre estaba cerrada. Ya subiríamos otro día. Una baguette con mantequilla y a Leiden.

Por supuesto, a mi no se me había perdido nada en un congreso de oncólogos. Meritorios, que duda cabe, esforzados, pero una compañía francamente aburrida. Que me perdonen. Así que el destino inevitable fue Ámsterdam. Donde, obviamente, nunca había estado. Centraal Station, Jordaan, Nieuwendijk, Kalverstraat cuando todavía no se sabía una calle cara y pasear por ella era un placer reconfortante, el Singel y el Bioemenmarkt, el mercado de las flores, entre barcazas orilladas en el canal. No estuve muchas horas, pero por razones que desconozco la ciudad se me incrustó en el alma. Sin previo aviso, como por ensalmo, la ansiedad dio paso al sosiego. Y por un rato recuperé la calma y la sonrisa, y esa sensación olvidada de estar bien contigo mismo y con el resto de la humanidad. Y solo pudo ser la ciudad. Porque durante las horas que pasé allí, solo hablé con el camarero del Café Karpershoek, eso sí, en mi lamentable inglés. Era la primera vez que respiraba el aire libre que era la esencia de aquella ciudad. O dicho de otra forma, aunque pueda parecer ridículo porque probablemente lo es, en aquel momento y para mí, era una puerta de salida. Que me permitía intentar dejar atrás un mundo claustrofóbico y pequeño, de creencias simples, obligaciones rutinarias y cotidianeidad mediocre. Y de soledad y desamor. Claro. Luego, con el transcurso del tiempo y los viajes posteriores te das cuenta de que la ciudad tiene más mucho más que ofrecer. Pero aquel día, aquella pincelada era mucho.

Y la plaza Dam. Iglesia, palacio, hotel y monumento. Y los puestos donde comer arenques con pepinillo y cebolla.

Él estaba allí, en el centro. Cama de vidrios, colchón de clavos, botellas, trapos, aros y bastones metálicos. Su tenderete lograba tu atención aunque no quisieras. Y el corro de curiosos fue tomando forma. Unos pocos primero, algunas decenas después. Cuando el zíngaro estuvo cercado por una pequeña multitud, se agachó para coger una gorra cochambrosa. Armado con ella, inició una vuelta al ruedo agitándola levemente, para que los presentes se dieran por aludidos y la llenaran de monedas. O algún billete, claro. Que él no le iba a hacer ascos.

Uno de los curiosos, en el otro extremo del corro, despeinado, tejanos viejos y anorak roto, ojos mezquinos, interpeló al artista. “Hey, man, how are we going to give you money if we have not seen what you know how to do?”. La interpelación sonó como una bofetada. El fulano del anorak roto tenía cara de pocos amigos. Un breve silencio. Frío hasta en las pestañas.

Giró sobre si mismo. Pocas veces he vuelto a ver tanto orgullo en unos ojos. Encaró al entrometido, lo taladró literalmente, paseó la vista por el resto de la gente y escupió: “No money, no show”. No se que hubiera dado por esa fiera dignidad. 

Le llovieron las monedas. Y cuando remató la vuelta y el casquete bullía de monedas, dio comienzo al espectáculo. Ritual antiguo para embaucar a un puñado de curiosos con cuatro trucos simples pero efectistas. Su show. Supervivencia en estado puro. Piel curtida, insensible al dolor. Fuego en la boca, fuego en los ojos. Aquello era dignidad. Lo demás, paisaje.

Una foto ya descolorida, revelada por contacto, vertical, de apenas ocho por cinco centímetros es el único recuerdo material que he conseguido rescatar.

Emilio dejó la foto cogida con un clip a la pagina del relato.

 

 

 

Permitidme rescatar este viejo poema.
A modo de feliz aniversario.

 

Quiero morir
con una sonrisa entre los labios
como sí­mbolo y resumen de mi vida.

Antes he de pintar mis ojos
con el azul profundo que robo a las estrellas
y llenarlos con la luz
de noches con mil lunas.

Adornaré ese día mi vientre
con el recuerdo y el perfume
de otros vientres,
con el dibujo invisible que otras pieles
tatuaron en mi piel

Regalaré la vida que me quede
a los cuatro chavales que gritan en mi calle.
Solo será de ellos.
Me giraré para buscaros
un instante
y sonreír de nuevo,
como cuando erais niñas.

Me vestiré de algodón
de color blanco.
Me sentaré descalzo
en el sillón que habré escogido
como ultimo refugio.

Tendré las manos llenas
con historias
que no voy a contar.
Y cantaré despacio la balada
que aprendí­ de tus labios

Quiero morir tranquilo,
parpadear apenas, dormirme lentamente,
sin darle siquiera
una oportunidad al miedo.

Barcelona
5/7/1983

Las fichas (II)

VII.- 

Ficha B

Libros, música y efectos colaterales.

 

Mis padres no leían habitualmente. No tenían opción. Supongo que no tenían ni oportunidad. Ella nunca tuvo tiempo. Y él no estaba. Sobrevivir era la tarea y cada uno lo hacía a su manera. De hecho, resulta difícil saber si, caso de haber podido, se hubieran aplicado con la literatura. No recuerdo rastros de que tuvieran ese hábito. Pero, aunque pocos, en casa siempre hubo libros. Pensando en nosotros, supongo. Y de ellos mamé a destajo todo lo que pude.

