Hojas sueltas (VI)

XVI.-

Teas y amor

El manojo de teas que acaba de comprar en la carbonera del barrio, en los bajos de la que luego será la Plaza de San Cristóbal, prende fuego al carbón barato, en el fondo de la cocina económica. Ligadas aún con el cordel de esparto que da forma al puñado de astillas resinosas, contagian la llama al carbón con verdadera ferocidad.

De forja sencilla, grisácea virando al negro, con tres fuegos en los que diversos aros permiten mayor o menor intensidad de rescoldo,  la cocina económica preside humildemente la pieza y va a proveer durante muchos años, hasta que llegue la primera y socorrida estufa de butano, todo el calor que cabe en el piso. Veladas de invierno entre las estrechas paredes de una estancia que solo se transformará, muchos años después, tras la primera y “milagrosa” lluvia de dinero que, sobre 1972, logrará acumular el cabeza de familia.

Pero mientras tanto, lumbre para destilar la magia de sus pócimas gastronómicas que fascinan a la prole siempre insaciada. Candela con la que escribir un verdadero tratado de cómo barajar los ingredientes más modestos y sencillos, de como estirarlos hasta lo impensable, para llenar estómagos infantiles, que no siempre hallan consuelo en poder compartir un huevo frito o en merendar día tras día algo de pan con aceite, ora con sal, ora con azúcar; un despliegue de sabiduría y creatividad que logrará educar sus paladares para que puedan disfrutar siempre más de cualquier manjar que se lleven a la boca. Ascuas donde calentar el agua para el boto de sus escalofríos, donde hervir la malta de las mañanas y el pseudo chocolate de las tardes, donde freír, donde guisar, donde ejercer una alquimia de hechicera buena, silenciosa e inolvidable. Un puñado de teas y mucho amor.

 

 

 

 

 

 

Hojas sueltas (VII)

XVII.-

El piropo.

No consigo recordar el tipo de árbol, ¿acacias, olmos?, que sombreaba aquel paseo central, de tierra compactada, con decenas de ellos alineados a ambos lados. Bordeado por dos calzadas laterales, pavimentadas con los entonces habituales adoquines de la ciudad, absorbían el, aún, menguado tráfico de la zona, camino de fábricas y naves situadas en la zona portuaria. 

Su cruce con la calle principal, la de acceso al barrio, era un incesante hervidero humano que siempre hallaba amparo bajo sus ramas. Un río de idas y venidas, en el que se cobijaban por igual la prisa y la lentitud, mientras tejían un mosaico de contrastes vitales que amenizaba nuestra existencia. Apresurados unos, calmos otros, aquel cruce de la calle con el sencillo bulevar vivía eternamente preñado de bullicio y correrías infantiles, risas y confidencias adolescentes, amagos y complicidades juveniles, sesudas reflexiones adultas y no menos transcendentales sentencias de ancianos, en su inevitable sabiduría. 

Sacrificados, los árboles, cuando hubo que engrandecer las calzadas para dar paso a los camiones que transportaban las rocas destinadas a la construcción de los muelles de la ampliación del puerto, perdura en mi recuerdo su presencia. Demasiada vida deambulando a la sombra de su memoria. Imposible olvidar tantos momentos. 

El día era espléndido. Cogido de su mano, llegábamos de alguna de las contadas escapadas que, cómplices, solíamos hacer hasta la calle Cruz Cubierta, su Eldorado comercial, cuando el rugido del motor de un camión dejó paso al piropo del camionero. Un requiebro tosco, pero, a pesar de ello, simpático. Madre ya de cuatro hijos, la torpeza del lenguaje no impidió un leve estremecimiento. Mi mano lo detectó al instante. Eso y, de reojo, un esbozo de sonrisa. De mujer complacida, a pesar de todo. Un grito primario para recordarle que posiblemente su bella figura de antaño, inevitablemente castigada por su reciente maternidad, desprendía cierta rotundidad, guardaba un atractivo sin marchitar que, podía, todavía, despertar alguna pasión, por pasajera y ruda que fuera.

