El mote

 

Dedicado a I.S., donde quiera que esté

 

No cumplí los doce hasta noviembre de aquel curso. Y si era algo a esa edad era un pozo de desconcierto. Y me pasaban las cosas que me pasaban. Ahora os cuento.

La conocí en su casa.

En junio del siguiente año, cuando aun me faltaba medio año para cumplir los trece, me habían suspendido 3 asignaturas en tercero de bachiller. Me podía haber excusado con mi mala relación con D. Vicente, D. Vicente Fernández de Gobeo, de infausta memoria, una tortura para mi. Pero D. José María Arroyo, el director, con la autoridad que emanaba de su más que respetable figura, no me dio opción. Sin permitirme el alegato, me sentenció: “Estas no son las notas de un hombrecito”. Touché.

Ni que decir tiene que, en nuestro barrio, no había secretos. Y, a esas alturas, todo el mundo sabía, él incluido, por supuesto, que habíamos caído victimas de un furor preadolescente que, cuando no estábamos en clase, nos tenía “dando vueltas a la manzana”. Un singular ritual, que creo haber relatado ya, que nos permitía cruzarnos con las niñas de nuestra edad, que, todo hay que decirlo, también andaban alborotadas. Y, no penséis, la cosa no pasaba de ahí. Adiós, adiós, unas risas y a otra vuelta. Pero ella, entonces, no estaba en el grupo de las niñas con las que tonteábamos.

Mi madre, en materia de estudios, no hacía concesiones. Si algún objetivo claro tenía en esta vida era que sus hijos estudiaran una carrera. Para que no les pasara como a ella, que se sabía dueña de una inteligencia natural muy por encima de la media, pero que se había visto abocada al matrimonio y la maternidad porque entonces las chicas no estudiaban una carrera. Por resumir.

Así que aquellos tres suspensos no merecieron piedad. Antes de que se secara la tinta con que se habían impreso las notas, ya estaba buscando “profesor particular”, que era la expresión que, entonces, abarcaba todas las opciones posibles para remontar el desastroso resultado.

Y la elección no debió de ser sencilla, porque, además, tenia un coste económico imprevisto que, para presupuesto tan menguado, era de difícil encaje. Así que, entre los diferentes candidatos, la elegida fue una amiga de la familia. Que, además de tener el habilitante titulo de maestra, ajustó el precio y cobró poco. O igual hasta lo hizo gratis. Por ayudar. Las clases, para comodidad de todos, iban a ser en su casa. Y allí que fui. Con las orejas gachas y el rabo entre las piernas. El listillo había cateado tres y la exposición publica de su fracaso formaba parte de la penitencia inherente. Todo el mundo sabía adonde iba a media mañana, camino de la letra “B”.

Aquellos pisos eran algo mas grandes que el resto de las viviendas. Así que en una de las esquinas había un saloncito que debía tener, aproximadamente, unos doce metros cuadrados, quizás algo mas. Lo recuerdo estrecho y largo. Un tresillo sencillo, en suaves tonos marrones, dos mesitas laterales, imitando madera, entre el sofá y los dos sillones individuales, y una lámpara de pie con pantalla de algo parecido al pergamino era todo el mobiliario. No recuerdo cuadros ni nada similar. Aunque eso no garantiza que no los hubiera. Y un ventanal tras el sofá, que, a esas horas, llenaba de luz la habitación, lo que la hacía muy agradable. Aunque fuera para repasar asignaturas suspendidas.

La maestra era encantadora. Y comprensiva con el reo. Dió por sentado que en septiembre íbamos a aprobar. Empleaba el plural como síntoma de implicación y confianza en mis capacidades. Alguien le debía haber explicado que era una situación inhabitual, fruto mas bien del alocamiento que de la falta de talento. Y tenía paciencia. Lo que era de agradecer. Una mujer madura, casi cincuentona, de rostro afable, cabello corto, lo que entonces se llamaba a lo “garçon”, ojos vivarachos y despiertos, sonrisa luminosa y voz suave. Y que nunca paraba quieta con las manos. De hecho, había mas expresividad en su gestualidad manual que en todo lo que llegaba a verbalizar, que no era poco. Mi madre había elegido bien.

Debió de ser el tercer o cuarto día, y llevábamos apenas quince minutos de clase. La puerta del saloncito se abrió sin apenas ruido y, con andar gatuno, una niña de mi edad se deslizó hasta el sillón individual que estaba frente a mi, en el otro extremo de la estancia. Mi sorpresa interrumpió brevemente la explicación de mi profesora; miró de soslayo a la que luego supe que era su sobrina, volvió los ojos hacia mi, pestañeó apenas y siguió con su disertación. La niña llevaba un libro en la mano e inmediatamente, fingió leerlo, pero incluso un despistado crónico como yo podía percatarse de eso. De que fingía. En realidad, no apartaba la vista de mi. Aquellos ojos vivaces me escrutaban como nunca hasta entonces había hecho nadie. Y menos una niña de mi edad. Solo los tímidos pueden intuir lo que, mientras defendía la clase como Dios me dio a entender, me pasaba por dentro. Solo las personas que padecen timidez crónica pueden saber de qué les hablo. Salvé el trámite como pude y logré terminar la clase. Pero cinco minutos antes de acabar, ella se levantó. Pude, entonces, darle una rápida ojeada. Era el vivo retrato de su tía, pero con nuestra edad. Cabello castaño, corto, muy corto, en una versión adolescente del peinado de mi improvisada profesora. Vestía falda plisada, con poco vuelo, de color azul marino y blusa blanca. Apenas pude distinguir que calzaba porque desapareció igual que había llegado. Felinamente. Eso sí. Pude ver que era muy bajita.

Acabada la clase, recuperé la calle y empecé la indagación. ¿Quién era?

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Supe quien era, claro. Y con ello, supe del mote con que se la obsequiaba, pura crueldad, mote que, por otra parte, debo confesar que yo también usaba. Un mote que ahora nos debería poner poco menos que al borde del procesamiento. Un mote despectivo e hiriente como pocos.

Pero, cosas de la vida, acabó gustándome porque me habían dicho que yo le gustaba, cuestión esta, que realmente, nunca supe si fue cierta o no. Y no quisiera que ahora parezca que, cobardemente, reniego de lo que pasó, de lo que viví. De verdad que no es eso. No recuerdo que me quitara el sueño, síntoma, que, como todos sabemos, es clave para diagnosticar sentimientos. Pero a estas alturas, a mi edad, tampoco puedo engañarme. Bendita ingenuidad la de entonces. La de aquella edad precoz. Cosas de críos, sin duda. Porque después de un primer enamoramiento, este si, sufriente por no correspondido, ese detalle, gustarle a alguien, aunque solo fuera un poco, aunque solo fuera a distancia, era importante. A pesar de mis aires, ya empezaba a dar los primeros síntomas de la baja autoestima que viviría después. Claro que en ese momento y en esa época ni nadie podía darse cuenta de ello, ni yo podía interpretar las señales, y, mucho menos, intuir lo que vendría luego. Pero esa es otra historia.

Ella era una adolescente alegre, divertida, probablemente la mas madura de todo su grupo, que cargaba a sus espaldas con una orfandad muy temprana, pero que desprendía alegría de vivir a todas horas; solo que, por entonces, aprovechando esa superioridad emocional que tienen las chicas de tu edad, se dedicó a divertirse jugueteando con el proyecto de adolescente que yo era entonces; muy aparente por fuera, pero, en realidad, inseguro y tímido hasta la enfermedad. Era lo que había, era lo que tocaba. No hace falta decir, llegados a este punto que, por supuesto, nunca hubo ni el más leve atisbo de nada. Y si lo pudo haber, que no creo, mi timidez lo hubiera abortado, lo abortó, de hecho, de raíz. Era incapaz de acercarme a ninguna chica. Probablemente, de tanto como me gustaban. Vamos con ello.

Al principio, entonces, todo lo que teníamos eran los guateques, en algún piso, donde padres mas permisivos, o mas sutiles, nos permitían bailar. No recuerdo que bebiéramos. Aunque quizás se bebía y yo ni me enteré. Que podría ser. En casa de Tony, por ejemplo, hicimos muchos. Un tocadiscos sencillo, un puñado de singles y una pandilla de adolescentes. Tarde completa. Y hasta el domingo que viene.

