Frente a vosotros (Poema XX)

Tus labios son el origen
del silencio, el soplo germinal
de los oscuros pasadizos del sigilo,
secreto destino de tus verbos.

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Mas si en tu red sutil de nuevo
capturases el agridulce rumor
de aquellos pasos lentos y desnudos
………………………………….. no temas.
Apaga la luz, cierra los ojos,
abre tus vestidos y embriágate
de nuevo hasta que llegue la aurora.

De «Frente a Vosotros».

                                        Inédito

 

Hojas sueltas (IX)

XIX.-

Ayuda americana y paella con gambas.

Era una de sus señas de identidad. Irrenunciable. Siempre se vinculó a la parroquia a la que perteneciera su casa, donde quiera que estuviera. Desde sus vínculos con el Mosén de su pueblo, uno de las pocas personas realmente buenas que pudo conocer, hasta la del barrio donde vivió, en Barcelona, la mayor parte de su vida.

Activa. Capaz de encontrar, no se sabe como, un hueco para dedicar a los demás, ella que siempre iba justa de tiempo y de fuerzas. Pero eso no le impidió, todo lo contrario, ser miembro destacada del grupo de mujeres de Acción Católica. Parroquia de San Cristóbal. Creo recordar, incluso, que, en algún momento, llegó a presidir la actividad. Porque realmente se trataba de eso. Eran activistas en el amplio sentido de la palabra. Y la suya fue desbordante. Reuniones y más reuniones. Y muchas iniciativas solidarias.

Es en ese escenario en el que hace su aparición la “ayuda americana”. Mucho se ha escrito sobre esa cuestión, así que no es cosa de añadir nada. Leche en polvo y queso. Y algo de mantequilla, aunque escasa. Una leche, eso sí, que por mucho que la agitaras siempre hacía algunos grumos, un queso amarillento (antecedente directo de lo que luego descubrí como «queso de bola») cuyo aspecto no invitaba precisamente a la degustación, pero paliaba el hambre y una mantequilla que, cuando llegaba, era mejor que la habitual margarina de «varios colores» que le hacía de sustitutivo cotidiano. Como no podía ser de otra manera, la parroquia monopolizó el asunto y se acabó encargando de su control y posterior reparto. Participó asiduamente. Los lotes cuidadosamente confeccionados, con su característica bolsa, llegaban a las casas más necesitadas, semana tras semana. Y ella, con su impulso infatigable, cubría todo el barrio y sus aledaños.

Muchas familias humildes accedieron así a productos que les habían estado vetados durante años. Al margen de la calidad, que esa es otra historia. Y dentro de los destinatarios, la parroquia no se quiso olvidar de familias que vivían en chabolas, instaladas detrás del campo de deportes.

Fue un sábado, al mediodía. Inquieta porque una de esas familias, la que vivía en una de las barracas mas destartaladas, no había recogido su paquete, extrañada, decidió llevárselo. Abnegada, responsable como siempre, le robó un rato a su ya escaso tiempo y allí que fue. Cargada con el bulto, se detuvo ante el andrajo que hacia, a la vez, de puerta y de cortina. Y anunció su presencia. Una voz de hombre la invitó a entrar. Apartó la tela. Franqueó el umbral, en semi-penumbra y, sumergiéndose en el claro oscuro que creaba el rayo de sol que la colgadura había dejado pasar, descubrió, al fondo, un único espacio iluminado. Allí, alrededor de una mesa ovalada de buen tamaño, un puñado de personas se aprestaban a comer. No acabó de contarlas. Su mirada se posó en el centro de la mesa. Y allí, deslumbrante, una paellera gigante, rebosante, aparecía ornada por una legión de gambas relucientes, que se grabaron en su retina para siempre. Inolvidables gambas rojas dando vida a un bodegón irrepetible.

Eso la decidió. A su regreso logró despojarse del pudor que, hasta ese día, la había bloqueado.  Fue capaz, por fin, de pedirle al párroco que la incluyera en el reparto de la ayuda. Ni que decir tiene la sorpresa del clérigo. Y que su estupor dejó paso al asentimiento. Sin musitar palabra. Desde entonces, sus hijos supieron de las “exquisiteces” que llegaban desde Usa. No tenían gambas rojas, pero podían tomar leche de la ayuda americana. No había para paella, pero tenían queso. Y al zato de pan, le pudieron añadir algo de mantequilla. Y dejaron de irse a dormir, cosa que sucedía mas veces de las que era capaz de recordar, con el estomago vacío.

