Hojas sueltas (X)

XX.-

La Ramona en el dintel.

En El Port, en la calle que hoy es “de la Mare de Deu del Port”, al final de un pasaje descampado que era la prolongación de la calle Foneria (en su momento Fundición), en la esquina, estaba el colmado. «Casa Ramona». Nada que ver con la orgullosa empresa de nombre similar, cuya antigua fábrica modernista acoge hoy “Caixa Forum”. Nada que ver con los bloques que hoy almidonan la zona. Un colmado en una finca medio ruinosa.

De los de medio pelo, de los de entonces, con su barril de salazones en la puerta, sus sacos de legumbres abiertos y sus cestos de frutas, a la intemperie, ofreciendo su contenido a insectos y transeúntes. ¡Reclamo comercial donde los haya!. Por puesto, la obligada cortina de tiras de plástico, para las moscas. Dentro anaqueles polvorientos y botellas de licores antiguos. Pirámides de latas en precario equilibrio. Y el mostrador de imitación mármol. Decoración para aquel barrio marginal. Un lujo.

Y la Ramona, claro. Una matrona de voz tonante, como de vikingo, lengua viperina, mirada fiera, y carnes abundantes; hasta el punto de que sus formas bajo el mandil carecían de sutileza alguna. Aunque a ella eso le daba lo mismo. Estoy seguro.

Para mi madre, un lugar al que peregrinar, sobre todo cuando el mes, cualquier mes, estuviera por acabar. Cuando había agotado todas las posibilidades de hacerse, en la Cooperativa, con las cuatro vituallas indispensables para sus cachorros. Mientras su marido, ¡qué no falte de nada!, manejaba a su capricho los menguados recursos que generaba. Un ejercicio de egoísmo aún hoy incomprensible. Difícil de adjetivar. Del que la Ramona no tenía culpa alguna. ¡Qué conste!

Porque la Ramona, esa era la clave, vendía a crédito. Alguna libra de legumbre o algunos quilos de patatas. Algo de bacalao. Alguna lechuga. Sin más. Sin lujos ni excesos de clase alguna. Simplemente, algo de entrante y algo para echar a la cazuela. Pizcas que mitigaran la espera de cada final de mes, hasta que apareciera, si es que aparecía, algo de dinero en casa. Un fin de mes eterno. Como todos los finales de mes.

Eso sí. La Ramona era implacable con los morosos. ¿Cuantas veces acabé por verla recortada en el dintel de nuestra modesta vivienda, recriminando el retraso en el pago pactado, sin miramientos, sin cuidado alguno a que los vecinos oyeran la conversación, …….. mejor dicho, …… sus gritos y supieran de nuestros eternos apuros económicos?

Y, entonces, el esfuerzo para saldar la deuda.

Solo para poder retomar el ciclo. Compra al fiado, demora en el pago, la Ramona en el dintel, los gritos, el pago en el último momento y volvamos a empezar.

Bendito colmado. Bendita Ramona, gritos y bochorno vecinal incluidos.

 

 

Hojas sueltas (VIII)

 

XVIII.-

Calle Casanova (Primera parte).

Si alguien la quiso de verdad fue Lolita. Si alguien le brindó una amistad sincera, fue aquella mujer menuda, enjuta, de fuerte carácter, permanentemente vestida de oscuro.  O, …………quizás el tiempo ha idealizado ese recuerdo. Esposa de un taxista granadino, pequeña, de cabello ensortijado, de voz recia, fumadora empedernida y madre de tres hijos realmente singulares. Desde una monjita encantadora, aunque de vocación lenta, llamada, eso si, a ser madre superiora, hasta una campeona de bolos pasando por un bala perdida. Se conocieron en el grupo de la parroquia de Pompeya. Nunca supimos como prendió la amistad. Pero lo fue. Firme. Sincera. Y aunque la distancia física en aquella Barcelona era importante y no facilitaba el trato, y a pesar de que tardó años en tener teléfono en el piso de la Viviendas de la SEAT, se las ingenió para seguirla viendo hasta que un cáncer tributario de su adicción (pues eso y no otra cosa era lo que delataba su perenne cigarrillo entre los dedos permanentemente tintados de nicotina) acabó con su vida. Siguió, tras la muerte de la madre, viendo a las hijas, en especial a la primera, sobre todo antes de que decidiera asumir aquella vocación de floración tardía. Asociado a ese recuerdo, un piso en la calle Casanova, que al niño le parece inmenso, y más si se compara con el que ellos habitan.

Mañana luminosa. Desde una de las tribunas que sobresale ligeramente de la fachada, por el costurón que abre la calle en la Diagonal, al atravesarla, desfila el ejército de Franco. Vehículos militares de los distintos cuarteles que custodian la ciudad. Soldados y mas soldados, con diferentes uniformes, que consiguen el inconsciente entusiasmo del niño y el de alguno de sus hermanos que, en la tribunita, pugnan por sacar partido de su escasa estatura para ganar la primera fila.