Una librería de salón. Sin pretensiones. Y en ella una breve colección de lo que entonces eran mini libros, de la Editorial Aguilar, Colección Crisol, con un par de decenas de títulos variados. Desde “Sandokan / La mujer del Pirata” hasta “El Cantar del Mío Cid”. Desde Fray Luís de León y “La perfecta casada” hasta “El caballero de Olmedo” de Lope de Vega. Y Tirso, y Calderón, y San Juan de la Cruz, Y Marquina y “En Flandes se ha puesto el sol”. Si, también Marquina. En un rincón de la estantería, sutilmente oculto, el libro del Dr. López Ibor. Y en lugar preferente, lecturas sugeridas para nosotros. Los dos libros de Quoist. “Amor: El Diario de Daniel” y “Dar: El Diario de Ana María”.El teólogo francés, entonces de moda, escribió, entre otros, un par de libros en los que abordaba con un lenguaje pretendidamente moderno una especie de aproximación desde las tesis católicas a la realidad cotidiana. Bajo la ficción de dos diarios adolescentes, se intentaba, tal y como pretende siempre este tipo de autor, teorizar y, sobre todo, adoctrinar a los adolescentes sobre el futuro, marcando la ruta que debía seguir su vida afectiva, y, en especial, su sexualidad. Atentos a los títulos y el matiz masculino/femenino de ambos. Sugerencia, sin duda, del confesor de mi madre, él había dispuesto que esos libros debían formar parte del itinerario formativo de sus hijos adolescentes. Y, disciplinada, así lo hizo. Sin fisuras, como siempre, sin demasiado criterio propio, porque, entre otras coas, esa es la utilidad de un confesor. Esos dos libros y el del jesuita Martín Vigil, “La vida sale al encuentro”, creo que fueron la guía pedagógica que nos brindó en la adolescencia. En especial a mi. Porque, hasta donde soy capaz de recordar, mis hermanos no debieron de leerlos. Ya eran muy listos entonces.

Lector precoz, devoré los tres una y otra vez, en un bucle malsano, intercalándolos, afortunadamente eso sí, con las aventuras de Sandokan (creo que esos libros, los dos primeros de la saga, llegué a sabérmelos casi de memoria), y los clásicos de Crisol. Me fascinaba en especial “El cantar del mío Cid” y la afrenta de los infantes de Carrión. ¿Cómo evitar que la mente desbocada de un niño de doce o trece años no soñara con Yáñez, o con Álvar Fáñez?. Imposible sustraerse al sueño de ser Aníbal, no refugiarte en Capua y galopar a la conquista de Roma. Y luego estaba Lope. Me gustaban y aún me gustan mucho sus obras de teatro. Incluso podría recitar algún trozo, si la ocasión lo merece.

También estuvo la biblioteca del colegio. Si es que se puede llamar así a un armario con puerta de cristal, colocado en una especie de antesala del pasillo por el que los profesores accedían a las clases. Del orden de doscientos libros, mal contados, de historia, biografías y relatos de descubrimientos. Alejandro y Aníbal. Julio César. Los Escipiones. Atila. Ricardo “Corazón de León”. Gengis Khan. Marco Polo. Colón, Cortes, Núñez de Balboa, Magallanes y Elcano. Y Da Vinci. Y Stanley y Livingstone, por supuesto. Y las crónicas de los viajes de Scott, Amundsen y Peary. Que entonces, por su dureza, casi eran relatos de terror. La soledad y la locura impregnaban sus páginas desoladoras. Sin novelas. No había novelas en aquel armario. Bueno. Miento. Había una. Que valía por cien. “La Isla del Tesoro”. Leída varias veces, casi compulsivamente. Confieso que, desde entonces, mi amor por Stevenson no ha hecho mas que crecer.

De los tebeos, otra de mis pasiones, prefiero hablaros otro día. Pero también estuvieron allí.

Quién les había de decir, ajenos, por supuesto, a las tesis de aquellos libros que acabarían por hacernos, por hacerme, más mal que bien. Ignorantes de que aquella visión de la vida y de la realidad me iba a meter en una burbuja emocional totalmente deformante. Desconocedores de que el precio que habré de pagar, años después, para vivir con sus efectos primero y para intentar escapar de ellos después, será extremadamente doloroso.

Pero hubo mas. Amén de los libros, propios o prestados, felizmente, llegó la radio. Y con ella, la música.

Aquel bendito aparato de radio, una Telefunken comprada a plazos, pagada tras no pocas odiseas, fue la ventana. Su capacidad de llenar las horas e inundar la casa de música fue media vida. Había otras cosas, claro. Desde el “Ángelus”, “el Ángel del Señor anunció a María….”, hasta “el parte” de la Radio Nacional que fundara Millán-Astray y que entonces aún destilaba fascismo por todo el dial. Y Radio Miramar. Y Radio Juventud. Pero, sobre todo, estaban los programas musicales y “de variedades”. Para mi, un programa de radio en especial. No consigo recordar ni nombre ni emisora. Discomanía o El Gran Musical. No estoy seguro. Pero no olvidaré jamás la sintonía. The Marcels. Aunque entonces no pudiera saber el nombre del grupo porque ninguno de los locutores se hacía eco de ella, la especial y singular introducción de “Blue Moon” era magia. Escuchadla. “Bom ba ba bom ba bom ba bom bom ba ba bom ba ba bom ba ba dang a dang dang. Ba ba ding a dong ding Blue moon moon blue moon dip di dip di dip Moo Moo Moo Blue moon dip di dip di dip Moo Moo Moo Blue moon dip di dip di dip. Bom ba ba bom ba bom ba bom bom ba ba bom ba ba bom ba ba dang a dang dang Ba ba ding a dong ding”. Una chifladura “doo wop” fascinante. Una onomatopeya musical inconfundible. Con ella empezaba todo. Una sintonía que te daba acceso a un mundo maravilloso.

“Blue moon, now I’m no longer alone
Without a dream in my heart
Without a love of my own”

y que abrió la senda a lo que luego fuera casi toda la música del mundo.