Frente a vosotros (Poema XXXIV)

 

Sé que moriré en la playa,
un día gris,
envuelto por la lluvia
y las cálidas olas de los momentos tristes.

Moriré sobre la arena, lejanos
los recuerdos, ausentes las gaviotas,
empapado de nostalgia,
mientras nace el otoño entre mis dedos.

Sé que será en la orilla,
taladrando el horizonte,
soñando con lo hermoso que sería,
tras partir, volver junto a vosotros.

Nada tengo que dejaros,
sino un adiós;
nada quisiera llevarme
que es agobio cargar con equipaje.

Sé que moriré desnudo, solo,
borracho de sal y de silencio,
persiguiendo todavía vuestras huellas
confortado por el canto del viento y sus sonrisas.

Lectora/Lector,
si has llegado hasta aquí,
ten presente
que estos poemas se escribieron para escapar del dolor.

 

De «Frente a Vosotros».

                                        Inédito

 

Frente a vosotros (Poema XXV)

Nunca cautiva te imagino,
nunca prendida, nunca esclava.
Eres la mar asomada a una ventana,
el viento gimiendo en las laderas
azotando el horizonte;
eres la libertad que no he perdido,
engarzada con sal y dudas vanas.

Nunca te tengo, siempre te sueño
o te imagino.
Eres un latigazo del pasado,
que en ti empieza,
interminable flujo de tristeza
impenetrable muro de alegría;
eres la espina y el ungüento
y el brote tierno de las hojas
temblando por tus lágrimas desnudas.

Nunca te espero, nunca vienes,
nunca es tu nombre y tu adjetivo,
femenino consorte de mis horas
pues de nunca te hicieron los instantes
y de nunca morirás
si es que tú mueres,
engalanada de lirios y diamantes.

Tu nunca existes,
pues es tu voluntad no haber nacido;
más si existieses,
entre copos de espuma y labios entreabiertos,
nunca tendrías ni tiempo ni medida.
Nunca podré contar contigo
pues ni quieres ni logro conocerte
y destierro la idea de perderte
aunque nunca sabré si soy o eres.

 

De «Frente a Vosotros».

                                        Inédito

 

El pusilánime ingenuo y sentimental

“Cuando la vida quiere ser cruel, no hay mayor crueldad que vivir”
“Todo lo peor”
César Pérez Gellida.

“Si la vida da limones, limonada hago yo.
Lo amargo es sólo un gusto que tiene otro sabor”
“La Voz” del disco “Resistencia + Iva” (2000)
del grupo
Resistencia Suburbana

 

La palabra resuena concluyente en la boca de mi terapeuta quien, como siempre, ha acertado con el calificativo. Su hablar pausado se apoya, acostumbra a hacerlo, en una gestualidad prudente. Pero su capacidad de situar el adjetivo adecuado en el momento justo tiñe su prudencia de una rotundidad inhabitual. No es su única virtud. En aquel salón reina el sosiego, se palpa la calma que, sin duda, simboliza. Rodeado, como no podría ser de otra manera, de obras completas de referencia, los diferentes puntos de lectura instalados entre las paginas de los volúmenes delatan la presencia permanente de varios libros que están siendo leídos;  tres pequeños cuadros contienen una foto de Freud, un pergamino con el dibujo de un viejo chino y un grabado que nadie, ni siquiera él, sabe lo que es, lo que, en el fondo, resulta adecuado a lo que suele suceder en aquel aposento de ventanal amplio y clima estable, diván y sillón, a elección del visitante, y en el que ejerce su capacidad de influir con un lenguaje reposado y preciso a la vez.

Llevamos muchas sesiones intentando descifrar los códigos emocionales que componen la partitura de mis días y el origen de mis cuitas. E, intuyo, algunas veces, demasiadas, le sorprende como están grabadas a fuego en mi medula determinadas conductas. Amar hasta la extenuación, que no deja de ser sinónimo de autodestrucción, y que eso te convierta en especialmente vulnerable; callar para no herir, lo que confunde siempre a los que interpretan tu silencio como debilidad; la ingenuidad que espera de los demás lo mismo o parecido a lo que sueles darles, confiando aún en la natural bondad del ser humano, lo que acaba permitiendo el abuso.

