Mar en el mar. (I)

“………….e cantare,
lontan lontano eternamente il mare”
[Giovanni Pascoli –Poemi conviviali (1904),
L’ultimo viaggio.

I.-

Siembra la proa de mi barca
cordilleras.
Cantan mis redes,
pero tu vacías el océano
para escapar impune.

Duermen los remos, confiados,
y esculpen en mis lonas,
en mi mástil tránsfuga,
el arpegio
de una ola guerrillera.

Silba tu nombre
entre otras olas
y mi timón gime
por tu ausencia.
Ni siquiera la brisa
puede atraparte ahora.

 

Los poemas de “Mar en el mar”
fueron abocetados en el verano de 1982.
Notas apresuradas tomadas en L’Ametlla de Mar,
Sant Salvador, Cadaqués y Arenys de Mar.
Durante tiempo durmieron en un estante.
1985 fue el primero de unos años menos malos.
En Julio, cuando empezó a quedar atrás
el tiempo de las traiciones y las rupturas,
de la depresión y el miedo, recuperé las notas,
los rehice en parte y los completé.
Tras “La Odisea”, tras Homero,
no hay palabras para cantar todo lo que el mar es,
pero, fruto de la osadía, lo pretendí.

La libreta gris. Segunda parte.

III.-

Álbum II (Algo sobre mi padre)

I.- Sin foto.

Ahora no tengo fotos suyas. Las tuve. Pero se perdieron en mudanzas. O están en otras manos. O desaparecieron víctimas de algún divorcio. Ya se sabe. Pérdidas involuntarias. Pequeños rencores incomprensibles. Pero ese no es ahora el tema. Otro día.

A pesar de ello, de no disponer de ninguna instantánea, no resulta difícil recuperar su imagen. Inalterable a lo largo de muchos años.  Como si siempre hubiera sido igual. 

Poco pelo. Peinado con esmero para disimular la evidente calvicie. Ojos verdes. Dañinos por atractivos. Bigotito militar. Mínimo y muy perfilado. Sonrisa seductora, puede …. que …. muy seductora. Barbilla breve. Óvalo varonil. 

Saliendo de la cabeza, del cuello hacia abajo, disminuía su encanto. Un pecho que pecaba de estrecho, nada atlético. Una tripa prominente, como corresponde a todo buen bebedor de vinos y licores, coñac en especial. Brazos sin muscular. Piernas cortas y poco vigorosas. Andares ligeramente torpes. Eso si. Siempre atildado. Dotado de una elegancia natural. De lo que el denominaba “clase”.  Presumido hasta lo indecible. Coqueto. Y obsesionado con su imagen y su limpieza personal. Luego os explicaré la razón. 

Un carácter singular. Mezcla de inmadurez, irresponsabilidad, insatisfacción y miedo. Un coctel, nunca equilibrado, de melancolía y guasa. Cuasi religioso y pagano con la misma devoción.  Siempre a la búsqueda de algo inaprensible. Algo que probablemente buscó toda su vida sin encontrar si quiera el inicio del camino. Incomprensible casi siempre, al menos para nosotros. Para su esposa y sus hijos legítimos.

Lees a Machado, y ahí está. Un Don Guido de opereta. Flaco favor le hizo el poeta.

Así lo he recordado durante años. Así lo recuerdo ahora, al escribir, lejano todavía el momento de su futura redención. No me atrevo. No puedo redimirlo. Aún.   

Recuerdos agrios. Mi padre vivió rodeado de misterios aún por descifrar. Todo en él, en su pasado, es todavía un enigma. Aún hoy no soy capaz de discernir que hubo de verdad en su vida y cuanto de ficción. No sé si algún día lo sabré. Lo que contaban tanto él como alguno de los miembros de su familia sobre su pasado ¿era verdad o era farsa? 

Os aseguro que todos estos años, desde su muerte repentina, he tratado de revivir lo vivido y lo sabido, a la búsqueda no ya de una explicación, que no parece posible, si no, al menos, de una mínima razón que dé sentido al personaje. Y no soy capaz. Al menos, de momento. Sigo en el empeño.

Todos hemos mentido alguna vez, todos hemos atravesado alguna etapa de nuestra vida en la que ha sido imposible escapar de ese mar tormentoso que es el fingimiento, pero de ahí a vivir permanentemente en la impostura, de ahí a convertir tu vida en una patraña permanente…..

