{"id":502,"date":"2019-07-16T19:42:14","date_gmt":"2019-07-16T19:42:14","guid":{"rendered":"http:\/\/www.enriquemoreno.com\/?p=502"},"modified":"2019-07-16T19:45:44","modified_gmt":"2019-07-16T19:45:44","slug":"hojas-sueltas-iv","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.enriquemoreno.com\/index.php\/2019\/07\/16\/hojas-sueltas-iv\/","title":{"rendered":"Hojas sueltas (IV)"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">XIII.-\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\"><strong>Postales de verano<\/strong><\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\"><strong>I.- El tendedor<\/strong><\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Un breve paseo. El camino reseco, porque agosto no ha permitido ni una gota ese a\u00f1o, enmarca a las dos mujeres cuando se gira hacia atr\u00e1s, tan solo para verlas, para disfrutar del simple hecho de que est\u00e1n all\u00ed, con \u00e9l. Hermosas en su diferencia, rubia de cabello liso y ojos claros una, cabello rizado y oscuro como sus ojos la otra, hermosas en su diferencia, pero de id\u00e9ntico caminar; con la inquietante carnalidad que los vestidos veraniegos no logran disimular, a pesar de estar cosidos con esa aparente intenci\u00f3n, recorren el corto trayecto que separa, en el extremo del pueblo, la casa familiar del suave desmonte que conocen como \u00abel tendedor\u00bb. <\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Un cubo de aluminio contiene la colada que les trae desde los viejos lavaderos, junto a la fuente. R\u00eden ambas, ajenas al calor, y su risa agita los lunares, azules y rojos, que adornan sus vestidos. R\u00eden con todo. Y su risa, que probablemente disimula su angustia de hembras insatisfechas, eternamente est\u00e9ril una, perennemente f\u00e9rtil la otra, inunda de felicidad al ni\u00f1o que las acompa\u00f1a. Ajeno a la tragedia que siempre se ha interpuesto entre ambas mujeres, se siente feliz al caminar junto a las que son, en ese momento, las dos mujeres m\u00e1s importantes de su vida. Su madre y su madrina. Ajeno, por supuesto, a la extra\u00f1a historia que el tiempo le revelar\u00e1 pero que entonces, en plena infancia, todav\u00eda no turba su sue\u00f1o.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Ropa tendida. S\u00e1banas relucientes, extendidas sobre matojos de boj y de retama, al inclemente sol del mediod\u00eda. Un manto blanco que, de no ser por el sol de justicia, ser\u00eda, inveros\u00edmil, nieve en agosto. S\u00e1banas blancas para un tiempo aparentemente feliz, perfumadas al calor denso del aire que agita levemente los matorrales e inunda el tejido de aromas inolvidables. El olor de los veranos lejos de la ciudad. El olor de una parte de su infancia. Blancura y risas, un tel\u00f3n vital que se convierte en el decorado de d\u00edas felices.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\"><strong>II.- La arboleda y \u201cel huerto de los frailes\u201d<\/strong><strong>\u00a0<\/strong><\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">La breva es realmente grande. Aunque cueste creerlo, llena toda la palma de su mano. Eugenio, de un salto, se ha encaramado a la higuera y en menos de lo que tarda en contarse, tiene media docena de brevas en la mano. La primera es para el ni\u00f1o que, con la boca abierta, asiste d\u00eda tras d\u00eda a las proezas de su joven mentor. Una breva fresca, cuarteada de puro madura, dulce, inolvidable.