Y, sin caer en la desesperación, sería mucho decir, no acaba de comprender como no logro interiorizar sus enseñanzas. Que el amor es relativo y egoísta a la vez, que hay que dar, aunque solo sea de vez en cuando, un puñetazo en la mesa, contundente a ser posible y que la vida es dura y nadie regala nada de nada. Que una cosa es lo posible y otra lo probable. Y que mejor no bajes la guardia porque cualquiera te puede usar a su conveniencia o te va a obsequiar con una bonita traición, sin pestañear, sin perder ni un ápice la compostura fingida de la amante maravillosa, el amigo del alma o el hermano pequeño que no tenías.

Así que parafraseo un título de Le Carré (hacerlo con un maestro consumado nunca es plagio) y aquí estoy. “El pusilánime ingenuo y sentimental”. Volviendo a intentar reconstruirme para superar el enésimo episodio, la penúltima derrota, la innecesaria crueldad reciente. Sabiendo que lo que no te mata te hace mas fuerte, Nietzsche dixit, o al menos así debería ser. Y que, algunas veces, solo algunas veces, el derrotado disfruta de un aura romántica, que hace que se hable de él o se le recuerde precisamente porque perdió.

Como dijo el columnista Jan Mulder en “Brilliant Orange”, el clásico de David Winner sobre «el arte, la fuerza y la vulnerabilidad del fútbol holandés»: “Seguimos hablando de aquel maravilloso equipo que perdió, precisamente porque perdió. Si hubiese ganado, sería menos interesante, menos romántico». Por supuesto, está hablando de la Holanda de Cruyff.

¿Perder te hace más interesante? ¿No es tan romántico ganar como perder? O, simplemente es una vana aspiración pagar el precio de la derrota para conseguir que alguien se detenga a aquilatar tu capacidad para no herir, para respetar, para no golpear primero como una manera legítima de transitar por la vida y pretender que eso se acabe tornando en una loa a tus derrotas como paradigma de una manera de entender la vida. O, sencillamente, ser interesante y romántico, pusilánime, ingenuo y sentimental no es mas que una fútil vanidad. O una solemne cobardía. 

O, ¡qué demonios!, simplemente, ……. la vida es así, te da y te quita con igual saña y, cuando sale cruz, coges el limón, y haces limonada, como el cantante. Porque lo amargo, también es un sabor. Y, luego, ya veremos.

«Tras lo cual distribuí una fotocopia en la que
había escrito mis siete mandamientos:
…………..
Olvidadlo todo, pero no perdonéis nada»
«La cocinera de Himmler»
Franz-Olivier Giesbert

 

Hojas sueltas (VI)

XVI.-

Teas y amor

El manojo de teas que acaba de comprar en la carbonera del barrio, en los bajos de la que luego será la Plaza de San Cristóbal, prende fuego al carbón barato, en el fondo de la cocina económica. Ligadas aún con el cordel de esparto que da forma al puñado de astillas resinosas, contagian la llama al carbón con verdadera ferocidad.

De forja sencilla, grisácea virando al negro, con tres fuegos en los que diversos aros permiten mayor o menor intensidad de rescoldo,  la cocina económica preside humildemente la pieza y va a proveer durante muchos años, hasta que llegue la primera y socorrida estufa de butano, todo el calor que cabe en el piso. Veladas de invierno entre las estrechas paredes de una estancia que solo se transformará, muchos años después, tras la primera y “milagrosa” lluvia de dinero que, sobre 1972, logrará acumular el cabeza de familia.

Pero mientras tanto, lumbre para destilar la magia de sus pócimas gastronómicas que fascinan a la prole siempre insaciada. Candela con la que escribir un verdadero tratado de cómo barajar los ingredientes más modestos y sencillos, de como estirarlos hasta lo impensable, para llenar estómagos infantiles, que no siempre hallan consuelo en poder compartir un huevo frito o en merendar día tras día algo de pan con aceite, ora con sal, ora con azúcar; un despliegue de sabiduría y creatividad que logrará educar sus paladares para que puedan disfrutar siempre más de cualquier manjar que se lleven a la boca. Ascuas donde calentar el agua para el boto de sus escalofríos, donde hervir la malta de las mañanas y el pseudo chocolate de las tardes, donde freír, donde guisar, donde ejercer una alquimia de hechicera buena, silenciosa e inolvidable. Un puñado de teas y mucho amor.