Un día ella logró la autorización paterna, un señor serio que realmente imponía, para organizar un guateque en su casa. Donde, en aquel agosto, había atisbado la existencia de lo que para mi ya era un tesoro. Su hermano mayor tenía bastantes singles y E.P.’s de muchos de los grupos que me gustaban a rabiar. Así que no podía faltar. Hubo que pasar por el trámite de la lista de invitados, que, por mor del espacio, era limitada. Y cuya composición daba pie a juegos y especulaciones de casi todas clases. Pero estaba entre los afortunados. Y allí que fui.

Para mi vergüenza y escarnio. Todavía hoy no sé explicar lo que me pasó. Fue verme allí y empezar a coagulárseme la sangre en las venas. Un ataque de timidez terrible. El primero de algunos mas. Pero ese no lo olvidaré en la vida. Allí estábamos casi todos. Empezaron a sonar en el pick-up, uno de los lujos de la fiesta, “Les Surfs”. Un grupo de hermanos malgaches, cuatro chicos y dos chicas, que, además, al encanto de sus voces, añadían el dato medio exótico de ser muy bajitos. Iros situando. De rabiosa actualidad en aquel momento con sus versiones de grandes éxitos anglosajones, que ellos vertían al francés y al castellano e incluso creo que al italiano. El “cuatro canciones” de “Tu serás mi baby”, que se oía en la radio a todas horas, (versión, como supe mucho después, de “Be my baby”, la legendaria canción que Spector compuso para The Ronettes), era uno de los tesoros que la casa escondía. Fue sonar la música y mi corazón se desbocó. El rubor tiñó mis mejillas hasta la grana, un sudor frío empezó a cubrirme la frente, mis músculos se tensaron hasta lo indecible y me empezó a faltar el aire. Literal. La sangre dejó de circular por mis venas. Quedé paralizado. Me hubieran podido poner alfileres por todo el cuerpo, que no hubiera notado nada.

Poco podía imaginar que la salvación, por llamarla de alguna manera, estaba en un anexo de la cocina de la casa, donde padre y tía, mi maestra, (por cierto, sacamos las tres asignaturas con notas excelentes), se habían refugiado para dejar el terreno libre a la gente joven. Mi madre me había dado severas instrucciones. “Sobre todo, saluda a los mayores”. Y en un instante de lucidez, con ese pretexto, giré hacía donde estaban y me dispuse a seguir las órdenes de mi progenitora. Ya he dicho que su padre imponía, pero la presencia de mi profesora lo puso fácil. Saludé, di las gracias, y, sin poderlo evitar, le di una ojeada a la pantalla de televisión. En blanco y negro, TVE había programado para esa hora una zarzuela. Inolvidable. “La verbena de la paloma”. Empezaba en ese preciso instante. Y, lo creáis o no, con no recuerdo que pretexto, me senté en una silla y me quedé a ver la zarzuela. Completa. Aquella familia debió alucinar. Un buen puñado de mis amigos y casi todas ellas estaban fuera, en el salón, oyendo música y bailando, y degustando la merienda con la que nos obsequiaba la anfitriona, y yo allí, clavado delante de la tele, dándoles conversación en las pausas publicitarias y siguiendo en religioso silencio cada una de las escenas de la obra. Una zarzuela. Cuando acabó, consciente de mi ridículo, no fui capaz de salir al salón. Y me quedé mucho mas rato. Hasta que llegó la hora de irnos, de irme. Me despedí educadamente, dije adiós a la pandilla, bajé las escaleras y corrí hasta casa. Corrí como alma que lleva el diablo. Hasta perder el resuello. Hasta encontrarme en casa, a salvo.

Ni que decir tiene que, si alguna vez pude tener el favor de la chica, que no creo, allí finió todo. Como debe ser ante semejante comportamiento. Que no sé si alguien captó pero que hasta hoy no recuerdo haberle confidenciado a nadie.

Hubo mas capítulos, un concurso de canciones, una carta en un campamento, ……. Podría contaros algo mas sobre aquellos días y aquella chica. Parece mentira como se afila la memoria para recordar lo que pasó entonces, en aquellos días felices, y como, en cambio, olvidas lo mas reciente. Pero así es suficiente. Al menos, de momento.

Todavía, tiempo después, mucho tiempo después, en alguna reunión con los compañeros de curso, se la citó como de pasada, porque acabó casándose con alguien de nuestro curso. Y el mote, infame donde los haya, siguió estando allí. Me atrevería a decir que muchos de aquel grupo se verían en un aprieto si les pidiéramos su nombre de pila. No podrían recordarlo.

No he vuelto a verla nunca más. Ni siquiera cuando, muchos años después, defendí a su tía en el Juzgado. Pero, de verla, no me importaría presentarle mis excusas. Por el mote. Por haberlo usado. Y, porque no, por no tener la gallardía de intentar impedirlo. Aunque hubiera sido inútil, probablemente. A esa edad, a los trece años, nadie me hubiera hecho caso. Pero debí intentarlo. Así que, aunque sea tarde, perdón, señora.

Lo que no quiere el soberbioso……….

Los refranes de la abuela.

I.-

Benditos refranes. La abuela no se los quitaba de la boca. Uno para cada situación; con su inevitable moraleja, que era lo que realmente le gustaba del refranero. La sentencia que cada dicho desprendía. Ella era así. Sentenciosa siempre, la verdad.

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Todavía hoy es, o eso parece, un rincón perdido entre decenas de huebras resecas. Una esquina de las Cinco Villas, tan cercana al limite con Navarra como que esconde algunos campos que son, en realidad, mitad aragoneses, mirad navarros. Un puñadito de casas en un otero, al pie de la Sierra de Peña, que luce, con orgullo, su pasado romano, evidente tanto en el origen de su nombre como en los trazos que pueden verse en algunas de las piedras sillares de sus casas. No en vano se emplearon, en tiempos, bastantes restos de ese pasado para edificarlas.

Y hace años, hace ahora algo mas de 50 años, era, además, el paisaje de nuestra infancia, el lugar remoto donde pasábamos veranos enteros.

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Agosto. Ni siquiera la noche te daba tregua. Apenas apuntaba el amanecer, que el sol y el calor de la mañana ya eran asfixiantes. Y la polvareda que envolvía al pueblo, apoderándose de él, lo hacía todo aún más agobiante. Se trillaba en todas las casas, a destajo, para evitar que una inoportuna tormenta de verano perjudicara las mieses que aún se secaban en las eras. Primero habían llegado las cebadas, luego trigos y centenos. Las avenas siempre quedaban para el final. Y carros y galeras recorrían, tirados por mulas jadeando al límite, las calles del pueblo. Se acarreaban mostelas de haces, mieses de toda clase, aperos de trilla y recambios, para regresar con sacos rebosantes que se depositaban al resguardo del granero. Esa actividad frenética, ese ajetreo continuo, cubría toda la pardina de una nube asfixiante. El polvillo que la paja soltaba al ser aventada, al que se sumaba el que levantaban caballerías y carretas, permanecía en suspensión mientras duraba la agitación. Y allí, en medio de todo, respirando como podíamos, vestidos de cualquier manera, agitanada la piel, con la boca reseca y sudando a chorros, estábamos nosotros. Uno de nuestros tíos dirigía esas labores y lo hacía sin compasión. Cuando reclutaba a la chiquillería, casi siempre, no concedía tregua. Dirigía las operaciones con puño de hierro, estaba en todas partes y el rugido permanente de su voz, salpicada siempre de un vocabulario que se volvía aún mas soez de lo habitual bajo la tensión de la trilla, lo dominaba todo. Y exigía de nosotros como si fuéramos peones contratados. No en vano éramos de la casa. El grano para la familia debía llegar rápido y bien al granero, y no cabían distracciones. Escabullirse, tan solo intentarlo, era alta traición. Se libraba una guerra en la que no se hacían prisioneros.

La trilladora tosía porque era antigua. Y de vez en cuando se atascaba. Pero el tío Alberto, que ya empezaba entonces a tener la cara de boxeador sonado que le caracterizó el resto de su vida, tocaba un tornillo aquí, ajustaba una correa allá, y lograba que siguieran funcionando, milagrosamente. Que duda cabe que eran sus habilidades mecánicas las que lograban eso, pero nosotros, pobres infelices, estábamos convencidos que todo se debía a la magia que residía en el trapo que llevaba en el bolsillo de atrás del pantalón, y más concretamente, en la grasa que lo impregnaba.  Grasa milagrosa, pensábamos.