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Las brevas del huerto de los frailes, el huerto que se constituye en la frontera norte de su para\u00edso infantil, de su \u00fanica patria. El huerto, con valla de adobe, ca\u00edda en muchos rincones, pleno de misterio, de higueras centenarias, de almendros viejos y de leves hileras de antiguos cultivos agostados, el huerto casi incrustado en la arboleda. <\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">La arboleda de chopos quinta\u00f1ones, que a\u00fan no han sido sacrificados en el altar de la estupidez humana ante la pasividad de un pueblo torpe e incapaz de impedir un crimen de semejante magnitud, chopos que ser\u00e1n tel\u00f3n de fondo de muchos recuerdos infantiles. Mecidos por el viento, de hojas verde-gris\u00e1ceas, ululando en las noches fr\u00edas, los chopos guardaban en su seno decenas de secretos. Secretos que por culpa de la estulticia humana duermen ahora quien sabe donde. Recuerda, en especial, un arroyo represado en un rinc\u00f3n sencillo, antesala del ed\u00e9n, para diversi\u00f3n de unos ni\u00f1os que chapotean en \u00e9l y se solazan en la umbr\u00eda, sobre la hierba todav\u00eda h\u00fameda de roc\u00edo, entre el piar de los gorriones y el vuelo hipn\u00f3tico de las mariposas. Una playa privada en medio de un bosque, perdido en el coraz\u00f3n de una sierra \u00e1rida, un oasis ignoto en mitad de las huebras. <\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Como tel\u00f3n de fondo, juncos y moreras. Juncos que acabar\u00e1n, pintados de colores chillones, en alg\u00fan jarr\u00f3n de la vieja casa. Y moreras, cuajadas de frutos negros y rojizos, con los que calmar la gula del ni\u00f1o y con los que llenar, para postre de la cena, la lechera de aluminio de la abuela.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\"><strong>III.- La pedrada<\/strong><\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">La silueta de la mujer se recorta, fr\u00e1gil, vestida de negro, contra la pared levemente enjalbegada de blanco. Se encoge e intenta, en un gesto instintivo evitarla. Y lo logra por mil\u00edmetros. La pedrada de su nieto roza la sien de la anciana y golpea violentamente contra la puerta de madera.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">\u00a1\u00a1Como para haberla dejado en el sitio con solo un poquito m\u00e1s de punter\u00eda\u00a1\u00a1.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Un sonido seco, una muesca profunda en el port\u00f3n. Y el guijarro en el suelo, a los pies de la mujer de negro. <\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: 'book antiqua', palatino, serif; font-size: 14pt;\">Ella observa la escena entre sorprendida y aterrorizada. El ni\u00f1o, el hijo mayor de uno de sus hermanos mayores, lleva todo el verano protagonizando situaciones conflictivas. La abuela, todo car\u00e1cter, ha asistido impasible al espect\u00e1culo. En su fuero interno, piensa que ha sido la actitud pasiva de la anciana, quien, por otra parte, no oculta su preferencia por el nieto d\u00edscolo, la que ha dado alas a la actitud del cr\u00edo. \u00a1Pero de ah\u00ed a que, en un rapto de furor, por una rabieta absurda, el mocoso se atreva a tirarle semejante pedrada a su abuela! De ah\u00ed su mueca de espanto. No concibe que esas cosas puedan llegar a pasar. Siente tal respeto por la figura de sus padres, tiene tal temor reverencial por su madre, que el gesto iracundo de aquel renacuajo malcriado violenta todo lo que piensa, todo lo que siente, todo aquello en lo que cree. Y m\u00e1s siendo, como es, el favorito de la abuela, que le distingue con el mejor trozo en la mesa, con la mejor paga, y, cosa singular, con alg\u00fan que otro beso cari\u00f1oso. Lo que conlleva, indefectiblemente, una serie sin fin de menosprecios para sus hijos, que, a pesar de su actitud ejemplar, no consiguen, ni de lejos, el m\u00ednimo aprecio por parte de la anciana. Humillante a la par que incomprensible. La anciana est\u00e1 m\u00e1s pr\u00f3xima al nieto maleducado, grosero y ego\u00edsta qu\u00e9 a sus hijos, los otros nietos, que se esmeran en ser cari\u00f1osos, educados y tienen un comportamiento modelo. Misterios insondables que la afligen en lo mas hondo.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>XIII.-\u00a0 Postales de verano I.- El tendedor Un breve paseo. El camino reseco, porque agosto no ha permitido ni una gota ese a\u00f1o, enmarca a las dos mujeres cuando se gira hacia atr\u00e1s, tan solo para verlas, para disfrutar del simple hecho de que est\u00e1n all\u00ed, con \u00e9l. 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