El “gordo” Muñoz

Un grupo de los mas heterogéneo. Auténtico material de aluvión. De padres llegados desde los mas variados orígenes, muchos de ellos hijos, a su vez, de historias sorprendentes. Otro día os contaré alguna.

Todavía hoy, sin nos reuniéramos, podríamos recitar de memoria la lista de clase. La cantinela con la que se verificaba nuestra asistencia, corroborada con el inevitable “”presente”¡ Otros tiempos. Alonso, Andreo, Arizu, Bastida, Cañada, Condado….

Salvo un par o tres de excepciones (el hijo del guarda de la fábrica, el vecino de Sant Boi, …) todos vivíamos en aquel bendito barrio, un oasis justo en la frontera donde la ciudad perdía su nombre, Candel dixit. Dapena, Domínguez, Espín, Esquivel, Fernández, Fructuoso….

Un colegio diferente a todo lo que nos rodeaba y que supuso un verdadero privilegio nos reunió en un grupo realmente especial. Una generación irrepetible. Éramos de todo. Incluso cuando nos lo proponíamos, una pandilla algo canalla. Pero no éramos mala gente. Gómez, Guerrero, López, Llopart, Moreno, Muñoz…

Muñoz era gordito. Vivía en las casitas blancas. Aún me parece verlo. Jersey de un amarillo desvaído, pantalones oscuros de color indefinible. Guardo esa imagen. No sé por qué. Voluntarioso. Con unas ganas locas de agradar. Con un afán portentoso de intentar hacerlo todo bien. En clase y en el patio. Sobre todo, en el patio. Donde el saber controlar una pelota, ser capaz de dar un salto mortal o dominar potro y plinto te conferían automáticamente un aura de respeto. Noel, Pérez, Pico, Prieto, Rallo y Román.

Respeto que, a pesar de sus esfuerzos, él no lograba. Porque era gordito y eso lo hacía algo torpe. Voluntarioso pero torpe. Y en muchas ocasiones, blanco de las burlas de muchos de nosotros. Ya sabéis como funcionan los grupos de tíos solos a los 12 y a los 13 años. Sin saberlo, sin pretenderlo…. acabamos siendo auténticos precursores de lo que hoy es una lacra en muchas escuelas. Al menos con él.

No lo hemos vuelto a ver. Y escribo en plural porque las veces en que nos hemos reunidos, nadie ha sabido dar razón de él. O al menos esa es la versión que se me ha dado. Se lo ha tragado la tierra. No es al único, porque creo que de Miguelín tampoco se sabe nada, o yo no sé nada, sin que pueda en este caso intuir la razón. Pero en el caso de Muñoz no me extraña. No es posible que guarde buen recuerdo de aquella pandilla de desatinados que no debimos de tratarlo precisamente bien. 

Lo siento Muñoz. De verdad que lo siento. Estés donde estés, perdóname. Bueno, …perdónanos. 

Sofuentes

 

A la memoria de
Emilio Almárcegui
mi abuelo,
raíz libre,
viento de lealtad

I
Todo es evocación en la penumbra
mientras intenta adormecerme el vino
y se disipa la bruma
en el opaco fondo de mis ojos.
Nunca hubo origen sin memoria.
Busco por ello mis raíces
sentado entre las sombras…
y encuentro
un racimo de huellas y silencios.

II
El sol en el ocaso
dibuja una leyenda
contra los muros familiares
de la vieja casa.
En ella está el origen.
Erguida, ruidosa, plena, desbordada…
la vieja casa….
su azul antiguo atrapado en las ventanas,
su silueta de escorzo,
contrafuerte violento de cierzos y tormentas,
derivas de luz y de Moncayo,
centinela de huebras infinitas.
¡Qué hizo el tiempo de ti…
trinchera destrozada..!
¡Hasta donde mordieron tus cimientos..!
Entre tus adoradas piedras,
clavadas en la roca sillar donde nacieron,
entre sus húmedas cuadras de adobe y de madera,
prisión abierta de cueros y sudores,
cabe tu palomar, tapizado de leños
y de arrullos, bajo tus falsas…
araño mis recuerdos,
socavo la tierra buscando mi principio.
¡Devolvedme la casa,
mi casa vieja…
el ultimo bastión
que me quedaba!