El tratorico también tosía. Allí todo se estaba haciendo viejo. Y aquel armatoste, que había salido de donde ni se sabe, tenia que mantener en marcha el mecanismo de la trilladora. Lo que lograba con dignidad, pero a duras penas.

Las gavillas seguían llegando desde los campos. Y cortábamos los fencejos con un giro seco de muñeca y en el mismo instante desparramábamos la mies al inicio de la banda elevadora. Esta atrapaba la mies y la depositaba en la boca insaciable de la trilladora. Que devoraba sin cesar, engullendo el cereal hacia el tambor de peines, luego hacia el cóncavo y, finalmente, hasta ventiladores y zarandas, donde se remataba el proceso. Todo esto, siempre sin quitarle ojo a las dos bocas laterales de ensacado que escupían grano. No se podía fallar en el momento de cambiar de un saco a otro para que no se perdiera ni un grano del preciado cereal.

La pausa del almuerzo, pan y tocino normalmente, había sido, como siempre, breve. Pero la parada para comer era sagrada. Todo el mundo había trabajado duro y había que reponer fuerzas. Y restañar heridas y aliviar magulladuras. Las hoces para desgavillar los haces cortaban como navaja barbera y eran frecuentes los tajos en los dedos, fruto de nuestro afán de ir mas deprisa todavía. Y abundaban los cardenales, fruto de golpes involuntarios en medio de tanto trasiego. Nada mejor, entonces, que las ensaladas, los guisos de carne o legumbres; algunos días algo de caza, y siempre el pan de hogaza del horno de Mari Carmen. Regado con vino de la Cooperativa, vino recio donde los hubiera, que aguardaba en botas a la sombra, pero que, cuando te lo dejaban probar para incentivar tu aportación, raspaba en la garganta y quemaba en el esófago. Suerte del agua fresca de los botijos.

Y después de comer, cuando el sol era plomo derretido y no había ser humano que resistiera su acoso, el frescor de las falsas. La siesta. La somnolencia de la digestión y el agotamiento de la mañana eran suficientes para que no tuvieran que insistirnos, a pesar de que, por lo general, inquietos como perdiganas, la cama no era nuestro refugio favorito. Pero a los cinco minutos, dormitábamos todos.

Un par de gritos y a reenganchar en el tajo. Sol y más sol, sudor y más sudor, el último esfuerzo del día, los últimos gritos, los últimos sacos. Y a la hora de la merienda, a la chiquillería, por fin, se nos permitía librar.

Impacientes, el hambre volvía a ponernos alerta. Porque, además, esa comida era, de todas las del día, la mejor. La abuela la organizaba con precisión matemática. Y siguiendo un ritual invariable: los lunes, pan con aceite y azúcar, los martes, pan con chocolate, los miércoles, tortas, los jueves, magra de jamón con pan, y los viernes, pan con vino y azúcar. Sábados y domingos se dedicaban a los dulces que se elaboraban en la casa: de sandía, de higo, de tomate…. Rebanada de pan y dos cucharadas soperas de dulce.  Y acudían todos los nietos. Todos los que estuvieran ese día en el pueblo. Tomando en cuenta que tenían treinta y ocho y que en agosto estaban casi todos, los habituales del pueblo y los que llegábamos desde Zaragoza o desde Barcelona, a nadie se le oculta que la merienda era un jolgorio sin igual, que llenaba la cada de risas y voces, un espectáculo alegre y colorido. Una especie de verbena cotidiana, a la que solo le faltaba la música y los farolillos multicolores. Recibíamos por orden de edad, rigurosamente y, por lo general, en la cara se nos dibujaba un rictus de felicidad. Las raciones eran generosas. Y las devorábamos¡¡

De todos los primos, no sé bien porque, mientras escribía, me ha venido a la cabeza el cuarto de los hijos del tío Jesús, que, amén de ser el mayor de los hermanos vivos, (el primogénito había fallecido en el 39), vivía allí, cuidando los rebaños de su suegro, proveyendo de carne al pueblo, cultivando algunos campos de secano y la huerta familiar. Su cuarto vástago se llamaba Javier, en atención a la devoción que su abuela Elisa sentía por el santo jesuita, cuyo castillo natal estaba apenas a 40 kilómetros del pueblo. Era más joven que yo, un buen puñado de años de diferencia, pero verano tras verano coincidíamos y nos convertíamos desde el primer al ultimo día de mi estancia allí, en compañeros inseparables, cómplices de toda suerte de correrías: robábamos brevas y almendrucos, cogíamos moras de los zarzales del arroyo, encorríamos perdices, acompañábamos a los pastores, y, día sí día también, éramos aliados para todo lo que se nos ocurría: triscar por los rastrojos, bañarnos en la arboleda, asaltar el granero del abuelo para hundirnos en el trigo, bajar a por agua con el burro y las anganetas de seis cántaros, y abastecer de agua toda la casa, un no parar de tareas y trastadas ….. hasta que tocaban o diana o llamada y había que acudir al tajo. Mucha complicidad, en resumen. Que rara vez se quebraba. Y si en alguna ocasión, en que, fruto del temperamento o de distintos puntos de vista, aparecía alguna diferencia, nunca fallaba la sabia aportación de la tía Ana, con su saber hacer, su sentido de la equidad, y su legendaria “mano izquierda”.  Colegas y cómplices. Lo mejor de la vida. O eso creía yo.

Javier era de los primeros en acudir a merendar. Nunca llegaba tarde. Y hacía buen papel. No dejaba ni las migas. Había pasado épocas en su vida, de mas chaval, en los que comer era para él una tortura. Sopa y pollo era todo lo que toleraba, para desespero de sus padres, excelentes comedores ambos. Pero con la pubertad había experimentado un cambio y se apuntaba a todo. Por eso, aun resulta más extraño lo que ocurrió aquel día. Era jueves y la abuela había subido a la falsa de los jamones y había bajado con el plato de magras. Cabe decir que allí, entonces, el jamón no se cortaba como ahora, en lascas finas, sino que el cuchillo ahondaba en el jamón y separaba lonchas grandes y largas de medio centímetro de grosor. Que iban directas al pan. Magras. En aquel pueblo el jamón se comía así. Magra tras magra. Y nosotros las devorábamos con fruición.

Todavía es un misterio por qué aquel día Javier organizó aquel barullo. Que si su magra era mas delgada que la de los demás, que el vivía allí y como iba a menudo a ver a los abuelos, tenía derecho a pasar delante de los demás, que si ahora él era el favorito del abuelo, que si ya le tocaba a él, que nosotros éramos ya muy mayores. Un sinsentido repentino, que casi nadie entendió, y que culminó con mi primo dando un portazo y saliendo de allí llevado por mil demonios. Eso si. En su furor, se dejó la magra. Y la tía Ana miró a mi abuela. Y mi abuela miró a mi primo Pepe, que todos sabíamos que era un tragón. Y Pepe me miró a mi. Y no hizo falta mas. Pepe puso cara de “como despreciar una buena magra de jamón”…¡Y como casi había terminado la suya, no le supuso sacrificio alguno engullir la de Javier!

A la tía Ana y a la abuela se les escapaba la risilla por la comisura de los labios. Y, como os he dicho, sentenciosa ella, la anciana, en un susurro, tiró de refrán: “Lo que no quiere el soberbioso, se lo come el goloso”. Refrán como colofón. Y moraleja. Aquel día, lo que Javier despreció, se lo comió Pepe.

 

El autocar de los prodigios

 

Mustafá conduce a toda velocidad por la autovía. El autocar es una bestia rugiente que no deja de acosar a cualquier coche que se le pone por delante. Los turcos de turno miran por el retrovisor preguntándose que demonios pretende el loco que conduce aquel mastodonte. Pero, impertérrito, Mustafá no levanta el pie del acelerador.

El paisaje es abierto. El valle por donde transcurre la carretera, surcado por un río de aguas bravas, de un leve color parduzco, parece fértil. Se va estrechando a medida que avanzamos. Y la luz crepuscular, filtrándose a través de nubes deshilachadas, hace que las montañas parezcan aun mas cercanas, como si se recogieran, reverentes, sobre la cinta de asfalto por la que circulamos.

Mi mente no sabe de treguas. Algunas veces, pocas … no vayamos a entusiasmarnos… la vida te obsequia con un guiño portentoso. Casi mágico. Sencillamente, y con la misma simple deriva con que te va dejando sin amigos que creías para siempre… casi como sin querer, como sin pretenderlo …. cuando ya no te lo esperas…. va y te devuelve algo de lo perdido y aparecen en tu camino, casi por casualidad, un racimo de buenas personas. Y Mustafá, en este atardecer algo desmayado, lleva a bordo un buen puñado de esa clase, “rara avis”, de compañeros. Mi cabeza bulle.