Interludio

¿Qué era lo que más le sorprendía del poeta y editor de Seix Barral?
“Creo que él, como muchos de esa generación, tenía algo muy religioso, protestaba como por un contrato no cumplido, porque la vida no tendría que ser desagradable, el dolor no tendría que existir, las cosas debían ir bien… Pero las cosas van mal, el dolor existe y la vida puede ser desagradable. La vida no está aquí para juzgarla sino para vivirla. No hay que protestar porque junto a la montaña hay un desfiladero”.

EL PAIS
22 de diciembre de 2015
De una entrevista a Salvador Paniker,
de Andrea Aguilar.

 

 

Hago un alto en la tarea que me ha absorbido durante semanas. Muchas horas trabajando en los papeles de Emilio. He corregido notas, recopilado hojas sueltas, aclarado dudas sobre tachaduras y borrones, clasificado fichas y, de la mano de todo ello, he descubierto, del amigo que conocía, facetas que ignoraba sobre la otra persona que mi amigo también era.

Está atardeciendo. La luz del crespúsculo se apodera de la habitación en la que trabajo y el penúltimo rayo de sol, antes de fundirse con el horizonte, ilumina la estancia con una calidez distinta a la de otras veces. O eso me parece a mi. Bebo pausadamente. Sorbos cortos. El licor impregna mis papilas, mientras vuelven a mi memoria plegarias de antaño. Hacia años que no lo hacía, agnóstico militante como soy. Pero luz y licor me llevan hasta ello y activan remembranzas olvidadas.

Invoco a mi amigo.

La persona que conocí. Sus ojos negros, su leve sonrisa entristecida por contratiempos y desengaños, su corpachón torpe pero tierno y su talante cordial y afectuoso. Un ser humano inseguro, sutilmente triste, que, según solía confesar, parecía mas de lo que era.

Y el personaje oculto, ese que aflora en sus escritos, que sigo ordenando con pasión, a la búsqueda de las aristas y escondrijos del Emilio que no conocía.

El atardecer ha dejado paso a la leve penumbra del ocaso, solo agrietada por la tenue luz de una lámpara de pantallas verdiazules, lo que da a la estancia un aspecto algo fantasmal. Fluyen los recuerdos. Pausadamente. Una cámara lenta desgrana secuencias que creía arrumbadas. Emilio ríe débilmente. Como arrepintiéndose de esa risa que parece que la vida no va a permitirle. Una sonrisa clandestina. Como engañando al destino. Como con miedo a desafiar a los dioses, con el temor de que se sientan celosos de su alegría y opten por punir su osadía. Sus ojos delatan miedos ancestrales, grabados a fuego en sus genes, tatuados en su piel que, a pesar de todo, no le impiden militar en el pesimismo vital del que blasonaba en alguna oportunidad. ¿Pesimista vital o, como diría Sérgio Rodrigues, positivista desilusionado?

¿Modesto o inseguro? Las dos cosas a la vez, afirmo, aunque mas lo segundo que lo primero. Tras una apariencia de persona sólida se escondían inseguridades sin cuento. Desconcertado, sin rumbo muchas veces, ¿era sensible o era débil? Lo debilitaba la sensibilidad, sin duda, atrapado en ese mundo pseudosartriano que le impedía ser feliz si no veía felices a los demás. Y eso lo convertía en alguien muy atormentado. ¡¡Creía que la vida debía ser “de otra manera”!! Y, sin embargo, en ocasiones encontraba el modo de sacar fuerzas de flaqueza y sobreponerse a situaciones que hubieran destruido a cualquiera. Acumulaba tragedias personales con la misma sorprendente serenidad, con la misma naturalidad con la que otros, por ejemplo, coleccionan pintura. ¿Miedoso o cobarde? No sabría decirlo. Sin duda tenía miedo en muchas ocasiones. Un miedo heredado, mamado para ser exactos. Fruto de su origen, de lo que se vivía en aquel pequeño piso, donde la clueca protegía a sus pollos y, sin saberlo, no lograba mas que debilitarlos. Y creció con ello. Probablemente si algo hubo de heroico en su vida fue la manera como lo combatió siempre. Aunque no siempre logró vencerlo. Pero cuando tuvo que hacerlo, la cobardía quedó en segundo plano y se atrevió.