Más tarde, cuando ya se han desvanecido los acordes de la música militar, y mientras los mayores conversan, otros muy diferentes llenan la habitación. En un tocadiscos, un Werner de maleta de aquellos con el altavoz en la tapa, suena un single con una canción de la banda sonora de Peter Pan. “Por qué decimos Au” aúllan los indios. No ha visto la película, el cine era todavía un lujo, y no la verá hasta años después, cuando vaya con sus hijas al cine Atlántico. Pero le gusta tanto el estribillo que reclama una y otra vez su repetición. Hasta tal punto insiste que, aun ahora, no logra recordar siquiera cual era la canción que había en la cara “b”. De hecho, casi juraría que no la oyó jamás.

Y, recuerdo entre los recuerdos, un circo de juguete al que no le falta detalle y del que, sospecha, nace su afición incondicional al circo real. Un circo que es un sueño para el niño, deslumbrado por tanto juguete como hay en aquella casa. Un circo al que realmente no le falta detalle. Y cuyo recuerdo está muy vivo. Todavía puede verlo. Gradas redondeadas alrededor de la pista, rojas y amarillas. Negras rejas para montar, sin posibilidad de fuga, la jaula donde varios domadores actuarán con las fieras: elefantes, leones y tigres. Y seis caballos blancos con su grácil domadora ecuestre. Un trapecio real, con dos fornidos trapecistas y una ninfa de cabello claro que vuela, dependiente de ellos, ellos pendientes de ella, sobre una red de verdad. Equilibristas, acróbatas, malabaristas de habilidades imposibles. Y un forzudo. Y un exótico y sorprendente faquir, con su cesta y su cobra. Y un mago, por supuesto. Y payasos, claro, payasos plásticos, mudos pero que despiertan en su imaginación decenas de carcajadas. Ratos de alborozo.

Vuela el tiempo y es ella la que lo saca de su ensimismamiento. Probablemente lleva un rato observándolo jugar, sumergido en un mundo onírico, soñando con circos imposibles, viajando por todo el mundo sin moverse de la seguridad que propicia la proximidad de los mayores en la cocina cercana; acaban de prepararle una rebanada colmada de cabello de ángel, otro de los secretos atractivos de aquel piso mágico. Una mermelada inalcanzable que solo tenía ocasión de saborear allí. Un verdadero deleite para su paladar infantil. Un sabor que se instalará para siempre entre sus debilidades. Sabor a calle Casanova

 

Breve estrambote en prosa:
Nada hacía sospechar que esa calle volvería, tiempo después, a su vida.
Continuará….

Las fichas (V)

XXIII.-

Ficha D

La familia de mi padre (I)

Segunda parte

Y aquí estamos.

En la capital del reino, en el Madrid de la preguerra civil. El abogado Plo, mi abuelo paterno, campa a sus anchas. Mas de metro noventa de semental desatado. Su principal dedicación, al parecer, es embarazar a las criadas de la casa y su padre, aun un hombre bien relacionado, le arregla los desaguisados. Bueno, le arregla los dos primeros porque a la tercera, el ultimátum es tajante.

¡“Con esta te casas”!

Pobre María. Una muchacha sencilla, de origen murciano, deslumbrada (o vete a saber tu qué en aquella época), que acaba pariendo cuatro hijos para el letrado. Una mujer melancólica, a la que aquel matrimonio sojuzgó, como era de ley, pero además doblemente. Por mujer y por ser de origen sencillo, frente a las avasalladoras pretensiones del licenciado. Sin valedores, con una familia muy singular, de las que merecen capítulo aparte, quedó en las garras del predador, sin posibilidad de rescate.

Nunca conocí a mi abuelo. Porque no sobrevivió a sus excesos y murió antes del estallido de la guerra civil. Solo recuerdo una fotografía, en blanco y negro, de 6×4 cm, de un señor realmente alto para su época, que luce aún mas talludo por que a su lado aparece una mujer, que no es la abuela María, que le llega a la altura del hombro. Viste una especie de trinchera de color claro, que ondea por efecto de su propio caminar, y lleva un sombrero tipo fedora. Pantalones negros, zapatones del mismo color y corbata indefinible sobre camisa blanca. El sobretodo no deja ver la chaqueta, que solo se adivina. Luce espléndido. Una mezcla de dandi barato y cabrón seductor. De los que daban el pego.