Aunque a ella, a mi madre, quien le gustaba de verdad era Gloria Lasso. “Luna de miel”. “Nunca sabré cómo tu alma ha encendido mi noche. Nunca sabré el milagro de amor que ha nacido por ti. Luna de miel”. La votaba por las noches, escribiendo breves cartas al final de una jornada eterna, para que volvieran a ponerla en uno de aquellos programas en los que los oyentes podían decidir quien era el o la mejor cantante o canción. Y la oías tararearla suavemente mientras se acostaba en aquella cama casi siempre vacía. Y, por supuesto, todos los sábados, “Fantasía”. De la mano de aquellos cuatro monstruos radiofónicos. Almendros, Fernández, Arandes y Gallo. Y los inacabables duelos entre “dinámicas” y “guardiolistas” que siempre le producían una sonrisa escéptica. Ventajas de la equidistancia musical. Aunque siempre sospeché que los matices de la voz del inefable “Pepe Hucha” no le desagradaban en absoluto.

Mi padre tenía gustos mas eclécticos. Flamenco, claro, que por algo había nacido en la tierra de María Santísima. Y rumba. Como no podía ser de otra manera, rumbero él para muchas cosas. Bambino y Peret. Y “El Pescailla”. Pero también baladistas románticos, tipo Tom Jones o Engelbert Humperdinck. Y luego, tiempo después, eso si, José Feliciano y Simon & Garfunkel. Moderno él, para casi todo. Aunque eso fue después. Mucho después.

Pero de la mano de la Telefunken, se empezaban a respirar otros aires. Sobre todo, porque permitía atisbar que hay afuera estaban pasando cosas, había otros mundos. Los Sirex, Los Brincos, Los Salvajes. Y, claro, The Beatles y The Rolling Stones y toda la oleada de pop-rock británico: The Hollies, The Who, The Animals. Y aquel loco maravilloso de Them, el irlandés que, entonces no lo sabía aún, iba a acompañarme el resto de mi vida. Y Dylan. Y los Beach Boys y “The Mamas & The Papas”. Y Tamla Motown. La maravillosa música de “la joven América”. The Miracles, The Supremes y The Four Tops, mi segundo single:

“Reach out (reach out for me.)
I’ll be there, with a love that will shelter you.
I’ll be there, with a love that will see you through.
I’ll be there to always see you through”.

Y, claro, Otis Redding y Aretha Franklin. Mi otra única devoción verdadera. Y los cantautores. El inicio de una ruta inacabable, el comienzo de una aventura que aun persiste.

Bendita Telefunken                 .

Y, mensajes genéticos al margen, esa fue una parte del material básico con el que se forjó mi barro primigenio. Una mezcla inverosímil de libros escogidos entre la “guía espiritual” y la casualidad, llenos por igual de guiños rancios y de aventuras sin fin, para llenar un corazón adolescente de sueños inverosímiles y de ideales absurdos. Y, al rescate, la música que irrumpía entonces como un torrente que iba a sacudir nuestras vidas. Lo que parecía una simple forma de evasión acabó por convertirse en una medicina singular para paliar los efectos del complejo mundo emocional en el que debíamos vivir, prisioneros, sin duda, de lo que trataba de conformar nuestra propia esencia, aquel sincretismo de religiosidad, fascio y machismo que mamábamos desde el origen, que formaba parte de nuestro ADN, que se incrustaba en nuestra mente y tatuaba nuestra piel. Códigos e ideas inaceptables. Y un fango espeso en el que estuvimos chapoteando, aún sin saberlo, demasiado tiempo. El que tardó en llegar la curación.

 

“And I wanna make love to you yes, yes, yes
when the healing has begun”

“And The Healing Has Begun”
(“Into The Music” 1979 Van Morrison)

Las fichas

VI.-

Un puñado de fichas, aparentemente sin clasificar. Algo caóticas, si se me permite la expresión. Pero un caos hermoso. O al menos a mi me lo parece. Os transcribo algunas.

 

Ficha A

El chico sin raíces. Barcelona. Zaragoza. Gallur. Sádaba. Sofuentes.

Un charco untuoso con un oscilante arco iris flotando en la leve capa de gasóleo. Es la estación de Gallur. No recuerdo porque razón, pero he viajado solo hasta Zaragoza. La figura de mi padre en el andén de la Estación de Francia, perdiéndose en el ángulo muerto que la curva del propio apeadero obliga al tren, uniendo sus manos sobre el pecho en un simbólico abrazo, en un gesto que automatizaré desde entonces como muestra de afecto máximo. Una leve angustia delata, en su rostro, el miedo a dejarme con mis pocos años solo en el tren. Un abrazo a distancia, probablemente el más cálido que nunca me dedicó. En el bolsillo llevo un limón de caramelos, envuelto en un celofán levemente verdoso, troceado en gajos azucarados. No ha sido posible resistirse al encanto del vendedor que con su carrito ambulante camina paralelo a las vías vendiendo golosinas.

Zaragoza. Y luego Gallur. Un electro-tren, cuasi plateado y sucio, frágil, con un leve aire como de juguete, parecido al tren eléctrico que soñaba conducir por las imaginarias vías del salón de casa. Otro de esos recuerdos mágicos, otra de mis evocaciones inmarchitables. Siempre amaré viajar en tren. Siempre lamentaré no haber sabido, cobarde, hacerle un quiebro al destino que me hubiera permitido viajar en mis años jóvenes por toda Europa, en tren.