Su padre, un, al parecer, prestigioso abogado madrileño, un hermoso ejemplar de más de metro noventa de estatura, adornado de virtudes sin cuento, acabó casándose con la tercera criada a la que dejó preñada. Mi bisabuelo arregló, como se solía hacer en aquella época, los dos primeros embarazos, pero a la tercera se hartó y casó a su hijo con la, hasta ese momento, última víctima de la fogosidad del letrado.

Esa era la abuela María. Una mujer sencilla que se encontró casada con aquel elemento y que, según cuentan, murió de tristeza. Cosa comprensible si se sabe que, años antes del inicio de la Guerra Civil, aquel marido que su gravidez le impuso, acabó muriendo retorcido de dolor, convertido en un gurruño, carcomido por la sífilis. Algo que los marcó para siempre. Eso y que, además, el licenciado dejó a su cargo cuatro hijos aún adolescentes. Y, por supuesto, un patrimonio ya menguado que se acabó evaporando definitivamente en las garras de un albacea, venido entonces, casualidades de la vida, a mejor fortuna. Un albacea del que igual hablamos otro día. Por todas estas cosas y alguna más que seguro desconozco, hasta donde soy capaz de recordar, todo el mundo se refería a ella, inevitablemente, como la “pobre María”. 

Y aquí empiezan las leyendas. La familia que había perdido su mina de plata en una timba con el conde de Romanones, el cortijo de Baeza, donde nació, y que se evaporó sin dejar rastro, la bala que lo rozó en el frente de Madrid, donde se dedicaba a “pasar nacionales”, la papelería vendida contra su voluntad, los cuatro huérfanos disgregados al morir la madre, adjudicados sin ton ni son entre las diferentes ramas de la familia, algún rumor sobre su estancia en un correccional. A saber. Secretos de familia. Ese tópico bajo el que casi todo el mundo esconde lo que, al fin y al cabo, no deja de ser la vida. Las cosas que pasan. Lo que los seres humanos hacen para sobrevivir. Y de lo que nos empeñamos en avergonzarnos por sistema. !!Como si no cocieran habas en todas partes¡¡

Y aquí la historia toma otro sesgo. Un noviazgo clásico con la chica topolino. Una bala perdida que alcanza el necesitado corazón de aquella chica ingenua que llegó a la capital para intentar abrirse camino. Mi madre, claro. Bendita bala. Sobre todo, si le hubiéramos preguntado a ella en los meses anteriores a su muerte. Toda su resignación, que la tuvo, hubiera quebrado ante el recuerdo silenciado del que había sido su marido. Quizás ella hubiera podido evocar las incipientes pero ya sólidas artes de seductor que en su día fueron suficientes para deslumbrarla. Imagino. Porque con los años costaba mucho entender como pudo ella caer bajo su hechizo. Porque a esas alturas me había contado bastante de él como para no saber de su amargura.

Tengo la impresión de que él se aferró a ella porque era, sin duda, la única persona mínimamente sólida que había conocido en años. Náufrago entonces, como lo volvió a ser en repetidas ocasiones a lo largo de la vida, aquella chica de un pueblo remoto, no exenta de clase, de belleza y de principios, fue el saliente rocoso al que aferrarse para escapar de la tempestad, el único tablón en medio de los restos con el que mantenerse a flote. Y ella le salvó la vida. Y a cambio, el solo supo dejarla preñada.

Poema. I.-

Tú me arrancaste la locura.

Te daba igual jergón que viña.

Tu desbrozabas mi cuerpo
con la azada de tus manos,
regabas mis ojos con tu llanto
y me sembrabas la piel
con el bramido ansioso de tu vientre.

Te daba igual noche que día.

Gemías tu y yo era cuerdo.

                 

                                                   Mayo 1985

Ajuste de cuentas

La pistola se encabritó. Falta de práctica. Hacía más de cuarenta años que no disparaba una. Y esta era un trasto. Pero a esa distancia no podía fallar. Vi antes la cara de miedo del destinario que el impacto en su pecho. Un borbotón de sangre. Un grito ahogado. Un cuerpo que se desploma. Una venganza cumplida. No fue importante que me robara dinero. Pero su cinismo de entonces, abusando de mi confianza y riéndose en mis narices, me había llenado de amargura. Había esperado, pacientemente, mi momento.

En la lejanía, una sirena. Posiblemente de la policía.