 

 

 

 

 

 

Hojas sueltas (VII)

XVII.-

El piropo.

No consigo recordar el tipo de árbol, ¿acacias, olmos?, que sombreaba aquel paseo central, de tierra compactada, con decenas de ellos alineados a ambos lados. Bordeado por dos calzadas laterales, pavimentadas con los entonces habituales adoquines de la ciudad, absorbían el, aún, menguado tráfico de la zona, camino de fábricas y naves situadas en la zona portuaria. 

Su cruce con la calle principal, la de acceso al barrio, era un incesante hervidero humano que siempre hallaba amparo bajo sus ramas. Un río de idas y venidas, en el que se cobijaban por igual la prisa y la lentitud, mientras tejían un mosaico de contrastes vitales que amenizaba nuestra existencia. Apresurados unos, calmos otros, aquel cruce de la calle con el sencillo bulevar vivía eternamente preñado de bullicio y correrías infantiles, risas y confidencias adolescentes, amagos y complicidades juveniles, sesudas reflexiones adultas y no menos transcendentales sentencias de ancianos, en su inevitable sabiduría. 

Sacrificados, los árboles, cuando hubo que engrandecer las calzadas para dar paso a los camiones que transportaban las rocas destinadas a la construcción de los muelles de la ampliación del puerto, perdura en mi recuerdo su presencia. Demasiada vida deambulando a la sombra de su memoria. Imposible olvidar tantos momentos. 

El día era espléndido. Cogido de su mano, llegábamos de alguna de las contadas escapadas que, cómplices, solíamos hacer hasta la calle Cruz Cubierta, su Eldorado comercial, cuando el rugido del motor de un camión dejó paso al piropo del camionero. Un requiebro tosco, pero, a pesar de ello, simpático. Madre ya de cuatro hijos, la torpeza del lenguaje no impidió un leve estremecimiento. Mi mano lo detectó al instante. Eso y, de reojo, un esbozo de sonrisa. De mujer complacida, a pesar de todo. Un grito primario para recordarle que posiblemente su bella figura de antaño, inevitablemente castigada por su reciente maternidad, desprendía cierta rotundidad, guardaba un atractivo sin marchitar que, podía, todavía, despertar alguna pasión, por pasajera y ruda que fuera.

Interludio

¿Qué era lo que más le sorprendía del poeta y editor de Seix Barral?
“Creo que él, como muchos de esa generación, tenía algo muy religioso, protestaba como por un contrato no cumplido, porque la vida no tendría que ser desagradable, el dolor no tendría que existir, las cosas debían ir bien… Pero las cosas van mal, el dolor existe y la vida puede ser desagradable. La vida no está aquí para juzgarla sino para vivirla. No hay que protestar porque junto a la montaña hay un desfiladero”.

EL PAIS
22 de diciembre de 2015
De una entrevista a Salvador Paniker,
de Andrea Aguilar.

 

 

Hago un alto en la tarea que me ha absorbido durante semanas. Muchas horas trabajando en los papeles de Emilio. He corregido notas, recopilado hojas sueltas, aclarado dudas sobre tachaduras y borrones, clasificado fichas y, de la mano de todo ello, he descubierto, del amigo que conocía, facetas que ignoraba sobre la otra persona que mi amigo también era.

Está atardeciendo. La luz del crespúsculo se apodera de la habitación en la que trabajo y el penúltimo rayo de sol, antes de fundirse con el horizonte, ilumina la estancia con una calidez distinta a la de otras veces. O eso me parece a mi. Bebo pausadamente. Sorbos cortos. El licor impregna mis papilas, mientras vuelven a mi memoria plegarias de antaño. Hacia años que no lo hacía, agnóstico militante como soy. Pero luz y licor me llevan hasta ello y activan remembranzas olvidadas.

Invoco a mi amigo.

La persona que conocí. Sus ojos negros, su leve sonrisa entristecida por contratiempos y desengaños, su corpachón torpe pero tierno y su talante cordial y afectuoso. Un ser humano inseguro, sutilmente triste, que, según solía confesar, parecía mas de lo que era.

Y el personaje oculto, ese que aflora en sus escritos, que sigo ordenando con pasión, a la búsqueda de las aristas y escondrijos del Emilio que no conocía.