Desde allí, desde la estación de Gallur, “la Renfe”, un viejo autocar, de sempiterno olor a mareo, siempre lleno, recorriendo destartaladas carreteras comarcales, entre campos de cereales pespunteados por alguna acequia. Lleno de maletas, bolsas, atados, fardos, jaulas. Sádaba. Más ajetreo. Subidas y bajadas. Algún grito con el inefable acento de aquellas tierras.

Y, por fin, la tartana. A las riendas el cartero manco, precisamente cartero por manco, de tenue bigotito, de voz meliflua y de gestos vagamente autoritarios. La tartana. Se crea o no, idéntica hasta en sus últimos detalles, menos en el muñón perennemente vendado de su conductor, idéntica a la tartana de papel de Aguirre, el hábil vasco. Portento de la papiroflexia, capaz de crear con un trozo de cartulina los juguetes más insospechados, el vasco Aguirre me ha regalado pocos días antes, sin haberla visto jamás, una tartana de cartulina blanca igual a la que ahora me espera al bajar del autobús en Sádaba. Con el cartero manco a las riendas. Mutilado de guerra y amo y señor de la ruta final de mi viaje.

Regreso solo un momento a la residencia de solteros. El vasco Aguirre, a ratos salido de un cuadro de “El Greco”, a ratos cantor, y siempre sonriente en su altura. Intimo de Rafa, el hombre del servicio médico, eterno compañero de mi padre en inacabables partidas de mus, una de las pocas bellas personas que me ha sido dado conocer, mentor dotado de una ternura infinita y de un humor que solo una tragedia personal posterior acabará cuarteando, como casi siempre, cuando con el tiempo se convierta, literalmente, en el vecino de arriba. Un puñado de varones refugiando su soltería en un entorno que se abre a mi presencia y la de mis hermanos de la mano de mi padre, el único casado que siempre tiene tiempo para ellos. Otro día os contaré la historia de Rafa.

El trote del caballo que tira de la tartana, por un camino que tardará decenas de años en ser una carretera mínimamente normal, hace temblar toda la estructura de tela, cercana en su ondular al de la cartulina de Aguirre. Se esmera el caballito. Sufre en algunas cuestas y descansa levemente cuando toca descender por las leves ondulaciones de la carretera.

Mi madre, de la que llevo mucho tiempo alejado por razones que aún hoy no sé, pero que intuyo, está mas cerca. Atardecer. La puesta de sol tiñe los trigales de un ocre casi sanguinario. Al borde del incendio pictórico y emocional que nunca podré olvidar y que viajará siempre conmigo hasta cualquier rincón del mundo. Jamás otra puesta de sol como aquella. Quizás algunas mas bellas, en África, en la franja de Caprivi, sobre el Chobe, pero ninguna tan preñada de esa dulce melancolía, de ese anhelo que precede al reencuentro. Cerca ya de mi madre tras fechas de separación. Cerca de Sofuentes, principio y final, gloria y miseria, el único rincón donde creí tener raíces…… Algo que quizás se revele como banal a los ojos de muchas personas. Raíces. Pero que cobran su importancia cuando la vida te va empujando a creer que no eres de ningún parte. Un desarraigo que acaba por moldearte aunque no quieras. Que te deja sin referentes para algunas cosas y que te convierte, sin tu saberlo, en rama mecida por el viento.

Y tras una curva, final de viaje. Sofuentes, toda la ilusión de entonces y toda la miseria que vendrá después. Aunque, afortunadamente, aún no lo sé. Y nada perturba la magia del momento. Lo otro … lo otro, aún tardaré años en descubrirlo.

Poemas mellizos

Escribo mis canciones de amor
en tus paredes vacías,
en tus desiertos líquidos,
en recovecos que azotan mi memoria.

Me acuesto en los rincones
más oscuros, me tiendo,
dormito
y descubro desazones
en pequeñas claridades
teñidas de alientos y latidos.

Camino por callejas grises,
tuerzo esquinas
carentes de sentido,
sumerjo mi gesto
entre los guiños y las dudas
que pueblan los semblantes.

Palpito levemente al encontrarte,
escucho un golpe seco, una esperanza
y
te canto.

Escribo entonces
mis canciones de amor,
acompasando ritmo y desencanto,
en tus paredes vacías.

———————————–

Escribo mis poemas de amor en tus paredes vacías,
durante noches insomnes y eternas,
entre las brumas ardientes de la negrura que no cesa,
entre la desesperanza y el miedo,
anhelando el amanecer que nunca llega.

Escribo compulsivamente, entre la risa y el llanto,
intentando comprender algunos días
que permanecen siempre en mi recuerdo,
buscando sin cesar una respuesta
a tanta soledad como atesoran mis huesos.

Escribo para escapar de ti, de la locura que supones,
sobre páginas blancas que me ahogan
inmisericordemente,
como la espuma incesante de las olas
golpea al náufrago indefenso,
como el humo que anega los pulmones.

Escribo poemas que nunca finalizo
porque me vence la noche
porque no logro expresar lo que de verdad pretendo
siempre atenazado por el miedo.
Y porque sé que, finalmente,
acabarán ornando tus paredes vacías.

 

La libreta gris. Segunda parte (continuación)

V.-

Album II (Algo sobre mi padre)

II.- El hombre de los mil secretos. Siete o catorce.

Mi madre tuvo siete hijos y su marido catorce. Simplemente. Con toda la naturalidad del mundo. Como quien no quiere la cosa. Seguramente, además, en el mismo lapso de tiempo. No me negaréis que es un capítulo interesante.

¿Qué padres han partido sin secreto alguno? La necesidad de mantener ocultos determinados episodios del pasado constituye una tradición muy arraigada. Incomprensible para mi, si dejo de lado los oscuros vericuetos de la moral tradicional, que alcanza uno de sus mayores logros cuando consigue sepultar la vida de las personas en la vergüenza del silencio. Los míos no han sido una excepción.