III
Deslizo hacia las cimas lejanas
mis añorantes ojos,
su tibia desazón encadenada…
Sierras de Peña, Bárdenas Reales,
Valdeoscura… El Saso,
tierra hermosa y engañada.
Regalo al viento otros recuerdos…
(si Galipienzo se cae
a Cáseda reventara),
sembrados en los campos de La Plana,
entre almendros y viñedos
o sueño con Carcastillo,
camino de Santa Cara.
De noche….
luceros de acariciante escarcha
y toda la nostalgia subyugada
del inalcanzable Ujué,
faro perenne sobre horizontes pétreos,
sobre oscuros mares de boj y de retama,
diminuto visionario en mi letargo,
agazapado tras la alborada montañosa,
ventana abierta al aullido de los lobos.

IV
Al amor de los recuerdos infantiles
hombre bueno,
hombre silenciosos y prudente,
infatigable artesano de la vida….
nacen de nuevo el Reverte y la Corbata,
tus galgos de leyenda
como renace el relincho de tus yeguas
atronando los campos
que regaste de lágrimas y risa,
retumbando en la viña que iluminó la mesa de los tuyos,
y sus secretas cepas de pámpanos desnudos.
Un turbio nubarrón embravecido
sacude tu huerta
y el pozo donde pudiste acabar un día
aquel atardecer sombrío.
Recreo tu gesto..
cuya noble fatiga ensimismada
no logra encubrir
la fuerza gentil de tus ojos verdes.
Y añoro el beso aquél,
el postrer beso que me diste en vida.

V
Clavados en mis ojos
los cipreses
tras de la tapia azotada por los días,
guerreros asidos
a tu seca tierra centenaria,
amortajando tu ultima sonrisa.
Vigilas desde allí los horizontes
del trigo
que brota en los campos que siempre serán tuyos,
el agua que juega en las acequias,
las higueras…
mientras lloras, lentamente,
por tus hijos.

VI
¡Qué difícil dibujarte con palabras!
A veces coraje, otras estigma,
repentino relámpago inclemente
de una raza inextinguible y extinguida.
Un seco latigazo de tus dientes…
hiere como el cuchillo de las trillas.
Endurecida por el tiempo,
indestructible, terca, incólume,
al calor de las imágenes borrosas
tu obra se perfila.
Hermana, madre, esposa…
nunca sé si amarte o maldecirte,
siempre perenne una duda..
Sin ti, sin tu presencia en nuestra vida
¿cómo hubiéramos escrito nuestra historia?

VII
Frazadas tibias,
hurtándole mi piel al frío,
mientras gime el viento entre los chopos
Y la tiniebla estrellada galopa entre las tejas,
mientras añoro el mágico relato de tus labios,
que no llega porque tu, mi padre,
estás muy lejos.
Y no encuentra mi soledad refugio
bajo los encalados techos
surcados de vigas y de sombras.
Encaramado en la ventana de la falsa
oteo, aguardo la luz que nunca llega
por la curva que serpentea desde Sádaba,
mientras llorece el canto de los grillos
y la brisa hace oscilar
la luz en una esquina, solitaria.

VIII
Hay un puñado de duendes
bailando entre los caños de la fuente
y el liquen de sus piedras verdes,
milenarias, a la sombra
de la lejana cruz de roca.
Un regato casi seco
recorre… (tiempo traidor
ya no me engañes) recorría la arboleda
que orillaba el “Huerto de los frailes”.
Y ahora,
¿dónde están los chopos altos
de la arboleda eterna y leve,
que cantara el sol de agosto,
que el cierzo trató en vano
de cortar año tras año?.
Ya no ruge el viento
en la noche de estrellas infinitas,
en la Vía Láctea
ornada por sus collares totales,
porque las ramas altas
se pudren en un aserradero anónimo.
Perdió la noche su canción
de murmullos, sus brujas familiares
e ignoradas. Se fue la aurora
que amanecía, intachable y repentina,
entre las ramas,
suspendidas de algodones
empapados de violeta.
Ya no están los chopos.
El cierzo, que no pudo derrotarlos,
barrió sus hojas, tristes,
y solo los tocones impasibles
testifican su presencia.

IX
Queda un rumor
de críos y pedradas,
nidos de golondrinas y tractores,
mieses, botijos y alfalfas.
Una caterva de frutos escindidos
llorando, solitarios,
tras las ramas….
a la sombra de un tronco milenario
… una eterna familia…. desgajada.