Su prestigio no le sirvió para defenderse. Sorpresa total. La bala destrozó el arco ciliar derecho. Maldita pistola. Casi no acierto. Un gritito agudo se escapó de sus labios. Como siempre. No sabía quien era yo. Y nunca me iba a relacionar con la actriz a la que humilló. Su mezquindad achacándole el fracaso de la película era imperdonable. Daño gratuito. Daño cobarde. Rencor larvado durante años. Tema zanjado.

La sirena se iba acercando a toda velocidad.

No me esperaba. Llevábamos mas de veinte años alejados. Y a la ultima persona que pensaba encontrar era a mi. A su hermano. Seguía teniendo la misma mirada innoble, los mismos ojos desleales. Sin palabras. El cañón del arma buscó su corazón. Esta vez el tiro fue mas preciso. Ya se sabe. A la tercera…. La afrenta quedaba lavada. No se puede morder la mano que te da de comer. Cuenta saldada. Por fin.

Chirriaron las ruedas y el coche se detuvo en la puerta. Paró la sirena.

Lo que iba a suceder a partir de ese momento ya no importaba. La semana anterior me habían dado el diagnóstico: enfermedad terminal. Inesperado. Al principio me angustié, pero luego…. ¿por qué no? Ese escenario me daba la posibilidad de dar rienda suelta al rencor. Ajuste de cuentas. En mi estado, nadie decretaría mi ingreso en prisión. Y si lo hacían, ¿qué importaba? Costó un poco, pero conseguí una pistola. Y tres balas. Y la ira desapareció para siempre

Llamaron a la puerta.

El tiempo entre tus dedos

Un diapasón que vibra, amortiguado,
sobre la blanca sábana de un sueño.
El tiempo se detiene y vuela..
y vuela y se detiene …
Y tu juegas con él entre los dedos.

Un eslabón perdido, una quimera
cuando mis ojos sondan tus entrañas
rastreando un vellocino ardiendo.
Te vistes de escamas impermeables
Y lloras, y ríes, y gritas en silencio.

Todo se agita y cobra su sentido.
Todo es azar, y se estremece,
entonces, todo mi esqueleto
y tiembla el tuétano del mundo,
y se tiñen de tristeza mis anhelos.

Qué sutil tu lenguaje cuando mientes,
o mejor, cuando intentas defenderte.
Mi corazón…… entonces…..
un pobre diapasón amortiguado
sobre la blanca sábana de un sueño.

Y el tiempo cristaliza entre tus dedos.

Junio 2018

La libreta gris. Primera parte.

II.-

La libreta gris. Transcripción.
He suprimido tachaduras y resuelto alguna vacilación que se desprende del contexto general.
Intuyo que Emilio transcribió a la libreta borradores anteriores y, aun así, volvió a corregir los textos. Escribía sobre su familia.

Álbum (Algo sobre mi madre)

I.- Instantánea en blanco y negro.

La foto, revelada en mate, pespunteada por un pequeño marco que pretende imitar el tono de la madera, la inmortaliza junto a su padre y su madre. Un sencillo y reseco muro de piedra es el telón de fondo para las tres figuras que componen el conjunto. Vestida con una sencilla bata, confeccionada, sin duda, por ella misma, mira directamente a la cámara, con su habitual franqueza. Está donde estuvo siempre. En ese territorio emocional en el que vivió durante muchos años, a la espera de que sucediera algo que jamás, apenas al final, llegó a suceder.

Su madre, a la izquierda de la imagen, también mira a la cámara. A simple vista, parece tan solo la mirada de una anciana enlutada, enfrentada al objetivo casi sin desearlo. Pero cualquier espectador mínimamente atento descubre, al instante siguiente, algo inhabitual. Su mirada destila la fiereza de quien sabe que nada más va a suceder contra su voluntad. Una voluntad inquebrantable. Basada en certezas absolutas. Las certezas que nadie logra alcanzar. Hija de generaciones y generaciones de campesinos, huérfana de madre a los trece años, obligada por ello a prohijar a sus hermanos, pasó de gobernar la casa de su padre a hacerlo con la de su marido, con la misma naturalidad con la que cualquier persona muda su vestido. Madre de nueve hijos, de los que solo siete salieron adelante, perdió a su primogénito en los últimos días de la contienda Civil. Una bala perdida lo mató en el frente de Alicante. Se ocupó, en aquellas fechas convulsas, de recuperar su cadáver para darle sepultura al tiempo que se sepultaba, ella también, en el luto que nunca abandonó. Cuando se subvierte el orden natural y una madre debe llorar a su hijo, sobrevivir no está al alcance de cualquiera. Pero hacerlo, además, con esa determinación, con ese aire desafiante, no puede hacerlo nadie. Ella supo, después, que su madre era la excepción. Desafiante, al tiempo de enlutarse supo que nada ni nadie podrían volver a herirla y se sintió invulnerable. Y así vivió el resto de sus días. Invulnerable, manejando a su antojo vidas y hacienda, cobrándoles a todos los que la rodeaban la deuda que la vida no le perdonó.