Se llevaron con ellos mil secretos.

Él jamás nos contó casi nada. No es que fuera de pocas palabras. No era un mal conversador. Podía ser ameno y divertido si se lo proponía. Pero de él, nunca hablaba. Alguna leyenda imaginada para adornar sus orígenes y poco más. Desde luego, nunca nos habló de esos otros siete hermanos a los que, por otra parte, nunca pudimos decidir si los queríamos conocer. Un singular dilema que el tiempo nos resolvió. Fue mas cómodo perderles la pista. Pero él…. él jamás nos hubiera hablado de ellos. Es más. Cuando supimos de su existencia, cuando supe.., jamás me atreví ni siquiera a mencionarlo en su presencia. Algo mas que un tabú.

Y …..me diréis? Si el no lo contó, si nunca hablaste de ello con él, ¿cómo lo sabes? ¿De donde sacas la certeza para escribirlo? Sencillo.  A pesar de que ella se llevó consigo otros mil secretos más …. este se le escapó un día. Mejor, no pudo evitar contarlo. Necesitó hacerlo. Y no seré quien se lo reproche. Y, claro, abierto el cauce, se desbocó el torrente.

Siempre dispuesta a la charla amigable y a la confidencia, de palabra sencilla pero precisa, manejando con soltura el singular vocabulario aprendido de su madre, disfrutaba realmente de una buena conversación. Y más si, como acostumbraba a pasar en los últimos tiempos, podía sentarse en casa de su hijo y abrir su corazón, vaciarlo de congojas. Su angustia había llegado al limite. Imagino. Y lo dejó ir. Por eso supe cuantos hijos tuvo realmente su marido, mi padre.

No recuerdo que jamás explicara cuando y como fue la primera vez que supo de esa doble vida, de esa poligamia desatada, compulsiva que él llevaba. ¿Como supo que su marido se dedicaba a preñar sistemáticamente a casi toda mujer con la que tenía oportunidad de relacionarse? ¿Cómo averiguó que había un hijo aquí, otro allá, tres en L’Hospitalet, dos en Extremadura?

Por que lo cierto es que durante años estuvo intentando que la percepción que sus hijos tenían del padre fuera siempre positiva y llena de afecto. Hasta el punto de que las contadas ocasiones en que él aparecía por casa, siempre estaba trabajando, lograba que todos sus hijos corrieran a la puerta a celebrar esa presencia. Una ingenua bandada de gorriones. Para ella era puro ejercicio de autocontrol o, porque no escribirlo, recurso de hembra solitaria que emplea a su camada para mantener cerca, para retener al macho. En cualquier caso, como os digo, queda para el misterio saber como y cuando empezó a intuirlo y porque, cuando tuvo todos los datos, un día desveló el secreto. Nadie sabe la razón por la que se decidió a hacer participes a sus hijos de todo ello.  Un día dejó de proteger la imagen de su marido y decidió mostrarlo tal y como era. Es posible que a los pequeños les ocultara la situación algunos años más, pero a los mayores, en especial al primero de sus hijos, no le ahorró detalles. ¿Porque entonces? No lo sé. 

El nombre de los otros hijos de su marido, los detalles de su sexo y edad, sus diferentes orígenes, conversaciones con alguna de aquellas mujeres que formaban parte de la vida de su marido, …… detalles que llevan una tristeza infinita al alma de cualquier hembra y en los que ella, por razones difíciles de comprender, se recreó, a la búsqueda de una explicación que nunca llegó. En su afán de saber, lo supo todo. Quizás solo casi todo. Supo detalles de todo tipo, incluso hasta cual de ellas se encargaba de llamar a su marido al trabajo y recordarle los santos y cumpleaños de sus hijos o de comprar algunos de los regalos con los que aquél intentaba mitigar los remordimientos que causaba con su eterna ausencia. El dedo en la llaga. Definitivamente. Hurgando en la herida para siempre.

Un verdadero desafuero permanente que debió sobrepasarla primero, humillarla después para derrotarla finalmente.

Su llanto, cuando en ocasiones evocaba esa situación, era denso pero digno, contenido, decidida como estaba a no dejar que la derrota fuera definitiva. Aspiraba a sobreponerse. Inútilmente, cabe añadir. Ella no se daba cuenta de que sus cada vez más frecuentes referencias al tema dejaban patente esa derrota que se resistía a aceptar, que no quería reconocer.

Y el allí. A su lado. compartiendo, es una ironía, la cama con ella. ¿De que material está hecho un hombre así? Teniéndola. Incondicional. Abnegada. Leal. Firme como una roca. Y hermosa. ….porque era una mujer especialmente hermosa…… ¿Qué encontraba aquel hombre fuera de casa que no hubiera en aquel hogar modesto pero decente? ¿Qué necesidad tenía de más hijos, el muy insensato, cuando no podía sacar adelante a los que iba teniendo con su legitima? ¡Pero si ella le dio todos los que quiso¡ Encantadores, nobles, cariñosos… al menos por entonces!!!!! Y todos anhelando permanentemente la presencia de su padre. 

Ella murió sin entenderlo. Seguro.

¿Y él? Cuando el corazón le falló, camino del centro hospitalario donde murió, ¿pensó en los catorce hijos? ¿Recordaba los nombres de todos? ¿Pasaron por su mente en sus últimos instantes de lucidez las caras de todos y cada uno de ellos? ¿Evocó a todas las mujeres que habían parido de él? ¿Tuvo tiempo de rememorar solo una décima de segundo aquellos rasgos femeninos que habían sucumbido a su persona? El último secreto. Imposible desvelarlo. 