Y nada más. Porque el resto, es leyenda. Que si era un abogado brillante, que manejaba recursos económicos importantes, aunque no suficientes para su tren de vida, (algo, por demás, muy habitual en los letrados), que si le ganó, allá por los albores de 1932, dos pleitos seguidos a Ángel Ossorio y Gallardo, a la sazón Decano del Colegio de Abogados de Madrid, lo que no tendría mayor trascendencia si no fuera porque mi abuelo defendió una tesis en el primero de los litigios y la contraria en el segundo, que si el “Papa de la Juricidad” le había escrito una carta en la que, ademas de felicitarle lealmente, le pedía que no blasonara de sus triunfos, para evitar el desconcierto de los ciudadanos, que difícilmente podrían entender semejante dislate, que esos éxitos le permitían “atar los perros con longaniza”, que si lo suyo era un “no parar” de vida disoluta, de excesos de todo tipo, siempre fiado a sus envidiables capacidades profesionales y a su poderío físico, que …… lo dicho. Leyendas. Con alguna sorpresa que el tiempo acabará por desvelar.

El único dato contrastado es su final. Murió en 1935. Carcomido por la sífilis. Retorciéndose de dolor en una cama, abandonado por su pasado esplendor, reducido a un amasijo de músculos podridos, medio cegato, casi sordo, y con daños cerebrales severos, que convirtieron sus últimos días en un calvario, en una penitencia, en una condena en vida, como si el destino quisiera cobrarse, antes de su marcha, una parte del mal que su egoísmo narcisista había causado a su alrededor.

Dejó viuda y cuatro hijos. Y su muerte causó la ruina definitiva de los Plo. Aunque esa es otra historia, con muchas aristas, porque su desaparición permitió la entrada en escena de otro personaje memorable, el abuelo Wilfrido, del que hablamos otro día. Permanezcan atentos a la pantalla.

Hojas sueltas (IX)

XIX.-

Ayuda americana y paella con gambas.

Era una de sus señas de identidad. Irrenunciable. Siempre se vinculó a la parroquia a la que perteneciera su casa, donde quiera que estuviera. Desde sus vínculos con el Mosén de su pueblo, uno de las pocas personas realmente buenas que pudo conocer, hasta la del barrio donde vivió, en Barcelona, la mayor parte de su vida.

Activa. Capaz de encontrar, no se sabe como, un hueco para dedicar a los demás, ella que siempre iba justa de tiempo y de fuerzas. Pero eso no le impidió, todo lo contrario, ser miembro destacada del grupo de mujeres de Acción Católica. Parroquia de San Cristóbal. Creo recordar, incluso, que, en algún momento, llegó a presidir la actividad. Porque realmente se trataba de eso. Eran activistas en el amplio sentido de la palabra. Y la suya fue desbordante. Reuniones y más reuniones. Y muchas iniciativas solidarias.

Es en ese escenario en el que hace su aparición la “ayuda americana”. Mucho se ha escrito sobre esa cuestión, así que no es cosa de añadir nada. Leche en polvo y queso. Y algo de mantequilla, aunque escasa. Una leche, eso sí, que por mucho que la agitaras siempre hacía algunos grumos, un queso amarillento (antecedente directo de lo que luego descubrí como «queso de bola») cuyo aspecto no invitaba precisamente a la degustación, pero paliaba el hambre y una mantequilla que, cuando llegaba, era mejor que la habitual margarina de «varios colores» que le hacía de sustitutivo cotidiano. Como no podía ser de otra manera, la parroquia monopolizó el asunto y se acabó encargando de su control y posterior reparto. Participó asiduamente. Los lotes cuidadosamente confeccionados, con su característica bolsa, llegaban a las casas más necesitadas, semana tras semana. Y ella, con su impulso infatigable, cubría todo el barrio y sus aledaños.

Muchas familias humildes accedieron así a productos que les habían estado vetados durante años. Al margen de la calidad, que esa es otra historia. Y dentro de los destinatarios, la parroquia no se quiso olvidar de familias que vivían en chabolas, instaladas detrás del campo de deportes.

Fue un sábado, al mediodía. Inquieta porque una de esas familias, la que vivía en una de las barracas mas destartaladas, no había recogido su paquete, extrañada, decidió llevárselo. Abnegada, responsable como siempre, le robó un rato a su ya escaso tiempo y allí que fue. Cargada con el bulto, se detuvo ante el andrajo que hacia, a la vez, de puerta y de cortina. Y anunció su presencia. Una voz de hombre la invitó a entrar. Apartó la tela. Franqueó el umbral, en semi-penumbra y, sumergiéndose en el claro oscuro que creaba el rayo de sol que la colgadura había dejado pasar, descubrió, al fondo, un único espacio iluminado. Allí, alrededor de una mesa ovalada de buen tamaño, un puñado de personas se aprestaban a comer. No acabó de contarlas. Su mirada se posó en el centro de la mesa. Y allí, deslumbrante, una paellera gigante, rebosante, aparecía ornada por una legión de gambas relucientes, que se grabaron en su retina para siempre. Inolvidables gambas rojas dando vida a un bodegón irrepetible.