Si hubiéramos preguntado a sus convecinos, a la gente del barrio donde se crió, hubieran hablado de un buen chaval, nacido de familia humilde pero complicada, muy hecho a su entorno mas próximo, tímido, siempre necesitado de afecto. Siempre en segundo plano, no destacaba por casi nada. Estudiante normal, con mucha memoria, eso si…no era demasiado buen deportista, no era creativo, no era hábil, no tenia cualidades de esas que, a simple vista, llaman la atención. Pero el conjunto no era desdeñable. Cuando tocaba, siempre estaba allí. Hasta el punto de que muchas veces acostumbraba a ser la solución de los problemas…. hasta que, luego, empezó a ser tan sólo el problema. Pero eso os lo cuento otro día.

Todos coleccionamos deslealtades. Ajenas y propias. Pero Emilio era un caso singular. Su catálogo de deslealtades ajenas agrupaba un selecto detalle de dolorosas experiencias. Estoy seguro de que en las páginas que faltan aflorara algo de ello. Y de las suyas. Que las hubo. Y alguna, sonada. Pero cuando fue víctima, nunca, que yo sepa, se dejó llevar por el rencor. Jamas dedicó ni tiempo ni recursos a tramar venganzas. O, mejor dicho, su rencor no fue más allá de un castigo sencillo: el o la desleal de turno salía de su vida para siempre. Y si fue sayón, encontró la manera de hacerse perdonar. O eso creo recordar.

La noche ha acabado por matar al día. He dejado de escribir. Necesito una pausa y nada mejor que un poco de música para quebrar el cristal de silencio que ha acabado por apoderarse de la estancia. He escogido a Neil. 1972 y su inmortal “Harvest”. Canciones de esas que siempre están ahí. El plato está ligeramente desequilibrado y la aguja produce un tenue ruido que no logra, en ningún caso, incomodarme y no parece perturbar al músico. Acústica y harmónica. “It keeps me searching for a heart of gold. And I’m getting old”. También yo envejezco. El paso de los días ahora ya es despiadado. Y echo de menos a mi amigo. Tengo la aventura de sus textos. Me hacen una compañía que no pudo imaginar. Y me seduce descubrir lo que está por llegar. Pero lo echo de menos. La idea me conmueve hasta la médula. Hubiéramos podido envejecer juntos.

Frente a vosotros (Poema XI)

Desnudad mi cama y haced
con ella un fuego donde puedan
calentarse los que tengan frío.
Dormid sobre mi almohada,
reventad mis cajones, airead
mis secretos y abridle
mis ventanas al vacío.
Despojadme de todo.
Quede la casa en silencio
perfumada tan solo de vosotros.
Llevaos sus cerrojos, sus cristales,
el yeso que encala sus pareces,
sus cimientos, sus ladrillos.
Socavad el solar y sembradlo
con la sal de mis delirios.
No queda ya ni miedo….
tan solo una sonrisa.

No preciso ojos si alguien no ve,
no requiero lengua si estáis mudos,
injertaos mis músculos cansados
si es preciso,
tomad mi calor si teneis frio.
¡Que nada quede…!
Ni aún lo escrito.
No necesito… no requiero nada
Tan solo el corazón
que nunca es mío.

De «Frente a Vosotros».

                                        Inédito

 

Mas, o menos, turbación.

No lograba dormir. Mi cuerpo no parecía mi cuerpo, el familiar receptáculo de mis afanes nunca completados experimentaba cambios en una dirección sorprendente, difícil de entender y … allí nadie te daba ni la mas mínima pista. Todo era improvisación, por decir algo.

