¿Desfachatez o envidia?

Intentar obtener prestigio daña la dignidad
“La devoción del sospechoso X”
Keigo Highasino

 

Introito.

La gente detesta a los abogados. Incluso las personas mas prudentes, aquellas que solo emplean lenguajes políticamente correctos, las que contemporizan, incluso esas en su fuero interno, los detestan. Nos detestan. Leyendas de todo tipo, chistes buenos, regulares y malos, algunos muy malos, y, como no, refranes populares, “Advocats y Procuradors, al infern de dos en dos”, dice el dicho.

Y tiene varias explicaciones, pero la que prefiero es aquella que pone el acento en el hecho, indudable, de que nuestra mera existencia, la de los abogados, es una prueba, irrefutable, de la estupidez humana. ¿Cómo, si no, denominar a esa niebla espesa que parece invadir el cerebro de los seres humanos en situaciones que debieran resolver con una simple conversación y un posterior apretón de manos y, sin embargo, acaba degenerando en un pleito que da de comer a varios letrados? Personas que se han amado, que han convivido, que se han reproducido son, en miles de casos, incapaces de finalizar su relación sin que intervengan los abogados. Personas que han trabajado durante años codo con codo, cuando aparecen las dificultades, pueden llegar a eternizar sus diferencias al ritmo desesperante de cualquier juzgado. Hermanos que se han querido con sincero afecto pierden la brújula cuando la herencia no favorece sus expectativas (o las de sus conyugues, todo hay que decirlo) y se convierten, para su desasosiego posterior, en carne de sentencia. Y así en casi todas las situaciones y entornos que podáis suponer. La lista de ejemplos sería inacabable.

Y toda esta reflexión, os diréis, ¿qué tiene que ver con el titulo? A ello voy. En realidad, se trata de una entradilla para poner en contexto un par de historias, que no conocería si no fuera abogado, por supuesto, pero que hablan de gentes capaces de, mientras maldicen de los letrados, chulearles durante muchos años. Porque, en realidad, piensan que ser abogado es fácil y que, sobre todo, que ellos lo hubieran podido hacer, y mejor, si hubieran tenido el título. Pequeño detalle sin importancia, para ellos. Y siempre, porque no suele fallar, so pretexto, para mas “inri”, de una amistad que, luego se sabe, siempre es mentira, nunca existió. Culpa suya. Nada más peligroso que trabajar para algunos amigos. En realidad, nada más peligroso que escogerlos mal.

Dicho de otra manera. Diez mil abogados en el fondo del mar son el principio de una gran historia, pero hay por ahí, suelto, cada pelaje capaz de darle la vuelta a la maldición histórica y dejar chica cualquier leyenda en torno a los leguleyos, que en nada tienen que envidiar a los denostados letrados.

Primera parte: “el gallego”

Un gallego mas fino que el coral. Una especie de Cardenal Mazarino venido a menos, siempre sonriente, con ínfulas de cachondo y divertido, siempre pendiente de su imagen y del “qué dirán”, intentando siempre elaborarse un prestigio a golpe de cualquier cosa, a casi cualquier precio, pero al que, por lo que se ve, no se le podía dar la espalda ni un minuto porque, como lo hicieras, te colocaba una daga entre la tercera y la cuarta intercostal, mientras él, claro, ponía cara de asombro a la par que se le escapaba la sonrisilla mezquina entre los labios. Que quede claro que en esta historia nada hay contra los gallegos y que nadie desea dejarse arrastrar por los tópicos. De verdad, nada contra los gallegos. Pero, al parecer, éste….

Apareció disfrazado de vecino del letrado. Su esposa era una chica introvertida pero amable y muy hospitalaria. Y, como sucede siempre con todas las relaciones, al principio era muy agradable tratar con ellos. Hasta se esmeraban. Sobre todo, ella. Probablemente porque venían de ambientes familiares similares. Familias humildes con muchos hermanos y bastantes penurias. El era otra cosa. Hijo de militar y exseminarista. Y muy pagado de si mismo. Suficiente para poner a cualquiera sobre aviso. A cualquiera …. menos a un ingenuo impenitente como nuestro letrado. Además, tenían hijas de la misma edad que simpatizaron. Lo dicho. Todo muy agradable.

