Lo que no quiere el soberbioso……….

Los refranes de la abuela.

I.-

Benditos refranes. La abuela no se los quitaba de la boca. Uno para cada situación; con su inevitable moraleja, que era lo que realmente le gustaba del refranero. La sentencia que cada dicho desprendía. Ella era así. Sentenciosa siempre, la verdad.

——————————-

Todavía hoy es, o eso parece, un rincón perdido entre decenas de huebras resecas. Una esquina de las Cinco Villas, tan cercana al limite con Navarra como que esconde algunos campos que son, en realidad, mitad aragoneses, mirad navarros. Un puñadito de casas en un otero, al pie de la Sierra de Peña, que luce, con orgullo, su pasado romano, evidente tanto en el origen de su nombre como en los trazos que pueden verse en algunas de las piedras sillares de sus casas. No en vano se emplearon, en tiempos, bastantes restos de ese pasado para edificarlas.

Y hace años, hace ahora algo mas de 50 años, era, además, el paisaje de nuestra infancia, el lugar remoto donde pasábamos veranos enteros.

———————————-

Agosto. Ni siquiera la noche te daba tregua. Apenas apuntaba el amanecer, que el sol y el calor de la mañana ya eran asfixiantes. Y la polvareda que envolvía al pueblo, apoderándose de él, lo hacía todo aún más agobiante. Se trillaba en todas las casas, a destajo, para evitar que una inoportuna tormenta de verano perjudicara las mieses que aún se secaban en las eras. Primero habían llegado las cebadas, luego trigos y centenos. Las avenas siempre quedaban para el final. Y carros y galeras recorrían, tirados por mulas jadeando al límite, las calles del pueblo. Se acarreaban mostelas de haces, mieses de toda clase, aperos de trilla y recambios, para regresar con sacos rebosantes que se depositaban al resguardo del granero. Esa actividad frenética, ese ajetreo continuo, cubría toda la pardina de una nube asfixiante. El polvillo que la paja soltaba al ser aventada, al que se sumaba el que levantaban caballerías y carretas, permanecía en suspensión mientras duraba la agitación. Y allí, en medio de todo, respirando como podíamos, vestidos de cualquier manera, agitanada la piel, con la boca reseca y sudando a chorros, estábamos nosotros. Uno de nuestros tíos dirigía esas labores y lo hacía sin compasión. Cuando reclutaba a la chiquillería, casi siempre, no concedía tregua. Dirigía las operaciones con puño de hierro, estaba en todas partes y el rugido permanente de su voz, salpicada siempre de un vocabulario que se volvía aún mas soez de lo habitual bajo la tensión de la trilla, lo dominaba todo. Y exigía de nosotros como si fuéramos peones contratados. No en vano éramos de la casa. El grano para la familia debía llegar rápido y bien al granero, y no cabían distracciones. Escabullirse, tan solo intentarlo, era alta traición. Se libraba una guerra en la que no se hacían prisioneros.

La trilladora tosía porque era antigua. Y de vez en cuando se atascaba. Pero el tío Alberto, que ya empezaba entonces a tener la cara de boxeador sonado que le caracterizó el resto de su vida, tocaba un tornillo aquí, ajustaba una correa allá, y lograba que siguieran funcionando, milagrosamente. Que duda cabe que eran sus habilidades mecánicas las que lograban eso, pero nosotros, pobres infelices, estábamos convencidos que todo se debía a la magia que residía en el trapo que llevaba en el bolsillo de atrás del pantalón, y más concretamente, en la grasa que lo impregnaba.  Grasa milagrosa, pensábamos.

El tratorico también tosía. Allí todo se estaba haciendo viejo. Y aquel armatoste, que había salido de donde ni se sabe, tenia que mantener en marcha el mecanismo de la trilladora. Lo que lograba con dignidad, pero a duras penas.

Las gavillas seguían llegando desde los campos. Y cortábamos los fencejos con un giro seco de muñeca y en el mismo instante desparramábamos la mies al inicio de la banda elevadora. Esta atrapaba la mies y la depositaba en la boca insaciable de la trilladora. Que devoraba sin cesar, engullendo el cereal hacia el tambor de peines, luego hacia el cóncavo y, finalmente, hasta ventiladores y zarandas, donde se remataba el proceso. Todo esto, siempre sin quitarle ojo a las dos bocas laterales de ensacado que escupían grano. No se podía fallar en el momento de cambiar de un saco a otro para que no se perdiera ni un grano del preciado cereal.

La pausa del almuerzo, pan y tocino normalmente, había sido, como siempre, breve. Pero la parada para comer era sagrada. Todo el mundo había trabajado duro y había que reponer fuerzas. Y restañar heridas y aliviar magulladuras. Las hoces para desgavillar los haces cortaban como navaja barbera y eran frecuentes los tajos en los dedos, fruto de nuestro afán de ir mas deprisa todavía. Y abundaban los cardenales, fruto de golpes involuntarios en medio de tanto trasiego. Nada mejor, entonces, que las ensaladas, los guisos de carne o legumbres; algunos días algo de caza, y siempre el pan de hogaza del horno de Mari Carmen. Regado con vino de la Cooperativa, vino recio donde los hubiera, que aguardaba en botas a la sombra, pero que, cuando te lo dejaban probar para incentivar tu aportación, raspaba en la garganta y quemaba en el esófago. Suerte del agua fresca de los botijos.

Y después de comer, cuando el sol era plomo derretido y no había ser humano que resistiera su acoso, el frescor de las falsas. La siesta. La somnolencia de la digestión y el agotamiento de la mañana eran suficientes para que no tuvieran que insistirnos, a pesar de que, por lo general, inquietos como perdiganas, la cama no era nuestro refugio favorito. Pero a los cinco minutos, dormitábamos todos.

Un par de gritos y a reenganchar en el tajo. Sol y más sol, sudor y más sudor, el último esfuerzo del día, los últimos gritos, los últimos sacos. Y a la hora de la merienda, a la chiquillería, por fin, se nos permitía librar.