Eso la decidió. A su regreso logró despojarse del pudor que, hasta ese día, la había bloqueado.  Fue capaz, por fin, de pedirle al párroco que la incluyera en el reparto de la ayuda. Ni que decir tiene la sorpresa del clérigo. Y que su estupor dejó paso al asentimiento. Sin musitar palabra. Desde entonces, sus hijos supieron de las “exquisiteces” que llegaban desde Usa. No tenían gambas rojas, pero podían tomar leche de la ayuda americana. No había para paella, pero tenían queso. Y al zato de pan, le pudieron añadir algo de mantequilla. Y dejaron de irse a dormir, cosa que sucedía mas veces de las que era capaz de recordar, con el estomago vacío.

Hojas sueltas (VI)

XVI.-

Teas y amor

El manojo de teas que acaba de comprar en la carbonera del barrio, en los bajos de la que luego será la Plaza de San Cristóbal, prende fuego al carbón barato, en el fondo de la cocina económica. Ligadas aún con el cordel de esparto que da forma al puñado de astillas resinosas, contagian la llama al carbón con verdadera ferocidad.

De forja sencilla, grisácea virando al negro, con tres fuegos en los que diversos aros permiten mayor o menor intensidad de rescoldo,  la cocina económica preside humildemente la pieza y va a proveer durante muchos años, hasta que llegue la primera y socorrida estufa de butano, todo el calor que cabe en el piso. Veladas de invierno entre las estrechas paredes de una estancia que solo se transformará, muchos años después, tras la primera y “milagrosa” lluvia de dinero que, sobre 1972, logrará acumular el cabeza de familia.

Pero mientras tanto, lumbre para destilar la magia de sus pócimas gastronómicas que fascinan a la prole siempre insaciada. Candela con la que escribir un verdadero tratado de cómo barajar los ingredientes más modestos y sencillos, de como estirarlos hasta lo impensable, para llenar estómagos infantiles, que no siempre hallan consuelo en poder compartir un huevo frito o en merendar día tras día algo de pan con aceite, ora con sal, ora con azúcar; un despliegue de sabiduría y creatividad que logrará educar sus paladares para que puedan disfrutar siempre más de cualquier manjar que se lleven a la boca. Ascuas donde calentar el agua para el boto de sus escalofríos, donde hervir la malta de las mañanas y el pseudo chocolate de las tardes, donde freír, donde guisar, donde ejercer una alquimia de hechicera buena, silenciosa e inolvidable. Un puñado de teas y mucho amor.

 

 

 

 

 

 

Hojas sueltas (VII)

XVII.-

El piropo.

No consigo recordar el tipo de árbol, ¿acacias, olmos?, que sombreaba aquel paseo central, de tierra compactada, con decenas de ellos alineados a ambos lados. Bordeado por dos calzadas laterales, pavimentadas con los entonces habituales adoquines de la ciudad, absorbían el, aún, menguado tráfico de la zona, camino de fábricas y naves situadas en la zona portuaria. 

Su cruce con la calle principal, la de acceso al barrio, era un incesante hervidero humano que siempre hallaba amparo bajo sus ramas. Un río de idas y venidas, en el que se cobijaban por igual la prisa y la lentitud, mientras tejían un mosaico de contrastes vitales que amenizaba nuestra existencia. Apresurados unos, calmos otros, aquel cruce de la calle con el sencillo bulevar vivía eternamente preñado de bullicio y correrías infantiles, risas y confidencias adolescentes, amagos y complicidades juveniles, sesudas reflexiones adultas y no menos transcendentales sentencias de ancianos, en su inevitable sabiduría. 

Sacrificados, los árboles, cuando hubo que engrandecer las calzadas para dar paso a los camiones que transportaban las rocas destinadas a la construcción de los muelles de la ampliación del puerto, perdura en mi recuerdo su presencia. Demasiada vida deambulando a la sombra de su memoria. Imposible olvidar tantos momentos. 

El día era espléndido. Cogido de su mano, llegábamos de alguna de las contadas escapadas que, cómplices, solíamos hacer hasta la calle Cruz Cubierta, su Eldorado comercial, cuando el rugido del motor de un camión dejó paso al piropo del camionero. Un requiebro tosco, pero, a pesar de ello, simpático. Madre ya de cuatro hijos, la torpeza del lenguaje no impidió un leve estremecimiento. Mi mano lo detectó al instante. Eso y, de reojo, un esbozo de sonrisa. De mujer complacida, a pesar de todo. Un grito primario para recordarle que posiblemente su bella figura de antaño, inevitablemente castigada por su reciente maternidad, desprendía cierta rotundidad, guardaba un atractivo sin marchitar que, podía, todavía, despertar alguna pasión, por pasajera y ruda que fuera.

Interludio

¿Qué era lo que más le sorprendía del poeta y editor de Seix Barral?
“Creo que él, como muchos de esa generación, tenía algo muy religioso, protestaba como por un contrato no cumplido, porque la vida no tendría que ser desagradable, el dolor no tendría que existir, las cosas debían ir bien… Pero las cosas van mal, el dolor existe y la vida puede ser desagradable. La vida no está aquí para juzgarla sino para vivirla. No hay que protestar porque junto a la montaña hay un desfiladero”.