Hasta que le confirió el honor, que luego se reveló dudoso, de querer colaborar profesionalmente con él. Como estaba en sus inicios, y eso siempre te convierte en sospechoso, que la empresa para la que trabajaba nuestro gallego le encomendara algún asunto era un privilegio. Y allá fue. Poniendo los cinco sentidos en todo lo que hacía, estudiando aún mas de lo habitual, repasándolo todo hasta el exceso, porque no podía fallar. Dándolo todo, vamos. Y, por fortuna, con éxito. Y mira tu por donde, cuando llegó el momento de cobrar, se torció la cosa. Qué si es mucho, qué si no ha sido tanto trabajo, qué lo hablo con mi jefe y te digo…. Meses y meses dándole largas para poder cobrar una parte del fruto de su trabajo, un dinero que precisaba porque, como es sabido, abrirse paso en una profesión y mas si es liberal, siempre es duro. Un dinero que nunca acababa de llegar. Y, eso si, más encargos. Y resuélveselos rápido y bien. Para no fallar. Y para ver como la pelota del “ya te pagaré” se hacía cada vez mas grande.

Incapaz de sentarse delante de él, mirarle a la cara y decirle la verdad. Que le está haciendo los encargos porque, al margen de su calidad como profesional, no puede ir a otro despacho a no pagar, como hacía con él, porque las cosas no van bien, porque la empresa tiene muchos problemas y, evidentemente, poco dinero. Incapaz de mirarle a los ojos y pedirle que le eche una mano, que lo necesita y que.. hazte a la idea, ya te pagaremos. Lo mínimo para que hubiera podido tomar su decisión y sentirse dueño de su trabajo y su tiempo. Lo mínimo para salvaguardar su dignidad. Y …. adivinadlo. La historia se fue repitiendo. Te pago un poco y te dejo a deber más. O este tema, que no me queda mas remedio que pagarte, lo cobrarás tarde, mal y ….con un descuento que te impongo porque sé que necesitas el dinero. Un encanto, vamos…

No voy a negarlo, nuestro letrado reconoce que “el gallego” alguna vez tuvo algún detalle. No todo fueron sombras. Pero pocos. Detalles me refiero. No sea que se malacostumbrase.

Un día, era inevitable, todo estalló. Cuando los imponderables industriales y la impericia del truhan se mezclaron, todo se derrumbó. Se creó tantos enemigos que encontraron la forma de asfixiarlo económicamente. Al margen de que tanta mentira es difícil de sostener durante tanto tiempo. Todo se fue al garete. Y, aunque cueste creerlo, allí estaba él. Para arremangarse y pasarse seis meses de su vida trabajando, durmiendo solo tres o cuatro horas diarias, porque a alguien que, a pesar de todo, creía su amigo, le habían puesto un pleito en el que le reclamaban 1.000 millones. Si, leéis bien. Antiguas pesetas, pero 1.000 millones. Con más 100 de intereses y 100 de costas. Y contra pronóstico (porque los demandantes tenían razón, pero no la supieron demostrar) el letrado de nuestra historia ganó el juicio. Tras un calvario procesal que resulta inútil detallar porque nadie creería. En todas las instancias. Y piensas…. esta vez sí, esta vez te va a contar que su trabajo se vio recompensado. ¡Ni hablar!  Con un pretexto repugnante, el galaico se evapora y le manda a un interpuesto para que por enésima vez regatee a la baja, pero que muy a la baja, el precio de su trabajo. Que, no importa, claro está, además ha estado a punto de costarle la salud.

Pero da igual. “El gallego” se deprime y allí está él. A disposición. Y no le falta un detalle cada noviembre, aunque también sea su cumpleaños y no reciba ni una triste felicitación. Y cuando necesita trabajo, lo sitúa al frente de una empresa que es cliente suyo, con un contrato superblindado y una remuneración que casi alcanza la suya. Para que se sienta bien y no tenga problemas de auto estima ni personal ni profesional. Y porque un amigo siempre es un amigo. Y… si, lo habéis adivinado, lo primero que hace al llegar es pedir sus facturas, las de nuestro letrado, para ponerlas en cuarentena….. y tardar dos años en atenderlas. Si, habéis leído bien, dos años. Deduzco que fue una muestra de agradecimiento…. Y con su coartada moral y todo… no vaya a ser que la gente piense que como le paga, lo hace porque es su amigo….

Más. Un golpe de suerte lo coloca al frente de una empresa relevante. Y se va. Solo faltaría. Y deja su tarea a medias en la empresa donde lo colocó, sus facturas sin pagar, por supuesto, y además le pide que le cobre lo que le deben de los últimos meses…… Pero en un gesto de magnanimidad, le encarga que reflote la nueva empresa …. No porque confíe en él, por que aquella vez lo sacó de un apuro mortal … no, solo porque es el mas barato y porque …. ya sabes, le pagará como y cuando le dé la gana y lo que le dé la gana. Piensa que esta vez no se atreverá…… y comete la enésima necedad. Y se repite la historia. Hace un trabajo brillante, de esos que terceros privilegiados espectadores de su tarea califican de “encuadernable para las escuelas de negocio”, consigue acuerdos inverosímiles y contra pronóstico con las administraciones publicas, y ….. si, si …….le prometen colaboraciones de futuro, pero ….. sus facturas primero cogen polvo y luego se pudren en un archivo anónimo. Con premeditación y alevosía, porque, por supuesto, se esperan a que haya cerrado todos los acuerdos para decirle que no le van a pagar el esfuerzo extra. Y cuando pide explicaciones … corre a coger el teléfono para quedar y mirarle a la cara y darle una explicación…… ¡qué te lo has creído! ¿No ves que es “el gallego”? No tiene coraje para mirarle a la cara. Y por última vez que le vuelve a dejar en la estacada. ¿Por última? ¡Qué va!