X
Sentado aquí, recuerdo.
en la solemne penumbra de febrero
que siempre me cobija;
gotean, levemente,
los segundos, tras la niebla,
mientras crujen mis dientes
y se humedece el fondo de mis ojos.
Se deslizan, danzando,
los adjetivos y los días,
increpándome, mientras
los nombres, tomados muchas veces al azar,
sorprenden los violentos sorbos de una historia.
Al fin, adormecido,
solo el vino defiende mi memoria.

Bocadillos de macarrones

Aprendí a ir a la compra con cuatro años. Cuando ella no llegaba, lo que sucedía a menudo, me tocaba a mi llenar la despensa. Fue mi primera aportación.

Siempre justos de recursos, la necesidad aguzaba mi ingenio. Ahora os cuento. Y, además, estaba la bondad natural de aquellas mujeres. Las dependientas. Unas cómplices maravillosas.

La cartilla del anticipo. Una forma singular que la empresa había desarrollado para conseguir que el dinero que precisaban sus empleados a cuenta del salario mensual no saliera de su circulo de control. Tenían que comprar en la Cooperativa. El anticipo tomaba forma de cartilla, una especie de racionamiento camuflado.  O no. Racionamiento puro y duro. Un kilo de azúcar, una marca en la cartilla con un cuño que aún me parece ver. Cuño y tampón. Un kilo de legumbres. Bendita María Luisa. Logró desarrollar una técnica perfecta. Podía poner una marca en la cartilla encima de otra, sin que se notara la duplicidad. Y así se multiplicaban las legumbres, sin coste alguno.  Los mejores garbanzos que he comido en la vida. Los que María Luisa nos regalaba a escondidas. La reina del doble cuño invisible.

Y luego estaba Rosa. Seca como la mojama. Pura mala leche. Nunca una respuesta amable para casi nadie. Consumida por los nervios. Parapetada tras el mostrador de acero y cristal que cerraba el arco semiabovedado donde estaba su departamento. Gobernaba con mano férrea. Sin concesiones. Comer embutido era, entonces, un lujo al alcance de pocos. Ella lo sabía y administraba la charcutería con puño de hierro. Y allí no valían los dobles cuños. Y hubo que inventar. Me colocaba en el hueco que quedaba entre la vertical del mostrador y el final de la arcada. E iniciaba el asedio. “Rosa, recortes para macarrones”. Si aguantabas su primera mirada, siempre fulminante, tenías posibilidades. Repetía mi cantinela. “Rosa, recortes para macarrones”. Maldito crío. Cabezota. Pero notabas que su resistencia iba menguando. Un par mas de intentos y, de repente, la mirada mas tierna del mundo tras aquellas gafas de cristales más que gruesos, macizos.

Y ocurría el milagro. Aquel final de una barra de mortadela, el culo de una pieza de jamón dulce, un resto de chorizo o salchichón y, algún día, el remate de una pieza de jamón serrano. Final, culo, resto, remate. Conceptos que Rosa interpretaba con generosidad. Ya me entendéis. Y el crío impertinente y cabezota se llevaba a su casa una más que generosa provisión de recortes para macarrones. A precio de recorte, claro.

Lo que viene después es fácil de adivinar.  Las habilidades de mi madre hacían el resto. Un cuchillo bien afilado y aquellos recortes, finamente laminados, daban para muchos bocadillos. Bocadillos de macarrones.

La libreta gris. Primera parte (continuación).

II.- Viaje de ida y vuelta. 

Del pueblecito donde se tomará la instantánea a Barcelona, tras una breve etapa en Madrid donde conoció al que luego sería el marido que la condenó por segunda vez a la nada afectiva, para regresar, siempre, al bendito rincón que la vió nacer. En ocasiones, para pasar largas temporadas estivales o para alejarse de la eterna infelicidad de su matrimonio y luego, definitivamente, para yacer junto a su hermano mayor y sus padres en el frío panteón familiar. Como refugiándose de todo lo que sucedió fuera de allí o, probablemente, para esperar en aquel nicho el amor de sus padres o intentar revivir el cálido recuerdo del afecto del hermano perdido.

Siempre anhelando regresar, buscando retroceder al origen de todo, para soñar con reanudar la historia en el preciso y tenue momento en el se torció. O intentando recomenzar. Como si todo lo que sucedió después hubiera sido un mal sueño. Soñando con recomponer su vida, con volver a vivirla desde el preciso instante en que las cosas se encaminaron en la dirección equivocada. Incluso aunque regresar, por mor de lo que sus hermanos y sobrinos le reservaban, fuera en muchas ocasiones, una pesadilla. Una cruel pesadilla. A todas luces injusta.

