Oh, Pretty Woman (nada que ver con Julia Roberts)

Hay cosas que son producto de mi imaginación
y que, sin embargo
las he vivido más que otras de mi realidad”

Montero González.
De una entrevista en “Diario de Sevilla”..

 

Estaba siendo un día asqueroso. Otro más. Masticando la derrota. Un francés, cualquiera de ellos, había venido a verla y, por todo comentario, me anunció que llegaría tarde o que, a lo mejor, ni venía. Así estaban las cosas entonces. Podía haberme quedado en casa. Y beber, que es lo que, al parecer, hace casi todo el mundo, pero nunca había sido mi estilo. O refugiarme en la música, que siempre era bálsamo. O llorar en un rincón, como otras veces. Pero preferí echarme a la calle. Un tejano gastado, un jersey viejo y aquellas bambas de cien caminos. Ya me había lamido bastantes las heridas. Aquellas y las anteriores. Y, jodido, me largué a caminar. Sin rumbo. A lo mejor, agotarme era un alivio.

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Cuando, indeciso, llegué a la plaza de Sant Josep Oriol, desde el Carrer de la Palla, no podía ver lo que pasaba en la Plaça del Pi, sobre todo porque estaba sucediendo al pie de la fachada de la basílica de Santa María. Solo se oía, distante, música. Y no podía imaginar lo que allí me aguardaba.

Plena primavera. La lluvia había culminado su retirada. El suelo de la plaza parecía de plata. Y el atardecer estaba dejando paso a un crepúsculo especialmente luminoso. Una gavilla de los últimos rayos de luz enfilaba por el hueco de Cardenal Cassañas e inundaba de claridad la plaza. Ante mis ojos, bajo la portada del templo, aparecía, amenizada por la música, una escena casi costumbrista, una estampa de zíngaros, que podría haber salido, sin ir mas lejos, de un cuadro de Fortuny.

A la izquierda, unos rizos negros, una nariz respingona y una cándida sonrisa esbozaban un rostro que parecía salido de un cuadro de Vermeer. Añadidle el fulgor de dos lumbreras, dos tizones de antracita, iluminando la cara de aquel mocoso precioso. Y, por si fuera poco, en aquellos ojos, un rayo tallando un par de diamantes de una pureza nunca vista. Menuda belleza. ¡No podía ser mas guapo!

Al otro lado del portalón, un varón, a punto de entrar en la treintena, enarbolaba una guitarra destartalada. Si alguien me hubiera susurrado que el músico acababa de afinarla, por decir algo, tras haberla encontrado en un contenedor, hubiera jurado que era cierto. No podía estar más deteriorada. Sucia, rota, vieja. Y creo recordar que sin todas las cuerdas. Pero allí estaba él. Enjuto no, lo siguiente. Flaco como la radiografía de un silbido, con los pies clavados en una de las losas, el rostro famélico y la mirada desafiante, golpeando el cordaje con mano sarmentosa, y agitando el mástil como quien ondea una bandera, sacudiéndole al instrumento sin ningún tipo de consideración auténticos mamporros; mi deficiente inglés no me permitía entender la letra, aunque es posible que no tuviera nada que ver con lo que estaba pasando, pero el riff de la guitarra se estaba clavando una y otra vez en mi corazón. El seguía a lo suyo, prisionero de su música, y deslumbrado, aunque era obvio que no por primera vez, por lo que estaba sucediendo, allí, a su lado; solo un puñado de afortunados teníamos el privilegio de verla.

Porque entre ellos dos, objeto de su embeleso, había una mujer. En el mismísimo centro del espejo bruñido que la lluvia acaba de formar sobre las losas de la plaza. Meciéndose al son de la canción, empuñando, con la fiereza del que empuña una daga, una pandereta, sacada del mismo contenedor que la guitarra, descalza, con las piernas morenas, sucias de vida, oscilando su mínima cintura, con toda la magia del mundo aferrada a aquel talle exiguo, feroz pero delicado. Lo ceñía una falda deshilachada y muy corta, ligeramente acampanada, que ella hacía revolotear como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que ensayar aquel aleteo; un vaivén, acompasado y sensual, un cimbreo en el que se mezclaban a partes iguales, la picardía de mulata caribeña y el duende de gitana del Sacromonte. ¿Sangre hindú? ¿Ancestros árabes? A saber. A pesar de que puse en ello todo mi afán, y la escruté largo rato, no fui capaz de discernirlo. No logré desentrañar su origen. Era, tan solo, pura magia.