EL PAIS
22 de diciembre de 2015
De una entrevista a Salvador Paniker,
de Andrea Aguilar.

 

 

Hago un alto en la tarea que me ha absorbido durante semanas. Muchas horas trabajando en los papeles de Emilio. He corregido notas, recopilado hojas sueltas, aclarado dudas sobre tachaduras y borrones, clasificado fichas y, de la mano de todo ello, he descubierto, del amigo que conocía, facetas que ignoraba sobre la otra persona que mi amigo también era.

Está atardeciendo. La luz del crespúsculo se apodera de la habitación en la que trabajo y el penúltimo rayo de sol, antes de fundirse con el horizonte, ilumina la estancia con una calidez distinta a la de otras veces. O eso me parece a mi. Bebo pausadamente. Sorbos cortos. El licor impregna mis papilas, mientras vuelven a mi memoria plegarias de antaño. Hacia años que no lo hacía, agnóstico militante como soy. Pero luz y licor me llevan hasta ello y activan remembranzas olvidadas.

Invoco a mi amigo.

La persona que conocí. Sus ojos negros, su leve sonrisa entristecida por contratiempos y desengaños, su corpachón torpe pero tierno y su talante cordial y afectuoso. Un ser humano inseguro, sutilmente triste, que, según solía confesar, parecía mas de lo que era.

Y el personaje oculto, ese que aflora en sus escritos, que sigo ordenando con pasión, a la búsqueda de las aristas y escondrijos del Emilio que no conocía.

El atardecer ha dejado paso a la leve penumbra del ocaso, solo agrietada por la tenue luz de una lámpara de pantallas verdiazules, lo que da a la estancia un aspecto algo fantasmal. Fluyen los recuerdos. Pausadamente. Una cámara lenta desgrana secuencias que creía arrumbadas. Emilio ríe débilmente. Como arrepintiéndose de esa risa que parece que la vida no va a permitirle. Una sonrisa clandestina. Como engañando al destino. Como con miedo a desafiar a los dioses, con el temor de que se sientan celosos de su alegría y opten por punir su osadía. Sus ojos delatan miedos ancestrales, grabados a fuego en sus genes, tatuados en su piel que, a pesar de todo, no le impiden militar en el pesimismo vital del que blasonaba en alguna oportunidad. ¿Pesimista vital o, como diría Sérgio Rodrigues, positivista desilusionado?

¿Modesto o inseguro? Las dos cosas a la vez, afirmo, aunque mas lo segundo que lo primero. Tras una apariencia de persona sólida se escondían inseguridades sin cuento. Desconcertado, sin rumbo muchas veces, ¿era sensible o era débil? Lo debilitaba la sensibilidad, sin duda, atrapado en ese mundo pseudosartriano que le impedía ser feliz si no veía felices a los demás. Y eso lo convertía en alguien muy atormentado. ¡¡Creía que la vida debía ser “de otra manera”!! Y, sin embargo, en ocasiones encontraba el modo de sacar fuerzas de flaqueza y sobreponerse a situaciones que hubieran destruido a cualquiera. Acumulaba tragedias personales con la misma sorprendente serenidad, con la misma naturalidad con la que otros, por ejemplo, coleccionan pintura. ¿Miedoso o cobarde? No sabría decirlo. Sin duda tenía miedo en muchas ocasiones. Un miedo heredado, mamado para ser exactos. Fruto de su origen, de lo que se vivía en aquel pequeño piso, donde la clueca protegía a sus pollos y, sin saberlo, no lograba mas que debilitarlos. Y creció con ello. Probablemente si algo hubo de heroico en su vida fue la manera como lo combatió siempre. Aunque no siempre logró vencerlo. Pero cuando tuvo que hacerlo, la cobardía quedó en segundo plano y se atrevió.

Si hubiéramos preguntado a sus convecinos, a la gente del barrio donde se crió, hubieran hablado de un buen chaval, nacido de familia humilde pero complicada, muy hecho a su entorno mas próximo, tímido, siempre necesitado de afecto. Siempre en segundo plano, no destacaba por casi nada. Estudiante normal, con mucha memoria, eso si…no era demasiado buen deportista, no era creativo, no era hábil, no tenia cualidades de esas que, a simple vista, llaman la atención. Pero el conjunto no era desdeñable. Cuando tocaba, siempre estaba allí. Hasta el punto de que muchas veces acostumbraba a ser la solución de los problemas…. hasta que, luego, empezó a ser tan sólo el problema. Pero eso os lo cuento otro día.

Todos coleccionamos deslealtades. Ajenas y propias. Pero Emilio era un caso singular. Su catálogo de deslealtades ajenas agrupaba un selecto detalle de dolorosas experiencias. Estoy seguro de que en las páginas que faltan aflorara algo de ello. Y de las suyas. Que las hubo. Y alguna, sonada. Pero cuando fue víctima, nunca, que yo sepa, se dejó llevar por el rencor. Jamas dedicó ni tiempo ni recursos a tramar venganzas. O, mejor dicho, su rencor no fue más allá de un castigo sencillo: el o la desleal de turno salía de su vida para siempre. Y si fue sayón, encontró la manera de hacerse perdonar. O eso creo recordar.