Un singular y vano ejercicio, en el que se mezclan, por igual, la nostalgia de lo que no pudo ser y la realidad tangible de lo que sigue sucediendo. Un escenario cernudiano, entre la realidad y el deseo. Un cruel debate interno sobre cómo ha sido su vida y como pudo o debió ser. Un eterno viaje sin destino, a la búsqueda del amor, que siempre anheló y nunca tuvo. Entre la ingenua esperanza de encontrarlo en los orígenes y la dura realidad de su ausencia al final del viaje.

Nunca fue capaz de entender, dada su inmensa capacidad para querer, como era posible que sus padres no la quisieran como ella anhelaba, como ella, porque no decirlo, creía merecer, como ella necesitaba. Como ella los quería. Situación que pensó en recomponer con su matrimonio, para descubrir, con estupor, que la historia volvía a repetirse. Por otras razones, por otros motivos, pero situada de nuevo frente a la cruda realidad que supone dar para no recibir. Historia que se repitió con sus hermanos, cuyo afecto deseó casi hasta el final de su vida y que culminaron algunos de sus hijos cuyo desamor manifiesto no fue jamás capaz de comprender. Máxime tras haber laminado su vida en un intento de que ellos tuvieran lo que ella no pudo tener. Con un desapego hacia sí misma que pocas personas son capaces de poner en práctica y, mucho menos, de llevar hasta sus últimas consecuencias. Hasta la extenuación.

No cabe la menor duda de que sobre eso influyó, de manera decisiva, una educación primaria y monolítica, que le trasmitió un único sentido de la vida filtrado por el tamiz de esa religiosidad que cabe calificar de casi fanática, impregnada del integrismo religioso imperante durante el franquismo y que sus padres, su madre en especial, transmitieron a todos sus hijos como certeza inapelable.  Esa que revela la mirada de la fotografía. Sin fisuras y sin que quepan interrogantes sobre el misterio, nunca aclarado, que hizo que los nietos jamás vieran al abuelo, durante muchos años, visitar la iglesia a la que solo fue de cuerpo presente. Su madre, capaz de todo por defender sus convicciones, que blasonaba de ser la única que podía recorrer el pueblo de una punta a la otra, en el clima prebélico de los últimos días de la Republica, para ir a la iglesia, arrostrando las iras y groserías de los peones que, por entonces, construían el canal de Las Bárdenas, marcó a fuego esa convicción en su hija. 

Pocas veces cabe hablar tanto de una vida mediatizada por un arraigado sentido religioso. Tan convencido y, sin duda, teñido de una pátina tan convincente. Rozando el merito de la beatificación. Coherente hasta el final. Fruto, sin duda, de la profunda convicción que le trasmitió su madre, y a la que su padre nunca opuso una resistencia que, por demás, hubiera sido inútil. Una fe, porque estamos hablando de eso, que marcó su vida, su noviazgo, su matrimonio, la relación con sus hermanos, su maternidad, de tal manera que no cabe entender la mayor parte de los episodios relevantes que protagonizó, por activa o por pasiva, y casi siempre a su pesar, sin esa convicción, sin el matiz que añade a todo lo vivido, el punto de vista que da esa creencia. Un convencimiento que vertebró su vida. Un viaje, este sí, sin retorno. Guiado por la mano inapelable de sus confesores, hasta el extremo de que, cuando al final de su vida decidió tirar la toalla y pasar tranquila y sola, con la única compañía de sus hijas, sus últimos años, poniendo fin a un matrimonio torturante, necesitó la autorización del sacerdote que se ocupaba entonces de su salud espiritual. De no haberla obtenido, jamás hubiera dado el paso, a pesar de que su esposo acumulaba méritos sobrados para ello y…………. para más. 

Mar en el mar. (I)

“………….e cantare,
lontan lontano eternamente il mare”
[Giovanni Pascoli –Poemi conviviali (1904),
L’ultimo viaggio.

 

Siembra la proa de mi barca
cordilleras.
Cantan mis redes,
pero tu vacías el océano
para escapar impune.

Duermen los remos, confiados,
y esculpen en mis lonas,
en mi mástil tránsfuga,
el arpegio
de una ola guerrillera.