Una leve ráfaga de aire agitó su cabello, una melena agreste, orlada de rizos negros, que enmarcaba un rostro que también hubiera podido ser etíope. Toda la belleza del mundo. Y el viento me trajo aromas que, en aquel momento, no reconocí. Luego un leve recuerdo emanado de algún rincón de mi memoria me permitió identificarlos. Aquella mujer olía a frambuesas recién cogidas y a manzanas que han madurado en el árbol.

Cantaba con el sentimiento que brota del desarraigo, con la emoción del apátrida cuando cree que ha podido encontrar un lugar en el mundo, con la sensibilidad que da la fuerza de quien, aunque no tiene nada, sabe de su capacidad de seducir, no en vano intuye que su belleza es una suerte de poder. Respiraba desde el diafragma y su abdomen, liso como el agua de un estanque, solo oscilaba, sutilmente, cuando sacudía su tamboril. Dominaba la canción, dominaba a los presentes y se había apoderado de todo el entorno. La plaza tenía a su diosa. En la mismísima puerta de la iglesia

Y allí quedó encarcelada mi mirada; primero en sus caderas. Todo el sexo del mundo parecía haberse quedado a vivir en ellas. Cada movimiento invitaba al mas impúdico de los goces. Incapaz de resistirme, mudé mi prisión hasta sus ojos. Allí estaban los ojos de las náyades que cantó el poeta. Del tamaño de las esmeraldas del sultán. La luz jugueteaba en ellos y ellos jugueteaban con la luz. Ahora eran verde mar, ahora verde laurel. Tan pronto tenían el verde de la temprana hoja del almendro como ese verde triste que se apodera de los árboles a los que la sequía incipiente empieza a castigar. Ahora eran fuego, ahora hielo. Dos luceros incandescentes de puro orgullo. “No me mires mas”, te decían, para clavarte, al instante, aquellos iris diamantinos pidiéndote que no te apartaras de ellos. Llenos de promesas que se iban a incumplir antes de ser hechas. Unos ojos que te dejaban claro que nada ni nadie iban a lograr domarlos jamás.

Envidié cada instante de la vida de aquel músico callejero. Aquel esmirriado, de piel terrosa, que tocaba una guitarra salida de un contenedor, le arrancaba a aquella cintura toda la pasión del mundo. Y ella, cuando cantaba, solo cantaba para él. Cantaba y le estaba acariciando, le estaba besando; tan pronto le estaba susurrando al oído como gemía a voz en grito diciéndole que lo amaba. Que lo amaba solo a él.

Muerto de envidia y de amor. De envidia porque había que ser idiota para no desear estar en la piel del guitarrista, porque la manera en que la diosa miraba a aquel desarrapado era fascinante. De amor, porque caí prendado. En aquel momento, ella podía haberme hecho olvidar de cualquiera, incluso de mi mismo. No había visto nunca a aquella mujer. Pero me estaba muriendo por ella, me estaban abrasando los celos. No pude evitarlo, aunque tampoco lo intenté. Porque sabía desde el primer instante que era inútil. Se apoderó de mi. Sin mas. Para siempre. Y nunca iba a ser mía.

Debía ponerme a salvo. Me recliné en un rincón de la plaza. Cerré los ojos. Soñé. Soñé con que un día se habría acabado la pesadilla y como por ensalmo una mujer me miraría como ella lo miraba a él, y, porque no, me iba a cantar con aquella voz llena de deseo. Y que, al final del sueño, no me daría miedo despertar.

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No había oído nunca la canción. Pero, desde entonces, no puedo evitarlo. La canción y ella son lo mismo. Me atrapó. Por los siglos de los siglos. Se convirtió, como por arte de magia, en una de mis favoritas. Y juro que, a pesar de mi afición desmedida hacia la música de los sesenta, de los miles de canciones que he llegado a escuchar o de los muchos vinilos que atesoro, nunca había oído, hasta aquel día, aquella canción.

Tan solo un par de días después, logré oír la versión original, en la voz del legendario Roy Orbison ¡ Mercy¡

Oh, Pretty Woman.
(Bill Dees/Roy Orbison)
(1964)

Pretty woman walkin’ down the street
Pretty woman the kind I like to meet
Pretty woman I don’t believe you, you’re not the truth
No one could look as good as you, mercy