Impacientes, el hambre volvía a ponernos alerta. Porque, además, esa comida era, de todas las del día, la mejor. La abuela la organizaba con precisión matemática. Y siguiendo un ritual invariable: los lunes, pan con aceite y azúcar, los martes, pan con chocolate, los miércoles, tortas, los jueves, magra de jamón con pan, y los viernes, pan con vino y azúcar. Sábados y domingos se dedicaban a los dulces que se elaboraban en la casa: de sandía, de higo, de tomate…. Rebanada de pan y dos cucharadas soperas de dulce.  Y acudían todos los nietos. Todos los que estuvieran ese día en el pueblo. Tomando en cuenta que tenían treinta y ocho y que en agosto estaban casi todos, los habituales del pueblo y los que llegábamos desde Zaragoza o desde Barcelona, a nadie se le oculta que la merienda era un jolgorio sin igual, que llenaba la cada de risas y voces, un espectáculo alegre y colorido. Una especie de verbena cotidiana, a la que solo le faltaba la música y los farolillos multicolores. Recibíamos por orden de edad, rigurosamente y, por lo general, en la cara se nos dibujaba un rictus de felicidad. Las raciones eran generosas. Y las devorábamos¡¡

De todos los primos, no sé bien porque, mientras escribía, me ha venido a la cabeza el cuarto de los hijos del tío Jesús, que, amén de ser el mayor de los hermanos vivos, (el primogénito había fallecido en el 39), vivía allí, cuidando los rebaños de su suegro, proveyendo de carne al pueblo, cultivando algunos campos de secano y la huerta familiar. Su cuarto vástago se llamaba Javier, en atención a la devoción que su abuela Elisa sentía por el santo jesuita, cuyo castillo natal estaba apenas a 40 kilómetros del pueblo. Era más joven que yo, un buen puñado de años de diferencia, pero verano tras verano coincidíamos y nos convertíamos desde el primer al ultimo día de mi estancia allí, en compañeros inseparables, cómplices de toda suerte de correrías: robábamos brevas y almendrucos, cogíamos moras de los zarzales del arroyo, encorríamos perdices, acompañábamos a los pastores, y, día sí día también, éramos aliados para todo lo que se nos ocurría: triscar por los rastrojos, bañarnos en la arboleda, asaltar el granero del abuelo para hundirnos en el trigo, bajar a por agua con el burro y las anganetas de seis cántaros, y abastecer de agua toda la casa, un no parar de tareas y trastadas ….. hasta que tocaban o diana o llamada y había que acudir al tajo. Mucha complicidad, en resumen. Que rara vez se quebraba. Y si en alguna ocasión, en que, fruto del temperamento o de distintos puntos de vista, aparecía alguna diferencia, nunca fallaba la sabia aportación de la tía Ana, con su saber hacer, su sentido de la equidad, y su legendaria “mano izquierda”.  Colegas y cómplices. Lo mejor de la vida. O eso creía yo.

Javier era de los primeros en acudir a merendar. Nunca llegaba tarde. Y hacía buen papel. No dejaba ni las migas. Había pasado épocas en su vida, de mas chaval, en los que comer era para él una tortura. Sopa y pollo era todo lo que toleraba, para desespero de sus padres, excelentes comedores ambos. Pero con la pubertad había experimentado un cambio y se apuntaba a todo. Por eso, aun resulta más extraño lo que ocurrió aquel día. Era jueves y la abuela había subido a la falsa de los jamones y había bajado con el plato de magras. Cabe decir que allí, entonces, el jamón no se cortaba como ahora, en lascas finas, sino que el cuchillo ahondaba en el jamón y separaba lonchas grandes y largas de medio centímetro de grosor. Que iban directas al pan. Magras. En aquel pueblo el jamón se comía así. Magra tras magra. Y nosotros las devorábamos con fruición.

Todavía es un misterio por qué aquel día Javier organizó aquel barullo. Que si su magra era mas delgada que la de los demás, que el vivía allí y como iba a menudo a ver a los abuelos, tenía derecho a pasar delante de los demás, que si ahora él era el favorito del abuelo, que si ya le tocaba a él, que nosotros éramos ya muy mayores. Un sinsentido repentino, que casi nadie entendió, y que culminó con mi primo dando un portazo y saliendo de allí llevado por mil demonios. Eso si. En su furor, se dejó la magra. Y la tía Ana miró a mi abuela. Y mi abuela miró a mi primo Pepe, que todos sabíamos que era un tragón. Y Pepe me miró a mi. Y no hizo falta mas. Pepe puso cara de “como despreciar una buena magra de jamón”…¡Y como casi había terminado la suya, no le supuso sacrificio alguno engullir la de Javier!

A la tía Ana y a la abuela se les escapaba la risilla por la comisura de los labios. Y, como os he dicho, sentenciosa ella, la anciana, en un susurro, tiró de refrán: “Lo que no quiere el soberbioso, se lo come el goloso”. Refrán como colofón. Y moraleja. Aquel día, lo que Javier despreció, se lo comió Pepe.

 

Cuarta virtud teologal: lealtad (Otra historia de traición)

 

 

Intro.

 

“No hay nada en la tierra más preciado
que la amistad verdadera”
Tomás de Aquino

A la lealtad se le debería reconocer la condición de virtud teologal. La cuarta. Aunque ello suponga el infierno para muchas personas. O precisamente por eso. Debería ser una virtud teologal. A la altura de la fe, de cada uno …. por supuesto, pero muy por encima de la esperanza y la caridad. Al menos en la religión que desearía profesar.

 

 

El sobre lacrado.

“Míralos como reptiles, al acecho de la presa…”
“La belleza”
Luis Eduardo Aute

En el fondo de la caja que me entregó su viuda,
Emilio había depositado varios sobres.
Diversos tamaños, distintos colores.

La primera vez, me llamó la atención uno de ellos,
porque llevaba un pequeño sello de lacre con un “e” minúscula grabada.
Pero allí quedó.

Hay mas sobres, aún sin abrir… pero
en estos días extraños que nos ha tocado vivir, no sé por que…
recuperé, y abrí, el sobre lacrado.

Emilio tuvo, a raíz de un percance de salud,
pocos años antes de morir,
un serio problema con el que había sido su socio durante mucho tiempo.
Supe de la historia un poco por casualidad. Me la contó una amiga común.
Emilio nunca soltó ni palabra sobre el tema.