Es el final de una larga jornada. Josep, una vez más, nos ha exprimido y, por supuesto, viaje dentro del viaje, nos ha obsequiado con su interminable saber. Dormita. Una cabezada breve. Una pausa.

Y, entonces, y a pesar del cansancio, ellas se apoderan del momento. Y a mi lo que más me gusta, lo que prefiero, es escucharlas. Esas bromas de mujeres empoderadas, esos comentarios rápidos y afilados, mezclados con guiños dialécticos insuperables, esos juegos de palabras atrevidos, siempre sazonados con citas que revelan su elevada cultura y que, a su vez, delatan su origen. No me canso de oírlas hablar ni ellas se cansan de hacerlo. Tema tras tema, un rato y otro rato, sin pausa, sus voces se apoderan de todo. Del aire, de la luz, del espacio, del sonido y, en especial y como no, de la risa, sobre todo de la risa. Todo tamizado por esa ternura inherente a su manera de entender la vida. Ellos, que los hay, y de notable estatura humana, también son importantes, desde luego, pero ellas, ellas reinan por encima de cualquier consideración. Pura brujería.

Y, paradoja, yo dejo de ser yo para ver como aflora alguien que creí desaparecido. Y, aunque, como de costumbre, parezco mas de lo que soy, dejo que las risas me inunden, se disipe la angustia, se disuelva la tristeza. Y se obra el prodigio. El sosiego surge como por ensalmo. El miedo a la muerte, que ha estado cercana, va quedando atrás. Un conjuro invisible llena de calma mi afligido corazón, se desvanece la melancolía, y lo que suele ser una leve sonrisa se convierte en un manantial de carcajadas, una cascada de regocijo. Un jolgorio interminable. Y levito. Creedme que floto. De pura paz interior.

Mañana será otro día. Distinto. No le van a faltar alicientes. Es imposible que eso ocurra, estando donde estamos y siendo los que somos. Veremos lugares excepcionales y cosas maravillosas. Comeremos y beberemos, o no, según el día. Y volveremos a ver mas portentos y a vivir otros momentos de asombro, nuevas sorpresas. Pero el rato bueno, el que no puede faltar a la cita inevitablemente, es el que beberá del hechizo de compartir, una vez mas, ese espacio común, lleno de su seductora presencia.

Y, anhelo…, espero que vuelva una y otra vez, año tras año. Y dará igual el país. Y resultará indiferente la carretera, y el modelo de vehículo ni sumará ni restará. Ni llegará a ser relevante el chofer, salvo cuando sea etíope. Aunque esa sería otra historia. Lo que de verdad importará es que, de nuevo, podré volver a estar, con todos, pero sobre todo con ellas. Impaciente, aguardo a que regrese el encantamiento, a que se desboque, otra vez, el autocar de los prodigios.

                                                                 Turquía, agosto de 2018

Fente a vosotros (Poema XII)

Horadas la memoria
sus lagunas y relieves,
descubres sobre el tiempo,
encaramado,
un manojo de nervios
y violetas,
alguna humillación
y el resorte oxidado
de la sangre ajena.
Y eliges,
una vez más,
darlo al olvido

De «Frente a Vosotros».

                                        Inédito

 

Cuarta virtud teologal: lealtad (Otra historia de traición)

 

 

Intro.

 

“No hay nada en la tierra más preciado
que la amistad verdadera”
Tomás de Aquino

A la lealtad se le debería reconocer la condición de virtud teologal. La cuarta. Aunque ello suponga el infierno para muchas personas. O precisamente por eso. Debería ser una virtud teologal. A la altura de la fe, de cada uno …. por supuesto, pero muy por encima de la esperanza y la caridad. Al menos en la religión que desearía profesar.

 

 

El sobre lacrado.

“Míralos como reptiles, al acecho de la presa…”
“La belleza”
Luis Eduardo Aute

En el fondo de la caja que me entregó su viuda,
Emilio había depositado varios sobres.
Diversos tamaños, distintos colores.

La primera vez, me llamó la atención uno de ellos,
porque llevaba un pequeño sello de lacre con un “e” minúscula grabada.
Pero allí quedó.

Hay mas sobres, aún sin abrir… pero
en estos días extraños que nos ha tocado vivir, no sé por que…
recuperé, y abrí, el sobre lacrado.

Emilio tuvo, a raíz de un percance de salud,
pocos años antes de morir,
un serio problema con el que había sido su socio durante mucho tiempo.
Supe de la historia un poco por casualidad. Me la contó una amiga común.
Emilio nunca soltó ni palabra sobre el tema.

Y, mira tú por donde, allí, en el sobre, estaban los vestigios de ese capítulo.
Folios con frases aparentemente deslavazadas,
fragmentos de papel con rotulación en mayúscula,
hojas cuadriculadas con la personal y, en ocasiones,
indescifrable letra de Emilio…,

un librillo, arrancado de una agenda de viaje, minúsculo,
lleno de anotaciones, varias citas de terceros,
por momentos desahogo, a veces catarsis, a ratos confesión,
.. un conjunto aparentemente inconexo.


Pero dedicándole los pocos ratos libres que me ha dejado
la actual carga de trabajo,

haciendo una vez mas de arqueólogo literario,
me atrevo a afirmar que el conjunto tiene mas coherencia
de lo que a primera vista podría parecer. De hecho, si lo valoras globalmente,
parece el embrión de una novela corta.
Muy en embrión.

Es curioso que la primera lectura ponga de manifiesto un uso singular de los tiempos verbales.
Emilio los banaliza y cuesta entender si lo hace a propósito o,
simplemente, es una limitación estilística de un literato escaso.
Espero que Emilio no me tenga en cuenta el comentario.

He ordenado mínimamente el conjunto, aprovechando que tenía una cierta idea sobre lo acontecido, y así lo publico.
Es posible que, mas adelante, me atreva a rehacer la historia completa, sin los parrafeos que Emilio omitió no sé bien porque
y escriba, para Emilio, esa novela.

Por cierto, el sobre era del color del oprobio.

 

 Short Message Service (sms). (1)

¿Y me dices que somos amigos? M., ya lo sé.
Tengo las cicatrices y las facturas que lo prueban”
“La rata en llamas”
George V. Higgins

Inicio del S.M.S.

«Bueno, socio, allá vamos. Apago el móvil.
Supongo que todo va a salir bien, pero …. si no fuere así….
tengo la sensación de que podría irme “a la francesa”.
Y eso no está bien.
Haremos aún muchas cosas juntos. Pero si algo saliera mal, que sepas que te estoy muy agradecido por estos años de ruta común.
Y si alguna vez no he estado a la altura, te ruego no me lo tengas en cuenta.
Un abrazo fuerte.
Pd. Si no te importa, llegado el caso, échales una mano a mi mujer y a mis hijos”.

Fin del S.M.S.

Menos mal que el destino, o no sé yo muy bien que……, me dio algunos años mas de vida. ¿En manos de quién hubiera dejado a mi familia…….?

 

 

El primer aviso.

Debí de haberlo imaginado el día en que se puso a gritar, desaforadamente, en el juzgado. Delante de todo el mundo. Justo cuando le estaba consiguiendo su triunfo más preciado y, a la vez, más fácil. “Estoy hasta los cojones de hacer siempre lo que dices”. Así. A grito pelado. Delante de todo el mundo: funcionarios, letrados, testigos, peritos, detectives…. cuando acababa de lograrle lo impensable.

Torpe de mí. Enseñó sus cartas y no fui capaz siquiera de intuirlo. Ni su amistad era cierta ni sentía por ni el más mínimo respeto. Y eso que, todavía aun hoy no sabe nada de la real trastienda del caso; el memo de mi socio había perdido las pruebas esenciales y fuimos a la vista oral con el culo al aire. Y si no, que se lo pregunte a la buena de la detective y que les explique algo sobre la cata de vinos de la noche anterior, eterna, y lo que sufrió hasta que el asunto se resolvió.

Tiempo después encajó todo. Cuando apareció la pieza que faltaba. Como si hubiera estado durante años montando, inútilmente, uno de esos puzles imposibles … que no hay manera de encaminar, que no logras encarrilar ni a tiros … hasta que, casi sin querer, descubres la pieza clave… la relevante. Solo que, como de costumbre, tardé en dar con esa tecla.

