{"id":774,"date":"2021-09-25T07:50:24","date_gmt":"2021-09-25T07:50:24","guid":{"rendered":"http:\/\/www.enriquemoreno.com\/?p=774"},"modified":"2021-09-25T07:50:24","modified_gmt":"2021-09-25T07:50:24","slug":"lo-que-no-quiere-el-soberbioso","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.enriquemoreno.com\/index.php\/2021\/09\/25\/lo-que-no-quiere-el-soberbioso\/","title":{"rendered":"Lo que no quiere el soberbioso&#8230;&#8230;&#8230;."},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Los refranes de la abuela.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">I.-<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Benditos refranes. La abuela no se los quitaba de la boca. Uno para cada situaci\u00f3n; con su inevitable moraleja, que era lo que realmente le gustaba del refranero. La sentencia que cada dicho desprend\u00eda. Ella era as\u00ed. Sentenciosa siempre, la verdad.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Todav\u00eda hoy es, o eso parece, un rinc\u00f3n perdido entre decenas de huebras resecas. Una esquina de las Cinco Villas, tan cercana al limite con Navarra como que esconde algunos campos que son, en realidad, mitad aragoneses, mirad navarros. Un pu\u00f1adito de casas en un otero, al pie de la Sierra de Pe\u00f1a, que luce, con orgullo, su pasado romano, evidente tanto en el origen de su nombre como en los trazos que pueden verse en algunas de las piedras sillares de sus casas. No en vano se emplearon, en tiempos, bastantes restos de ese pasado para edificarlas.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Y hace a\u00f1os, hace ahora algo mas de 50 a\u00f1os, era, adem\u00e1s, el paisaje de nuestra infancia, el lugar remoto donde pas\u00e1bamos veranos enteros.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Agosto. Ni siquiera la noche te daba tregua. Apenas apuntaba el amanecer, que el sol y el calor de la ma\u00f1ana ya eran asfixiantes. Y la polvareda que envolv\u00eda al pueblo, apoder\u00e1ndose de \u00e9l, lo hac\u00eda todo a\u00fan m\u00e1s agobiante. Se trillaba en todas las casas, a destajo, para evitar que una inoportuna tormenta de verano perjudicara las mieses que a\u00fan se secaban en las eras. Primero hab\u00edan llegado las cebadas, luego trigos y centenos. Las avenas siempre quedaban para el final. Y carros y galeras recorr\u00edan, tirados por mulas jadeando al l\u00edmite, las calles del pueblo. Se acarreaban mostelas de haces, mieses de toda clase, aperos de trilla y recambios, para regresar con sacos rebosantes que se depositaban al resguardo del granero. Esa actividad fren\u00e9tica, ese ajetreo continuo, cubr\u00eda toda la pardina de una nube asfixiante. El polvillo que la paja soltaba al ser aventada, al que se sumaba el que levantaban caballer\u00edas y carretas, permanec\u00eda en suspensi\u00f3n mientras duraba la agitaci\u00f3n. Y all\u00ed, en medio de todo, respirando como pod\u00edamos, vestidos de cualquier manera, agitanada la piel, con la boca reseca y sudando a chorros, est\u00e1bamos nosotros. Uno de nuestros t\u00edos dirig\u00eda esas labores y lo hac\u00eda sin compasi\u00f3n. Cuando reclutaba a la chiquiller\u00eda, casi siempre, no conced\u00eda tregua. Dirig\u00eda las operaciones con pu\u00f1o de hierro, estaba en todas partes y el rugido permanente de su voz, salpicada siempre de un vocabulario que se volv\u00eda a\u00fan mas soez de lo habitual bajo la tensi\u00f3n de la trilla, lo dominaba todo. Y exig\u00eda de nosotros como si fu\u00e9ramos peones contratados. No en vano \u00e9ramos de la casa. El grano para la familia deb\u00eda llegar r\u00e1pido y bien al granero, y no cab\u00edan distracciones. Escabullirse, tan solo intentarlo, era alta traici\u00f3n. Se libraba una guerra en la que no se hac\u00edan prisioneros.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">La trilladora tos\u00eda porque era antigua. Y de vez en cuando se atascaba. Pero el t\u00edo Alberto, que ya empezaba entonces a tener la cara de boxeador sonado que le caracteriz\u00f3 el resto de su vida, tocaba un tornillo aqu\u00ed, ajustaba una correa all\u00e1, y lograba que siguieran funcionando, milagrosamente.\u00a0Que duda cabe que eran sus habilidades mec\u00e1nicas las que lograban eso, pero nosotros, pobres infelices, est\u00e1bamos convencidos que todo se deb\u00eda a la magia que resid\u00eda en el trapo que llevaba en el bolsillo de atr\u00e1s del pantal\u00f3n, y m\u00e1s concretamente, en la grasa que lo impregnaba.