Y, mira tú por donde, allí, en el sobre, estaban los vestigios de ese capítulo.
Folios con frases aparentemente deslavazadas,
fragmentos de papel con rotulación en mayúscula,
hojas cuadriculadas con la personal y, en ocasiones,
indescifrable letra de Emilio…,

un librillo, arrancado de una agenda de viaje, minúsculo,
lleno de anotaciones, varias citas de terceros,
por momentos desahogo, a veces catarsis, a ratos confesión,
.. un conjunto aparentemente inconexo.


Pero dedicándole los pocos ratos libres que me ha dejado
la actual carga de trabajo,

haciendo una vez mas de arqueólogo literario,
me atrevo a afirmar que el conjunto tiene mas coherencia
de lo que a primera vista podría parecer. De hecho, si lo valoras globalmente,
parece el embrión de una novela corta.
Muy en embrión.

Es curioso que la primera lectura ponga de manifiesto un uso singular de los tiempos verbales.
Emilio los banaliza y cuesta entender si lo hace a propósito o,
simplemente, es una limitación estilística de un literato escaso.
Espero que Emilio no me tenga en cuenta el comentario.

He ordenado mínimamente el conjunto, aprovechando que tenía una cierta idea sobre lo acontecido, y así lo publico.
Es posible que, mas adelante, me atreva a rehacer la historia completa, sin los parrafeos que Emilio omitió no sé bien porque
y escriba, para Emilio, esa novela.

Por cierto, el sobre era del color del oprobio.

 

 Short Message Service (sms). (1)

¿Y me dices que somos amigos? M., ya lo sé.
Tengo las cicatrices y las facturas que lo prueban”
“La rata en llamas”
George V. Higgins

Inicio del S.M.S.

«Bueno, socio, allá vamos. Apago el móvil.
Supongo que todo va a salir bien, pero …. si no fuere así….
tengo la sensación de que podría irme “a la francesa”.
Y eso no está bien.
Haremos aún muchas cosas juntos. Pero si algo saliera mal, que sepas que te estoy muy agradecido por estos años de ruta común.
Y si alguna vez no he estado a la altura, te ruego no me lo tengas en cuenta.
Un abrazo fuerte.
Pd. Si no te importa, llegado el caso, échales una mano a mi mujer y a mis hijos”.

Fin del S.M.S.

Menos mal que el destino, o no sé yo muy bien que……, me dio algunos años mas de vida. ¿En manos de quién hubiera dejado a mi familia…….?

 

 

El primer aviso.

Debí de haberlo imaginado el día en que se puso a gritar, desaforadamente, en el juzgado. Delante de todo el mundo. Justo cuando le estaba consiguiendo su triunfo más preciado y, a la vez, más fácil. “Estoy hasta los cojones de hacer siempre lo que dices”. Así. A grito pelado. Delante de todo el mundo: funcionarios, letrados, testigos, peritos, detectives…. cuando acababa de lograrle lo impensable.

Torpe de mí. Enseñó sus cartas y no fui capaz siquiera de intuirlo. Ni su amistad era cierta ni sentía por ni el más mínimo respeto. Y eso que, todavía aun hoy no sabe nada de la real trastienda del caso; el memo de mi socio había perdido las pruebas esenciales y fuimos a la vista oral con el culo al aire. Y si no, que se lo pregunte a la buena de la detective y que les explique algo sobre la cata de vinos de la noche anterior, eterna, y lo que sufrió hasta que el asunto se resolvió.

Tiempo después encajó todo. Cuando apareció la pieza que faltaba. Como si hubiera estado durante años montando, inútilmente, uno de esos puzles imposibles … que no hay manera de encaminar, que no logras encarrilar ni a tiros … hasta que, casi sin querer, descubres la pieza clave… la relevante. Solo que, como de costumbre, tardé en dar con esa tecla.

 

 

El estratega.

“Un verdadero amigo nunca se atraviesa en tu camino
a menos que hayas tropezado”
H. Glasow
Empresario-editor de una revista de humor

 

Me recuperé del percance antes de lo previsto. Y eso cogió distraídos a mas de uno. Que, por lo visto después, habían hecho cábalas en torno a mi edad y a mi salud. Había sido tan duro que no contaban con que mucho antes de un año estuviera a pleno rendimiento de nuevo. Error de cálculo. Sin duda. Que pilló con la guardia baja a los estrategas que “jugaban a los tronos”. Esos que, por otra parte, salvo cuando se trata de ellos mismos, claro, consideran que el resto de la humanidad son personas de usar y tirar. Tramaron batallitas de salón jugando con el destino de las personas para complacer sus egos de perversos narcisistas de pacotilla. Y sus ambiciones materiales, claro.

Así que, adobándolo con un buen vino, eso seguro, se pusieron a decidir sobre mi vida, presente y futura, para encontrar la forma de agenciarse lo que no era suyo. Y no tuvieron reparo en mancillar la amistad, o lo que yo creí amistad, con el lenguaje infecto de la deslealtad. Llegado el momento, tramaron, sin pudor, y a mis espaldas, una ruta que, bajo pretexto de ceñirse a mis planes, solo beneficiaba los suyos.

 

 

El navajazo o el segundo aviso.

«They want it all, they want it now.
They want to get it and they don’t care how”
They Want It All
David Crosby, 2004

 

El asunto quedó perfectamente encauzado antes de la operación. Logré la información clave agitando mi flauta de la buena estrella. Y a mi cliente le quedó en suerte un negocio de millones de euros.
Meses después, al reincorporarme, una demanda imprevista amenazaba con torcerlo. Y allá que fui, allá que fuimos. Viajes y mas viajes, siempre con mi socio de escolta; no sabía para qué… entonces.
Que mi cliente necesitaba aplazar el juicio, aunque no hubiera motivos, conejo procesal de la chistera y quedaba aplazado.  Que aún no era momento de arriesgarse y había que ganar mas tiempo, otro truco, otro aplazamiento. Y así hasta el día en el que, finalmente, se celebró. Salió todo mejor que bien, mejor incluso de lo que se necesitaba. La otra parte cayó en todas las emboscadas, legitimas, que se le tendieron y, porque no decirlo, sus testigos, convenientemente interpelados, le perjudicaron mas que le aportaron.
Las reacciones de las personas que acaban de vivir un juicio arriesgado y tenso son imprevisibles. Pero él solía ser amable siempre. Un adjetivo agradable, alguna broma para distender el ambiente y … a comer… que era su verdadero objetivo, objetivo compartido, sin duda alguna.
Y, sin embargo, ese día…. se me quedó mirando a los ojos de una manera extraña y lo dejó ir: “Qué buenas instructas prepara Maribel”. Aclaro que Maribel era una de mis colaboradoras mas dotadas. Y que había contribuido a la preparación del tema, por supuesto. Pero la estrategia, el acabado final y gran parte del argumentarlo era mío, y solo mío. Desde luego nada de mi socio. Aquello no venía a cuento… y menos aquel día. Luego, siguiente torpeza, caí del caballo y pude traducirlo. Eso si. Tarde, como casi todo en esta historia. Era lo ultimo que esperaba entonces.