El “gordo” Muñoz

Un grupo de los mas heterogéneo. Auténtico material de aluvión. De padres llegados desde los mas variados orígenes, muchos de ellos hijos, a su vez, de historias sorprendentes. Otro día os contaré alguna.

Todavía hoy, sin nos reuniéramos, podríamos recitar de memoria la lista de clase. La cantinela con la que se verificaba nuestra asistencia, corroborada con el inevitable “”presente”¡ Otros tiempos. Alonso, Andreo, Arizu, Bastida, Cañada, Condado….

Salvo un par o tres de excepciones (el hijo del guarda de la fábrica, el vecino de Sant Boi, …) todos vivíamos en aquel bendito barrio, un oasis justo en la frontera donde la ciudad perdía su nombre, Candel dixit. Dapena, Domínguez, Espín, Esquivel, Fernández, Fructuoso….

Un colegio diferente a todo lo que nos rodeaba y que supuso un verdadero privilegio nos reunió en un grupo realmente especial. Una generación irrepetible. Éramos de todo. Incluso cuando nos lo proponíamos, una pandilla algo canalla. Pero no éramos mala gente. Gómez, Guerrero, López, Llopart, Moreno, Muñoz…

Muñoz era gordito. Vivía en las casitas blancas. Aún me parece verlo. Jersey de un amarillo desvaído, pantalones oscuros de color indefinible. Guardo esa imagen. No sé por qué. Voluntarioso. Con unas ganas locas de agradar. Con un afán portentoso de intentar hacerlo todo bien. En clase y en el patio. Sobre todo, en el patio. Donde el saber controlar una pelota, ser capaz de dar un salto mortal o dominar potro y plinto te conferían automáticamente un aura de respeto. Noel, Pérez, Pico, Prieto, Rallo y Román.

Respeto que, a pesar de sus esfuerzos, él no lograba. Porque era gordito y eso lo hacía algo torpe. Voluntarioso pero torpe. Y en muchas ocasiones, blanco de las burlas de muchos de nosotros. Ya sabéis como funcionan los grupos de tíos solos a los 12 y a los 13 años. Sin saberlo, sin pretenderlo…. acabamos siendo auténticos precursores de lo que hoy es una lacra en muchas escuelas. Al menos con él.

No lo hemos vuelto a ver. Y escribo en plural porque las veces en que nos hemos reunidos, nadie ha sabido dar razón de él. O al menos esa es la versión que se me ha dado. Se lo ha tragado la tierra. No es al único, porque creo que de Miguelín tampoco se sabe nada, o yo no sé nada, sin que pueda en este caso intuir la razón. Pero en el caso de Muñoz no me extraña. No es posible que guarde buen recuerdo de aquella pandilla de desatinados que no debimos de tratarlo precisamente bien. 

Lo siento Muñoz. De verdad que lo siento. Estés donde estés, perdóname. Bueno, …perdónanos. 

Sofuentes

 

A la memoria de
Emilio Almárcegui
mi abuelo,
raíz libre,
viento de lealtad

I
Todo es evocación en la penumbra
mientras intenta adormecerme el vino
y se disipa la bruma
en el opaco fondo de mis ojos.
Nunca hubo origen sin memoria.
Busco por ello mis raíces
sentado entre las sombras…
y encuentro
un racimo de huellas y silencios.

II
El sol en el ocaso
dibuja una leyenda
contra los muros familiares
de la vieja casa.
En ella está el origen.
Erguida, ruidosa, plena, desbordada…
la vieja casa….
su azul antiguo atrapado en las ventanas,
su silueta de escorzo,
contrafuerte violento de cierzos y tormentas,
derivas de luz y de Moncayo,
centinela de huebras infinitas.
¡Qué hizo el tiempo de ti…
trinchera destrozada..!
¡Hasta donde mordieron tus cimientos..!
Entre tus adoradas piedras,
clavadas en la roca sillar donde nacieron,
entre sus húmedas cuadras de adobe y de madera,
prisión abierta de cueros y sudores,
cabe tu palomar, tapizado de leños
y de arrullos, bajo tus falsas…
araño mis recuerdos,
socavo la tierra buscando mi principio.
¡Devolvedme la casa,
mi casa vieja…
el ultimo bastión
que me quedaba!

III
Deslizo hacia las cimas lejanas
mis añorantes ojos,
su tibia desazón encadenada…
Sierras de Peña, Bárdenas Reales,
Valdeoscura… El Saso,
tierra hermosa y engañada.
Regalo al viento otros recuerdos…
(si Galipienzo se cae
a Cáseda reventara),
sembrados en los campos de La Plana,
entre almendros y viñedos
o sueño con Carcastillo,
camino de Santa Cara.
De noche….
luceros de acariciante escarcha
y toda la nostalgia subyugada
del inalcanzable Ujué,
faro perenne sobre horizontes pétreos,
sobre oscuros mares de boj y de retama,
diminuto visionario en mi letargo,
agazapado tras la alborada montañosa,
ventana abierta al aullido de los lobos.

IV
Al amor de los recuerdos infantiles
hombre bueno,
hombre silenciosos y prudente,
infatigable artesano de la vida….
nacen de nuevo el Reverte y la Corbata,
tus galgos de leyenda
como renace el relincho de tus yeguas
atronando los campos
que regaste de lágrimas y risa,
retumbando en la viña que iluminó la mesa de los tuyos,
y sus secretas cepas de pámpanos desnudos.
Un turbio nubarrón embravecido
sacude tu huerta
y el pozo donde pudiste acabar un día
aquel atardecer sombrío.
Recreo tu gesto..
cuya noble fatiga ensimismada
no logra encubrir
la fuerza gentil de tus ojos verdes.
Y añoro el beso aquél,
el postrer beso que me diste en vida.

