Ajuste de cuentas

La pistola se encabritó. Falta de práctica. Hacía más de cuarenta años que no disparaba una. Y esta era un trasto. Pero a esa distancia no podía fallar. Vi antes la cara de miedo del destinario que el impacto en su pecho. Un borbotón de sangre. Un grito ahogado. Un cuerpo que se desploma. Una venganza cumplida. No fue importante que me robara dinero. Pero su cinismo de entonces, abusando de mi confianza y riéndose en mis narices, me había llenado de amargura. Había esperado, pacientemente, mi momento.

En la lejanía, una sirena. Posiblemente de la policía.

Su prestigio no le sirvió para defenderse. Sorpresa total. La bala destrozó el arco ciliar derecho. Maldita pistola. Casi no acierto. Un gritito agudo se escapó de sus labios. Como siempre. No sabía quien era yo. Y nunca me iba a relacionar con la actriz a la que humilló. Su mezquindad achacándole el fracaso de la película era imperdonable. Daño gratuito. Daño cobarde. Rencor larvado durante años. Tema zanjado.

La sirena se iba acercando a toda velocidad.

No me esperaba. Llevábamos mas de veinte años alejados. Y a la ultima persona que pensaba encontrar era a mi. A su hermano. Seguía teniendo la misma mirada innoble, los mismos ojos desleales. Sin palabras. El cañón del arma buscó su corazón. Esta vez el tiro fue mas preciso. Ya se sabe. A la tercera…. La afrenta quedaba lavada. No se puede morder la mano que te da de comer. Cuenta saldada. Por fin.

Chirriaron las ruedas y el coche se detuvo en la puerta. Paró la sirena.

Lo que iba a suceder a partir de ese momento ya no importaba. La semana anterior me habían dado el diagnóstico: enfermedad terminal. Inesperado. Al principio me angustié, pero luego…. ¿por qué no? Ese escenario me daba la posibilidad de dar rienda suelta al rencor. Ajuste de cuentas. En mi estado, nadie decretaría mi ingreso en prisión. Y si lo hacían, ¿qué importaba? Costó un poco, pero conseguí una pistola. Y tres balas. Y la ira desapareció para siempre

Llamaron a la puerta.

Para la web de “Viaje a Caledonia”

En el año 2004, dos buenos amigos, Isabel y Miguel publicaron un libro sobre Van Morrison, “Viaje a Caledonia”, absolutamente imprescindible. Con motivo de su presentación tuvieron el detalle de pedirnos a muchas personas de Van Hispano (otro día os hablaré de ello) que relatáramos como llegamos hasta ese músico incomparable. Se puede ver en su web: www.viajeacaledonia.com

Lo que sigue es el texto que escribí para ellos y que ahora me permito insertar en mi blog:

/var/folders/21/ym3cd_t90k98w1j0kxjgp_sm0000gn/T/com.microsoft.Word/WebArchiveCopyPasteTempFiles/Enrique_Moreno.jpgFulminado no es la palabra. No caí fulminado por Van y su música. En realidad, lo que viví fue un proceso distinto. Algo así como una decantación lenta e inexorable. Como si el inevitable transcurrir del tiempo sólo llevara hasta allí.

Me crié en un barrio extremo que, en honor a la verdad, era un aparente oasis, artificial, en el centro de un entorno en el que, como escribiera Candel, “la ciudad pierde su nombre”. A mediados de los 60 todavía imperaba allí el pensamiento único, en todos los sentido, en especial en el plano político-religioso. En ese contexto, a los 13 años, la música fue un descubrimiento providencial, un asidero sin parangón para alguien que buscaba “su lugar en el mundo”, una excusa, un pretexto para arremeter contra casi todo. 

La música, en mayúsculas, cualquier tipo de música. Material de aluvión para el intento de construir un delta propio donde poder enfrentarse al resto de cuestiones que cualquier adolescente no sabe como resolver. A los 14 devoraba la música y a los 15 me convertí en un coleccionista compulsivo. Cualquier vinilo era bienvenido. Máxime si eran de los Hollies, o los Beach Boys, o los Four Tops, o los Beatles, o los Kinks, o … la lista sería interminable. Ahí aparece “Gloria”, en la versión de un grupo del barrio de al lado, que, en un descuido, se apoderan de los instrumentos de los hijos de la panadera (los únicos con poder adquisitivo para tener guitarras, bajo y batería), y nos dejan lelos con su versión de la canción de Van (en ese momento, todavía no sé quien es¡¡¡) y su posterior interpretación de “What’d I Say”. Aquello abre nuevas vías. Por las que me lanzo atropelladamente.

Desde ese momento, y hasta ahora, he mamado música, cualquier tipo de música, en cualquier circunstancia. Y ella ha sido el antídoto que he empleado para huir de la locura a la que, en muchas ocasiones, nos lleva la vida. Ya sabes¡¡. No se puede vivir impunemente. 

Y dentro de ese proceso, la decantación a la que antes me refería lleva, inexorablemente, a Van. Yo también creo, con él, en el poder sanador de la música. Poder que no todas las músicas tienen. Y a medida que creces, probablemente el único privilegio es escoger tú medicina. Tengo en las estanterías de casa montones de vinilos y cds que ahora no pondría bajo ningún concepto. Que posiblemente en su momento cumplieron su función, incluso aunque sólo fuera la de enseñarme que esa música no iba, no llevaba, a ninguna parte. Sin embargo en ese proceso, la obra de Van ha ido creciendo en importancia, para mí, de manera imparable. Siempre regreso a su obra. Siempre me aporta algo. Ahora, hasta tal punto, que quiero que esté siempre ahí.

Y dentro de su obra, soy del “Veedon Fleece”. Acepto, sin ambages, sin dar paso a la polémica, que “Astral Weeks” es superior. Y confieso que mi canción favorita de Van es “Madame George”. Reconozco que otras obras son realmente maravillosas. Y, por supuesto, hay decenas de canciones que me erizan el vello como ya lo hacen muy pocas cosas. Pero no me puedo resistir a la magia del Vellocino. Viví con él tantas cosas especiales, que no sabría, aunque quisiera, como traicionarlo. Para colmo, cada vez que oigo “Streets Of Arklow” ….. esa flauta¡¡¡ …. nada describe mejor los paisajes de la infancia que no tuve, que dejé que me arrebataran. Y llegado el momento de echar la vista atrás, sabes, esas cosas son definitivas. 

Sé que por el camino me dejo muchas cosas (creo que fue Borges el que escribió que la “memoria escoge lo que olvida”) pero por muy selectiva que sea la memoria, la presencia de la obra de Van no se difumina, ni siquiera ahora que, cuando menos aparentemente, ha empezado una decadencia a la que, nosotros, sus compulsivos admiradores, le negamos todo derecho. Todavía pienso que el peor de sus discos es mejor que el mejor de muchos otros artistas y que en el peor de sus conciertos suele haber un momento mágico por el que suspirarían muchos creadores. 

Si, añado, además esa música me ha traído, como de la nada, un puñado de personas con las que compartir todo eso … no es que la curación haya empezado, es que está a punto de llegar.