La cama oscilaba al compás del ritmo que la mano derecha imprimía al resto de mi, y, por suerte, la lujuria podía con el miedo. El somier, viejo, producía un tenue crujido que el silencio de la noche amplificaba hasta hacerlo parecer un estruendo que amenazaba con delatarme. Y eso hacía que no fuera descartable la aparición de la silueta de mi madre, recortada en el vano de la puerta, en aquel contraluz que a veces era cálido pero que, otros días, podía ser severo. Y ese riesgo convertía en aun más prohibido lo que estaba sucediendo. La “singer” y su leve ronroneo era la única señal de que todavía estaba trabajando. No era necesario parar. En la cama de al lado el memo de mi hermano, que nunca se enteraba de nada, había empezado con su impenitente resoplar. El no sabía de pecados. Probablemente por eso tenia desesperada a mi madre con sus descomunales poluciones nocturnas, que acartonaban las sábanas y, en ocasiones, llegaban a dejarlas casi inservibles. Pero siempre dormía. Y roncaba. ¡Menuda música de fondo para el placer!

Sin Lico nunca hubiera sabido de que iba aquello. Se iban al túnel de ferrocarril de la zona de Santa Eulalia, y entre rugir y rugir de trenes, organizaban concursos para ver quien conseguí enviar mas lejos el chorretón de leche que descargaban sus pililas adolescentes. Me invitaron a la galería. Fui con ellos al túnel un par de veces para no regresar. Miedo de los trenes, pero, sobre todo, pudor ante el sexo colectivo. El placer solitario es eso, solitario, y aquella colectivización onanista no iba conmigo. Culpable y ermitaño, a partes iguales. Como de costumbre.

Aquello era pecado. Los misioneros que, con sus prédicas, habían flagelado nuestros corazones y aterrorizado nuestras mentes durante los ejercicios espirituales, te lo grababan a fuego. Y obligaba a la confesión inmediata, para evitar que un accidente imprevisto acelerara nuestra muerte y, sin poder expiar la culpa, acabáramos ardiendo en el peor de los infiernos: el de la lascivia. Pero pasar por el confesionario no era la solución. A los quince años no sabes que hacer con aquella cosa ardiente y, tras misa y comunión, acababas en el primer rincón, jadeando con los ojos cerrados y la mente abriéndose a un mundo maravilloso. Cada día.

La cama había dejado de crujir. En la habitación contigua la “singer” ya no susurraba. Un suave tarareo la delataba. Había empezado a sacar hilvanes. Aún tenía que planchar y la prenda quedaría lista para su entrega. Una ojeada rápida a la habitación donde dormían sus hijos daría fin a la jornada. Ajena a mi furtivo parpadeo, pecador, aturdido y contento, transgresor y libre, más, o menos, turbado, intentaba conciliar el sueño sin delatarme.

 

“No te metas con la masturbación. Es hacer el amor con alguien a quien yo quiero.”

Alvy Singer en 
«Annie Hall»

(Alvy Singer es Woody Allen)

 

 

Frente a vosotros (Poema VIII)

¿Por qué has de huir?

No en vano en cada esquina
vas a encontrar viejos asuntos.
Haz oscilar la piedra de Sísifo
para invitarla de nuevo
a regresar a su principio.

¿Por qué tienes que huir?

Nada se logra sin valor
aunque no todo lo factible
sea necesario. La roca
nunca debe ascender acelerada.

De «Frente a Vosotros».

                                        Inédito

 

Anguren

No recuerdo ni su nombre ni su segundo apellido. Estaba en clase la primera vez que asistí al colegio, empezado el curso, cuando mi madre y mi madrina decidieron que ya había estado protegido demasiado tiempo. No supe jamás el porque de aquella decisión, pues no soy consciente de haber sido, de pequeño, ni débil ni enfermizo. Mas bien lo contrario. Pero mientras los demás iban al colegio, yo hacía vida en casa, tutelado por dos matronas sin igual, que, eso si, me enseñaron a leer y a escribir, de manera que el día que cumplía 6 años, con el curso ya iniciado, accedieron a desprenderse de mi y me depositaron en la que, hasta los 13 años, sería mi clase y con los que serían mis compañeros. Con Don Enrique. Casualidades de la vida.