Silba tu nombre
entre otras olas
y mi timón gime
por tu ausencia.
Ni siquiera la brisa
puede atraparte ahora.

 

Los poemas de “Mar en el mar”
fueron abocetados en el verano de 1982.
Notas apresuradas tomadas en L’Ametlla de Mar,
Sant Salvador, Cadaqués y Arenys de Mar.
Durante tiempo durmieron en un estante.
1985 fue el primero de unos años menos malos.
En Julio, cuando empezó a quedar atrás
el tiempo de las traiciones y las rupturas,
de la depresión y el miedo, recuperé las notas,
los rehice en parte y los completé.
Tras “La Odisea”, tras Homero,
no hay palabras para cantar todo lo que el mar es,
pero, fruto de la osadía, lo pretendí.

La libreta gris. Segunda parte.

Álbum II (Algo sobre mi padre)

I.- Sin foto.

Ahora no tengo fotos suyas. Las tuve. Pero se perdieron en mudanzas. O están en otras manos. O desaparecieron víctimas de algún divorcio. Ya se sabe. Pérdidas involuntarias. Pequeños rencores incomprensibles. Pero ese no es ahora el tema. Otro día.

A pesar de ello, de no disponer de ninguna instantánea, no resulta difícil recuperar su imagen. Inalterable a lo largo de muchos años.  Como si siempre hubiera sido igual. 

Poco pelo. Peinado con esmero para disimular la evidente calvicie. Ojos verdes. Dañinos por atractivos. Bigotito militar. Mínimo y muy perfilado. Sonrisa seductora, puede …. que …. muy seductora. Barbilla breve. Óvalo varonil. 

Saliendo de la cabeza, del cuello hacia abajo, disminuía su encanto. Un pecho que pecaba de estrecho, nada atlético. Una tripa prominente, como corresponde a todo buen bebedor de vinos y licores, coñac en especial. Brazos sin muscular. Piernas cortas y poco vigorosas. Andares ligeramente torpes. Eso si. Siempre atildado. Dotado de una elegancia natural. De lo que el denominaba “clase”.  Presumido hasta lo indecible. Coqueto. Y obsesionado con su imagen y su limpieza personal. Luego os explicaré la razón. 

Un carácter singular. Mezcla de inmadurez, irresponsabilidad, insatisfacción y miedo. Un coctel, nunca equilibrado, de melancolía y guasa. Cuasi religioso y pagano con la misma devoción.  Siempre a la búsqueda de algo inaprensible. Algo que probablemente buscó toda su vida sin encontrar si quiera el inicio del camino. Incomprensible casi siempre, al menos para nosotros. Para su esposa y sus hijos legítimos.

Lees a Machado, y ahí está. Un Don Guido de opereta. Flaco favor le hizo el poeta.

Así lo he recordado durante años. Así lo recuerdo ahora, al escribir, lejano todavía el momento de su futura redención. No me atrevo. No puedo redimirlo. Aún.   

Recuerdos agrios. Mi padre vivió rodeado de misterios aún por descifrar. Todo en él, en su pasado, es todavía un enigma. Aún hoy no soy capaz de discernir que hubo de verdad en su vida y cuanto de ficción. No sé si algún día lo sabré. Lo que contaban tanto él como alguno de los miembros de su familia sobre su pasado ¿era verdad o era farsa? 

Os aseguro que todos estos años, desde su muerte repentina, he tratado de revivir lo vivido y lo sabido, a la búsqueda no ya de una explicación, que no parece posible, si no, al menos, de una mínima razón que dé sentido al personaje. Y no soy capaz. Al menos, de momento. Sigo en el empeño.

Todos hemos mentido alguna vez, todos hemos atravesado alguna etapa de nuestra vida en la que ha sido imposible escapar de ese mar tormentoso que es el fingimiento, pero de ahí a vivir permanentemente en la impostura, de ahí a convertir tu vida en una patraña permanente…..

Su padre, un, al parecer, prestigioso abogado madrileño, un hermoso ejemplar de más de metro noventa de estatura, adornado de virtudes sin cuento, acabó casándose con la tercera criada a la que dejó preñada. Mi bisabuelo arregló, como se solía hacer en aquella época, los dos primeros embarazos, pero a la tercera se hartó y casó a su hijo con la, hasta ese momento, última víctima de la fogosidad del letrado.

