Anguren

No recuerdo ni su nombre ni su segundo apellido. Estaba en clase la primera vez que asistí al colegio, empezado el curso, cuando mi madre y mi madrina decidieron que ya había estado protegido demasiado tiempo. No supe jamás el porque de aquella decisión, pues no soy consciente de haber sido, de pequeño, ni débil ni enfermizo. Mas bien lo contrario. Pero mientras los demás iban al colegio, yo hacía vida en casa, tutelado por dos matronas sin igual, que, eso si, me enseñaron a leer y a escribir, de manera que el día que cumplía 6 años, con el curso ya iniciado, accedieron a desprenderse de mi y me depositaron en la que, hasta los 13 años, sería mi clase y con los que serían mis compañeros. Con Don Enrique. Casualidades de la vida.

Era Anguren para todo el mundo. Cabello negro retinto, frente amplia, surcada por la huella apenas esbozada de unas arrugas impropias de su edad, ceñudo, ojos color antracita, entre inseguros y recelosos, nariz romana y labios de arco redondeado. Llamaba la atención lo atezado de su piel. Y su habitual desaliño. Probablemente como síntoma de penuria, algo habitual en nuestra clase. Nuestras madres la gestionaban como Dios les daba a entender.

No recuerdo exactamente cuando se descolgó del grupo, aunque hubiera jurado que no estaba con nosotros después del segundo año. O quizás si. No podría jurarlo. Y probablemente por eso, no recordaba casi nada de él. Durante años. Podíamos recitar la lista de clase, de memoria, y él ya no estaba presente en nuestro sonsonete. Lo cierto es que fue como si se hubiera evaporado.

Hace algunos años a uno de mis hijos le diagnosticaron dislexia en un conocido hospital de la ciudad. Dudaron entre bilateralidad o dislexia, confundidos por la percepción de la psicóloga del colegio, hasta que una doctora eminente, en menos de quince minutos, sentenció. “Es dislexia”. Inapelable. Es lo que tiene ser una autoridad en la materia. Y, claro, te preocupas e intentas informarte. ¿Qué demonios es?

Poco a poco, te vas empapando de datos que dibujan una especie de mapa con síntomas y consecuencias. Y descubres que a los que padecen ese trastorno del aprendizaje, la dificultad original de la lectoescritura se convierte en un obstáculo complejo y que la decodificación de letras y palabras puede llegar a ser una tortura.

Y, creedme, en ese momento regresó Anguren. Desde entonces, retorna de vez en cuando. Le costaba leer. Era ya mi segundo curso en el colegio, y él no progresaba, antes, al contrario. Y en aquella época, en aquel barrio, en aquel colegio, en aquella clase, la letra entraba con sangre. Si no leías bien, te exponías a que, con un puntero, el profesor de turno, del que no guardo buen recuerdo, todo hay que decirlo, golpeara el racimo que formaban las yemas de tus dedos. Con violencia descarnada y con insistencia, con una precisión punitiva importante. Y cuando no progresabas, el bofetón estaba garantizado. O el “coco”, que era un golpeo seco con los nudillos contra nuestro cráneo infantil. Nudillos muchas veces armados con un anillo que simbolizaba su «matrimonio con la virgen Maria». Encantador. El coco se aplicaba como de refilón, además, que hacía mas daño.

Y en el caso de Anguren, era un continuo. Llegó a desarrollar un tic de autoprotección que se disparaba con la sola presencia a su lado del sádico maestro. Vivía sumido en un miedo pertinaz. Indefenso, no podía evitar que le llovieran los castigos. Indefenso. Porque aquel chaval, ahora estoy seguro, tenía un trastorno que, por supuesto, entonces ni se valoraba ni se llegaba a diagnosticar.

No sé que ha sido de él. No sé como lo gestionó después y como, si pudo, superó aquel problema. Me gustaría creer que la vida le dio en otros ámbitos lo que entonces le negaba. Pero donde esté, no me importaría que supiera, simplemente, que, aunque no recuerdo ni su nombre ni su segundo apellido, muchas veces pienso en él. Por lo vivido. Por la furia que todavía hoy me despiertan sus miedos.