El atardecer ha dejado paso a la leve penumbra del ocaso, solo agrietada por la tenue luz de una lámpara de pantallas verdiazules, lo que da a la estancia un aspecto algo fantasmal. Fluyen los recuerdos. Pausadamente. Una cámara lenta desgrana secuencias que creía arrumbadas. Emilio ríe débilmente. Como arrepintiéndose de esa risa que parece que la vida no va a permitirle. Una sonrisa clandestina. Como engañando al destino. Como con miedo a desafiar a los dioses, con el temor de que se sientan celosos de su alegría y opten por punir su osadía. Sus ojos delatan miedos ancestrales, grabados a fuego en sus genes, tatuados en su piel que, a pesar de todo, no le impiden militar en el pesimismo vital del que blasonaba en alguna oportunidad. ¿Pesimista vital o, como diría Sérgio Rodrigues, positivista desilusionado?

¿Modesto o inseguro? Las dos cosas a la vez, afirmo, aunque mas lo segundo que lo primero. Tras una apariencia de persona sólida se escondían inseguridades sin cuento. Desconcertado, sin rumbo muchas veces, ¿era sensible o era débil? Lo debilitaba la sensibilidad, sin duda, atrapado en ese mundo pseudosartriano que le impedía ser feliz si no veía felices a los demás. Y eso lo convertía en alguien muy atormentado. ¡¡Creía que la vida debía ser “de otra manera”!! Y, sin embargo, en ocasiones encontraba el modo de sacar fuerzas de flaqueza y sobreponerse a situaciones que hubieran destruido a cualquiera. Acumulaba tragedias personales con la misma sorprendente serenidad, con la misma naturalidad con la que otros, por ejemplo, coleccionan pintura. ¿Miedoso o cobarde? No sabría decirlo. Sin duda tenía miedo en muchas ocasiones. Un miedo heredado, mamado para ser exactos. Fruto de su origen, de lo que se vivía en aquel pequeño piso, donde la clueca protegía a sus pollos y, sin saberlo, no lograba mas que debilitarlos. Y creció con ello. Probablemente si algo hubo de heroico en su vida fue la manera como lo combatió siempre. Aunque no siempre logró vencerlo. Pero cuando tuvo que hacerlo, la cobardía quedó en segundo plano y se atrevió.

Si hubiéramos preguntado a sus convecinos, a la gente del barrio donde se crió, hubieran hablado de un buen chaval, nacido de familia humilde pero complicada, muy hecho a su entorno mas próximo, tímido, siempre necesitado de afecto. Siempre en segundo plano, no destacaba por casi nada. Estudiante normal, con mucha memoria, eso si…no era demasiado buen deportista, no era creativo, no era hábil, no tenia cualidades de esas que, a simple vista, llaman la atención. Pero el conjunto no era desdeñable. Cuando tocaba, siempre estaba allí. Hasta el punto de que muchas veces acostumbraba a ser la solución de los problemas…. hasta que, luego, empezó a ser tan sólo el problema. Pero eso os lo cuento otro día.

Todos coleccionamos deslealtades. Ajenas y propias. Pero Emilio era un caso singular. Su catálogo de deslealtades ajenas agrupaba un selecto detalle de dolorosas experiencias. Estoy seguro de que en las páginas que faltan aflorara algo de ello. Y de las suyas. Que las hubo. Y alguna, sonada. Pero cuando fue víctima, nunca, que yo sepa, se dejó llevar por el rencor. Jamas dedicó ni tiempo ni recursos a tramar venganzas. O, mejor dicho, su rencor no fue más allá de un castigo sencillo: el o la desleal de turno salía de su vida para siempre. Y si fue sayón, encontró la manera de hacerse perdonar. O eso creo recordar.

La noche ha acabado por matar al día. He dejado de escribir. Necesito una pausa y nada mejor que un poco de música para quebrar el cristal de silencio que ha acabado por apoderarse de la estancia. He escogido a Neil. 1972 y su inmortal “Harvest”. Canciones de esas que siempre están ahí. El plato está ligeramente desequilibrado y la aguja produce un tenue ruido que no logra, en ningún caso, incomodarme y no parece perturbar al músico. Acústica y harmónica. “It keeps me searching for a heart of gold. And I’m getting old”. También yo envejezco. El paso de los días ahora ya es despiadado. Y echo de menos a mi amigo. Tengo la aventura de sus textos. Me hacen una compañía que no pudo imaginar. Y me seduce descubrir lo que está por llegar. Pero lo echo de menos. La idea me conmueve hasta la médula. Hubiéramos podido envejecer juntos.