 

 

Frasecitas. (I)


«El despacho soy yo”.

Así, sin anestesia. Emulando, de baratillo, al Richelieu cinematográfico del divertido final de “Los Tres Mosqueteros”, ya sabes, “El Estado soy yo, Luis”, (una ligereza histórica del guion que ahora me viene al pelo), olvidando que, como en la película, D’Artagnan aún podía jugar su baza. Perdiendo de vista la distancia que siempre existe entre lo que eres y lo que crees que eres. Y sin la elegancia que Richelieu exhibe en la derrota, que esa es otra historia.

Eso si. Ignorando las cifras, que demuestran de manera aplastante su capacidad para parasitarse; aportas la tercera parte, pero te llevas la mitad de lo que aportas, mientras el otro, bobo esférico, solo se lleva una tercera parte. Supongo que es la ventaja de considerarse el hombre más inteligente que ha conocido.

 

 

“Excusatio…” o el tercer aviso.

 «La confianza es un ser vivo,
y como tal, nace, crece, se reproduce y muere…“
«Todo lo peor”
Cesar Pérez Gellida


Nunca había cuestionado su lealtad. Jamás. Y aquel día, como tantos otros en el ultimo año, él y sus sinuosas maneras se aposentaron en la silla de respeto y me soltó: “Yo soy un hombre leal”.
Saltó la alarma. “Excusatio……” Debí haber entendido que aquello no auguraba nada bueno.
¿Con qué ánimo inicia el traidor la ruta de la traición? ¿Qué pasa por su cabeza cuando llega ese momento? ¿Qué siente? ¿Y qué le motiva a hacer daño sabiendo que va a hacerlo? ¿Cómo gestiona su escala de valores para justificar lo injustificable?
Pero allí estaba. Un discurso barato. Una radiografía de la mezquindad. Adobado con …… “No vale nada”. “No tengo dinero”. “Me voy a quedar con todos estos”…., así, en despreciativo. Solo que diez minutos después lo iba a reestructurar y sacarle un par de cientos de miles al año.
Ha sido tanta mi sorpresa ante su torpeza que todavía me parecen mentira todas las sandeces que he tenido que aguantar.

J.

“La verdad es como un león. No tienes que defenderla.
Suéltala y se defenderá a si misma”
San Agustín


Me gustaría verlo reaccionar si a su tío le hubieran intentado hacer lo que me han hecho a mi. Me gustaría saber si tendría el mismo criterio.

 

Frasecitas. (II)

 

La capacidad de apropiarse de lo ajeno. De vanagloriarse de haber fundado lo que hacía 25 años que ya existía. De alardear de construir un equipo sin haber dado ni una. ¡Qué capacidad de autocomplacencia olvidarte de las letradas que no funcionaron o de las mas de diez secretarias que contrataste para despedirlas a los quince días! Incapaz de repasar la historia para poner cada cosa en su sitio. Y entonces…… a la tercera copa de vino el “connaisseur” empieza a desbarrar. Sin rubor. Delante del mediador que no media. Después de haberlos queridos despedir a todos… se le llena la boca: “Ahora tienes el mejor equipo que has tenido nunca”. Huelga decir que merito suyo, claro…. Reclamando derechos de autor sin haber escrito ni una línea. Venga. Hay que echarle huevos a la vida. Sin freno. Lo tuyo es tuyo y lo mío, de los dos.

Llegan los refuerzos. (I)

«Dirijo la mirada hacia los montes:
¿de dónde me llegará ayuda?»
Salmos, 121, 1

¿Pero tu eres tonto, o qué?” Hay que querer mucho a una persona para hablarle así, desde la mas íntima de las ternuras, desde la firme amistad. Pero ella no tiene problemas. Nunca tiene problemas. Si no … no le preguntes. La copa de vino viajaba, impenitente, de la mesa a sus labios, mientras esbozaba un gesto entre la sorpresa y la indignación. “¡Pero si cuando llegó a tu despacho era un mindundi ¡”  “¡Pero ….. sin la proyección que le ha dado ser tu socio, aun estaría en el mas absoluto de los anonimatos ¡”.

A medida que la comida avanza, el reconfortante calor de la amistad sincera permite apuntalar mi maltrecho ego, la autoestima que, lenta pero inexorablemente, habían ido socavando los cuervos que revoloteaban en torno a lo que, estaban convencidos, era mi cadáver profesional y, porque no escribirlo, personal. Y aquella mirada cautivadora, que te transmite siempre la calidez de la lealtad única, te inyecta una dosis reconfortante de confianza. En ti, en lo que eres, en lo que has hecho. Y te abre los ojos. A lo que te están intentado hacer.

 

 

Short Message Service (sms). (2)


Inicio del S.M.S.

Lo intentaré, no te garantizo nada, sólo las ganas de que se solucione de la mejor forma posible para todos. Un abrazo!!

Fin del S.M.S.

No tuve presente que él también estaba detrás de mi despacho, también lo quería para sus negocietes de tapadillo. ¿Para qué? Ahora lo sé. Casualidades, las justas. Abrazo de Judas.

 

 

 

Llegan los refuerzos. (II)

 

“Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová,
pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis”
Libro de Jeremías, Jeremías, 29, 11

 

Agobiado de la manera mas imbécil con lo que me parecía una deuda de honor, la autoimpuesta obligación de cerrar un acuerdo con él, …. casi perdí la brújula. Cuando ella me ayudó a recuperar el rumbo, una vez que me aportó la lucidez que no albiraba, cuando conseguí la fuerza que necesitaba para decir basta, todo cambio para mi.