Trenzas morenas

A simple vista, unas trenzas morenas, unas gafas sin estilo (escogidas por su madre, seguro…), y unos andares levemente desgarbados. Todavía puedo verla. Con una falda plisada de cuadros escoceses y un sencillo jersey.  “Es mona, pero le falta algo…” hubieran dicho las cotillas del barrio, en el improbable caso de que alguien les hubiera pedido opinión. “Feuchita”, dijo mi madre, la única vez que logré hablarle de ella. Como en su entorno familiar nadie destacaba por su atractivo físico, lo que dificultaba que pudiera llamar la atención, no tenía cartel…. pero … a los 13 años……tampoco se le podía pedir otra cosa. ¡Solo faltaría!

Pero para mi, su pelo siempre brillaba, sus ojos negros eran dos tizones preciosos y su manera de caminar era inigualable. Se equivocaba. Mi madre, que gozaba todavía entonces del privilegio de la infalibilidad, se equivocaba posiblemente por primera y única vez. Tenía algo. No lucía al lado de alguna de sus compañeras de curso, precoces ya a su edad y que descollaban en casi todos los aspectos. Pero, ¿misterio?, era la única que conseguía perturbarme con su sola presencia. Me daban igual el resto de las chicas y, en mi necedad, era capaz de no pestañear delante de ninguna, pero ella…… a mi ………. me gustaba mucho. Fijaos si me gustaba que, como nuestras iniciales coincidían, todo mi afán era llenar los arboles de nuestro entorno con, eso si, discretos corazones encerrando una bonita ecuación de letras al cuadrado. Siempre río cuando lo recuerdo. Bendita ingenuidad. ¡Cómo si hubiera habido la más mínima posibilidad de que se hubiera entretenido mirando las cortezas de los árboles! ¡Y como si, de haberlo hecho, hubiera entendido el mensaje! Insensato.

Nunca me hizo caso. ¿Lo veíais venir, verdad? Entonces ya había iniciado mi camino a la invisibilidad. Había mutado a transparente, al menos a los ojos de cualquiera de aquellas niñas. Vivía confortablemente instalado en aquella sensación, ingobernable, de cómo gestionas el hecho, evidente, de que, por mucho que te empeñes, no le vas a gustar a nadie. Inodoro, incoloro e … insípido. Y no exagero. Entonces, cuando os digo que no le gustaba a nadie era … a nadie. ¡Qué invisible, … era inmaterial!. No sé si cabe diagnosticar el síndrome de la “no atracción” pero estoy seguro de haberlo contraído y de haberlo padecido durante mucho tiempo. Me curé. Tardé en hacerlo, pero lo logré años después, apenas supe que todas las niñas de la clase de mi hermana más pequeña habían andado “locas por mis huesos”. O eso me dijo, …..!la muy mema¡ ¡No darme hasta entonces ni una pista! Con el bien que le hubiera hecho a mi castigada autoestima. Y con las horas de síndrome que me hubiera ahorrado.

Bueno, a lo que íbamos. Le gustaba, como no, uno de los tíos guapos de la clase. Un tío que daba rabia de tan fantástico que era. Bueno… estudiando no era gran cosa. Ahí estaba …. mi venganza. ¡Ya ves tú! ¡Menuda venganza! Seguro que el tío no dormía por las noches por culpa de eso….. El muy capullo tenía la desenvoltura que te da la certeza de ser guapo, muy guapo. Si además a tu familia le van bien las cosas y luces bonitos jerséis, pantalones a la moda y te han elegido jefe de la patrulla “scout” pues ……imagina. Todas a tus pies. A los de él, claro. Que nunca le hizo ni el más mínimo caso. Menudo idiota. Porque, por supuesto, no tenia mi visión. Donde el solo veía un pato feo yo empezaba a intuir al cisne.  Y….¿sabéis? yo tenía razón.

Años después, unos pocos años después, la única vez en mi vida que volví a verla era un bellezón de los que quitan el hipo. Y asumo el riesgo de ser vituperado por emplear esta expresión. Ahora debe ser machismo irredento. Pero aquel día, cuando la vi… todavía se podía emplear esa expresión. Las chicas muy guapas te quitaban el hipo. Y ella lo lograba. Y, claro, seguía siendo inalcanzable.

¿Qué como acabó la historia? Pues entonces y como siempre. Gestionando mi transparencia. Tratando de que el tiempo cicatrizara la herida. Sumergiéndome en mis libros y en mis discos. Leyendo como un poseso y oyendo canciones maravillosas mientras observaba atentamente como llegaba un tercero y se quedaba con la chica. Ella, por supuesto, creo que nunca supo nada. No vio ninguno de los corazones.

La historia de mi vida. Solo que esta vez, aderezada con la inocencia del primer amor.