V
Clavados en mis ojos
los cipreses
tras de la tapia azotada por los días,
guerreros asidos
a tu seca tierra centenaria,
amortajando tu ultima sonrisa.
Vigilas desde allí los horizontes
del trigo
que brota en los campos que siempre serán tuyos,
el agua que juega en las acequias,
las higueras…
mientras lloras, lentamente,
por tus hijos.

VI
¡Qué difícil dibujarte con palabras!
A veces coraje, otras estigma,
repentino relámpago inclemente
de una raza inextinguible y extinguida.
Un seco latigazo de tus dientes…
hiere como el cuchillo de las trillas.
Endurecida por el tiempo,
indestructible, terca, incólume,
al calor de las imágenes borrosas
tu obra se perfila.
Hermana, madre, esposa…
nunca sé si amarte o maldecirte,
siempre perenne una duda..
Sin ti, sin tu presencia en nuestra vida
¿cómo hubiéramos escrito nuestra historia?

VII
Frazadas tibias,
hurtándole mi piel al frío,
mientras gime el viento entre los chopos
Y la tiniebla estrellada galopa entre las tejas,
mientras añoro el mágico relato de tus labios,
que no llega porque tu, mi padre,
estás muy lejos.
Y no encuentra mi soledad refugio
bajo los encalados techos
surcados de vigas y de sombras.
Encaramado en la ventana de la falsa
oteo, aguardo la luz que nunca llega
por la curva que serpentea desde Sádaba,
mientras llorece el canto de los grillos
y la brisa hace oscilar
la luz en una esquina, solitaria.

VIII
Hay un puñado de duendes
bailando entre los caños de la fuente
y el liquen de sus piedras verdes,
milenarias, a la sombra
de la lejana cruz de roca.
Un regato casi seco
recorre… (tiempo traidor
ya no me engañes) recorría la arboleda
que orillaba el “Huerto de los frailes”.
Y ahora,
¿dónde están los chopos altos
de la arboleda eterna y leve,
que cantara el sol de agosto,
que el cierzo trató en vano
de cortar año tras año?.
Ya no ruge el viento
en la noche de estrellas infinitas,
en la Vía Láctea
ornada por sus collares totales,
porque las ramas altas
se pudren en un aserradero anónimo.
Perdió la noche su canción
de murmullos, sus brujas familiares
e ignoradas. Se fue la aurora
que amanecía, intachable y repentina,
entre las ramas,
suspendidas de algodones
empapados de violeta.
Ya no están los chopos.
El cierzo, que no pudo derrotarlos,
barrió sus hojas, tristes,
y solo los tocones impasibles
testifican su presencia.

IX
Queda un rumor
de críos y pedradas,
nidos de golondrinas y tractores,
mieses, botijos y alfalfas.
Una caterva de frutos escindidos
llorando, solitarios,
tras las ramas….
a la sombra de un tronco milenario
… una eterna familia…. desgajada.

X
Sentado aquí, recuerdo.
en la solemne penumbra de febrero
que siempre me cobija;
gotean, levemente,
los segundos, tras la niebla,
mientras crujen mis dientes
y se humedece el fondo de mis ojos.
Se deslizan, danzando,
los adjetivos y los días,
increpándome, mientras
los nombres, tomados muchas veces al azar,
sorprenden los violentos sorbos de una historia.
Al fin, adormecido,
solo el vino defiende mi memoria.

Bocadillos de macarrones

Aprendí a ir a la compra con cuatro años. Cuando ella no llegaba, lo que sucedía a menudo, me tocaba a mi llenar la despensa. Fue mi primera aportación.

Siempre justos de recursos, la necesidad aguzaba mi ingenio. Ahora os cuento. Y, además, estaba la bondad natural de aquellas mujeres. Las dependientas. Unas cómplices maravillosas.

La cartilla del anticipo. Una forma singular que la empresa había desarrollado para conseguir que el dinero que precisaban sus empleados a cuenta del salario mensual no saliera de su circulo de control. Tenían que comprar en la Cooperativa. El anticipo tomaba forma de cartilla, una especie de racionamiento camuflado.  O no. Racionamiento puro y duro. Un kilo de azúcar, una marca en la cartilla con un cuño que aún me parece ver. Cuño y tampón. Un kilo de legumbres. Bendita María Luisa. Logró desarrollar una técnica perfecta. Podía poner una marca en la cartilla encima de otra, sin que se notara la duplicidad. Y así se multiplicaban las legumbres, sin coste alguno.  Los mejores garbanzos que he comido en la vida. Los que María Luisa nos regalaba a escondidas. La reina del doble cuño invisible.

Y luego estaba Rosa. Seca como la mojama. Pura mala leche. Nunca una respuesta amable para casi nadie. Consumida por los nervios. Parapetada tras el mostrador de acero y cristal que cerraba el arco semiabovedado donde estaba su departamento. Gobernaba con mano férrea. Sin concesiones. Comer embutido era, entonces, un lujo al alcance de pocos. Ella lo sabía y administraba la charcutería con puño de hierro. Y allí no valían los dobles cuños. Y hubo que inventar. Me colocaba en el hueco que quedaba entre la vertical del mostrador y el final de la arcada. E iniciaba el asedio. “Rosa, recortes para macarrones”. Si aguantabas su primera mirada, siempre fulminante, tenías posibilidades. Repetía mi cantinela. “Rosa, recortes para macarrones”. Maldito crío. Cabezota. Pero notabas que su resistencia iba menguando. Un par mas de intentos y, de repente, la mirada mas tierna del mundo tras aquellas gafas de cristales más que gruesos, macizos.