 

 

El estratega.

“Un verdadero amigo nunca se atraviesa en tu camino
a menos que hayas tropezado”
H. Glasow
Empresario-editor de una revista de humor

 

Me recuperé del percance antes de lo previsto. Y eso cogió distraídos a mas de uno. Que, por lo visto después, habían hecho cábalas en torno a mi edad y a mi salud. Había sido tan duro que no contaban con que mucho antes de un año estuviera a pleno rendimiento de nuevo. Error de cálculo. Sin duda. Que pilló con la guardia baja a los estrategas que “jugaban a los tronos”. Esos que, por otra parte, salvo cuando se trata de ellos mismos, claro, consideran que el resto de la humanidad son personas de usar y tirar. Tramaron batallitas de salón jugando con el destino de las personas para complacer sus egos de perversos narcisistas de pacotilla. Y sus ambiciones materiales, claro.

Así que, adobándolo con un buen vino, eso seguro, se pusieron a decidir sobre mi vida, presente y futura, para encontrar la forma de agenciarse lo que no era suyo. Y no tuvieron reparo en mancillar la amistad, o lo que yo creí amistad, con el lenguaje infecto de la deslealtad. Llegado el momento, tramaron, sin pudor, y a mis espaldas, una ruta que, bajo pretexto de ceñirse a mis planes, solo beneficiaba los suyos.

 

 

El navajazo o el segundo aviso.

«They want it all, they want it now.
They want to get it and they don’t care how”
They Want It All
David Crosby, 2004

 

El asunto quedó perfectamente encauzado antes de la operación. Logré la información clave agitando mi flauta de la buena estrella. Y a mi cliente le quedó en suerte un negocio de millones de euros.
Meses después, al reincorporarme, una demanda imprevista amenazaba con torcerlo. Y allá que fui, allá que fuimos. Viajes y mas viajes, siempre con mi socio de escolta; no sabía para qué… entonces.
Que mi cliente necesitaba aplazar el juicio, aunque no hubiera motivos, conejo procesal de la chistera y quedaba aplazado.  Que aún no era momento de arriesgarse y había que ganar mas tiempo, otro truco, otro aplazamiento. Y así hasta el día en el que, finalmente, se celebró. Salió todo mejor que bien, mejor incluso de lo que se necesitaba. La otra parte cayó en todas las emboscadas, legitimas, que se le tendieron y, porque no decirlo, sus testigos, convenientemente interpelados, le perjudicaron mas que le aportaron.
Las reacciones de las personas que acaban de vivir un juicio arriesgado y tenso son imprevisibles. Pero él solía ser amable siempre. Un adjetivo agradable, alguna broma para distender el ambiente y … a comer… que era su verdadero objetivo, objetivo compartido, sin duda alguna.
Y, sin embargo, ese día…. se me quedó mirando a los ojos de una manera extraña y lo dejó ir: “Qué buenas instructas prepara Maribel”. Aclaro que Maribel era una de mis colaboradoras mas dotadas. Y que había contribuido a la preparación del tema, por supuesto. Pero la estrategia, el acabado final y gran parte del argumentarlo era mío, y solo mío. Desde luego nada de mi socio. Aquello no venía a cuento… y menos aquel día. Luego, siguiente torpeza, caí del caballo y pude traducirlo. Eso si. Tarde, como casi todo en esta historia. Era lo ultimo que esperaba entonces.

 

 

Frasecitas. (I)


«El despacho soy yo”.

Así, sin anestesia. Emulando, de baratillo, al Richelieu cinematográfico del divertido final de “Los Tres Mosqueteros”, ya sabes, “El Estado soy yo, Luis”, (una ligereza histórica del guion que ahora me viene al pelo), olvidando que, como en la película, D’Artagnan aún podía jugar su baza. Perdiendo de vista la distancia que siempre existe entre lo que eres y lo que crees que eres. Y sin la elegancia que Richelieu exhibe en la derrota, que esa es otra historia.

Eso si. Ignorando las cifras, que demuestran de manera aplastante su capacidad para parasitarse; aportas la tercera parte, pero te llevas la mitad de lo que aportas, mientras el otro, bobo esférico, solo se lleva una tercera parte. Supongo que es la ventaja de considerarse el hombre más inteligente que ha conocido.

 

 

“Excusatio…” o el tercer aviso.

 «La confianza es un ser vivo,
y como tal, nace, crece, se reproduce y muere…“
«Todo lo peor”
Cesar Pérez Gellida


Nunca había cuestionado su lealtad. Jamás. Y aquel día, como tantos otros en el ultimo año, él y sus sinuosas maneras se aposentaron en la silla de respeto y me soltó: “Yo soy un hombre leal”.
Saltó la alarma. “Excusatio……” Debí haber entendido que aquello no auguraba nada bueno.
¿Con qué ánimo inicia el traidor la ruta de la traición? ¿Qué pasa por su cabeza cuando llega ese momento? ¿Qué siente? ¿Y qué le motiva a hacer daño sabiendo que va a hacerlo? ¿Cómo gestiona su escala de valores para justificar lo injustificable?
Pero allí estaba. Un discurso barato. Una radiografía de la mezquindad. Adobado con …… “No vale nada”. “No tengo dinero”. “Me voy a quedar con todos estos”…., así, en despreciativo. Solo que diez minutos después lo iba a reestructurar y sacarle un par de cientos de miles al año.
Ha sido tanta mi sorpresa ante su torpeza que todavía me parecen mentira todas las sandeces que he tenido que aguantar.

J.

“La verdad es como un león. No tienes que defenderla.
Suéltala y se defenderá a si misma”
San Agustín


Me gustaría verlo reaccionar si a su tío le hubieran intentado hacer lo que me han hecho a mi. Me gustaría saber si tendría el mismo criterio.

 

Frasecitas. (II)

 

La capacidad de apropiarse de lo ajeno. De vanagloriarse de haber fundado lo que hacía 25 años que ya existía. De alardear de construir un equipo sin haber dado ni una. ¡Qué capacidad de autocomplacencia olvidarte de las letradas que no funcionaron o de las mas de diez secretarias que contrataste para despedirlas a los quince días! Incapaz de repasar la historia para poner cada cosa en su sitio. Y entonces…… a la tercera copa de vino el “connaisseur” empieza a desbarrar. Sin rubor. Delante del mediador que no media. Después de haberlos queridos despedir a todos… se le llena la boca: “Ahora tienes el mejor equipo que has tenido nunca”. Huelga decir que merito suyo, claro…. Reclamando derechos de autor sin haber escrito ni una línea. Venga. Hay que echarle huevos a la vida. Sin freno. Lo tuyo es tuyo y lo mío, de los dos.

Llegan los refuerzos. (I)

«Dirijo la mirada hacia los montes:
¿de dónde me llegará ayuda?»
Salmos, 121, 1

¿Pero tu eres tonto, o qué?” Hay que querer mucho a una persona para hablarle así, desde la mas íntima de las ternuras, desde la firme amistad. Pero ella no tiene problemas. Nunca tiene problemas. Si no … no le preguntes. La copa de vino viajaba, impenitente, de la mesa a sus labios, mientras esbozaba un gesto entre la sorpresa y la indignación. “¡Pero si cuando llegó a tu despacho era un mindundi ¡”  “¡Pero ….. sin la proyección que le ha dado ser tu socio, aun estaría en el mas absoluto de los anonimatos ¡”.

A medida que la comida avanza, el reconfortante calor de la amistad sincera permite apuntalar mi maltrecho ego, la autoestima que, lenta pero inexorablemente, habían ido socavando los cuervos que revoloteaban en torno a lo que, estaban convencidos, era mi cadáver profesional y, porque no escribirlo, personal. Y aquella mirada cautivadora, que te transmite siempre la calidez de la lealtad única, te inyecta una dosis reconfortante de confianza. En ti, en lo que eres, en lo que has hecho. Y te abre los ojos. A lo que te están intentado hacer.

 

 

Short Message Service (sms). (2)


Inicio del S.M.S.

Lo intentaré, no te garantizo nada, sólo las ganas de que se solucione de la mejor forma posible para todos. Un abrazo!!

Fin del S.M.S.

No tuve presente que él también estaba detrás de mi despacho, también lo quería para sus negocietes de tapadillo. ¿Para qué? Ahora lo sé. Casualidades, las justas. Abrazo de Judas.