Esa era la abuela María. Una mujer sencilla que se encontró casada con aquel elemento y que, según cuentan, murió de tristeza. Cosa comprensible si se sabe que, años antes del inicio de la Guerra Civil, aquel marido que su gravidez le impuso, acabó muriendo retorcido de dolor, convertido en un gurruño, carcomido por la sífilis. Algo que los marcó para siempre. Eso y que, además, el licenciado dejó a su cargo cuatro hijos aún adolescentes. Y, por supuesto, un patrimonio ya menguado que se acabó evaporando definitivamente en las garras de un albacea, venido entonces, casualidades de la vida, a mejor fortuna. Un albacea del que igual hablamos otro día. Por todas estas cosas y alguna más que seguro desconozco, hasta donde soy capaz de recordar, todo el mundo se refería a ella, inevitablemente, como la “pobre María”. 

Y aquí empiezan las leyendas. La familia que había perdido su mina de plata en una timba con el conde de Romanones, el cortijo de Baeza, donde nació, y que se evaporó sin dejar rastro, la bala que lo rozó en el frente de Madrid, donde se dedicaba a “pasar nacionales”, la papelería vendida contra su voluntad, los cuatro huérfanos disgregados al morir la madre, adjudicados sin ton ni son entre las diferentes ramas de la familia, algún rumor sobre su estancia en un correccional. A saber. Secretos de familia. Ese tópico bajo el que casi todo el mundo esconde lo que, al fin y al cabo, no deja de ser la vida. Las cosas que pasan. Lo que los seres humanos hacen para sobrevivir. Y de lo que nos empeñamos en avergonzarnos por sistema. !!Como si no cocieran habas en todas partes¡¡

Y aquí la historia toma otro sesgo. Un noviazgo clásico con la chica topolino. Una bala perdida que alcanza el necesitado corazón de aquella chica ingenua que llegó a la capital para intentar abrirse camino. Mi madre, claro. Bendita bala. Sobre todo, si le hubiéramos preguntado a ella en los meses anteriores a su muerte. Toda su resignación, que la tuvo, hubiera quebrado ante el recuerdo silenciado del que había sido su marido. Quizás ella hubiera podido evocar las incipientes pero ya sólidas artes de seductor que en su día fueron suficientes para deslumbrarla. Imagino. Porque con los años costaba mucho entender como pudo ella caer bajo su hechizo. Porque a esas alturas me había contado bastante de él como para no saber de su amargura.

Tengo la impresión de que él se aferró a ella porque era, sin duda, la única persona mínimamente sólida que había conocido en años. Náufrago entonces, como lo volvió a ser en repetidas ocasiones a lo largo de la vida, aquella chica de un pueblo remoto, no exenta de clase, de belleza y de principios, fue el saliente rocoso al que aferrarse para escapar de la tempestad, el único tablón en medio de los restos con el que mantenerse a flote. Y ella le salvó la vida. Y a cambio, el solo supo dejarla preñada.

Poema. I.-

Tú me arrancaste la locura.

Te daba igual jergón que viña.

Tu desbrozabas mi cuerpo
con la azada de tus manos,
regabas mis ojos con tu llanto
y me sembrabas la piel
con el bramido ansioso de tu vientre.

Te daba igual noche que día.

Gemías tu y yo era cuerdo.

                 

                                                   Mayo 1985

Ajuste de cuentas

La pistola se encabritó. Falta de práctica. Hacía más de cuarenta años que no disparaba una. Y esta era un trasto. Pero a esa distancia no podía fallar. Vi antes la cara de miedo del destinario que el impacto en su pecho. Un borbotón de sangre. Un grito ahogado. Un cuerpo que se desploma. Una venganza cumplida. No fue importante que me robara dinero. Pero su cinismo de entonces, abusando de mi confianza y riéndose en mis narices, me había llenado de amargura. Había esperado, pacientemente, mi momento.

En la lejanía, una sirena. Posiblemente de la policía.

Su prestigio no le sirvió para defenderse. Sorpresa total. La bala destrozó el arco ciliar derecho. Maldita pistola. Casi no acierto. Un gritito agudo se escapó de sus labios. Como siempre. No sabía quien era yo. Y nunca me iba a relacionar con la actriz a la que humilló. Su mezquindad achacándole el fracaso de la película era imperdonable. Daño gratuito. Daño cobarde. Rencor larvado durante años. Tema zanjado.

La sirena se iba acercando a toda velocidad.