Como hacia el fondo, dado el singular enfoque de la imagen, aparece su padre. Esa perspectiva lo presenta levemente empequeñecido. Sentado en el poyete de piedra que da acceso al “huerto de las higueras”, mira a la cámara sin apenas interés. Como quien no ha comprendido todavía el misterio de la imagen capturada por el objetivo, como dudando de si no será algún oscuro truco de brujería el que se esconde tras la pátina brillante del objeto que esgrime el autor de la instantánea. Luce su sempiterna boina, bajo la que esconde la leve calvicie que su encanecido cabello no logra disimular. Su mirada, como siempre, refleja una inocencia que el tiempo no ha golpeado lo suficiente. Sencillo, honrado, trabajador, se agotan los tópicos para definir su persona. Machadianamente bueno. No exento, eso sí, de genio, que no sabemos si ha sido domado por el recio carácter de su mujer o por el simple paso del tiempo. En ese momento es ya un hombre casi derrotado por la enfermedad que lo matará prematuramente. Destila bondad. Voluntariamente sometido al dictado de su esposa, solo muy de vez en cuando se atreve, en privado, a llevarle la contraria. Y, sin embargo, sabe mantener su dignidad masculina con pequeños gestos que lo redimen a los ojos de cualquiera. 

Y ella, junto a ambos. El tiempo y sus maternidades todavía no han marchitado un atractivo que solo ajará la enfermedad. Una belleza nada ortodoxa, por cierto. Es verdad que no queda rastro de la adolescente que bordaba un ajuar al que el tiempo dio más utilidades de las previstas. Ni de la chica topolino que llegó a Madrid para trabajar en la empresa de su tía Rafaela. Ni de la joven coqueta que veraneaba en Asturias, navegaba en patín y rechazaba pretendientes que luego fueron notarios. Ni siquiera de la ingenua mujer que aceptó casarse con alguien que ni siquiera fue capaz de comprarse un traje para su boda.

Cabello rizado, formando unas singulares hondas asimétricas que dotaban a su rostro de una personalidad singular. Frente amplia, llena de nobleza, nariz perfecta, boca firme, de labios siempre brillantes, sin necesidad de aderezos. Ojos nobles. La mirada mas limpia que he visto jamás. No era especialmente estilizada, aunque se libró de la maldición que convertiría en culonas a sus hermanas, pero su caminar estaba lleno de gracia y de una sensualidad que probablemente le era ajena pero que le acompañó, sin ella saberlo, durante muchos años. Era un mujer muy hermosa.

Allí donde la muestra la fotografía, atrapada junto a sus padres, permaneció toda la vida. Esperando que sucediera un milagro. En aquella casa, donde la siega y la trilla reunían a cuadrillas de peones venidos de mil lugares, el nacimiento de un varón era una bendición del cielo. La primera hija también fue bienvenida. Brazos para ayudar en la cocina, para dar salida a tanta ración como el alimento de los jornaleros requería.  La siguiente hembra, quiso el destino que fuera ella, ya solo era una boca más que alimentar. Una pequeña maldición en un contexto en el que sobrevivir no era sencillo. Por más que se esforzó, sus padres nunca vieron sentido a su existencia hasta el final de sus días. Por si ello no bastara, para colmo, a medida que los progenitores se fueron haciendo mayores, el inevitable cambio de punto de vista tampoco se detuvo en su persona. La llegada de una hermana, la última de los hijos del matrimonio, volvió a ser otra bendición. ¡Era la hija llamada a cuidarlos en la vejez! Lo que la convertía, al menos temporalmente, en objeto de especial atención. Ella, carente del sentido de la oportunidad que el destino le negó, quedó atrapada en esa zona neutra, sin, a los ojos de sus padres, utilidad alguna, aunque pudiera tenerla, sin merecer ni el cariño ni la atención de nadie. Si acaso, como evocaba muchos años después, el puntual afecto de su hermano mayor. La bala perdida que enlutó a su madre la privó de aquel único referente afectivo. Lo que la condenó a pugnar, durante el resto de su vida, por obtener un amor que sus padres no tenían intención de brindarle. Esa sentencia inapelable la obligó a vivir esperando lo que nunca llegó. Salvo, quizás, el fugaz hálito de ternura que su padre le regaló durante sus postreras semanas.