A alguien muy próxima y muy vulnerable y muy frágil y muy indefensa, a alguien muy importante para nuestro letrado le diagnostican una grave enfermedad. De las que dan miedo de verdad. De esas en las que se juega la vida. Y allá que va nuestro hombre, haciendo de tripas corazón, a luchar contra el destino que golpea donde mas le duele. A ayudar en todo lo que pueda. No hace falta que lo escriba, ¿verdad? Le llegan ánimos de casi todas partes, pero nunca de él…… está tan ocupado que no se le ocurre llamarle un día para simplemente hacerle un rato de compañía. Sigue resolviendo los problemas de la empresa y alguno ocasional de la familia del galaico, pero él no sabe coger el teléfono y hacerle llegar una palabra de ánimo…… Y, esta vez si, esta vez se cansa de almacenar agua en un canasto de mimbre. Y lo dice …..¡por fin! “Déjalo, porque no me tratas con respeto y nunca estás cuando se te necesita”.

Y ahora, cuando acaba de escupir el relato, ……. porque esto no está contado, está escupido, ………. y antes de permitirme publicarlo en mi blog, me confiesa que va a coger papel y enviárselo de su puño y letra con una nota, un solo interrogante: ¿Cómo has podido ser tan mezquino? Pero duda y cual Saulo camino de Damasco……cae del caballo. Y remata. Me reconoce que el sonsonete que alguien le ha estado susurrando al oído durante todos estos años, acaba por abrirse paso y disuadirle: “No solo no era tu amigo…. es que además siempre se ha muerto de envidia”.

                                                                                                   «continuará» 
                                               Segunda parte: “el jugador de bridge”

Frente a vosotros (Poema X)

No recuerdo haber vivido ninguna de las crisis que, al parecer, sufren las personas cuando su edad se cifra acabada en cero. Hasta los 60, claro. Eso es otra tema. Pero si recuerdo que, a los treinta, con toda mi vida patas arriba, recuperé la necesidad de escribir. Trabajando como un poseso para sacar mi familia adelante, había dejado de hacerlo. Y, ¿a la búsqueda del tiempo perdido?, lo hice a todas horas. En cualquier lugar y con cualquier medio. A destajo. Sobre todo, poesía. Y en 1983, con la inestimable ayuda de un amigo luego desaparecido, de esos que, aunque pasen los años, recuerdas con afecto, auto publiqué un libro de poesía, “Cuaderno Bretón”, (del que hay un poema en el blog y del que, a lo mejor, añado alguno mas), que la extinta Librería Francesa me permitió, en un alarde de generosidad, depositar en su mesa de libros de poesía. Una mesa fascinante, debo añadir. ¡Al lado de poetas consagrados! Se vendieron por los menos tres ejemplares. La librería envió la liquidación, pero nunca fui a buscar el dinero. Me dio vergüenza. De verdad.

 Sin embargo, el libro, que si vieron amigos y algún conocido, atrajo la curiosidad de alguien de mi entorno que conocía a otro alguien que tenía un amigo que conocía al director de una editorial. Una buena editorial, debo añadir. Fijaos si era buena que consiguieron publicar el primer libro de relatos de Enrique Vila-Matas, quien, por cierto, no tardaría en consagrarse. Aun lo tienen en su catálogo. Y yo en mi biblioteca.

Y, para mi sorpresa y gozo, decidieron que podían publicar un libro con mis poemas. Todavía me pellizco al recordarlo. A todo esto, estábamos ya en 1985. Primavera, creo recordar. Así que acabé de pasar a limpio los que me parecieron mejores, traté de darles un orden coherente, depuré las temáticas, pensé un titulo, encargué un par de diseños para la portada, comí un día con mi contacto y con alguien que me dijeron que era el director, hablamos de cómo se iba a financiar la edición y ……. allí acabó todo. La editorial tuvo un problema en México, su economía se resintió, cancelaron proyectos y mi libro se quedó en un cajón. Con sus portadas y todo. Y eso que estaba dispuesto a financiar una parte de la edición. Por amor a la poesía. Y por un poco de vanidad, todo hay que decirlo.