Frente a vosotros (Poema XI)

Desnudad mi cama y haced
con ella un fuego donde puedan
calentarse los que tengan frío.
Dormid sobre mi almohada,
reventad mis cajones, airead
mis secretos y abridle
mis ventanas al vacío.
Despojadme de todo.
Quede la casa en silencio
perfumada tan solo de vosotros.
Llevaos sus cerrojos, sus cristales,
el yeso que encala sus pareces,
sus cimientos, sus ladrillos.
Socavad el solar y sembradlo
con la sal de mis delirios.
No queda ya ni miedo….
tan solo una sonrisa.

No preciso ojos si alguien no ve,
no requiero lengua si estáis mudos,
injertaos mis músculos cansados
si es preciso,
tomad mi calor si tenéis frio.
¡Que nada quede…!
Ni aún lo escrito.
No necesito… no requiero nada
Tan solo el corazón
que nunca es mío.

De «Frente a Vosotros».

                                        Inédito

 

Mas, o menos, turbación.

No lograba dormir. Mi cuerpo no parecía mi cuerpo, el familiar receptáculo de mis afanes nunca completados experimentaba cambios en una dirección sorprendente, difícil de entender y … allí nadie te daba ni la mas mínima pista. Todo era improvisación, por decir algo.

La cama oscilaba al compás del ritmo que la mano derecha imprimía al resto de mi, y, por suerte, la lujuria podía con el miedo. El somier, viejo, producía un tenue crujido que el silencio de la noche amplificaba hasta hacerlo parecer un estruendo que amenazaba con delatarme. Y eso hacía que no fuera descartable la aparición de la silueta de mi madre, recortada en el vano de la puerta, en aquel contraluz que a veces era cálido pero que, otros días, podía ser severo. Y ese riesgo convertía en aun más prohibido lo que estaba sucediendo. La “singer” y su leve ronroneo era la única señal de que todavía estaba trabajando. No era necesario parar. En la cama de al lado el memo de mi hermano, que nunca se enteraba de nada, había empezado con su impenitente resoplar. El no sabía de pecados. Probablemente por eso tenia desesperada a mi madre con sus descomunales poluciones nocturnas, que acartonaban las sábanas y, en ocasiones, llegaban a dejarlas casi inservibles. Pero siempre dormía. Y roncaba. ¡Menuda música de fondo para el placer!

Sin Lico nunca hubiera sabido de que iba aquello. Se iban al túnel de ferrocarril de la zona de Santa Eulalia, y entre rugir y rugir de trenes, organizaban concursos para ver quien conseguí enviar mas lejos el chorretón de leche que descargaban sus pililas adolescentes. Me invitaron a la galería. Fui con ellos al túnel un par de veces para no regresar. Miedo de los trenes, pero, sobre todo, pudor ante el sexo colectivo. El placer solitario es eso, solitario, y aquella colectivización onanista no iba conmigo. Culpable y ermitaño, a partes iguales. Como de costumbre.

Aquello era pecado. Los misioneros que, con sus prédicas, habían flagelado nuestros corazones y aterrorizado nuestras mentes durante los ejercicios espirituales, te lo grababan a fuego. Y obligaba a la confesión inmediata, para evitar que un accidente imprevisto acelerara nuestra muerte y, sin poder expiar la culpa, acabáramos ardiendo en el peor de los infiernos: el de la lascivia. Pero pasar por el confesionario no era la solución. A los quince años no sabes que hacer con aquella cosa ardiente y, tras misa y comunión, acababas en el primer rincón, jadeando con los ojos cerrados y la mente abriéndose a un mundo maravilloso. Cada día.

La cama había dejado de crujir. En la habitación contigua la “singer” ya no susurraba. Un suave tarareo la delataba. Había empezado a sacar hilvanes. Aún tenía que planchar y la prenda quedaría lista para su entrega. Una ojeada rápida a la habitación donde dormían sus hijos daría fin a la jornada. Ajena a mi furtivo parpadeo, pecador, aturdido y contento, transgresor y libre, más, o menos, turbado, intentaba conciliar el sueño sin delatarme.

 

“No te metas con la masturbación. Es hacer el amor con alguien a quien yo quiero.”

Alvy Singer en 
«Annie Hall»

(Alvy Singer es Woody Allen)