El Sur

Me propones el sur
pagano e indolente
y un claro escalofrío
inquietante y sensual
galopa por mi piel.

Clavas tus ojos negros
en el fondo de los míos.
Hablas de Alejandría,
de Cartago, de las dunas,
del agua azul y … me fascinas.

Me invitas a beber
néctar de tibios labios,
leche de camella
o el hermoso fervor
de arrebatados cuerpos.

Dibujas tamarindos
y estrellas que tapizan
los brotes de la noche.
Sobre el cálido alemos
del oasis me seduces.

¡Qué importa ayer!
¡Qué podemos temer
ahora del mañana!
Nuestro es el sur.
¿Estaremos llegando al paraíso?

Pudiera ser bastante

Pudiera ser bastante lo vivido.
Las sábanas de amarga longitud
enredadas en las tibias cerezas de tu sombra,
los dientes imprevistos
las desnudas amapolas de tu vientre peregrino
los techos y su claro paladar estático.

Y sin embargo, solo es el inicio.
Parece que te acabas y estás naciendo nueva.

Espero aún el silencio crujiente,
los líquidos collares de tu risa
alegrando mi boca y sus contornos,
las gaviotas de mimbre de tus dedos
sembrando mis manos de aventuras.

Y poder terminarme ….lentamente…
en tu principio.

Emilio Plo “In Memoriam”

19/XI/1952 – 20/XI/2012

“La memoria es un rayo de luz en
un muro cubierto de escarcha”
(“La huella de tu ausencia”, Kim Echlin ).

“Y al final del cuento,
como siempre,
cicatrices”
(“As de guía”, Tontxu)

 

I.-

Cuando su viuda apareció en el dintel de mi puerta, no supe bien a que atenerme.

Ella me detestaba y tras el doble trago de tanatorio e incineración, pensé que no la vería nunca más. Ni falta que hacía. La segunda esposa de Emilio nunca había sido santa de mi devoción. Muerto él, ella daba igual.

Vestida con desaliño, probablemente para realzar lo doliente de su figura, mal peinada, no murmuró ni una palabra. Aferraba con las dos manos una caja vieja que lucía todavía las etiquetas de una conocida marca de botas de montaña. Un gesto brusco y la caja quedó como depositada a mis pies. Se giró y musitó: “Él hubiera querido que las tuvieras tú”. Para cuando quise reaccionar, había desaparecido. Sin ni siquiera despedirse. Ni un “ahí te pudras”. Lo que, por otra parte, era de esperar.

Dejé la caja en el canterano de la entrada. Tenía asuntos inaplazables que atender. Las viejas botas de montaña de Emilio y mi curiosidad podían esperar. Cuando giré levemente la vista para volver a mirar la caja no fui capaz de intuir lo que venía.

No recuerdo cuantos días habían pasado cuando la asistenta me hizo notar que aquel no era el sitio para ninguna caja. Y menos aquella. Estorbaba. Dispuesto a complacerla, me hice cargo. Su destino natural era el trastero de la buhardilla. Por la escalera se me ocurrió levantar una esquina de la tapa. Y, para mi sorpresa, en lugar de las viejas botas que supuse había, la visión de una amalgama informe de hojas de papel, pequeñas libretas, fichas anotadas…. me sorprendió. Detuve la subida y me desvié hacia el sillón donde leía habitualmente. Abrí la caja en mi regazo y sumergí las manos en aquel desbarajuste de lo que ahora se me aparecía ya como un anárquico conjunto de notas, un puñado aparentemente inconexo de borradores y confidencias escritas con la inconfundible letra de Emilio. Ojeé algunas notas. Muy personales. Sin duda.

No soy capaz de determinas las horas que, clavado en el sillón, dediqué a devorar todos aquellos caóticos relatos que la viuda de mi amigo había puesto en mis manos. Pero mi cuerpo entumecido y mis ojos enrojecidos a partes iguales por el agotamiento y la emoción, pedían una tregua.

Un leve refrigerio para recomponerme. Mientras especulaba. ¿Qué se suponía que, amén de leerlo, debía hacer con todo aquel material? ¿Ordenarlo? ¿Corregirlo en la medida de lo necesario? ¿Publicarlo? ¿Qué esperaba la viuda de Emilio que hiciera? ¿Y Emilio? ¿Debía convertirme en su editor?