 Cuando decidí iniciar el blog me resultó irrenunciable no incluir un apartado dedicado a la poesía. “Accidentes íntimos”. Una expresión preciosa que le había leído a Dirk Bogarde en una entrevista, creo que en “El País”, cuando aún era un diario legible, y que había reservado como el que guarda una botella valiosa. Para descorcharla en un día señalado. Resultó que Justo Navarro, un excelente novelista, que no sé yo si había leído a Bogarde, la aprovechó para titular una novela que tengo en la estantería pero que no he leído, aunque sé que es buena, por la rabia que me dio lo del titulo. El descorchó la botella antes que yo. Así que, llegado el momento, no renuncié a plagiar a Bogarde. Lo hiciera o no Justo, no iba a prescindir de esas dos palabras, que había hecho mías tiempo atrás. Y en ese apartado he ido publicando poemas. Alguno, si os fijáis, de un libro inédito, “Frente a vosotros”, que es el proyecto fallido del que os estoy hablando. Y que ahora categorizo en el blog, para que tenga vida propia.

  No queda ahí la historia. En ese libro hay un poema que escribí movido por la impresión que despertó en mi una foto en una exposición de Man Ray. Era junio de 1982. Apenas seis años después de la muerte del genio. En el Palau de la Virreina. El retrato de una mujer de ojos claros. En blanco y negro. Cuando repasaba los poemas del libro, decidiendo si debía publicarlos, topé con él. El poema X,  ….. porque ninguno tiene titulo. Solo un ordinal en números romanos.

 E intenté evocar el retrato. Lentamente, muy lentamente fueron retornando a mi memoria los contornos de aquella foto, de aquel rostro femenino. Pero mas de treinta años lo difuminan casi todo y no estaba seguro. Los rasgos del retrato iban y venían, jugueteaban con mis recuerdos, se escabullían ….. para acabar esfumándose ante mi desespero. No lograba completar su semblante.

 Entonces no hubiera sido posible, pero ahora, gracias a la magia de los buscadores de internet, cabía la posibilidad. ¿Estaría en alguna galería de imágenes la foto? No hubo suerte. Tuve que desistir. Exhaustiva obra de Man Ray en numerosos sitios, por supuesto muchas fotos de mujeres, pero ni rastro de ella. Una casualidad pareció venir en mi ayuda. Una de las búsquedas me llevó a la web de una librería de viejo y allí encontré un ejemplar, en muy buen estado, del catalogo de la exposición. Y, claro, la incógnita. ¿Era un catálogo exhaustivo? ¿Estaría allí la foto? Solo una manera de saberlo. Tuve que disimular mis ansias cuando llegó el envío. A mi edad, la contención es imprescindible. Pero…. la foto no estaba en el catálogo. Mirado y remirado. Ratos enteros delante de alguna de ellas. Pero no. No regresaba aquella emoción. No era ninguna de ellas. No estaba allí. Intento fallido. 

Pero ….. había oído a una buena amiga hablar de exposiciones en la Virreina. Alguien vinculado profesionalmente durante muchos años a actividades culturales municipales. Y me atreví a preguntar. ¿Por casualidad sabes si hay fotos de aquella exposición? No dudó. Y eso que lo primero que tuvo que hacer fue hablar con su ex, al que por un montón de razones y con toda justicia, detesta. El ex estuvo correcto. Tampoco vamos a excedernos a estas alturas. Pero nos dio la pista. Y allí que fuimos. Arxiu Fotogràfic de Barcelona. Donde mi amiga tenía otra amiga. Quien, gentilmente, ya nos esperaba con diapositivas y fotos de la exposición. Lupa de aumento en ristre, pude ver todo el material disponible. La mayor parte, panorámicas amplias de la exposición, abarcando, a su vez, bastantes retratos. Dudé. En dos de ellas, en un extremo, al lado de varias otras, una foto parecía sintonizar, por fin, con mi recuerdo. Quizás era ella. Pero no quise precipitarme. Y pedí copias de varias fotos. Después de haber llegado hasta allí, tampoco iba a estar de mas tener alguna foto de la exposición para archivar junto al catálogo. Y, de paso, podía volver a verlas tranquilamente en casa. 

Y aquí está. En mi pantalla. Ampliada todo lo posible, dada la calidad del negativo original y la traslación de la que dispongo. Pero …. es ella. La mujer de mi poema. ¡Por fin ¡  

Igual tras todo esto, el poema se queda en nada. Pero a mi ella todavía me inquieta.

 Por  cierto. Gracias, Laura.

 

 

 

X

Si fueran míos tus ojos
que adivino verdes
que intuyo astutamente lisonjeros….

Si su brillo alumbrara
los rincones oscuros de mi alma
los callejones confusos de mi mente….

¡Si dejaras de ser
por azar
un retrato anónimo!

¡Si cobraras vida!

 

                                        De «Frente a Vosotros».