El “gordo» Muñoz

Un grupo de los mas heterogéneo. Auténtico material de aluvión. De padres llegados desde los mas variados orígenes, muchos de ellos hijos, a su vez, de historias sorprendentes. Otro día os contaré alguna.

Todavía hoy, sin nos reuniéramos, podríamos recitar de memoria la lista de clase. La cantinela con la que se verificaba nuestra asistencia, corroborada con el inevitable “”presente”¡ Otros tiempos. Alonso, Andreo, Arizu, Bastida, Cañada, Condado….

Salvo un par o tres de excepciones (el hijo del guarda de la fábrica, el vecino de Sant Boi, …) todos vivíamos en aquel bendito barrio, un oasis justo en la frontera donde la ciudad perdía su nombre, Candel dixit. Dapena, Domínguez, Espín, Esquivel, Fernández, Fructuoso….

Un colegio diferente a todo lo que nos rodeaba y que supuso un verdadero privilegio nos reunió en un grupo realmente especial. Una generación irrepetible. Éramos de todo. Incluso cuando nos lo proponíamos, una pandilla algo canalla. Pero no éramos mala gente. Gómez, Guerrero, López, Llopart, Moreno, Muñoz…

Muñoz era gordito. Vivía en las casitas blancas. Aún me parece verlo. Jersey de un amarillo desvaído, pantalones oscuros de color indefinible. Guardo esa imagen. No sé por qué. Voluntarioso. Con unas ganas locas de agradar. Con un afán portentoso de intentar hacerlo todo bien. En clase y en el patio. Sobre todo, en el patio. Donde el saber controlar una pelota, ser capaz de dar un salto mortal o dominar potro y plinto te conferían automáticamente un aura de respeto. Noel, Pérez, Pico, Prieto, Rallo y Román.

Respeto que, a pesar de sus esfuerzos, él no lograba. Porque era gordito y eso lo hacía algo torpe. Voluntarioso pero torpe. Y en muchas ocasiones, blanco de las burlas de muchos de nosotros. Ya sabéis como funcionan los grupos de tíos solos a los 12 y a los 13 años. Sin saberlo, sin pretenderlo…. acabamos siendo auténticos precursores de lo que hoy es una lacra en muchas escuelas. Al menos con él.

No lo hemos vuelto a ver. Y escribo en plural porque las veces en que nos hemos reunidos, nadie ha sabido dar razón de él. O al menos esa es la versión que se me ha dado. Se lo ha tragado la tierra. No es al único, porque creo que de Miguelín tampoco se sabe nada, o yo no sé nada, sin que pueda en este caso intuir la razón. Pero en el caso de Muñoz no me extraña. No es posible que guarde buen recuerdo de aquella pandilla de desatinados que no debimos de tratarlo precisamente bien. 

Lo siento Muñoz. De verdad que lo siento. Estés donde estés, perdóname. Bueno, …perdónanos. 

Bocadillos de macarrones

Aprendí a ir a la compra con cuatro años. Cuando ella no llegaba, lo que sucedía a menudo, me tocaba a mi llenar la despensa. Fue mi primera aportación.

Siempre justos de recursos, la necesidad aguzaba mi ingenio. Ahora os cuento. Y, además, estaba la bondad natural de aquellas mujeres. Las dependientas. Unas cómplices maravillosas.

La cartilla del anticipo. Una forma singular que la empresa había desarrollado para conseguir que el dinero que precisaban sus empleados a cuenta del salario mensual no saliera de su circulo de control. Tenían que comprar en la Cooperativa. El anticipo tomaba forma de cartilla, una especie de racionamiento camuflado.  O no. Racionamiento puro y duro. Un kilo de azúcar, una marca en la cartilla con un cuño que aún me parece ver. Cuño y tampón. Un kilo de legumbres. Bendita María Luisa. Logró desarrollar una técnica perfecta. Podía poner una marca en la cartilla encima de otra, sin que se notara la duplicidad. Y así se multiplicaban las legumbres, sin coste alguno.  Los mejores garbanzos que he comido en la vida. Los que María Luisa nos regalaba a escondidas. La reina del doble cuño invisible.

