Las viñetas del perezoso

Hace ahora muchos años tuve que ir al psiquiatra. En honor a la verdad, me llevaron al psiquiatra. Un buen amigo, con el que entonces tenía (y remarco el pretérito) una relación quasi fraternal, tras un singular viaje a Padova, me llevó a rastras. Pero debía estar tan mal, que apenas opuse resistencia.

Me resultó de gran ayuda. En honor a la verdad, cambió mi vida, al menos durante diez años. Luego volví a las andadas, pero esa es otra historia.

Aunque imagino que no suele ser habitual, nos hicimos amigos. O eso creí entonces.

No sé porqué, porque nunca se lo pregunté, pero un día, cenando en mi casa, casualmente con el amigo quasi fraternal, al ofrecerles escuchar algo de música, sin vacilar, me pidió una canción determinada, esa cuya letra es un canto a la amistad. Y yo le creí. Y durante un tiempo disfruté de la amistad.

Una noche, entre bandeja y bandeja de marisco, marisco que, por supuesto, pagaba yo, me pidió que escribiera un libro. Y me propuso el tema: la historia de mi vida y el rosario de vivencias y anécdotas que le había contado durante la terapia. Terapia qué, por cierto, ya habíamos dado por finalizada. De ahí las mariscadas. Y las confidencias, claro. Al principio, lo confieso, me pareció una broma cariñosa. Ya sabes, tu terapeuta, ahora tu amigo, se esmera en que te llegue un mensaje de complicidad. Pero no pensé que fuera en serio. Al final de la segunda botella insistió. Totalmente en serio. Le dije que sí, para cambiar de tema. Siempre es incómoda una proposición tan directa sobre algo tan personal. Y, por supuesto, no volvimos a hablar del tema. O por lo menos, no recuerdo que el tema apareciera de nuevo en nuestras conversaciones que, por razones que en otro momento explicaré, ¡tampoco fueron muchas más¡

No voy a ocultaros que, sin embargo, varias veces le di vueltas al tema. E incluso traté de seguir la sugerencia de M………., pero nunca fui capaz de concretar nada. No veía libro alguno en aquellas historias, y, sinceramente, no me creía ni me creo capacitado para enhebrar una novela. Entonces, os peguntareis, ¿a qué viene esta parrafada?

Pasaron muchas mas cosas, entre ellas, como no, la ruptura de la amistad con el psiquiatra amigo. Como si estuviera poseído por un imán emocional irresistible, siguieron sucediéndome toda suerte de peripecias. Algunas, incluso, más complejas, duras, dolorosas que las anteriores. Y otras más afortunadas, ¡claro está¡. Con lo que, siguiendo las tesis del doctor, la novela debería, a esas alturas, tener más de mil folios. De manera que si entonces, hace ahora casi veinte años, no era capaz, ahora todo el material resulta inmanejable. Salvo que, como finalmente parece, prescinda de la ambición de escribir una novela y me limite a contar algunas historias aisladas, que se revelen como mas  material de aluvión, que ayuden a dar forma a ese delta literario, que, en realidad, es lo con lo único que me atrevo. Así que aquí las tenéis. Estas son las viñetas del perezoso.

Burdeos

Anochece sobre el viñedo.
Bostezan
los ojos azules del más joven.
Se remueven los demás.

Estallan los nervios contenidos
por convicciones
casi siempre cuestionadas,
ante la provocación
de los inquietos.

Duermen los tranquilos
y se gritan en silencio
algunas verdades evidentes.

La luz huye,
con la intranquilidad
de quien deberá huir
también mañana

Y las viñas
se sumergen
en un sueño de promesas.

De “Cuaderno Bretón”
Autopublicado
1983

Frente a vosotros (Poema I)

Como soldado que vuelve
hasta el lugar
de su final combate,
incrédulo aún por verse vivo,
así regreso.

Y aunque perdí
hasta la sombra
mi cuerpo vislumbra
que el mañana
no está escrito.

Escapo del olvido
mientras
sobre el horizonte
se cierne una tormenta
de sueños imposibles.

Y me descubro
descalzo una vez mas
frente a vosotros.

 

De «Frente a Vosotros».