No me esperaba. Llevábamos mas de veinte años alejados. Y a la ultima persona que pensaba encontrar era a mi. A su hermano. Seguía teniendo la misma mirada innoble, los mismos ojos desleales. Sin palabras. El cañón del arma buscó su corazón. Esta vez el tiro fue mas preciso. Ya se sabe. A la tercera…. La afrenta quedaba lavada. No se puede morder la mano que te da de comer. Cuenta saldada. Por fin.

Chirriaron las ruedas y el coche se detuvo en la puerta. Paró la sirena.

Lo que iba a suceder a partir de ese momento ya no importaba. La semana anterior me habían dado el diagnóstico: enfermedad terminal. Inesperado. Al principio me angustié, pero luego…. ¿por qué no? Ese escenario me daba la posibilidad de dar rienda suelta al rencor. Ajuste de cuentas. En mi estado, nadie decretaría mi ingreso en prisión. Y si lo hacían, ¿qué importaba? Costó un poco, pero conseguí una pistola. Y tres balas. Y la ira desapareció para siempre

Llamaron a la puerta.

El tiempo entre tus dedos

Un diapasón que vibra, amortiguado,
sobre la blanca sábana de un sueño.
El tiempo se detiene y vuela..
y vuela y se detiene …
Y tu juegas con él entre los dedos.

Un eslabón perdido, una quimera
cuando mis ojos sondan tus entrañas
rastreando un vellocino ardiendo.
Te vistes de escamas impermeables
Y lloras, y ríes, y gritas en silencio.

Todo se agita y cobra su sentido.
Todo es azar, y se estremece,
entonces, todo mi esqueleto
y tiembla el tuétano del mundo,
y se tiñen de tristeza mis anhelos.

Qué sutil tu lenguaje cuando mientes,
o mejor, cuando intentas defenderte.
Mi corazón…… entonces…..
un pobre diapasón amortiguado
sobre la blanca sábana de un sueño.

Y el tiempo cristaliza entre tus dedos.

Junio 2018

La libreta gris. Primera parte.

II.-

 

La libreta gris. Transcripción.

He suprimido tachaduras y resuelto alguna vacilación que se desprende del contexto general.

Intuyo que Emilio transcribió a la libreta borradores anteriores y, aun así, volvió a corregir los textos. Escribía sobre su familia.

Álbum (Algo sobre mi madre)

I.- Instantánea en blanco y negro.

La foto, revelada en mate, pespunteada por un pequeño marco que pretende imitar el tono de la madera, la inmortaliza junto a su padre y su madre. Un sencillo y reseco muro de piedra es el telón de fondo para las tres figuras que componen el conjunto. Vestida con una sencilla bata, confeccionada, sin duda, por ella misma, mira directamente a la cámara, con su habitual franqueza. Está donde estuvo siempre. En ese territorio emocional en el que vivió durante muchos años, a la espera de que sucediera algo que jamás, apenas al final, llegó a suceder.

Su madre, a la izquierda de la imagen, también mira a la cámara. A simple vista, parece tan solo la mirada de una anciana enlutada, enfrentada al objetivo casi sin desearlo. Pero cualquier espectador mínimamente atento descubre, al instante siguiente, algo inhabitual. Su mirada destila la fiereza de quien sabe que nada más va a suceder contra su voluntad. Una voluntad inquebrantable. Basada en certezas absolutas. Las certezas que nadie logra alcanzar. Hija de generaciones y generaciones de campesinos, huérfana de madre a los trece años, obligada por ello a prohijar a sus hermanos, pasó de gobernar la casa de su padre a hacerlo con la de su marido, con la misma naturalidad con la que cualquier persona muda su vestido. Madre de nueve hijos, de los que solo siete salieron adelante, perdió a su primogénito en los últimos días de la contienda Civil. Una bala perdida lo mató en el frente de Alicante. Se ocupó, en aquellas fechas convulsas, de recuperar su cadáver para darle sepultura al tiempo que se sepultaba, ella también, en el luto que nunca abandonó. Cuando se subvierte el orden natural y una madre debe llorar a su hijo, sobrevivir no está al alcance de cualquiera. Pero hacerlo, además, con esa determinación, con ese aire desafiante, no puede hacerlo nadie. Ella supo, después, que su madre era la excepción. Desafiante, al tiempo de enlutarse supo que nada ni nadie podrían volver a herirla y se sintió invulnerable. Y así vivió el resto de sus días. Invulnerable, manejando a su antojo vidas y hacienda, cobrándoles a todos los que la rodeaban la deuda que la vida no le perdonó.