                                        Inédito

Trenzas morenas

A simple vista, unas trenzas morenas, unas gafas sin estilo (escogidas por su madre, seguro…), y unos andares levemente desgarbados. Todavía puedo verla. Con una falda plisada de cuadros escoceses y un sencillo jersey.  “Es mona, pero le falta algo…” hubieran dicho las cotillas del barrio, en el improbable caso de que alguien les hubiera pedido opinión. “Feuchita”, dijo mi madre, la única vez que logré hablarle de ella. Como en su entorno familiar nadie destacaba por su atractivo físico, lo que dificultaba que pudiera llamar la atención, no tenía cartel…. pero … a los 13 años……tampoco se le podía pedir otra cosa. ¡Solo faltaría!

Pero para mi, su pelo siempre brillaba, sus ojos negros eran dos tizones preciosos y su manera de caminar era inigualable. Se equivocaba. Mi madre, que gozaba todavía entonces del privilegio de la infalibilidad, se equivocaba posiblemente por primera y única vez. Tenía algo. No lucía al lado de alguna de sus compañeras de curso, precoces ya a su edad y que descollaban en casi todos los aspectos. Pero, ¿misterio?, era la única que conseguía perturbarme con su sola presencia. Me daban igual el resto de las chicas y, en mi necedad, era capaz de no pestañear delante de ninguna, pero ella…… a mi ………. me gustaba mucho. Fijaos si me gustaba que, como nuestras iniciales coincidían, todo mi afán era llenar los arboles de nuestro entorno con, eso si, discretos corazones encerrando una bonita ecuación de letras al cuadrado. Siempre río cuando lo recuerdo. Bendita ingenuidad. ¡Cómo si hubiera habido la más mínima posibilidad de que se hubiera entretenido mirando las cortezas de los árboles! ¡Y como si, de haberlo hecho, hubiera entendido el mensaje! Insensato.

Nunca me hizo caso. ¿Lo veíais venir, verdad? Entonces ya había iniciado mi camino a la invisibilidad. Había mutado a transparente, al menos a los ojos de cualquiera de aquellas niñas. Vivía confortablemente instalado en aquella sensación, ingobernable, de cómo gestionas el hecho, evidente, de que, por mucho que te empeñes, no le vas a gustar a nadie. Inodoro, incoloro e … insípido. Y no exagero. Entonces, cuando os digo que no le gustaba a nadie era … a nadie. ¡Qué invisible, … era inmaterial!. No sé si cabe diagnosticar el síndrome de la “no atracción” pero estoy seguro de haberlo contraído y de haberlo padecido durante mucho tiempo. Me curé. Tardé en hacerlo, pero lo logré años después, apenas supe que todas las niñas de la clase de mi hermana más pequeña habían andado “locas por mis huesos”. O eso me dijo, …..!la muy mema¡ ¡No darme hasta entonces ni una pista! Con el bien que le hubiera hecho a mi castigada autoestima. Y con las horas de síndrome que me hubiera ahorrado.

Bueno, a lo que íbamos. Le gustaba, como no, uno de los tíos guapos de la clase. Un tío que daba rabia de tan fantástico que era. Bueno… estudiando no era gran cosa. Ahí estaba …. mi venganza. ¡Ya ves tú! ¡Menuda venganza! Seguro que el tío no dormía por las noches por culpa de eso….. El muy capullo tenía la desenvoltura que te da la certeza de ser guapo, muy guapo. Si además a tu familia le van bien las cosas y luces bonitos jerséis, pantalones a la moda y te han elegido jefe de la patrulla “scout” pues ……imagina. Todas a tus pies. A los de él, claro. Que nunca le hizo ni el más mínimo caso. Menudo idiota. Porque, por supuesto, no tenia mi visión. Donde el solo veía un pato feo yo empezaba a intuir al cisne.  Y….¿sabéis? yo tenía razón.

Años después, unos pocos años después, la única vez en mi vida que volví a verla era un bellezón de los que quitan el hipo. Y asumo el riesgo de ser vituperado por emplear esta expresión. Ahora debe ser machismo irredento. Pero aquel día, cuando la vi… todavía se podía emplear esa expresión. Las chicas muy guapas te quitaban el hipo. Y ella lo lograba. Y, claro, seguía siendo inalcanzable.

¿Qué como acabó la historia? Pues entonces y como siempre. Gestionando mi transparencia. Tratando de que el tiempo cicatrizara la herida. Sumergiéndome en mis libros y en mis discos. Leyendo como un poseso y oyendo canciones maravillosas mientras observaba atentamente como llegaba un tercero y se quedaba con la chica. Ella, por supuesto, creo que nunca supo nada. No vio ninguno de los corazones.

La historia de mi vida. Solo que esta vez, aderezada con la inocencia del primer amor.