Y luego estaba Rosa. Seca como la mojama. Pura mala leche. Nunca una respuesta amable para casi nadie. Consumida por los nervios. Parapetada tras el mostrador de acero y cristal que cerraba el arco semiabovedado donde estaba su departamento. Gobernaba con mano férrea. Sin concesiones. Comer embutido era, entonces, un lujo al alcance de pocos. Ella lo sabía y administraba la charcutería con puño de hierro. Y allí no valían los dobles cuños. Y hubo que inventar. Me colocaba en el hueco que quedaba entre la vertical del mostrador y el final de la arcada. E iniciaba el asedio. “Rosa, recortes para macarrones”. Si aguantabas su primera mirada, siempre fulminante, tenías posibilidades. Repetía mi cantinela. “Rosa, recortes para macarrones”. Maldito crío. Cabezota. Pero notabas que su resistencia iba menguando. Un par mas de intentos y, de repente, la mirada mas tierna del mundo tras aquellas gafas de cristales más que gruesos, macizos.

Y ocurría el milagro. Aquel final de una barra de mortadela, el culo de una pieza de jamón dulce, un resto de chorizo o salchichón y, algún día, el remate de una pieza de jamón serrano. Final, culo, resto, remate. Conceptos que Rosa interpretaba con generosidad. Ya me entendéis. Y el crío impertinente y cabezota se llevaba a su casa una más que generosa provisión de recortes para macarrones. A precio de recorte, claro.

Lo que viene después es fácil de adivinar.  Las habilidades de mi madre hacían el resto. Un cuchillo bien afilado y aquellos recortes, finamente laminados, daban para muchos bocadillos. Bocadillos de macarrones.

Las viñetas del perezoso

Hace ahora muchos años tuve que ir al psiquiatra. En honor a la verdad, me llevaron al psiquiatra. Un buen amigo, con el que entonces tenía (y remarco el pretérito) una relación quasi fraternal, tras un singular viaje a Padova, me llevó a rastras. Pero debía estar tan mal, que apenas opuse resistencia.

Me resultó de gran ayuda. En honor a la verdad, cambió mi vida, al menos durante diez años. Luego volví a las andadas, pero esa es otra historia.

Aunque imagino que no suele ser habitual, nos hicimos amigos. O eso creí entonces.

No sé porqué, porque nunca se lo pregunté, pero un día, cenando en mi casa, casualmente con el amigo quasi fraternal, al ofrecerles escuchar algo de música, sin vacilar, me pidió una canción determinada, esa cuya letra es un canto a la amistad. Y yo le creí. Y durante un tiempo disfruté de la amistad.

Una noche, entre bandeja y bandeja de marisco, marisco que, por supuesto, pagaba yo, me pidió que escribiera un libro. Y me propuso el tema: la historia de mi vida y el rosario de vivencias y anécdotas que le había contado durante la terapia. Terapia qué, por cierto, ya habíamos dado por finalizada. De ahí las mariscadas. Y las confidencias, claro. Al principio, lo confieso, me pareció una broma cariñosa. Ya sabes, tu terapeuta, ahora tu amigo, se esmera en que te llegue un mensaje de complicidad. Pero no pensé que fuera en serio. Al final de la segunda botella insistió. Totalmente en serio. Le dije que sí, para cambiar de tema. Siempre es incómoda una proposición tan directa sobre algo tan personal. Y, por supuesto, no volvimos a hablar del tema. O por lo menos, no recuerdo que el tema apareciera de nuevo en nuestras conversaciones que, por razones que en otro momento explicaré, ¡tampoco fueron muchas más¡

No voy a ocultaros que, sin embargo, varias veces le di vueltas al tema. E incluso traté de seguir la sugerencia de M………., pero nunca fui capaz de concretar nada. No veía libro alguno en aquellas historias, y, sinceramente, no me creía ni me creo capacitado para enhebrar una novela. Entonces, os peguntareis, ¿a qué viene esta parrafada?

Pasaron muchas mas cosas, entre ellas, como no, la ruptura de la amistad con el psiquiatra amigo. Como si estuviera poseído por un imán emocional irresistible, siguieron sucediéndome toda suerte de peripecias. Algunas, incluso, más complejas, duras, dolorosas que las anteriores. Y otras más afortunadas, ¡claro está¡. Con lo que, siguiendo las tesis del doctor, la novela debería, a esas alturas, tener más de mil folios. De manera que si entonces, hace ahora casi veinte años, no era capaz, ahora todo el material resulta inmanejable. Salvo que, como finalmente parece, prescinda de la ambición de escribir una novela y me limite a contar algunas historias aisladas, que se revelen como mas  material de aluvión, que ayuden a dar forma a ese delta literario, que, en realidad, es lo con lo único que me atrevo. Así que aquí las tenéis. Estas son las viñetas del perezoso.