\u00a0\u00a0Grasa milagrosa, pens\u00e1bamos.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">El tratorico\u00a0tambi\u00e9n tos\u00eda. All\u00ed todo se estaba haciendo viejo. Y aquel armatoste, que hab\u00eda salido de donde ni se sabe, tenia que mantener en marcha el mecanismo de la trilladora. Lo que lograba con dignidad, pero a duras penas.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Las gavillas segu\u00edan llegando desde los campos. Y cort\u00e1bamos los fencejos con un giro seco de mu\u00f1eca y en el mismo instante desparram\u00e1bamos la mies al inicio de la banda elevadora. Esta atrapaba la mies y la depositaba en la boca insaciable de la trilladora. Que devoraba\u00a0sin cesar, engullendo el cereal hacia el tambor de peines, luego hacia el c\u00f3ncavo y, finalmente, hasta ventiladores y zarandas, donde se remataba el proceso. Todo esto, siempre sin quitarle ojo a las dos bocas laterales de ensacado que escup\u00edan grano. No se pod\u00eda fallar en el momento de cambiar de un saco a otro para que no se perdiera ni un grano del preciado cereal.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">La pausa del almuerzo, pan y tocino normalmente, hab\u00eda sido, como siempre, breve. Pero la parada para comer era sagrada. Todo el mundo hab\u00eda trabajado duro y hab\u00eda que reponer fuerzas. Y resta\u00f1ar heridas y aliviar magulladuras. Las hoces para desgavillar los haces cortaban como navaja barbera y eran frecuentes los tajos en los dedos, fruto de nuestro af\u00e1n de ir mas deprisa todav\u00eda. Y abundaban los cardenales, fruto de golpes involuntarios en medio de tanto trasiego. Nada mejor, entonces, que las ensaladas, los guisos de carne o legumbres; algunos d\u00edas algo de caza, y siempre el pan de hogaza del horno de Mari Carmen. Regado con vino de la Cooperativa, vino recio donde los hubiera, que aguardaba en botas a la sombra, pero que, cuando te lo dejaban probar para incentivar tu aportaci\u00f3n, raspaba en la garganta y quemaba en el es\u00f3fago. Suerte del agua fresca de los botijos.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Y despu\u00e9s de comer, cuando el sol era plomo derretido y no hab\u00eda ser humano que resistiera su acoso, el frescor de las falsas. La siesta. La somnolencia de la digesti\u00f3n y el agotamiento de la ma\u00f1ana eran suficientes para que no tuvieran que insistirnos, a pesar de que, por lo general, inquietos como perdiganas, la cama no era nuestro refugio favorito. Pero a los cinco minutos, dormit\u00e1bamos todos.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Un par de gritos y a reenganchar en el tajo. Sol y m\u00e1s sol, sudor y m\u00e1s sudor, el \u00faltimo esfuerzo del d\u00eda, los \u00faltimos gritos, los \u00faltimos sacos. Y a la hora de la merienda, a la chiquiller\u00eda, por fin, se nos permit\u00eda librar.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Impacientes, el hambre volv\u00eda a ponernos alerta. Porque, adem\u00e1s, esa comida era, de todas las del d\u00eda, la mejor. La abuela la organizaba con precisi\u00f3n matem\u00e1tica. Y siguiendo un ritual invariable: los lunes, pan con aceite y az\u00facar, los martes, pan con chocolate, los mi\u00e9rcoles, tortas, los jueves, magra de jam\u00f3n con pan, y los viernes, pan con vino y az\u00facar. S\u00e1bados y domingos se dedicaban a los dulces que se elaboraban en la casa: de sand\u00eda, de higo, de tomate\u2026. Rebanada de pan y dos cucharadas soperas de dulce.\u00a0 Y acud\u00edan todos los nietos. Todos los que estuvieran ese d\u00eda en el pueblo. Tomando en cuenta que ten\u00edan treinta y ocho y que en agosto estaban casi todos, los habituales del pueblo y los que lleg\u00e1bamos desde Zaragoza o desde Barcelona, a nadie se le oculta que la merienda era un jolgorio sin igual, que llenaba la cada de risas y voces, un espect\u00e1culo alegre y colorido. Una especie de verbena cotidiana, a la que solo le faltaba la m\u00fasica y los farolillos multicolores. Recib\u00edamos por orden de edad, rigurosamente y, por lo general, en la cara se nos dibujaba un rictus de felicidad. Las raciones eran generosas. Y las devor\u00e1bamos\u00a1\u00a1<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">De todos los primos, no s\u00e9 bien porque, mientras escrib\u00eda, me ha venido a la cabeza el cuarto de los hijos del t\u00edo Jes\u00fas, que, am\u00e9n de ser el mayor de los hermanos