Las fichas (III)

XII.-

Ficha C

Un niño en la ventana, un barreño en el balcón, indios, cowboys, y bosques de “esparraguera” rodeando “Fort Apache»

Un escorzo inverosímil, probablemente hasta imprudente, la presenta con su perfil izquierdo girado hacia la cámara. El niño, con un jersey de lana de varios colores, que la cámara no permite identificar, pero que el recuerdo entrevera de verde y amarillo, mira de frente al objetivo. Flequillo “marcelino”, leve sonrisa, gesto confiado. En brazos de su madre no existe el miedo, a pesar de que la presencia en la parte derecha de la foto de la sombra que delata la fachada del edificio, permite deducir que el crío está sobre el vacío. Aún así, ni la más leve sombra de angustia en su mirada. Eso vendrá después, cuando la vida le enseñe que son la deslealtad y el desamor. Pero, afortunadamente, eso está lejos. Ahora sonríe levemente. Nada como los brazos de su madre. Días de tenues recuerdos. Una vivienda nueva, una oportunidad diferente. 

Entonces, todavía se podía ver el mar desde el balcón. A lo lejos, se divisa la pincelada inconfundible de horizonte, bajo la que se puede adivinar una playa a la que irán algunas veces, antes de que la industria la conquiste definitivamente para el tráfico portuario. Y en la margen derecha del cuadro, la inconfundible silueta del faro del delta del Llobregat. La imagen que injerta en él un afecto desmedido y eterno por todos y cada uno de los faros que logra ver. Algo que siempre le proporcionará un placer inmenso, cada vez que tiene oportunidad de acceder a uno, en cualquier rincón de la tierra.

Un barreño al sol. La orientación del piso permite muchas horas de sol intenso y ella no duda. Calienta así el agua con la que, en el mismo balcón, a salvo del viento, les bañará a su hermano y a él. Premonición ecológica, ahorro obligado de teas y carbón para la cocina económica. Privilegio desaparecido a medida que el tiempo les proporciona otras comodidades. Privilegio añorado muchas veces. Agua y sol. Y las manos de su madre mojando, siempre entre risas, su inocencia.

Un balcón en el que rara vez hubo flores, solo algún geranio frustrado y reseco, pero lleno de macetas donde la “esparraguera” (asparagus plumosus) llenaba las barandillas de bosques. 

Bosques propicios para que los indios emboscaran eternamente al 7º de caballería, en aquel tiempo en el que el niño todavía creía que los indios eran malvados y el 7º de caballería era la encarnación eterna de los héroes duros pero justos. Fuertes fronterizos hechos, para desespero de su madre, de trozos de pinzas para la ropa. Durante horas y horas los “casacas azules” resistían en “Fort Apache” el asedio indio, a la espera de un auxilio que se demoraba …….. hasta el instante en que el tiempo de juego acababa y una voz cálida emergía de la cocina y les llamaba a la mesa.

Y empezaba la magia. La de la mas sencillas exquisiteces. Hechizo grabado de manera indeleble en su memoria, sabores inolvidables, guisos únicos, recetas llenas de amor, porque solo así, de amor, cabe calificar aquel milagro permanente de placeres culinarios, brotando de aquellas manos únicas. Afanosas y mágicas, doblemente mágicas…. capaces de dar de comer a sus hijos con un presupuesto inexistente.

Acecha el desamparo…

Acecha el desamparo de la historia
a los temidos guerreros.

Ni las bellas armaduras
ni las terribles tizonas
alivian su tristeza.
No hay refugio
tras de las cotas de malla
ni en los altivos yelmos.

Un viento de terror vagabundea
entre los campamentos

Se engrasan las ballestas
y piafan los caballos,
entre jadeos.
Se acerca la batalla
y el fulgor de mil hogueras
resuena por los valles.

Cuando los hombres se asoman
a la soledad y el miedo…
se declaran la guerra.

Mejor que la angustia y el pavor,
el fragor y los estertores del combate

                                                Barcelona
                                                22/11/1983

Hojas sueltas (III)

XI.-

El bello, el drogadicto y el traidor.

Encontrar en la caja de Emilio, entre varias paginas sueltas,
una con titulo que
parafrasea la celebre película de Leone fue muy divertido.

Leerla fue otra cosa.
Un texto ácido, sin destinatarios aparentes.
O yo al menos no logro identificarlos.
Igual ellos, si alguna vez lo leen, si saben verse retratados. A saber.