Parecía un material literario de primer nivel. La prosa de Emilio era compleja pero dotada de una fuerza evidente. Lo que contaba .. a retazos.. pero no exento de cierta coherencia ….. era una historia dolorosa. Con luces y sombras, por supuesto. Conocía alguno de sus capítulos pero otros me resultaban, además de sorprendentes, absolutamente novedosos. Aquellas notas, aquellas fichas, aquellas libretas escondían vivencias que quizás debían contarse. Releí algunas. Me detuve en varias fichas con anotaciones aparentemente inconexas pero que, en su conjunto, cobraban sentido. Una de las libretas te llevaba a la conclusión de que Emilio, en algún momento, había intentado hilvanar la historia. Algunas hojas sueltas trasmitían la sensación de que hubiera intentado autocensurarse. Eran episodios especialmente duros. Desconocidos para mi que, hasta aquel momento, creía saberlo todo sobre él. Había cartas muy personales.

Me tomé un respiro. Imaginaba su rostro, especialmente sereno casi siempre, mientras repasaba algunas de aquellas líneas. Traté de imaginar cual había sido el deseo de mi amigo. Y, como por ensalmo, percibí un guiño. Una sonrisa entre pícara y cómplice iluminó el recuerdo. Y con el corazón en un puño, me puse a la tarea. “In memoriam”.

Las viñetas del perezoso

Hace ahora muchos años tuve que ir al psiquiatra. En honor a la verdad, me llevaron al psiquiatra. Un buen amigo, con el que entonces tenía (y remarco el pretérito) una relación quasi fraternal, tras un singular viaje a Padova, me llevó a rastras. Pero debía estar tan mal, que apenas opuse resistencia.

Me resultó de gran ayuda. En honor a la verdad, cambió mi vida, al menos durante diez años. Luego volví a las andadas, pero esa es otra historia.

Aunque imagino que no suele ser habitual, nos hicimos amigos. O eso creí entonces.

No sé porqué, porque nunca se lo pregunté, pero un día, cenando en mi casa, casualmente con el amigo quasi fraternal, al ofrecerles escuchar algo de música, sin vacilar, me pidió una canción determinada, esa cuya letra es un canto a la amistad. Y yo le creí. Y durante un tiempo disfruté de la amistad.

Una noche, entre bandeja y bandeja de marisco, marisco que, por supuesto, pagaba yo, me pidió que escribiera un libro. Y me propuso el tema: la historia de mi vida y el rosario de vivencias y anécdotas que le había contado durante la terapia. Terapia qué, por cierto, ya habíamos dado por finalizada. De ahí las mariscadas. Y las confidencias, claro. Al principio, lo confieso, me pareció una broma cariñosa. Ya sabes, tu terapeuta, ahora tu amigo, se esmera en que te llegue un mensaje de complicidad. Pero no pensé que fuera en serio. Al final de la segunda botella insistió. Totalmente en serio. Le dije que sí, para cambiar de tema. Siempre es incómoda una proposición tan directa sobre algo tan personal. Y, por supuesto, no volvimos a hablar del tema. O por lo menos, no recuerdo que el tema apareciera de nuevo en nuestras conversaciones que, por razones que en otro momento explicaré, ¡tampoco fueron muchas más¡

No voy a ocultaros que, sin embargo, varias veces le di vueltas al tema. E incluso traté de seguir la sugerencia de M………., pero nunca fui capaz de concretar nada. No veía libro alguno en aquellas historias, y, sinceramente, no me creía ni me creo capacitado para enhebrar una novela. Entonces, os peguntareis, ¿a qué viene esta parrafada?

Pasaron muchas mas cosas, entre ellas, como no, la ruptura de la amistad con el psiquiatra amigo. Como si estuviera poseído por un imán emocional irresistible, siguieron sucediéndome toda suerte de peripecias. Algunas, incluso, más complejas, duras, dolorosas que las anteriores. Y otras más afortunadas, ¡claro está¡. Con lo que, siguiendo las tesis del doctor, la novela debería, a esas alturas, tener más de mil folios. De manera que si entonces, hace ahora casi veinte años, no era capaz, ahora todo el material resulta inmanejable. Salvo que, como finalmente parece, prescinda de la ambición de escribir una novela y me limite a contar algunas historias aisladas, que se revelen como mas  material de aluvión, que ayuden a dar forma a ese delta literario, que, en realidad, es lo con lo único que me atrevo. Así que aquí las tenéis. Estas son las viñetas del perezoso.