vivos, (el primog\u00e9nito hab\u00eda fallecido en el 39), viv\u00eda all\u00ed, cuidando los reba\u00f1os de su suegro, proveyendo de carne al pueblo, cultivando algunos campos de secano y la huerta familiar. Su cuarto v\u00e1stago se llamaba Javier, en atenci\u00f3n a la devoci\u00f3n que su abuela Elisa sent\u00eda por el santo jesuita, cuyo castillo natal estaba apenas a 40 kil\u00f3metros del pueblo. Era m\u00e1s joven que yo, un buen pu\u00f1ado de a\u00f1os de diferencia, pero verano tras verano coincid\u00edamos y nos convert\u00edamos desde el primer al ultimo d\u00eda de mi estancia all\u00ed, en compa\u00f1eros inseparables, c\u00f3mplices de toda suerte de correr\u00edas: rob\u00e1bamos brevas y almendrucos, cog\u00edamos moras de los zarzales del arroyo, encorr\u00edamos perdices, acompa\u00f1\u00e1bamos a los pastores, y, d\u00eda s\u00ed d\u00eda tambi\u00e9n, \u00e9ramos aliados para todo lo que se nos ocurr\u00eda: triscar por los rastrojos, ba\u00f1arnos en la arboleda, asaltar el granero del abuelo para hundirnos en el trigo, bajar a por agua con el burro y las anganetas de seis c\u00e1ntaros, y abastecer de agua toda la casa, un no parar de tareas y trastadas \u2026.. hasta que tocaban o diana o llamada y hab\u00eda que acudir al tajo. Mucha complicidad, en resumen. Que rara vez se quebraba. Y si en alguna ocasi\u00f3n, en que, fruto del temperamento o de distintos puntos de vista, aparec\u00eda alguna diferencia, nunca fallaba la sabia aportaci\u00f3n de la t\u00eda Ana, con su saber hacer, su sentido de la equidad, y su legendaria \u201cmano izquierda\u201d. \u00a0Colegas y c\u00f3mplices. Lo mejor de la vida. O eso cre\u00eda yo.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Javier era de los primeros en acudir a merendar. Nunca llegaba tarde. Y hac\u00eda buen papel. No dejaba ni las migas. Hab\u00eda pasado \u00e9pocas en su vida, de mas chaval, en los que comer era para \u00e9l una tortura. Sopa y pollo era todo lo que toleraba, para desespero de sus padres, excelentes comedores ambos. Pero con la pubertad hab\u00eda experimentado un cambio y se apuntaba a todo. Por eso, aun resulta m\u00e1s extra\u00f1o lo que ocurri\u00f3 aquel d\u00eda. Era jueves y la abuela hab\u00eda subido a la falsa de los jamones y hab\u00eda bajado con el plato de magras. Cabe decir que all\u00ed, entonces, el jam\u00f3n no se cortaba como ahora, en lascas finas, sino que el cuchillo ahondaba en el jam\u00f3n y separaba lonchas grandes y largas de medio cent\u00edmetro de grosor. Que iban directas al pan. Magras. En aquel pueblo el jam\u00f3n se com\u00eda as\u00ed. Magra tras magra. Y nosotros las devor\u00e1bamos con fruici\u00f3n.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Todav\u00eda es un misterio por qu\u00e9 aquel d\u00eda Javier organiz\u00f3 aquel barullo. Que si su magra era mas delgada que la de los dem\u00e1s, que el viv\u00eda all\u00ed y como iba a menudo a ver a los abuelos, ten\u00eda derecho a pasar delante de los dem\u00e1s, que si ahora \u00e9l era el favorito del abuelo, que si ya le tocaba a \u00e9l, que nosotros \u00e9ramos ya muy mayores. Un sinsentido repentino, que casi nadie entendi\u00f3, y que culmin\u00f3 con mi primo dando un portazo y saliendo de all\u00ed llevado por mil demonios. Eso si. En su furor, se dej\u00f3 la magra. Y la t\u00eda Ana mir\u00f3 a mi abuela. Y mi abuela mir\u00f3 a mi primo Pepe, que todos sab\u00edamos que era un trag\u00f3n. Y Pepe me mir\u00f3 a mi. Y no hizo falta mas. Pepe puso cara de \u201ccomo despreciar una buena magra de jam\u00f3n\u201d\u2026\u00a1Y como casi hab\u00eda terminado la suya, no le supuso sacrificio alguno engullir la de Javier!<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">A la t\u00eda Ana y a la abuela se les escapaba la risilla por la comisura de los labios. Y, como os he dicho, sentenciosa ella, la anciana, en un susurro, tir\u00f3 de refr\u00e1n: \u201cLo que no quiere el soberbioso, se lo come el goloso\u201d. Refr\u00e1n como colof\u00f3n. Y moraleja. Aquel d\u00eda, lo que Javier despreci\u00f3, se lo comi\u00f3 Pepe.<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los refranes de la abuela. I.- Benditos refranes. La abuela no se los quitaba de la boca. Uno para cada situaci\u00f3n; con su inevitable moraleja, que era lo que realmente le gustaba del refranero. La sentencia que cada dicho desprend\u00eda. 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