 

 

 

Llegan los refuerzos. (II)

 

“Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová,
pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis”
Libro de Jeremías, Jeremías, 29, 11

 

Agobiado de la manera mas imbécil con lo que me parecía una deuda de honor, la autoimpuesta obligación de cerrar un acuerdo con él, …. casi perdí la brújula. Cuando ella me ayudó a recuperar el rumbo, una vez que me aportó la lucidez que no albiraba, cuando conseguí la fuerza que necesitaba para decir basta, todo cambio para mi.

Apareció desde el pasado. Para darme un abrazo, primero, y un espaldarazo, después. Y un plan. Esa energía que forma parte de su esencia, que es vitola de su persona, puesta a mi servicio por puro afecto, por total desinterés. Con un colofón inesperado.

Para mi sorpresa, una vez que se supo que no habría acuerdo, una vez que terceros supieron que para él “no valía nada”, y que “no tenia dinero”, y que “te hago un favor quedándome con estos”, cuando lo dejé fuera… llegó el estrambote mágico. Como por ensalmo, lo quiso media ciudad. Sin necesidad, siquiera, de ponerlo en el mercado.

Y, por si no fuera poco, allí estaba el mejor, postulándose para quedarse a mi lado.

Había valido la pena. La calma tras la tempestad. La ayuda generosa. Miré a los montes, y de ellos me llegó la ayuda.

 

 

 

Frasecitas. (III)

“¿Que edad tienes? ¿Qué edad tiene él? Es mucho mas joven. Le seguirán a él”.

¡No te jode… el profeta!

¿Vale todo para lograr el objetivo? Presionarte hasta el ahogo, para lograr algo mas de poder y otro puñado de monedas. No tener limite para apoderarte de lo que no es tuyo. Y, además, crearte coartadas morales para, por supuesto, disfrazarlo de una leve pátina de legitimidad. Y mas, cuando había, por en medio, algo que quería parecerse a una amistad entre nosotros. Probablemente mezclado con otros sentimientos. Nada es siempre una sola cosa. Pero ….

 

 

¡Menudo negociador!

“… pues la ignorancia es servidora del orgullo,
y la testarudez amante de la ambición”
“Un tronar de tambores”
James Warner Bellah

¿En qué momento dejó de comportarse como el amigo leal que parecía y en el buen socio que fingía ser? Y, sobre todo, ¿por qué? ¿Qué lo convirtió de un compañero de viaje bastante adecuado en un “narciso” de manual? Me hubiera gustado saberlo.
Pero ahora… ahora ya da igual. No voy a dedicarle ni un ápice de mi vida al tema. Demasiadas vueltas le he dado, demasiadas noches sin dormir, demasiados quebraderos de cabeza, intentado descifrar lo que probablemente o es indescifrable o es demasiado evidente. Al final, como casi siempre, todo se reduce a una mas que pésima novela negra, “cherchez la femme, cherchez…”.
Y, una vez que pude ponerme en mi sitio, cuando pude reaccionar, bloqueado como estaba por la sorpresa que tanta deslealtad generaba, ¿qué le llevó a intentar destruirlo todo, jugando contra mi lo que, sin duda, era una pésima partida de póker?

Allá fue con su farolito, porque no llegaba ni a farol la cartita que envió, para ver si me iba a arrugar. Error de cálculo. Ya estaba de nuevo en mi sitio, (sin duda mi peor pecado… no haberlo hecho antes) y había perdido su oportunidad, ciego como estaba de soberbia, “el despacho soy yo”, menuda cretinez. Hay que tener mas coraje y mucha mas inteligencia para jugar esas manos. El buen jugador sabe aprovecharse de las ganancias, pero debe estar preparado para asumir los daños. Y eso no entraba en sus cálculos.

Y, además, para entonces, ya se había instalado en la mugre. Falsificaba curriculums, intentaba imitar, sin base y sin fortuna, mi modelo de desarrollo profesional, lloriqueaba y mentía en torno a su situación económica, difamaba sin limites, manipulaba por doquier, era, en suma, un caballo sin frenos camino del abismo de la inmoralidad. Sin valorar las posibles consecuencias sobre las vidas de la gente que le había ayudado y servido bien y fielmente. Fuera de cualquier ruta ética mínimamente defendible. Lejos de esa cuenta de pérdidas y ganancias que llevas en el corazón para alimentar los sentimientos de respeto y fidelidad a los principios morales, a los compromisos establecidos con o hacia alguien. Moral, en suma. Algo que en esta historia brilla por su ausencia. Era nauseabundo. Pero, además, quedaba en evidencia. Menudo estratega. Menudo jugador de ventaja. Intentando aprovecharse de la debilidad del amigo. Pero, sobre todo, menudo negociador de pacotilla.

 

 

Sal en las heridas.

“Amistad que acaba no había comenzado”
“Sentencias» (Sententiae)
Publilio Siro (Publilius Syrius; 85 a. C. – 43 a. C.)

Así que por el camino también me he dejado una amistad encantadora con una mujer fantástica. De armas tomar, en el sentido mas amplio de la expresión. Inteligente, extremadamente inteligente, valiente, con un equilibro emocional fuera de lo común, especialista, como era, en controlar barrenas ajenas, con un sentido del humor muy personal, cargado de mala leche, pero brillante, ocurrente, culta hasta el extremo. Y cómplice en aficiones confesables. A la que, además, estaba agradecido hasta el tuétano. Pero que, para mi sorpresa, se prestó a intentar humillarme.

Donde siempre me había recomendado, dejó de hacerlo, para favorecer a mi ex socio, sabiendo, como sabía, que no era su especialidad. Que estaba fingiendo capacidades que no tenía. Probablemente porque alguna de las milongas que andaba explicando, ¡qué gran manipulador¡, había logrado calar en ella o, ¿por qué no?, porque alguien la llevaba en esa dirección.

El intercambio de mensajes de afecto venía siendo habitual; quería defender la relación con ella por respeto y por agradecimiento, …. incluso después de que ella me humillara haciéndome de menos profesionalmente. Pero nada hacía presagiar lo que faltaba por llegar. Después de muchos mensajes escritos, de muchos días sin oír su voz…. ahí estábamos, repasando mano a mano la actualidad personal y la literaria, que no era poco, ……. la conversación fluía dentro de la máxima cordialidad. Complicidad y respeto. Un verdadero placer.

Pero cuando se despedía…. inquirió:

-“Emilio, no me vas a decir nada?”

-“Sobre?”

-“Ya sabes. Venga. Hazlo por mí. Volvamos a la casilla de salida. Véndele el despacho. Podremos seguir comiendo los cuatro juntos”

-“Sara, deberías mantenerte al margen”

-“Pero si no vas a poder pagar ni las nóminas ….”

Si me pinchan, no me sacan sangre. Había adoptado, ella también, el santo y seña del traidor, su muletilla (y la de su aliado), el mantra de todas las semanas anteriores, la afirmación infundada que se había convertido en un estribillo de castigo. Cuando la realidad era todo lo contrario. Hacía casi un año que todo pendía de mi. ¿Una mentira convertida en verdad a fuerza de repetirse?

Me repuse. Casi no pude impedir que escapara una risa floja que, por suerte, se atoró en mi garganta pugnando, en vano, por salir. Pero dolía. Claro que dolía. Como la sal en las heridas.

Pero no tenía intención de complacerla. Mi decisión ya estaba tomada y, además, el farol, hecho o dicho jactancioso que carece de fundamento, según la R.A.E., no solo había quedado al descubierto, si no que ….. llegaba tarde. Lo que él despreciaba formalmente, y que su ambición deseaba compulsivamente, había encontrado acomodo en otra ruta, en otro proyecto.

Pero ella insistió. ¡A saber por qué¡ Y todo quedó en evidencia. Ya sabes. Te quiero si haces lo que yo quiero que hagas. Si no.… sales de mi vida.

-“Ya veremos”, le dije.

Pero nada, ni siquiera ella, podía lograr que diera marcha atrás. Ni por todo el oro del Perú vendería mi despacho a un traidor que había intentado aprovecharse de mi edad y de mi salud. Pero ella…. todavía hoy no logro entender como se pudo creer tanta mentira. ¿O no fue eso? O simplemente se sentía pasado y ella, o alguien de su mano, quería arrastrarme a esa condición. Todavía no había llegado mi momento. Me sentía más ahora que nunca.