Apareció desde el pasado. Para darme un abrazo, primero, y un espaldarazo, después. Y un plan. Esa energía que forma parte de su esencia, que es vitola de su persona, puesta a mi servicio por puro afecto, por total desinterés. Con un colofón inesperado.

Para mi sorpresa, una vez que se supo que no habría acuerdo, una vez que terceros supieron que para él “no valía nada”, y que “no tenia dinero”, y que “te hago un favor quedándome con estos”, cuando lo dejé fuera… llegó el estrambote mágico. Como por ensalmo, lo quiso media ciudad. Sin necesidad, siquiera, de ponerlo en el mercado.

Y, por si no fuera poco, allí estaba el mejor, postulándose para quedarse a mi lado.

Había valido la pena. La calma tras la tempestad. La ayuda generosa. Miré a los montes, y de ellos me llegó la ayuda.

 

 

 

Frasecitas. (III)

“¿Que edad tienes? ¿Qué edad tiene él? Es mucho mas joven. Le seguirán a él”.

¡No te jode… el profeta!

¿Vale todo para lograr el objetivo? Presionarte hasta el ahogo, para lograr algo mas de poder y otro puñado de monedas. No tener limite para apoderarte de lo que no es tuyo. Y, además, crearte coartadas morales para, por supuesto, disfrazarlo de una leve pátina de legitimidad. Y mas, cuando había, por en medio, algo que quería parecerse a una amistad entre nosotros. Probablemente mezclado con otros sentimientos. Nada es siempre una sola cosa. Pero ….

 

 

¡Menudo negociador!

“… pues la ignorancia es servidora del orgullo,
y la testarudez amante de la ambición”
“Un tronar de tambores”
James Warner Bellah

¿En qué momento dejó de comportarse como el amigo leal que parecía y en el buen socio que fingía ser? Y, sobre todo, ¿por qué? ¿Qué lo convirtió de un compañero de viaje bastante adecuado en un “narciso” de manual? Me hubiera gustado saberlo.
Pero ahora… ahora ya da igual. No voy a dedicarle ni un ápice de mi vida al tema. Demasiadas vueltas le he dado, demasiadas noches sin dormir, demasiados quebraderos de cabeza, intentado descifrar lo que probablemente o es indescifrable o es demasiado evidente. Al final, como casi siempre, todo se reduce a una mas que pésima novela negra, “cherchez la femme, cherchez…”.
Y, una vez que pude ponerme en mi sitio, cuando pude reaccionar, bloqueado como estaba por la sorpresa que tanta deslealtad generaba, ¿qué le llevó a intentar destruirlo todo, jugando contra mi lo que, sin duda, era una pésima partida de póker?

Allá fue con su farolito, porque no llegaba ni a farol la cartita que envió, para ver si me iba a arrugar. Error de cálculo. Ya estaba de nuevo en mi sitio, (sin duda mi peor pecado… no haberlo hecho antes) y había perdido su oportunidad, ciego como estaba de soberbia, “el despacho soy yo”, menuda cretinez. Hay que tener mas coraje y mucha mas inteligencia para jugar esas manos. El buen jugador sabe aprovecharse de las ganancias, pero debe estar preparado para asumir los daños. Y eso no entraba en sus cálculos.

Y, además, para entonces, ya se había instalado en la mugre. Falsificaba curriculums, intentaba imitar, sin base y sin fortuna, mi modelo de desarrollo profesional, lloriqueaba y mentía en torno a su situación económica, difamaba sin limites, manipulaba por doquier, era, en suma, un caballo sin frenos camino del abismo de la inmoralidad. Sin valorar las posibles consecuencias sobre las vidas de la gente que le había ayudado y servido bien y fielmente. Fuera de cualquier ruta ética mínimamente defendible. Lejos de esa cuenta de pérdidas y ganancias que llevas en el corazón para alimentar los sentimientos de respeto y fidelidad a los principios morales, a los compromisos establecidos con o hacia alguien. Moral, en suma. Algo que en esta historia brilla por su ausencia. Era nauseabundo. Pero, además, quedaba en evidencia. Menudo estratega. Menudo jugador de ventaja. Intentando aprovecharse de la debilidad del amigo. Pero, sobre todo, menudo negociador de pacotilla.

 

 

Sal en las heridas.

“Amistad que acaba no había comenzado”
“Sentencias» (Sententiae)
Publilio Siro (Publilius Syrius; 85 a. C. – 43 a. C.)

Así que por el camino también me he dejado una amistad encantadora con una mujer fantástica. De armas tomar, en el sentido mas amplio de la expresión. Inteligente, extremadamente inteligente, valiente, con un equilibro emocional fuera de lo común, especialista, como era, en controlar barrenas ajenas, con un sentido del humor muy personal, cargado de mala leche, pero brillante, ocurrente, culta hasta el extremo. Y cómplice en aficiones confesables. A la que, además, estaba agradecido hasta el tuétano. Pero que, para mi sorpresa, se prestó a intentar humillarme.

Donde siempre me había recomendado, dejó de hacerlo, para favorecer a mi ex socio, sabiendo, como sabía, que no era su especialidad. Que estaba fingiendo capacidades que no tenía. Probablemente porque alguna de las milongas que andaba explicando, ¡qué gran manipulador¡, había logrado calar en ella o, ¿por qué no?, porque alguien la llevaba en esa dirección.

El intercambio de mensajes de afecto venía siendo habitual; quería defender la relación con ella por respeto y por agradecimiento, …. incluso después de que ella me humillara haciéndome de menos profesionalmente. Pero nada hacía presagiar lo que faltaba por llegar. Después de muchos mensajes escritos, de muchos días sin oír su voz…. ahí estábamos, repasando mano a mano la actualidad personal y la literaria, que no era poco, ……. la conversación fluía dentro de la máxima cordialidad. Complicidad y respeto. Un verdadero placer.

Pero cuando se despedía…. inquirió:

-“Emilio, no me vas a decir nada?”

-“Sobre?”

-“Ya sabes. Venga. Hazlo por mí. Volvamos a la casilla de salida. Véndele el despacho. Podremos seguir comiendo los cuatro juntos”

-“Sara, deberías mantenerte al margen”

-“Pero si no vas a poder pagar ni las nóminas ….”