Como hacia el fondo, dado el singular enfoque de la imagen, aparece su padre. Esa perspectiva lo presenta levemente empequeñecido. Sentado en el poyete de piedra que da acceso al “huerto de las higueras”, mira a la cámara sin apenas interés. Como quien no ha comprendido todavía el misterio de la imagen capturada por el objetivo, como dudando de si no será algún oscuro truco de brujería el que se esconde tras la pátina brillante del objeto que esgrime el autor de la instantánea. Luce su sempiterna boina, bajo la que esconde la leve calvicie que su encanecido cabello no logra disimular. Su mirada, como siempre, refleja una inocencia que el tiempo no ha golpeado lo suficiente. Sencillo, honrado, trabajador, se agotan los tópicos para definir su persona. Machadianamente bueno. No exento, eso sí, de genio, que no sabemos si ha sido domado por el recio carácter de su mujer o por el simple paso del tiempo. En ese momento es ya un hombre casi derrotado por la enfermedad que lo matará prematuramente. Destila bondad. Voluntariamente sometido al dictado de su esposa, solo muy de vez en cuando se atreve, en privado, a llevarle la contraria. Y, sin embargo, sabe mantener su dignidad masculina con pequeños gestos que lo redimen a los ojos de cualquiera. 

Y ella, junto a ambos. El tiempo y sus maternidades todavía no han marchitado un atractivo que solo ajará la enfermedad. Una belleza nada ortodoxa, por cierto. Es verdad que no queda rastro de la adolescente que bordaba un ajuar al que el tiempo dio más utilidades de las previstas. Ni de la chica topolino que llegó a Madrid para trabajar en la empresa de su tía Rafaela. Ni de la joven coqueta que veraneaba en Asturias, navegaba en patín y rechazaba pretendientes que luego fueron notarios. Ni siquiera de la ingenua mujer que aceptó casarse con alguien que ni siquiera fue capaz de comprarse un traje para su boda.

Cabello rizado, formando unas singulares hondas asimétricas que dotaban a su rostro de una personalidad singular. Frente amplia, llena de nobleza, nariz perfecta, boca firme, de labios siempre brillantes, sin necesidad de aderezos. Ojos nobles. La mirada mas limpia que he visto jamás. No era especialmente estilizada, aunque se libró de la maldición que convertiría en culonas a sus hermanas, pero su caminar estaba lleno de gracia y de una sensualidad que probablemente le era ajena pero que le acompañó, sin ella saberlo, durante muchos años. Era un mujer muy hermosa.

Allí donde la muestra la fotografía, atrapada junto a sus padres, permaneció toda la vida. Esperando que sucediera un milagro. En aquella casa, donde la siega y la trilla reunían a cuadrillas de peones venidos de mil lugares, el nacimiento de un varón era una bendición del cielo. La primera hija también fue bienvenida. Brazos para ayudar en la cocina, para dar salida a tanta ración como el alimento de los jornaleros requería.  La siguiente hembra, quiso el destino que fuera ella, ya solo era una boca más que alimentar. Una pequeña maldición en un contexto en el que sobrevivir no era sencillo. Por más que se esforzó, sus padres nunca vieron sentido a su existencia hasta el final de sus días. Por si ello no bastara, para colmo, a medida que los progenitores se fueron haciendo mayores, el inevitable cambio de punto de vista tampoco se detuvo en su persona. La llegada de una hermana, la última de los hijos del matrimonio, volvió a ser otra bendición. ¡Era la hija llamada a cuidarlos en la vejez! Lo que la convertía, al menos temporalmente, en objeto de especial atención. Ella, carente del sentido de la oportunidad que el destino le negó, quedó atrapada en esa zona neutra, sin, a los ojos de sus padres, utilidad alguna, aunque pudiera tenerla, sin merecer ni el cariño ni la atención de nadie. Si acaso, como evocaba muchos años después, el puntual afecto de su hermano mayor. La bala perdida que enlutó a su madre la privó de aquel único referente afectivo. Lo que la condenó a pugnar, durante el resto de su vida, por obtener un amor que sus padres no tenían intención de brindarle. Esa sentencia inapelable la obligó a vivir esperando lo que nunca llegó. Salvo, quizás, el fugaz hálito de ternura que su padre le regaló durante sus postreras semanas.