Al día siguiente, en la maldita red social, estaba la excomunión. Le explicaba a todo el que quisiera leerla que como su amigo no hacía aquello que ella quería (sin pararse a pensar que para su amigo era un desastre lo que pretendían imponerle) ya no era su amigo. La débil línea que separa la interesada estupidez de la generosa agudeza.

¡Qué le vamos a hacer¡ Vivir es escoger. Al final, una parte relevante de la vida es gestionar los despojos que quedan de nuestros propios sentimientos. Los restos del naufragio. Ese “te quiero porque me eres útil”. En cuanto dejes de serlo…

 

 

Frasecitas. (IV)

“Lo que me han hecho”.

¿Lo que te han hecho? Lo que te has hecho. Deja de gimotear.

Actitud mendaz, codicia sin freno, estrategia errónea, análisis inadecuado, manipulación pérfida, …. ¿qué esperabas? Así no se construye nada.

 

 

Alfeñiques morales.

“Tienes que pensar como un héroe simplemente
para comportarte como un ser humano decente”.
De la película “La casa Rusia”

 

Su apuesta era por las paredes. Preferí a las personas. Con eso está todo dicho. Idiota, pensará de mí el economista “jugadorcito de tronos”, que necesita, para sobresalir, organizar vidas ajenas, ejerciendo de manera soberbia el poder que, circunstancialmente, detenta. Ingenuo, concluirá la chica a la que el miedo, miedo a la enfermedad, miedo al futuro, ¡nada más traidor que el miedo¡, llevó al desafecto, al “si me quieres, tienes que hacer lo que te diga. Y si no lo haces, ya no te quiero” sin parar en mientes que la amistad es respeto. Corto, rumiará el ex socio, convencido de que es el mas listo del mundo. Memos. ¡Qué sabrán ellos¡ Atrapados en sus propias mentiras, en sus manipulaciones patéticas, en sus patrañas, en el “todo vale por un daytona”, en la falta de escrúpulos!

Ya no sé si es que era lerdo o se lo hacia. Si su único propósito era venderme aquel brebaje de argumentos mas propios de un charlatán que de un estudioso mínimamente serio. Si se creía todas las memeces que decía…. o si creía que, al final, me iba a convencer de que eran ciertas. Pero fijo que o me veía débil o me tomaba por idiota. Ignorando que quizás habría que parafra­sear al Ortega de “La rebelión de las masas”. La realidad mal interpretada prepara su venganza.

Maquinando, con la sangre envenenada de arrogancia. Debieran leer a Von Schirah. La lealtad no es el ejercicio puntual de un acto bondadoso para con el otro. Es el hilo conductor de cualquier relación honesta, algo que la ilumina siempre y en cualquier circunstancia. Algo que, sin duda, ignoran.

Pero, además… ¿de verdad no se les ha ocurrido pensar que un par de llamadas, un par de audios y poco más y estarían en la mierda?

Sin reparo alguno, sin límites, no les ha importado tratar de destruir lo mas sagrado, aquello en lo que creo, aquello en lo que se suponía que creían.

Qué jodidos han tenido que estar, que jodidos están para llegar a hacer estas cosas. ¡¡¡Pobres!!! Alfeñiques morales. Para ellos debe resonar por siempre la maldición de Kierkegaard. «El estado más doloroso del ser es recordar el futuro, especialmente el que nunca tendrás».

  

Epílogo

Y al final, entre todos, una opereta absurda y patética. Un crío caprichoso y malcriado, un intrigante de vía estrecha ambicioso y turbio, un corifeo desleal, y una soprano desafinada riéndole las gracias al protagonista. Y un montón de chulería, de tácticas absurdas, de cobardías indignas. Un libreto ridículo. Cuanto tocaba hacer piña y remar al unísono mas que nunca ….. un órdago sórdido ….. solo por dinero. “Le daré unos retoques, y ganaré unos doscientos mil al año”.

He hecho lo que he podido para evitar el desastre.

Creo que fue Benjamín Franklin el que lanzó el aviso: Ay, we must all hang together, else we shall all hang separately. Ya lo sabéis. “…… nos colgarán por separado”.

 

 

Nota del autor del blog: He trabajado este texto, sobre las notas de Emilio, durante este año de pandemia. Jamás, ni en la peor de mis pesadillas, imaginé que la humanidad pudiera llegar a vivir lo que está sucediendo. Nunca he sido aficionado a las distopías, literarias o cinematográficas. Lo inverosímil me parecía innecesario. E imagino que, aunque solo sea por eso, me cogió aun más de sorpresa.

Silencié el blog. Creí que no estaba en situación de aportar nada que pudiera aliviar la tragedia que estábamos viviendo. No creo que este texto escape, ahora, a esa valoración inicial, pero, pasado un año, en puertas de una nueva primavera, a lo mejor, como lo que Emilio propone es, en realidad, una reflexión moral, “No todo vale. Nunca”, Igual alguien puede encontrar útil la historia. A saber.

En cualquier caso, mi respeto mas absoluto a la memoria de todas las personas fallecida por culpa de esta tragedia. D.E.P.

 

 

Hojas sueltas (X)

XX.-

La Ramona en el dintel.

En El Port, en la calle que hoy es “de la Mare de Deu del Port”, al final de un pasaje descampado que era la prolongación de la calle Foneria (en su momento Fundición), en la esquina, estaba el colmado. «Casa Ramona». Nada que ver con la orgullosa empresa de nombre similar, cuya antigua fábrica modernista acoge hoy “Caixa Forum”. Nada que ver con los bloques que hoy almidonan la zona. Un colmado en una finca medio ruinosa.

De los de medio pelo, de los de entonces, con su barril de salazones en la puerta, sus sacos de legumbres abiertos y sus cestos de frutas, a la intemperie, ofreciendo su contenido a insectos y transeúntes. ¡Reclamo comercial donde los haya!. Por supuesto, la obligada cortina de tiras de plástico, para las moscas. Dentro anaqueles polvorientos y botellas de licores antiguos. Pirámides de latas en precario equilibrio. Y el mostrador de imitación mármol. Decoración para aquel barrio marginal. Un lujo.

Y la Ramona, claro. Una matrona de voz tonante, como de vikingo, lengua viperina, mirada fiera, y carnes abundantes; hasta el punto de que sus formas bajo el mandil carecían de sutileza alguna. Aunque a ella eso le daba lo mismo. Estoy seguro.

Para mi madre, un lugar al que peregrinar, sobre todo cuando el mes, cualquier mes, estuviera por acabar. Cuando había agotado todas las posibilidades de hacerse, en la Cooperativa, con las cuatro vituallas indispensables para sus cachorros. Mientras su marido, ¡qué no falte de nada!, manejaba a su capricho los menguados recursos que generaba. Un ejercicio de egoísmo aún hoy incomprensible. Difícil de adjetivar. Del que la Ramona no tenía culpa alguna. ¡Qué conste!

Porque la Ramona, esa era la clave, vendía a crédito. Alguna libra de legumbre o algunos quilos de patatas. Algo de bacalao. Alguna lechuga. Sin más. Sin lujos ni excesos de clase alguna. Simplemente, algo de entrante y algo para echar a la cazuela. Pizcas que mitigaran la espera de cada final de mes, hasta que apareciera, si es que aparecía, algo de dinero en casa. Un fin de mes eterno. Como todos los finales de mes.

Eso sí. La Ramona era implacable con los morosos. ¿Cuantas veces acabé por verla recortada en el dintel de nuestra modesta vivienda, recriminando el retraso en el pago pactado, sin miramientos, sin cuidado alguno a que los vecinos oyeran la conversación, …….. mejor dicho, …… sus gritos y supieran de nuestros eternos apuros económicos?

Y, entonces, el esfuerzo para saldar la deuda.

Solo para poder retomar el ciclo. Compra al fiado, demora en el pago, la Ramona en el dintel, los gritos, el pago en el último momento y volvamos a empezar.

Bendito colmado. Bendita Ramona, gritos y bochorno vecinal incluidos.

 

 

Frente a vosotros (Poema VII)

Te sueño eterna
y apareces fugitiva.

Te adivino libre
y te descubro esclava

Te presiento firme
y te disuelves.

¿Siempre se marchitan
las violetas?

De «Frente a Vosotros».

                                        Inédito

 

Frente a vosotros (Poema XIX)

Cultivo consonantes en un jardín perdido.
La sosegada lluvia
retrata sus finas nervaduras
mientras la luz humedece
el secreto trono
de su leve concepto.

Nadan entre tus muslos
las altivas medusas de los verbos.
El tiempo se agiganta
como el acordeón de un cíclope;
el color del vértigo duerme otra vez
en la escalera de mi lengua.