La noche ha acabado por matar al día. He dejado de escribir. Necesito una pausa y nada mejor que un poco de música para quebrar el cristal de silencio que ha acabado por apoderarse de la estancia. He escogido a Neil. 1972 y su inmortal “Harvest”. Canciones de esas que siempre están ahí. El plato está ligeramente desequilibrado y la aguja produce un tenue ruido que no logra, en ningún caso, incomodarme y no parece perturbar al músico. Acústica y harmónica. “It keeps me searching for a heart of gold. And I’m getting old”. También yo envejezco. El paso de los días ahora ya es despiadado. Y echo de menos a mi amigo. Tengo la aventura de sus textos. Me hacen una compañía que no pudo imaginar. Y me seduce descubrir lo que está por llegar. Pero lo echo de menos. La idea me conmueve hasta la médula. Hubiéramos podido envejecer juntos.

Hojas sueltas (V)

XV.-

 

Partidas de cartas

En el centro del pequeño salón, una mesa redonda, de un indefinible color, similar a la madera, pero, como todavía ignoraba, madera barata, de hecho, una vulgar imitación. Sentados a su alrededor, y entre una nube de humo, remangados, solteros y casado, juegan interminables partidas de cartas. El mueble bar está abierto. Beben todos menos ella, que, risueña, se complace en ganar partida tras partida para desespero de aquella singular colección de varones que disimulan su leve ira con risas artificiosas. Solo el alcohol logrará relajarlos. Y de vez en cuando, una pausa. Canapés, vino, y después, coñac y licores dulces. Su marido representaba, para lograr un sobre sueldo, vinos de Montilla Moriles y, durante un breve tiempo, licores. Destilerías Hijo de Juan Morera. Crema de cacao, anís, pipermín, curaçao y un ron escarchado, con cristales de azúcar, capaces, en función del lugar desde el que se observara, de reflejar decenas de raras iridiscencias. Dulces y alcohólicas, imagino. La botella permaneció durante años, intocada, en el fondo del mueble bar que completaba, junto a la lámpara que simulaba un ancora con tulipas opacas y el tresillo tapizado en verde, la decoración del saloncito. Forrado de espejos, con un estante intermedio, de cristal traslúcido, recortado de manera que pudiera sostener copas pero que, a la vez, permitiera almacenar las botellas, acababa por iluminar, a medida que avanzaba la tarde, una parte de la escena, para dotarla de un falso aire de casino decadente.  Ella siempre ganaba y, en ocasiones, lo suficiente como para tapar algún agujero en cualquiera de los colmados de la zona. ¿Tahúr tiene femenino? Ellos sonreían, pero maldita la gracia que les hacía. Machitos irredentos, la toleraban por que no dejaba de ser la anfitriona y porque sus canapés eran imbatibles. Pero jamás hubieran reconocido que era mucho mejor jugadora que ellos.

 

Las fichas (IV)

XIV.-

Ficha D

La familia de mi padre (I)

Introducción

Creo que no hay demasiadas personas que se apelliden Plo. No llegan al centenar si nos ceñimos a la rama peninsular. La rama francesa es eso, otra rama. A esa la vamos a dejar al margen. Espero que no me lo tengan en cuenta. Incluso puede que me lo acaben agradeciendo.

Como suele suceder habitualmente en eso de la genealogía, no parece que haya unanimidad. Que si tienen su origen en un pueblo de Teruel por deformación de su nombre, que si en realidad surgieron en Álava. Incluso puede que hubiera una rama en Jaén. Y polémicas sobre si son o no son fruto de un linaje común. A saber. La verdad es que, lo parezca o no, me da lo mismo. Y no voy a dedicarle tiempo a averiguar cual es el tronco del que brota la estirpe.

Ya ves tú. Para acabar descubriendo cosas como que Juan Plo nació en Úbeda, Andalucía, España, en 1583, y murió en la ciudad de Santiago, Chile en 1643. Y que se casó en 1617, en México, con Juana Pérez del Águila, hija natural del Capitán Melchor Jofré Pérez del Águila y de Isabel de Quijano. O, imaginemos, la familia de Juan Plo había merecido del Emperador Carlos I por privilegio dado en Valladolid el 25 de Julio de 1548 armas, que, dada la prebenda, tendrían una descripción de los mas señorial. …….. “escudo cortado por una franja dorada, primero de gules, con un arco de piedra sobre ondas de agua de azur y plata y superado de dos haces de diez venablos cada uno con las varas de oro y los hierros de plata, atados y colocados uno a cada lado y segundo de sinople, un templo azteca al natural acostado de otros dos haces de flechas como los anteriores con bordura de sable y tenantes dos tigres”. Lo dicho. A saber. Dedicas un montón de días a investigar y descubres todo esto y …… ¿qué? Igual suena bien pero no lleva a ninguna parte. Con permiso de los estudiosos del blasón. Así que me lo ahorro. Me lo ahorro todo. Genealogía y heráldica. Ambas cosas me la traen al pairo. Por si no ha quedado claro. Como si, al final, fueron con Colón en su cuarto viaje o estuvieron con los tercios en Pavía. Que más da.