Era Anguren para todo el mundo. Cabello negro retinto, frente amplia, surcada por la huella apenas esbozada de unas arrugas impropias de su edad, ceñudo, ojos color antracita, entre inseguros y recelosos, nariz romana y labios de arco redondeado. Llamaba la atención lo atezado de su piel. Y su habitual desaliño. Probablemente como síntoma de penuria, algo habitual en nuestra clase. Nuestras madres la gestionaban como Dios les daba a entender.

No recuerdo exactamente cuando se descolgó del grupo, aunque hubiera jurado que no estaba con nosotros después del segundo año. O quizás si. No podría jurarlo. Y probablemente por eso, no recordaba casi nada de él. Durante años. Podíamos recitar la lista de clase, de memoria, y él ya no estaba presente en nuestro sonsonete. Lo cierto es que fue como si se hubiera evaporado.

Hace algunos años a uno de mis hijos le diagnosticaron dislexia en un conocido hospital de la ciudad. Dudaron entre bilateralidad o dislexia, confundidos por la percepción de la psicóloga del colegio, hasta que una doctora eminente, en menos de quince minutos, sentenció. “Es dislexia”. Inapelable. Es lo que tiene ser una autoridad en la materia. Y, claro, te preocupas e intentas informarte. ¿Qué demonios es?

Poco a poco, te vas empapando de datos que dibujan una especie de mapa con síntomas y consecuencias. Y descubres que a los que padecen ese trastorno del aprendizaje, la dificultad original de la lectoescritura se convierte en un obstáculo complejo y que la decodificación de letras y palabras puede llegar a ser una tortura.

Y, creedme, en ese momento regresó Anguren. Desde entonces, retorna de vez en cuando. Le costaba leer. Era ya mi segundo curso en el colegio, y él no progresaba, antes, al contrario. Y en aquella época, en aquel barrio, en aquel colegio, en aquella clase, la letra entraba con sangre. Si no leías bien, te exponías a que, con un puntero, el profesor de turno, del que no guardo buen recuerdo, todo hay que decirlo, golpeara el racimo que formaban las yemas de tus dedos. Con violencia descarnada y con insistencia, con una precisión punitiva importante. Y cuando no progresabas, el bofetón estaba garantizado. O el “coco”, que era un golpeo seco con los nudillos contra nuestro cráneo infantil. Nudillos muchas veces armados con un anillo que simbolizaba su «matrimonio con la virgen Maria». Encantador. El coco se aplicaba como de refilón, además, que hacía mas daño.

Y en el caso de Anguren, era un continuo. Llegó a desarrollar un tic de autoprotección que se disparaba con la sola presencia a su lado del sádico maestro. Vivía sumido en un miedo pertinaz. Indefenso, no podía evitar que le llovieran los castigos. Indefenso. Porque aquel chaval, ahora estoy seguro, tenía un trastorno que, por supuesto, entonces ni se valoraba ni se llegaba a diagnosticar.

No sé que ha sido de él. No sé como lo gestionó después y como, si pudo, superó aquel problema. Me gustaría creer que la vida le dio en otros ámbitos lo que entonces le negaba. Pero donde esté, no me importaría que supiera, simplemente, que, aunque no recuerdo ni su nombre ni su segundo apellido, muchas veces pienso en él. Por lo vivido. Por la furia que todavía hoy me despiertan sus miedos.

Hojas sueltas (V)

XV.-

 