Si me pinchan, no me sacan sangre. Había adoptado, ella también, el santo y seña del traidor, su muletilla (y la de su aliado), el mantra de todas las semanas anteriores, la afirmación infundada que se había convertido en un estribillo de castigo. Cuando la realidad era todo lo contrario. Hacía casi un año que todo pendía de mi. ¿Una mentira convertida en verdad a fuerza de repetirse?

Me repuse. Casi no pude impedir que escapara una risa floja que, por suerte, se atoró en mi garganta pugnando, en vano, por salir. Pero dolía. Claro que dolía. Como la sal en las heridas.

Pero no tenía intención de complacerla. Mi decisión ya estaba tomada y, además, el farol, hecho o dicho jactancioso que carece de fundamento, según la R.A.E., no solo había quedado al descubierto, si no que ….. llegaba tarde. Lo que él despreciaba formalmente, y que su ambición deseaba compulsivamente, había encontrado acomodo en otra ruta, en otro proyecto.

Pero ella insistió. ¡A saber por qué¡ Y todo quedó en evidencia. Ya sabes. Te quiero si haces lo que yo quiero que hagas. Si no.… sales de mi vida.

-“Ya veremos”, le dije.

Pero nada, ni siquiera ella, podía lograr que diera marcha atrás. Ni por todo el oro del Perú vendería mi despacho a un traidor que había intentado aprovecharse de mi edad y de mi salud. Pero ella…. todavía hoy no logro entender como se pudo creer tanta mentira. ¿O no fue eso? O simplemente se sentía pasado y ella, o alguien de su mano, quería arrastrarme a esa condición. Todavía no había llegado mi momento. Me sentía más ahora que nunca.

Al día siguiente, en la maldita red social, estaba la excomunión. Le explicaba a todo el que quisiera leerla que como su amigo no hacía aquello que ella quería (sin pararse a pensar que para su amigo era un desastre lo que pretendían imponerle) ya no era su amigo. La débil línea que separa la interesada estupidez de la generosa agudeza.

¡Qué le vamos a hacer¡ Vivir es escoger. Al final, una parte relevante de la vida es gestionar los despojos que quedan de nuestros propios sentimientos. Los restos del naufragio. Ese “te quiero porque me eres útil”. En cuanto dejes de serlo…

 

 

Frasecitas. (IV)

“Lo que me han hecho”.

¿Lo que te han hecho? Lo que te has hecho. Deja de gimotear.

Actitud mendaz, codicia sin freno, estrategia errónea, análisis inadecuado, manipulación pérfida, …. ¿qué esperabas? Así no se construye nada.

 

 

Alfeñiques morales.

“Tienes que pensar como un héroe simplemente
para comportarte como un ser humano decente”.
De la película “La casa Rusia”

 

Su apuesta era por las paredes. Preferí a las personas. Con eso está todo dicho. Idiota, pensará de mí el economista “jugadorcito de tronos”, que necesita, para sobresalir, organizar vidas ajenas, ejerciendo de manera soberbia el poder que, circunstancialmente, detenta. Ingenuo, concluirá la chica a la que el miedo, miedo a la enfermedad, miedo al futuro, ¡nada más traidor que el miedo¡, llevó al desafecto, al “si me quieres, tienes que hacer lo que te diga. Y si no lo haces, ya no te quiero” sin parar en mientes que la amistad es respeto. Corto, rumiará el ex socio, convencido de que es el mas listo del mundo. Memos. ¡Qué sabrán ellos¡ Atrapados en sus propias mentiras, en sus manipulaciones patéticas, en sus patrañas, en el “todo vale por un daytona”, en la falta de escrúpulos!

Ya no sé si es que era lerdo o se lo hacia. Si su único propósito era venderme aquel brebaje de argumentos mas propios de un charlatán que de un estudioso mínimamente serio. Si se creía todas las memeces que decía…. o si creía que, al final, me iba a convencer de que eran ciertas. Pero fijo que o me veía débil o me tomaba por idiota. Ignorando que quizás habría que parafra­sear al Ortega de “La rebelión de las masas”. La realidad mal interpretada prepara su venganza.

Maquinando, con la sangre envenenada de arrogancia. Debieran leer a Von Schirah. La lealtad no es el ejercicio puntual de un acto bondadoso para con el otro. Es el hilo conductor de cualquier relación honesta, algo que la ilumina siempre y en cualquier circunstancia. Algo que, sin duda, ignoran.

Pero, además… ¿de verdad no se les ha ocurrido pensar que un par de llamadas, un par de audios y poco más y estarían en la mierda?

Sin reparo alguno, sin límites, no les ha importado tratar de destruir lo mas sagrado, aquello en lo que creo, aquello en lo que se suponía que creían.

Qué jodidos han tenido que estar, que jodidos están para llegar a hacer estas cosas. ¡¡¡Pobres!!! Alfeñiques morales. Para ellos debe resonar por siempre la maldición de Kierkegaard. «El estado más doloroso del ser es recordar el futuro, especialmente el que nunca tendrás».

  

Epílogo

Y al final, entre todos, una opereta absurda y patética. Un crío caprichoso y malcriado, un intrigante de vía estrecha ambicioso y turbio, un corifeo desleal, y una soprano desafinada riéndole las gracias al protagonista. Y un montón de chulería, de tácticas absurdas, de cobardías indignas. Un libreto ridículo. Cuanto tocaba hacer piña y remar al unísono mas que nunca ….. un órdago sórdido ….. solo por dinero. “Le daré unos retoques, y ganaré unos doscientos mil al año”.

He hecho lo que he podido para evitar el desastre.

Creo que fue Benjamín Franklin el que lanzó el aviso: Ay, we must all hang together, else we shall all hang separately. Ya lo sabéis. “…… nos colgarán por separado”.

 

 

Nota del autor del blog: He trabajado este texto, sobre las notas de Emilio, durante este año de pandemia. Jamás, ni en la peor de mis pesadillas, imaginé que la humanidad pudiera llegar a vivir lo que está sucediendo. Nunca he sido aficionado a las distopías, literarias o cinematográficas. Lo inverosímil me parecía innecesario. E imagino que, aunque solo sea por eso, me cogió aun más de sorpresa.