Aceptemos que eran linaje y estirpe de lo mas noble. Eso si. En su origen, claro. Luego parece evidente que degeneraron con los siglos. Porque, hasta donde llega mi memoria y las «leyendas» que me han contado, que no van mas allá de 1920, y salvo un par de excepciones, los Plo eran, simplemente, una pandilla de cabrones. Ellos y muchos de los que les rodeaban.

Primera parte

Escojamos una referencia para hilvanar la historia. Imaginemos, por imaginar, que son la rama de Jaén. Simple intuición. ¡Qué rama más mala!, cantaría Gato Pérez. Y eso que a mi los de Jaén no me han hecho nada. Nada de nada. Pero de algún sitio tienen que haber salido.

Así que …. pongamos que salieron de Jaén. De Baeza, sin ir mas lejos. De familia aun con posibles. Cortijo. Alguna hectárea de olivo, algún secarral sembrado de cereal, media docena de lomas con un poco de caza. Y perros, esmirriados por supuesto, pero rápidos como centellas. ¡El hambre es lo que tiene! Casa de dos plantas, caballerizas, con algún ejemplar notable en sus cuadras y habitaciones sencillas para los peones. Un corral anexo con aves.

Y allí, asentado en sus reales, el bisabuelo, ……. un pelaje. Licenciado en derecho, sin ejercicio conocido. Prototipo, esculpido en bronce, del macho ibérico mas rancio, aparente prohombre de la villa donde tenían cortijo y arraigo, era, en realidad un putero impenitente, un jugador compulsivo y un tirano despiadado. Dos veces arruinado, pudo renacer de sus cenizas materiales mediante artes nunca explicadas. A caballo entre la estafa y el robo, imagino, logró no perder el cortijo, o, mejor dicho, recuperarlo. Debió ser lo único que no se dejó definitivamente en el tapete.

La bisabuela era, como casi todas las mujeres de su época, invisible. Nadie ha hablado jamás de ella. Al menos en mi presencia. A pesar de mi capacidad indagatoria, ni rastro de su paso por la vida. Ni una triste foto, ni una palabra en su recuerdo, ni una mínima evocación, solo silencio. Inicios del siglo XX. Parir, callar y volver a parir.

Tres hijos varones; sin vestigio, por supuesto, de hijas, si las hubo. Nunca nadie habló de esa descendencia.

El hijo mayor, licenciado en derecho, como el padre. Los otros dos hijos, militares. Uno africanista, el otro, comandante de ingenieros, muerto en un pequeño pueblo de Jaén; inicios de la guerra civil. A manos de milicianos. Recuerdo algún susurro, reverenciando su nombre, mezcla de dolor y culto.

Mi padre nació del vástago letrado. Y los Plo aparecen, como por ensalmo, en Madrid. No sin dejar, para sorpresa de sus legitimarios, una calle a nombre del bisabuelo en el pueblo jienense. A saber, por que…. nunca he estado allí, pero siempre hay algún amigo generoso que te manda la foto de la placa de la calle de tu bisabuelo para confirmarte el dato. ¿Qué merecimiento justificó en su día la decisión municipal? Ni idea. Pero prefiero no saberlo. Aquel elemento era incapaz de nada honesto así que…. quedémonos en la capital del reino.

Hojas sueltas (IV)

XIII.- 

Postales de verano

I.- El tendedor

Un breve paseo. El camino reseco, porque agosto no ha permitido ni una gota ese año, enmarca a las dos mujeres cuando se gira hacia atrás, tan solo para verlas, para disfrutar del simple hecho de que están allí, con él. Hermosas en su diferencia, rubia de cabello liso y ojos claros una, cabello rizado y oscuro como sus ojos la otra, hermosas en su diferencia, pero de idéntico caminar; con la inquietante carnalidad que los vestidos veraniegos no logran disimular, a pesar de estar cosidos con esa aparente intención, recorren el corto trayecto que separa, en el extremo del pueblo, la casa familiar del suave desmonte que conocen como «el tendedor».

Un cubo de aluminio contiene la colada que les trae desde los viejos lavaderos, junto a la fuente. Ríen ambas, ajenas al calor, y su risa agita los lunares, azules y rojos, que adornan sus vestidos. Ríen con todo. Y su risa, que probablemente disimula su angustia de hembras insatisfechas, eternamente estéril una, perennemente fértil la otra, inunda de felicidad al niño que las acompaña. Ajeno a la tragedia que siempre se ha interpuesto entre ambas mujeres, se siente feliz al caminar junto a las que son, en ese momento, las dos mujeres más importantes de su vida. Su madre y su madrina. Ajeno, por supuesto, a la extraña historia que el tiempo le revelará pero que entonces, en plena infancia, todavía no turba su sueño.