 

 

Con trece años era tan guapo que las matronas del barrio opinaban que “parecía una chica”. Guedejas rubias, largas al uso y desaliñadas por supuesto, ojos verdiazules, labios perfectos, nariz exquisita, mentón ovalado, .. lo dicho. Un verdadero ángel de belleza etérea. Permanentemente vestido con un jersey de lana con las mangas mas largas que los brazos y unos pantalones viejos, se codeaba entonces con rockeros de medio pelo, adoradores de “Los Rollings”, apiñados alrededor de un viejo tocadiscos en el que sonaba permanentemente un edición sin censurar del “Sticky Fingers”. El ángel, cuando empezó a hacer sus primeras armas en el tema de las chicas, antes de convertirse en un cobarde, empezó coqueteando con una chica que tenía nombre de flor, era divertida como pocas y destilaba  sensualidad y atrevimiento. De andares felinos, mirada limpia y curvas incipientes pero prometedoras. Un regalo de la vida. Que, de la noche al día, para mi sorpresa y la de muchos, cambió por la compañía de una amiga de su hermana cuyo atractivo, se mire como se mire, todavía hoy permanece oculto. Luego vino lo demás. La Secta y una deriva ideológica. Un matrimonio extraño. Y una huida. Cuando las cosas se complicaron en el entorno familiar, nada de remangarse y ayudar, nada de “caridad cristiana”, nada de amor filial o fraternal. Mejor esconderse en la concha de un proyecto excluyente y darle la espalda a tus orígenes. Salir por piernas cuando las cosas se complican. Y, si se puede, despreciar incluso a la madre que te parió. Ignorar lo que has sido, incluso desde una pretendida superioridad intelectual, ningunear tu propia sangre para instalarte en lo cómodo, en lo fácil. Belleza marchita, al final.

 

 

En aquella época, drogarse era una actitud aparentemente progresista. Solo los muy progres lo hacían. Tenía algo de ruptura. Y pasaba por ser un acto de coraje. Y él, claro, era todo eso. Un dinamizador de su entorno. Un líder natural. Un personaje osado donde los hubiera. Y ya veis, acabó convertido en un memo que se drogaba a todas horas. Si le diéramos voz, con su verbo fácil y sus heredadas dotes de seductor de vía estrecha, podría convenceros de que empezó a drogarse por amor. O algo así. Si algún día lo conocéis, ya os contará la historia. Pero a estas alturas, ya no me la creo. Se drogaba por débil. Simplemente. Y por que, además, podía justificar lo injustificable. El truco mendaz de acabar pensando como vives en vez de intentar vivir como piensas. Pequeño, nervudo, permanentemente ansioso, hecho de rabos de lagartija diría su madre, siempre fue un quebradero de cabeza. Para su padre, que acabó malcriándolo para que no transcendiera su drogadicción, para su madre, que se dejó media vida por arrancarlo de la maldita heroína, heroína ella de verdad, y para si mismo. Que de haber podido ser todo un personaje, optó, al final, por la senda trillada, la perpetuación de alguna perversa tradición familiar y el egoísmo mas recalcitrante. El peor de los egoísmos. El egoísmo del débil.

 

 

Sus hermanos debieron de haberlo ahogado en la cuna. Cuando nació, su padre inundó la casa familiar con sus fotos con gorrito de jockey, a pesar de que el caballo más próximo estaba a cientos de kilómetros de distancia. Suerte que, según tengo entendido, no eran celosos. Y los desvaríos de un padre que ya empezaba a chochear no merecieron mayor eco. Y si todo hubiera quedado ahí….. Su madre podía reñir a sus hermanas mayores porque no le hacían la cama. Si. Habéis leído bien. Tenía catorce años y no se hacía ni la cama. Claro. Que podía venir luego….¡ El pequeño jinete se convirtió en un vago redomado, un cretino que creía merecer todo tipo de agasajos, que se sabía de memoria sus derechos, los que tenía y los que se irrogaba pero que fue incapaz de conjugar ni una solo vez el verbo agradecer y que jamás se planteó que pudiera tener obligaciones para con algo o para con alguien mas que para con él mismo. Incapaz de terminar nada de lo que empezaba. Capaz de morder la mano que le daba de comer. De repetir el mismo error en el plazo de un par de años. Un personaje sin limites morales, un cínico fingidor y artero. El impecable arquetipo del traidor. Lastima lo de la cuna.

Para que yo respire

Para que yo respire
fue preciso un largo grito,
surgido del vientre de la noche
y del vivo paisaje de dos pieles
acopladas, socavándose
aferradas a un instante

De su estertor agónico y gigante
no soy mas que un residuo,
un nocturno corazón desalentado
que trata en vano de olvidar
la turbia ceniza cotidiana
y la sorpresa de estar vivo

Y eso no es todo. Un trazo
de efímera luz entre los huesos
de un universo confuso e irritado,
trazando caminos,
pregonando insanias,
sobre los escombros humeantes de una raza.

 

                                                             Barcelona
                                                             4/2/1983

Nausícaa

Preside la tarde interminable
una lenta mirada de los dioses.

En torno a la ciudad abandonada
teje la yedra un muro de fatigas
y el silencio
tañe, solemne, su mágica campana.