Inédito

Para la web de «Viaje a Caledonia»

En el año 2004, dos buenos amigos, Isabel y Miguel publicaron un libro sobre Van Morrison, «Viaje a Caledonia», absolutamente imprescindible. Con motivo de su presentación tuvieron el detalle de pedirnos a muchas personas de Van Hispano (otro día os hablaré de ello) que relatáramos como llegamos hasta ese músico incomparable. Se puede ver en su web: www.viajeacaledonia.com

Lo que sigue es el texto que escribí para ellos y que ahora me permito insertar en mi blog:

/var/folders/21/ym3cd_t90k98w1j0kxjgp_sm0000gn/T/com.microsoft.Word/WebArchiveCopyPasteTempFiles/Enrique_Moreno.jpgFulminado no es la palabra. No caí fulminado por Van y su música. En realidad, lo que viví fue un proceso distinto. Algo así como una decantación lenta e inexorable. Como si el inevitable transcurrir del tiempo sólo llevara hasta allí.

Me crié en un barrio extremo que, en honor a la verdad, era un aparente oasis, artificial, en el centro de un entorno en el que, como escribiera Candel, “la ciudad pierde su nombre”. A mediados de los 60 todavía imperaba allí el pensamiento único, en todos los sentido, en especial en el plano político-religioso. En ese contexto, a los 13 años, la música fue un descubrimiento providencial, un asidero sin parangón para alguien que buscaba “su lugar en el mundo”, una excusa, un pretexto para arremeter contra casi todo. 

La música, en mayúsculas, cualquier tipo de música. Material de aluvión para el intento de construir un delta propio donde poder enfrentarse al resto de cuestiones que cualquier adolescente no sabe como resolver. A los 14 devoraba la música y a los 15 me convertí en un coleccionista compulsivo. Cualquier vinilo era bienvenido. Máxime si eran de los Hollies, o los Beach Boys, o los Four Tops, o los Beatles, o los Kinks, o … la lista sería interminable. Ahí aparece “Gloria”, en la versión de un grupo del barrio de al lado, que, en un descuido, se apoderan de los instrumentos de los hijos de la panadera (los únicos con poder adquisitivo para tener guitarras, bajo y batería), y nos dejan lelos con su versión de la canción de Van (en ese momento, todavía no sé quien es¡¡¡) y su posterior interpretación de “What’d I Say”. Aquello abre nuevas vías. Por las que me lanzo atropelladamente.

Desde ese momento, y hasta ahora, he mamado música, cualquier tipo de música, en cualquier circunstancia. Y ella ha sido el antídoto que he empleado para huir de la locura a la que, en muchas ocasiones, nos lleva la vida. Ya sabes¡¡. No se puede vivir impunemente. 

Y dentro de ese proceso, la decantación a la que antes me refería lleva, inexorablemente, a Van. Yo también creo, con él, en el poder sanador de la música. Poder que no todas las músicas tienen. Y a medida que creces, probablemente el único privilegio es escoger tú medicina. Tengo en las estanterías de casa montones de vinilos y cds que ahora no pondría bajo ningún concepto. Que posiblemente en su momento cumplieron su función, incluso aunque sólo fuera la de enseñarme que esa música no iba, no llevaba, a ninguna parte. Sin embargo en ese proceso, la obra de Van ha ido creciendo en importancia, para mí, de manera imparable. Siempre regreso a su obra. Siempre me aporta algo. Ahora, hasta tal punto, que quiero que esté siempre ahí.

Y dentro de su obra, soy del “Veedon Fleece”. Acepto, sin ambages, sin dar paso a la polémica, que “Astral Weeks” es superior. Y confieso que mi canción favorita de Van es “Madame George”. Reconozco que otras obras son realmente maravillosas. Y, por supuesto, hay decenas de canciones que me erizan el vello como ya lo hacen muy pocas cosas. Pero no me puedo resistir a la magia del Vellocino. Viví con él tantas cosas especiales, que no sabría, aunque quisiera, como traicionarlo. Para colmo, cada vez que oigo “Streets Of Arklow” ….. esa flauta¡¡¡ …. nada describe mejor los paisajes de la infancia que no tuve, que dejé que me arrebataran. Y llegado el momento de echar la vista atrás, sabes, esas cosas son definitivas. 

Sé que por el camino me dejo muchas cosas (creo que fue Borges el que escribió que la “memoria escoge lo que olvida”) pero por muy selectiva que sea la memoria, la presencia de la obra de Van no se difumina, ni siquiera ahora que, cuando menos aparentemente, ha empezado una decadencia a la que, nosotros, sus compulsivos admiradores, le negamos todo derecho. Todavía pienso que el peor de sus discos es mejor que el mejor de muchos otros artistas y que en el peor de sus conciertos suele haber un momento mágico por el que suspirarían muchos creadores. 

Si, añado, además esa música me ha traído, como de la nada, un puñado de personas con las que compartir todo eso … no es que la curación haya empezado, es que está a punto de llegar.