Silencié el blog. Creí que no estaba en situación de aportar nada que pudiera aliviar la tragedia que estábamos viviendo. No creo que este texto escape, ahora, a esa valoración inicial, pero, pasado un año, en puertas de una nueva primavera, a lo mejor, como lo que Emilio propone es, en realidad, una reflexión moral, “No todo vale. Nunca”, Igual alguien puede encontrar útil la historia. A saber.

En cualquier caso, mi respeto mas absoluto a la memoria de todas las personas fallecida por culpa de esta tragedia. D.E.P.

 

 

Hojas sueltas (X)

XX.-

La Ramona en el dintel.

En El Port, en la calle que hoy es “de la Mare de Deu del Port”, al final de un pasaje descampado que era la prolongación de la calle Foneria (en su momento Fundición), en la esquina, estaba el colmado. «Casa Ramona». Nada que ver con la orgullosa empresa de nombre similar, cuya antigua fábrica modernista acoge hoy “Caixa Forum”. Nada que ver con los bloques que hoy almidonan la zona. Un colmado en una finca medio ruinosa.

De los de medio pelo, de los de entonces, con su barril de salazones en la puerta, sus sacos de legumbres abiertos y sus cestos de frutas, a la intemperie, ofreciendo su contenido a insectos y transeúntes. ¡Reclamo comercial donde los haya!. Por supuesto, la obligada cortina de tiras de plástico, para las moscas. Dentro anaqueles polvorientos y botellas de licores antiguos. Pirámides de latas en precario equilibrio. Y el mostrador de imitación mármol. Decoración para aquel barrio marginal. Un lujo.

Y la Ramona, claro. Una matrona de voz tonante, como de vikingo, lengua viperina, mirada fiera, y carnes abundantes; hasta el punto de que sus formas bajo el mandil carecían de sutileza alguna. Aunque a ella eso le daba lo mismo. Estoy seguro.

Para mi madre, un lugar al que peregrinar, sobre todo cuando el mes, cualquier mes, estuviera por acabar. Cuando había agotado todas las posibilidades de hacerse, en la Cooperativa, con las cuatro vituallas indispensables para sus cachorros. Mientras su marido, ¡qué no falte de nada!, manejaba a su capricho los menguados recursos que generaba. Un ejercicio de egoísmo aún hoy incomprensible. Difícil de adjetivar. Del que la Ramona no tenía culpa alguna. ¡Qué conste!

Porque la Ramona, esa era la clave, vendía a crédito. Alguna libra de legumbre o algunos quilos de patatas. Algo de bacalao. Alguna lechuga. Sin más. Sin lujos ni excesos de clase alguna. Simplemente, algo de entrante y algo para echar a la cazuela. Pizcas que mitigaran la espera de cada final de mes, hasta que apareciera, si es que aparecía, algo de dinero en casa. Un fin de mes eterno. Como todos los finales de mes.

Eso sí. La Ramona era implacable con los morosos. ¿Cuantas veces acabé por verla recortada en el dintel de nuestra modesta vivienda, recriminando el retraso en el pago pactado, sin miramientos, sin cuidado alguno a que los vecinos oyeran la conversación, …….. mejor dicho, …… sus gritos y supieran de nuestros eternos apuros económicos?

Y, entonces, el esfuerzo para saldar la deuda.

Solo para poder retomar el ciclo. Compra al fiado, demora en el pago, la Ramona en el dintel, los gritos, el pago en el último momento y volvamos a empezar.

Bendito colmado. Bendita Ramona, gritos y bochorno vecinal incluidos.

 

 

Hojas sueltas (VIII)

 

XVIII.-

Calle Casanova (Primera parte).

Si alguien la quiso de verdad fue Lolita. Si alguien le brindó una amistad sincera, fue aquella mujer menuda, enjuta, de fuerte carácter, permanentemente vestida de oscuro.  O, …………quizás el tiempo ha idealizado ese recuerdo. Esposa de un taxista granadino, pequeña, de cabello ensortijado, de voz recia, fumadora empedernida y madre de tres hijos realmente singulares. Desde una monjita encantadora, aunque de vocación lenta, llamada, eso si, a ser madre superiora, hasta una campeona de bolos pasando por un bala perdida. Se conocieron en el grupo de la parroquia de Pompeya. Nunca supimos como prendió la amistad. Pero lo fue. Firme. Sincera. Y aunque la distancia física en aquella Barcelona era importante y no facilitaba el trato, y a pesar de que tardó años en tener teléfono en el piso de la Viviendas de la SEAT, se las ingenió para seguirla viendo hasta que un cáncer tributario de su adicción (pues eso y no otra cosa era lo que delataba su perenne cigarrillo entre los dedos permanentemente tintados de nicotina) acabó con su vida. Siguió, tras la muerte de la madre, viendo a las hijas, en especial a la primera, sobre todo antes de que decidiera asumir aquella vocación de floración tardía. Asociado a ese recuerdo, un piso en la calle Casanova, que al niño le parece inmenso, y más si se compara con el que ellos habitan.

Mañana luminosa. Desde una de las tribunas que sobresale ligeramente de la fachada, por el costurón que abre la calle en la Diagonal, al atravesarla, desfila el ejército de Franco. Vehículos militares de los distintos cuarteles que custodian la ciudad. Soldados y mas soldados, con diferentes uniformes, que consiguen el inconsciente entusiasmo del niño y el de alguno de sus hermanos que, en la tribunita, pugnan por sacar partido de su escasa estatura para ganar la primera fila.

Más tarde, cuando ya se han desvanecido los acordes de la música militar, y mientras los mayores conversan, otros muy diferentes llenan la habitación. En un tocadiscos, un Werner de maleta de aquellos con el altavoz en la tapa, suena un single con una canción de la banda sonora de Peter Pan. “Por qué decimos Au” aúllan los indios. No ha visto la película, el cine era todavía un lujo, y no la verá hasta años después, cuando vaya con sus hijas al cine Atlántico. Pero le gusta tanto el estribillo que reclama una y otra vez su repetición. Hasta tal punto insiste que, aun ahora, no logra recordar siquiera cual era la canción que había en la cara “b”. De hecho, casi juraría que no la oyó jamás.