Sobre un fragmento de cristal
yacen los sueños.

Al amparo del cerro solitario
en el puerto cálido y oscuro,
Nausícaa
ofrece su adiós al último guerrero.

                           

                                        Barcelona
                                        20/11/1983

La libreta gris. Tercera parte.

X.-

Emigrando, para empezar.

Tras una boda de la que no recuerdo memoria gráfica alguna, salvo, quizás, un pequeño primer plano de mi madre, sonriente…… una boda que siempre dio la sensación de que fue, sin serlo, como a escondidas, el destino fue Barcelona. Teniendo, como tenían, un cierto arraigo en Madrid, jamás se supo el porqué de esa decisión. ¿Qué los llevó allí? ¿El solo hecho de que ya era tierra de promisión? O posiblemente la voluntad de encontrar un nuevo escenario, lejos de toda relación familiar, donde empezar, literalmente, de cero. Porque cero era lo que tenían. Pero, ¿por qué? Parecía más sencillo intentarlo en Madrid, donde él tenía al grueso de su familia y ella había trabajado en la empresa de su tía Rafaela durante bastante tiempo. En algún tenue rincón se esconde, sin duda, un distanciamiento buscado por razones no siempre comprensibles y, desde luego, nunca explicadas. ¿Él estaba herido porque le obligaron a vender, con el pretexto cruel del reparto de una herencia, la papelería en torno a la que pensaba edificar su futuro? ¿Por ello se alejó de todos? ¿Huía de algo mas? ¿O era ella la que no deseaba volver porque había descubierto el deshonesto proceder de sus familiares, propietarios de lo que era una mutua incipiente, en torno a la recién implantada seguridad social?

Sea lo que fuere, Barcelona fue su elección. Y una habitación con derecho a baño y cocina, su primer destino. Frente a los “Jardinets”. Allí vivieron hasta que algunos año después, la puesta en marcha de una factoría automovilística les proporcionó a él su primer trabajo estable y a ella un piso de protección oficial donde cobijarse con su camada. Luego os cuento.

De aquella época era la foto, por supuesto en blanco y negro, donde una joven, cuyo nombre os desvelaré otro día, futura campeona de bolos y luego esposa abandonada en extrañas circunstancias, juega con un niño y unas palomas. Tenue recuerdo de aquellos días. Aparentemente felices. Cerca de la parroquia de los Capuchinos, (un “hola, cordero” incrustado en la memoria evoca a Fray Bernardo), con un entorno amable, al calor de las buenas obras en el Somorrostro, el instante atrapado en la fotografía no permite ver, no desvela todavía una trastienda emocional más compleja. La inocencia del crío flota sobre aquel tiempo que ella evocara siempre como de incertidumbre laboral (algo que, por otra parte, la va a acompañar siempre), tiempo de no llegar nunca puntual a pagar la habitación, lo que recordó siempre con especial amargura por el trato recibido de la patrona, tiempo de sobrevivir empeñando las piezas del ajuar que bordara en su pueblo natal, al calor del brasero, en las frías tardes de invierno, de ver como su esposo, incapaz de encontrar trabajo en una ciudad en la que, sin especial dificultad, podía trabajar de algo quien quería trabajar, se escapaba solo al cine porque, al parecer, solo tenían dinero para una entrada, la de él, claro. Un breve boceto de deslealtades posteriores.

Fue entonces cuando vivió su primer encontronazo con la lengua que nunca aprenderá a hablar. Perdió un buen puesto de trabajo porque colocaron en él a alguien menos capaz y más inexperta, solo porque disfrutaba de un rotundo apellido catalán. Había que oírle contar la historia. Unas veces en clave dramática, otras sacando a relucir una sorna peligrosa, imitando a los protagonistas de lo que, en ese momento, parecía un sainete. Pero lo que cierto es que nadie pudo convencerla jamás de que aquella pérdida de independencia marcó indeleblemente su vida. Fuera o no su plan, quedarse sin trabajo y encinta prácticamente a la vez, selló su destino. Iba a nacer su segundo hijo.

Mar en el mar. (II) y (III)

II.-

Sirena.
De escamas ocres
y gestos infinitos.
Ahuecas
tu vientre deseado
bajo el hálito del viento.

Tu suave gemido,
su música de algas
y corales
me encalla
en tu playa indómita
y sin respuestas.

 

 

III.-

Ruge el mar,
más por nostalgia
que su fiel enojo,
acallando mi voz
y muchas otras voces.

Rompe en la costa
el vértigo profundo y sabio de la ola,
para acabar lamiendo
la playa nacarina de tus senos,
hija del mar.

Se arremolina la sal
entre mis ojos,
mientras te busco, en vano,
a contraluz
y contra el tiempo.