Siembro, como a voleo, las vocales.
Al disiparse la niebla,
descubro la corteza de la aurora
sobre la que escancio el néctar del silencio,
la vocal perfecta.
La tierra se desnuda, una vez mas, inútilmente.

 

De «Frente a Vosotros».

                                        Inédito

 

Hojas sueltas (VIII)

 

XVIII.-

Calle Casanova (Primera parte).

Si alguien la quiso de verdad fue Lolita. Si alguien le brindó una amistad sincera, fue aquella mujer menuda, enjuta, de fuerte carácter, permanentemente vestida de oscuro.  O, …………quizás el tiempo ha idealizado ese recuerdo. Esposa de un taxista granadino, pequeña, de cabello ensortijado, de voz recia, fumadora empedernida y madre de tres hijos realmente singulares. Desde una monjita encantadora, aunque de vocación lenta, llamada, eso si, a ser madre superiora, hasta una campeona de bolos pasando por un bala perdida. Se conocieron en el grupo de la parroquia de Pompeya. Nunca supimos como prendió la amistad. Pero lo fue. Firme. Sincera. Y aunque la distancia física en aquella Barcelona era importante y no facilitaba el trato, y a pesar de que tardó años en tener teléfono en el piso de la Viviendas de la SEAT, se las ingenió para seguirla viendo hasta que un cáncer tributario de su adicción (pues eso y no otra cosa era lo que delataba su perenne cigarrillo entre los dedos permanentemente tintados de nicotina) acabó con su vida. Siguió, tras la muerte de la madre, viendo a las hijas, en especial a la primera, sobre todo antes de que decidiera asumir aquella vocación de floración tardía. Asociado a ese recuerdo, un piso en la calle Casanova, que al niño le parece inmenso, y más si se compara con el que ellos habitan.

Mañana luminosa. Desde una de las tribunas que sobresale ligeramente de la fachada, por el costurón que abre la calle en la Diagonal, al atravesarla, desfila el ejército de Franco. Vehículos militares de los distintos cuarteles que custodian la ciudad. Soldados y mas soldados, con diferentes uniformes, que consiguen el inconsciente entusiasmo del niño y el de alguno de sus hermanos que, en la tribunita, pugnan por sacar partido de su escasa estatura para ganar la primera fila.

Más tarde, cuando ya se han desvanecido los acordes de la música militar, y mientras los mayores conversan, otros muy diferentes llenan la habitación. En un tocadiscos, un Werner de maleta de aquellos con el altavoz en la tapa, suena un single con una canción de la banda sonora de Peter Pan. “Por qué decimos Au” aúllan los indios. No ha visto la película, el cine era todavía un lujo, y no la verá hasta años después, cuando vaya con sus hijas al cine Atlántico. Pero le gusta tanto el estribillo que reclama una y otra vez su repetición. Hasta tal punto insiste que, aun ahora, no logra recordar siquiera cual era la canción que había en la cara “b”. De hecho, casi juraría que no la oyó jamás.

Y, recuerdo entre los recuerdos, un circo de juguete al que no le falta detalle y del que, sospecha, nace su afición incondicional al circo real. Un circo que es un sueño para el niño, deslumbrado por tanto juguete como hay en aquella casa. Un circo al que realmente no le falta detalle. Y cuyo recuerdo está muy vivo. Todavía puede verlo. Gradas redondeadas alrededor de la pista, rojas y amarillas. Negras rejas para montar, sin posibilidad de fuga, la jaula donde varios domadores actuarán con las fieras: elefantes, leones y tigres. Y seis caballos blancos con su grácil domadora ecuestre. Un trapecio real, con dos fornidos trapecistas y una ninfa de cabello claro que vuela, dependiente de ellos, ellos pendientes de ella, sobre una red de verdad. Equilibristas, acróbatas, malabaristas de habilidades imposibles. Y un forzudo. Y un exótico y sorprendente faquir, con su cesta y su cobra. Y un mago, por supuesto. Y payasos, claro, payasos plásticos, mudos pero que despiertan en su imaginación decenas de carcajadas. Ratos de alborozo.

Vuela el tiempo y es ella la que lo saca de su ensimismamiento. Probablemente lleva un rato observándolo jugar, sumergido en un mundo onírico, soñando con circos imposibles, viajando por todo el mundo sin moverse de la seguridad que propicia la proximidad de los mayores en la cocina cercana; acaban de prepararle una rebanada colmada de cabello de ángel, otro de los secretos atractivos de aquel piso mágico. Una mermelada inalcanzable que solo tenía ocasión de saborear allí. Un verdadero deleite para su paladar infantil. Un sabor que se instalará para siempre entre sus debilidades. Sabor a calle Casanova

 

Breve estrambote en prosa:
Nada hacía sospechar que esa calle volvería, tiempo después, a su vida.
Continuará….

Las fichas (V)

XXIII.-

Ficha D

La familia de mi padre (I)

Segunda parte

Y aquí estamos.

En la capital del reino, en el Madrid de la preguerra civil. El abogado Plo, mi abuelo paterno, campa a sus anchas. Mas de metro noventa de semental desatado. Su principal dedicación, al parecer, es embarazar a las criadas de la casa y su padre, aun un hombre bien relacionado, le arregla los desaguisados. Bueno, le arregla los dos primeros porque a la tercera, el ultimátum es tajante.

¡“Con esta te casas”!

Pobre María. Una muchacha sencilla, de origen murciano, deslumbrada (o vete a saber tu qué en aquella época), que acaba pariendo cuatro hijos para el letrado. Una mujer melancólica, a la que aquel matrimonio sojuzgó, como era de ley, pero además doblemente. Por mujer y por ser de origen sencillo, frente a las avasalladoras pretensiones del licenciado. Sin valedores, con una familia muy singular, de las que merecen capítulo aparte, quedó en las garras del predador, sin posibilidad de rescate.

Nunca conocí a mi abuelo. Porque no sobrevivió a sus excesos y murió antes del estallido de la guerra civil. Solo recuerdo una fotografía, en blanco y negro, de 6×4 cm, de un señor realmente alto para su época, que luce aún mas talludo por que a su lado aparece una mujer, que no es la abuela María, que le llega a la altura del hombro. Viste una especie de trinchera de color claro, que ondea por efecto de su propio caminar, y lleva un sombrero tipo fedora. Pantalones negros, zapatones del mismo color y corbata indefinible sobre camisa blanca. El sobretodo no deja ver la chaqueta, que solo se adivina. Luce espléndido. Una mezcla de dandi barato y cabrón seductor. De los que daban el pego.

Y nada más. Porque el resto, es leyenda. Que si era un abogado brillante, que manejaba recursos económicos importantes, aunque no suficientes para su tren de vida, (algo, por demás, muy habitual en los letrados), que si le ganó, allá por los albores de 1932, dos pleitos seguidos a Ángel Ossorio y Gallardo, a la sazón Decano del Colegio de Abogados de Madrid, lo que no tendría mayor trascendencia si no fuera porque mi abuelo defendió una tesis en el primero de los litigios y la contraria en el segundo, que si el “Papa de la Juricidad” le había escrito una carta en la que, ademas de felicitarle lealmente, le pedía que no blasonara de sus triunfos, para evitar el desconcierto de los ciudadanos, que difícilmente podrían entender semejante dislate, que esos éxitos le permitían “atar los perros con longaniza”, que si lo suyo era un “no parar” de vida disoluta, de excesos de todo tipo, siempre fiado a sus envidiables capacidades profesionales y a su poderío físico, que …… lo dicho. Leyendas. Con alguna sorpresa que el tiempo acabará por desvelar.

El único dato contrastado es su final. Murió en 1935. Carcomido por la sífilis. Retorciéndose de dolor en una cama, abandonado por su pasado esplendor, reducido a un amasijo de músculos podridos, medio cegato, casi sordo, y con daños cerebrales severos, que convirtieron sus últimos días en un calvario, en una penitencia, en una condena en vida, como si el destino quisiera cobrarse, antes de su marcha, una parte del mal que su egoísmo narcisista había causado a su alrededor.

Dejó viuda y cuatro hijos. Y su muerte causó la ruina definitiva de los Plo. Aunque esa es otra historia, con muchas aristas, porque su desaparición permitió la entrada en escena de otro personaje memorable, el abuelo Wilfrido, del que hablamos otro día. Permanezcan atentos a la pantalla.