Y ocurría el milagro. Aquel final de una barra de mortadela, el culo de una pieza de jamón dulce, un resto de chorizo o salchichón y, algún día, el remate de una pieza de jamón serrano. Final, culo, resto, remate. Conceptos que Rosa interpretaba con generosidad. Ya me entendéis. Y el crío impertinente y cabezota se llevaba a su casa una más que generosa provisión de recortes para macarrones. A precio de recorte, claro.

Lo que viene después es fácil de adivinar.  Las habilidades de mi madre hacían el resto. Un cuchillo bien afilado y aquellos recortes, finamente laminados, daban para muchos bocadillos. Bocadillos de macarrones.

La libreta gris. Primera parte (continuación).

IV.-

II.- Viaje de ida y vuelta. 

Del pueblecito donde se tomará la instantánea a Barcelona, tras una breve etapa en Madrid donde conoció al que luego sería el marido que la condenó por segunda vez a la nada afectiva, para regresar, siempre, al bendito rincón que la vió nacer. En ocasiones, para pasar largas temporadas estivales o para alejarse de la eterna infelicidad de su matrimonio y luego, definitivamente, para yacer junto a su hermano mayor y sus padres en el frío panteón familiar. Como refugiándose de todo lo que sucedió fuera de allí o, probablemente, para esperar en aquel nicho el amor de sus padres o intentar revivir el cálido recuerdo del afecto del hermano perdido.

Siempre anhelando regresar, buscando retroceder al origen de todo, para soñar con reanudar la historia en el preciso y tenue momento en el se torció. O intentando recomenzar. Como si todo lo que sucedió después hubiera sido un mal sueño. Soñando con recomponer su vida, con volver a vivirla desde el preciso instante en que las cosas se encaminaron en la dirección equivocada. Incluso aunque regresar, por mor de lo que sus hermanos y sobrinos le reservaban, fuera en muchas ocasiones, una pesadilla. Una cruel pesadilla. A todas luces injusta.

Un singular y vano ejercicio, en el que se mezclan, por igual, la nostalgia de lo que no pudo ser y la realidad tangible de lo que sigue sucediendo. Un escenario cernudiano, entre la realidad y el deseo. Un cruel debate interno sobre cómo ha sido su vida y como pudo o debió ser. Un eterno viaje sin destino, a la búsqueda del amor, que siempre anheló y nunca tuvo. Entre la ingenua esperanza de encontrarlo en los orígenes y la dura realidad de su ausencia al final del viaje.

Nunca fue capaz de entender, dada su inmensa capacidad para querer, como era posible que sus padres no la quisieran como ella anhelaba, como ella, porque no decirlo, creía merecer, como ella necesitaba. Como ella los quería. Situación que pensó en recomponer con su matrimonio, para descubrir, con estupor, que la historia volvía a repetirse. Por otras razones, por otros motivos, pero situada de nuevo frente a la cruda realidad que supone dar para no recibir. Historia que se repitió con sus hermanos, cuyo afecto deseó casi hasta el final de su vida y que culminaron algunos de sus hijos cuyo desamor manifiesto no fue jamás capaz de comprender. Máxime tras haber laminado su vida en un intento de que ellos tuvieran lo que ella no pudo tener. Con un desapego hacia sí misma que pocas personas son capaces de poner en práctica y, mucho menos, de llevar hasta sus últimas consecuencias. Hasta la extenuación.

No cabe la menor duda de que sobre eso influyó, de manera decisiva, una educación primaria y monolítica, que le trasmitió un único sentido de la vida filtrado por el tamiz de esa religiosidad que cabe calificar de casi fanática, impregnada del integrismo religioso imperante durante el franquismo y que sus padres, su madre en especial, transmitieron a todos sus hijos como certeza inapelable.  Esa que revela la mirada de la fotografía. Sin fisuras y sin que quepan interrogantes sobre el misterio, nunca aclarado, que hizo que los nietos jamás vieran al abuelo, durante muchos años, visitar la iglesia a la que solo fue de cuerpo presente. Su madre, capaz de todo por defender sus convicciones, que blasonaba de ser la única que podía recorrer el pueblo de una punta a la otra, en el clima prebélico de los últimos días de la Republica, para ir a la iglesia, arrostrando las iras y groserías de los peones que, por entonces, construían el canal de Las Bárdenas, marcó a fuego esa convicción en su hija. 

Pocas veces cabe hablar tanto de una vida mediatizada por un arraigado sentido religioso. Tan convencido y, sin duda, teñido de una pátina tan convincente. Rozando el merito de la beatificación. Coherente hasta el final. Fruto, sin duda, de la profunda convicción que le trasmitió su madre, y a la que su padre nunca opuso una resistencia que, por demás, hubiera sido inútil. Una fe, porque estamos hablando de eso, que marcó su vida, su noviazgo, su matrimonio, la relación con sus hermanos, su maternidad, de tal manera que no cabe entender la mayor parte de los episodios relevantes que protagonizó, por activa o por pasiva, y casi siempre a su pesar, sin esa convicción, sin el matiz que añade a todo lo vivido, el punto de vista que da esa creencia. Un convencimiento que vertebró su vida. Un viaje, este sí, sin retorno. Guiado por la mano inapelable de sus confesores, hasta el extremo de que, cuando al final de su vida decidió tirar la toalla y pasar tranquila y sola, con la única compañía de sus hijas, sus últimos años, poniendo fin a un matrimonio torturante, necesitó la autorización del sacerdote que se ocupaba entonces de su salud espiritual. De no haberla obtenido, jamás hubiera dado el paso, a pesar de que su esposo acumulaba méritos sobrados para ello y…………. para más.