Partidas de cartas

En el centro del pequeño salón, una mesa redonda, de un indefinible color, similar a la madera, pero, como todavía ignoraba, madera barata, de hecho, una vulgar imitación. Sentados a su alrededor, y entre una nube de humo, remangados, solteros y casado, juegan interminables partidas de cartas. El mueble bar está abierto. Beben todos menos ella, que, risueña, se complace en ganar partida tras partida para desespero de aquella singular colección de varones que disimulan su leve ira con risas artificiosas. Solo el alcohol logrará relajarlos. Y de vez en cuando, una pausa. Canapés, vino, y después, coñac y licores dulces. Su marido representaba, para lograr un sobre sueldo, vinos de Montilla Moriles y, durante un breve tiempo, licores. Destilerías Hijo de Juan Morera. Crema de cacao, anís, pipermín, curaçao y un ron escarchado, con cristales de azúcar, capaces, en función del lugar desde el que se observara, de reflejar decenas de raras iridiscencias. Dulces y alcohólicas, imagino. La botella permaneció durante años, intocada, en el fondo del mueble bar que completaba, junto a la lámpara que simulaba un ancora con tulipas opacas y el tresillo tapizado en verde, la decoración del saloncito. Forrado de espejos, con un estante intermedio, de cristal traslúcido, recortado de manera que pudiera sostener copas pero que, a la vez, permitiera almacenar las botellas, acababa por iluminar, a medida que avanzaba la tarde, una parte de la escena, para dotarla de un falso aire de casino decadente.  Ella siempre ganaba y, en ocasiones, lo suficiente como para tapar algún agujero en cualquiera de los colmados de la zona. ¿Tahúr tiene femenino? Ellos sonreían, pero maldita la gracia que les hacía. Machitos irredentos, la toleraban por que no dejaba de ser la anfitriona y porque sus canapés eran imbatibles. Pero jamás hubieran reconocido que era mucho mejor jugadora que ellos.

 

Frente a vosotros (Poema XIII) – Fragmento

 

 

El poema muerto por los celos

Dos mujeres a la vez, y no estar loco… aunque en el caso de Emilio la explicación del bolero no acaba de encajar totalmente con la historia.

No era una cuestión de amores sagrados o prohibidos, aunque el tabú social estuviera allí, por supuesto. Era otro su sentir. Es cierto que una ya era la madre de sus hijos y la otra no. Pero, siendo importante, eso no era decisivo. Estaban en su vida las dos. Y la pasión que sentía por las dos, por cada una de ellas, era un narcótico mas poderoso que la propia vida, que se había apoderado de su centro, que vivía en sus entrañas, que cabalgaba su sangre hasta dejarle extenuado para hacerle revivir al instante siguiente con renovada pujanza. Estuviera con la que estuviera, quería también estar con la otra. Y la sed que provocaban cada una de ellas, no la saciaba ninguna de ellas. Eran dos mujeres a la vez…. y no estaba loco, solo era cautivo en la ardorosa cárcel que despertaban, (no era el único al que conseguían someter, pero eso es otra historia), en permanente estado de exaltación y rendido, porque no escribirlo, a su sexualidad, que alimentaba la suya con un vigor inusual. O esa decía él. 

Oír a Emilio aquel día, cuando descosió sus labios, sellados por su caballerosidad innata, y bajó la guardia, mecido por el alcohol y la música…,  y al declinar del día, y para mi sorpresa, se tornó mas locuaz de lo habitual, …… mientras se dejaba acunar por el rumor de las confidencias, ………fue singular. Pocas veces me ha sido dado oír a un hombre hablar con tanto respeto y tanta pasión sobre su relación no con una, sino con dos mujeres. Musitaba lo que, en otras circunstancias, hubiera parecido una plegaria. Lo que, probablemente, para él era una oración, pagana, procaz .. pero oración, al fin y al cabo. Infieles las dos por naturaleza, leales solo a ratos, tal y como se desprendía de su historia, las adjetivaba con devoción. Una pantera lúbrica, decía. Incapaz de sujetar su naturaleza en ningún caso. ¿Para qué? Capaz de devorar, y me estás entendiendo perfectamente, todo lo que cayera a su alcance. Sexo y solo sexo. Un misterio, añadía. Una belleza morena que escondía tesoros sin descubrir, terrenos por explorar, bajo un aire lánguido de chica moderna. Que invitaba, sin palabras, a sobrepasar todos los limites. Que hacía de su aparente indiferencia un polo magnético para todo lo prohibido. Y no sabías de cual de ellas hablaba. O si lo hacía de las dos y mezclaba recuerdos como el que agita hielo en un vaso de whisky, antes de apurar los sorbos.