Ropa tendida. Sábanas relucientes, extendidas sobre matojos de boj y de retama, al inclemente sol del mediodía. Un manto blanco que, de no ser por el sol de justicia, sería, inverosímil, nieve en agosto. Sábanas blancas para un tiempo aparentemente feliz, perfumadas al calor denso del aire que agita levemente los matorrales e inunda el tejido de aromas inolvidables. El olor de los veranos lejos de la ciudad. El olor de una parte de su infancia. Blancura y risas, un telón vital que se convierte en el decorado de días felices. 

II.- La arboleda y “el huerto de los frailes” 

La breva es realmente grande. Aunque cueste creerlo, llena toda la palma de su mano. Eugenio, de un salto, se ha encaramado a la higuera y en menos de lo que tarda en contarse, tiene media docena de brevas en la mano. La primera es para el niño que, con la boca abierta, asiste día tras día a las proezas de su joven mentor. Una breva fresca, cuarteada de puro madura, dulce, inolvidable.

Las brevas del huerto de los frailes, el huerto que se constituye en la frontera norte de su paraíso infantil, de su única patria. El huerto, con valla de adobe, caída en muchos rincones, pleno de misterio, de higueras centenarias, de almendros viejos y de leves hileras de antiguos cultivos agostados, el huerto casi incrustado en la arboleda.

La arboleda de chopos quintañones, que aún no han sido sacrificados en el altar de la estupidez humana ante la pasividad de un pueblo torpe e incapaz de impedir un crimen de semejante magnitud, chopos que serán telón de fondo de muchos recuerdos infantiles. Mecidos por el viento, de hojas verde-grisáceas, ululando en las noches frías, los chopos guardaban en su seno decenas de secretos. Secretos que por culpa de la estulticia humana duermen ahora quien sabe donde. Recuerda, en especial, un arroyo represado en un rincón sencillo, antesala del edén, para diversión de unos niños que chapotean en él y se solazan en la umbría, sobre la hierba todavía húmeda de rocío, entre el piar de los gorriones y el vuelo hipnótico de las mariposas. Una playa privada en medio de un bosque, perdido en el corazón de una sierra árida, un oasis ignoto en mitad de las huebras.

Como telón de fondo, juncos y moreras. Juncos que acabarán, pintados de colores chillones, en algún jarrón de la vieja casa. Y moreras, cuajadas de frutos negros y rojizos, con los que calmar la gula del niño y con los que llenar, para postre de la cena, la lechera de aluminio de la abuela.

III.- La pedrada

La silueta de la mujer se recorta, frágil, vestida de negro, contra la pared levemente enjalbegada de blanco. Se encoge e intenta, en un gesto instintivo evitarla. Y lo logra por milímetros. La pedrada de su nieto roza la sien de la anciana y golpea violentamente contra la puerta de madera.

¡¡Como para haberla dejado en el sitio con solo un poquito más de puntería¡¡.

Un sonido seco, una muesca profunda en el portón. Y el guijarro en el suelo, a los pies de la mujer de negro.

Ella observa la escena entre sorprendida y aterrorizada. El niño, el hijo mayor de uno de sus hermanos mayores, lleva todo el verano protagonizando situaciones conflictivas. La abuela, todo carácter, ha asistido impasible al espectáculo. En su fuero interno, piensa que ha sido la actitud pasiva de la anciana, quien, por otra parte, no oculta su preferencia por el nieto díscolo, la que ha dado alas a la actitud del crío. ¡Pero de ahí a que, en un rapto de furor, por una rabieta absurda, el mocoso se atreva a tirarle semejante pedrada a su abuela! De ahí su mueca de espanto. No concibe que esas cosas puedan llegar a pasar. Siente tal respeto por la figura de sus padres, tiene tal temor reverencial por su madre, que el gesto iracundo de aquel renacuajo malcriado violenta todo lo que piensa, todo lo que siente, todo aquello en lo que cree. Y más siendo, como es, el favorito de la abuela, que le distingue con el mejor trozo en la mesa, con la mejor paga, y, cosa singular, con algún que otro beso cariñoso. Lo que conlleva, indefectiblemente, una serie sin fin de menosprecios para sus hijos, que, a pesar de su actitud ejemplar, no consiguen, ni de lejos, el mínimo aprecio por parte de la anciana. Humillante a la par que incomprensible. La anciana está más próxima al nieto maleducado, grosero y egoísta qué a sus hijos, los otros nietos, que se esmeran en ser cariñosos, educados y tienen un comportamiento modelo. Misterios insondables que la afligen en lo mas hondo.