Había leído por entonces, recién publicado, el libro de Antonio Colinas, “Sepulcro en Tarquinia” e impresionado por el poema central, se lanzó a la aventura de escribir algo similar. Cabe decir que, para entonces, por una u otra razón, ambas mujeres habían puesto cierta distancia con Emilio. Permanecían en su vida, pero no estaban con él. Bebían otros labios, frecuentaban otras camas, fieles a su naturaleza infiel, y mi amigo asistía, mentiría si dijera que impasible, como espectador privilegiado, a lo que todavía eran. Situacion que ellas abonaban con particular saña, pues a pesar de todo, ninguna renunciaba plenamente a él, y, para sorpresa de todos, tenían celos la una de la otra como solo algunas hembras son capaces de tener. Algo que le producía, por igual, dolor y anhelo. El atractivo glorioso de lo perdido, la esperanza de un imposible.

Remató su poema. Autocrítico por hábito, por una vez pensó que había escrito algo que podía darse a leer. Un poema digno, de ritmo pausado pero armónico, lleno de emoción, con un tono melancólico que casaba perfectamente con su propósito y con su estado de ánimo, algo doliente pero esperanzado.

Nunca nadie lo pudo leer, salvo una de ellas. Debilidad, probablemente. Solo una de ellas supo donde se guardaba el único original que Emilio tenía. Y solo ella pudo descifrar que, a lo mejor, solo a lo mejor, era la otra la real destinataria del poema.

Años mas tarde, cuando las cicatrices eran solo un tenue recuerdo, Emilio volvió sobre el poema. Para descubrir que no estaba donde debía estar. Que alguien lo había hecho desaparecer. Solo una de ellas pudo hacerlo.

Como por casualidad, he encontrado entre los papeles de Emilio un manuscrito que, sin duda, perteneció al poema. Un fragmento …. salvado de los celos.

 

……………..

Está en el dulce aroma de la tarde
tu presencia.
Tu reclinada silueta
se dibuja entre los troncos de los pinos.
Hay un rumor de gaviotas en tus manos,
un escalofrío como de arpas en tus dientes,
un bramido de mar que vaga entre tus sombras.
El algodón tembloroso de la túnica
que baña tu cintura,
que rodea tus hombros, se agita.
Prisionero del viento,
se ciñe a tu contorno.
Has llegado.
El gesto altivo,
mordiéndome en los labios,
atezada la piel,
escasa la cintura,
negros los ojos,
amor mío… toda la vida
pendiente de tus deseos,
todos lo sueños
llorando en tus pestañas.
…….

De «Frente a Vosotros».    

                                                                 Inédito

 

Como un disparo…

Suena el adiós como un disparo.
Y te veo partir.

Necesitas irte…. ya nada te retiene a mi costado,
………porque todo te hiere,
aunque las caricias se presuman dulces
y los embates estén llenos de ternura.

Te vas … es tu momento para desaparecer,
como en un fundido a negro,
sin mas razón que un “porque sí” austero y seco.

Aquella noche aciaga, llegaste enfurecida….
con una despedida, como la bala de un revolver,
amartillada en tus labios.
Y el adiós sonó como un disparo.

El rito ancestral de desunirse, sacerdotisa impura,
se apoderó de todo lo que pudimos ser.
Ya y para siempre.

Vivimos juntos horas gloriosas, memorables instantes,
mientras la noche resbalaba entre tus muslos
y mis manos se llenaban de goces infinitos.

¿Donde han quedado los radiantes días que tus ojos prometían,
donde los besos que llevaban
tan solo mi inicial entre tus labios?

¿Quien bebe el néctar de tu sexo,
quien galopa tu vientre,
quien, por demás, bebe los filtros que tu cuerpo destila,
quien naufraga en tu hechizo, sibila impúdica?

Y, noche tras noche, amanecer tras otro,
por mas que beba en el recuerdo,
que busque en el origen, que reinterprete la historia
¿donde queda el sedimento postrero
ese que da sentido al día que está por llegar,
qué traduce lo vivido?

La vida, sin ti, es un lugar inhóspito y extraño.