Y, recuerdo entre los recuerdos, un circo de juguete al que no le falta detalle y del que, sospecha, nace su afición incondicional al circo real. Un circo que es un sueño para el niño, deslumbrado por tanto juguete como hay en aquella casa. Un circo al que realmente no le falta detalle. Y cuyo recuerdo está muy vivo. Todavía puede verlo. Gradas redondeadas alrededor de la pista, rojas y amarillas. Negras rejas para montar, sin posibilidad de fuga, la jaula donde varios domadores actuarán con las fieras: elefantes, leones y tigres. Y seis caballos blancos con su grácil domadora ecuestre. Un trapecio real, con dos fornidos trapecistas y una ninfa de cabello claro que vuela, dependiente de ellos, ellos pendientes de ella, sobre una red de verdad. Equilibristas, acróbatas, malabaristas de habilidades imposibles. Y un forzudo. Y un exótico y sorprendente faquir, con su cesta y su cobra. Y un mago, por supuesto. Y payasos, claro, payasos plásticos, mudos pero que despiertan en su imaginación decenas de carcajadas. Ratos de alborozo.

Vuela el tiempo y es ella la que lo saca de su ensimismamiento. Probablemente lleva un rato observándolo jugar, sumergido en un mundo onírico, soñando con circos imposibles, viajando por todo el mundo sin moverse de la seguridad que propicia la proximidad de los mayores en la cocina cercana; acaban de prepararle una rebanada colmada de cabello de ángel, otro de los secretos atractivos de aquel piso mágico. Una mermelada inalcanzable que solo tenía ocasión de saborear allí. Un verdadero deleite para su paladar infantil. Un sabor que se instalará para siempre entre sus debilidades. Sabor a calle Casanova

 

Breve estrambote en prosa:
Nada hacía sospechar que esa calle volvería, tiempo después, a su vida.
Continuará….

Las fichas (V)

XXIII.-

Ficha D

La familia de mi padre (I)

Segunda parte

Y aquí estamos.

En la capital del reino, en el Madrid de la preguerra civil. El abogado Plo, mi abuelo paterno, campa a sus anchas. Mas de metro noventa de semental desatado. Su principal dedicación, al parecer, es embarazar a las criadas de la casa y su padre, aun un hombre bien relacionado, le arregla los desaguisados. Bueno, le arregla los dos primeros porque a la tercera, el ultimátum es tajante.

¡“Con esta te casas”!

Pobre María. Una muchacha sencilla, de origen murciano, deslumbrada (o vete a saber tu qué en aquella época), que acaba pariendo cuatro hijos para el letrado. Una mujer melancólica, a la que aquel matrimonio sojuzgó, como era de ley, pero además doblemente. Por mujer y por ser de origen sencillo, frente a las avasalladoras pretensiones del licenciado. Sin valedores, con una familia muy singular, de las que merecen capítulo aparte, quedó en las garras del predador, sin posibilidad de rescate.

Nunca conocí a mi abuelo. Porque no sobrevivió a sus excesos y murió antes del estallido de la guerra civil. Solo recuerdo una fotografía, en blanco y negro, de 6×4 cm, de un señor realmente alto para su época, que luce aún mas talludo por que a su lado aparece una mujer, que no es la abuela María, que le llega a la altura del hombro. Viste una especie de trinchera de color claro, que ondea por efecto de su propio caminar, y lleva un sombrero tipo fedora. Pantalones negros, zapatones del mismo color y corbata indefinible sobre camisa blanca. El sobretodo no deja ver la chaqueta, que solo se adivina. Luce espléndido. Una mezcla de dandi barato y cabrón seductor. De los que daban el pego.

Y nada más. Porque el resto, es leyenda. Que si era un abogado brillante, que manejaba recursos económicos importantes, aunque no suficientes para su tren de vida, (algo, por demás, muy habitual en los letrados), que si le ganó, allá por los albores de 1932, dos pleitos seguidos a Ángel Ossorio y Gallardo, a la sazón Decano del Colegio de Abogados de Madrid, lo que no tendría mayor trascendencia si no fuera porque mi abuelo defendió una tesis en el primero de los litigios y la contraria en el segundo, que si el “Papa de la Juricidad” le había escrito una carta en la que, ademas de felicitarle lealmente, le pedía que no blasonara de sus triunfos, para evitar el desconcierto de los ciudadanos, que difícilmente podrían entender semejante dislate, que esos éxitos le permitían “atar los perros con longaniza”, que si lo suyo era un “no parar” de vida disoluta, de excesos de todo tipo, siempre fiado a sus envidiables capacidades profesionales y a su poderío físico, que …… lo dicho. Leyendas. Con alguna sorpresa que el tiempo acabará por desvelar.

El único dato contrastado es su final. Murió en 1935. Carcomido por la sífilis. Retorciéndose de dolor en una cama, abandonado por su pasado esplendor, reducido a un amasijo de músculos podridos, medio cegato, casi sordo, y con daños cerebrales severos, que convirtieron sus últimos días en un calvario, en una penitencia, en una condena en vida, como si el destino quisiera cobrarse, antes de su marcha, una parte del mal que su egoísmo narcisista había causado a su alrededor.

Dejó viuda y cuatro hijos. Y su muerte causó la ruina definitiva de los Plo. Aunque esa es otra historia, con muchas aristas, porque su desaparición permitió la entrada en escena de otro personaje memorable, el abuelo Wilfrido, del que hablamos otro día. Permanezcan atentos a la pantalla.

Hojas sueltas (IX)

XIX.-

Ayuda americana y paella con gambas.

Era una de sus señas de identidad. Irrenunciable. Siempre se vinculó a la parroquia a la que perteneciera su casa, donde quiera que estuviera. Desde sus vínculos con el Mosén de su pueblo, uno de las pocas personas realmente buenas que pudo conocer, hasta la del barrio donde vivió, en Barcelona, la mayor parte de su vida.

Activa. Capaz de encontrar, no se sabe como, un hueco para dedicar a los demás, ella que siempre iba justa de tiempo y de fuerzas. Pero eso no le impidió, todo lo contrario, ser miembro destacada del grupo de mujeres de Acción Católica. Parroquia de San Cristóbal. Creo recordar, incluso, que, en algún momento, llegó a presidir la actividad. Porque realmente se trataba de eso. Eran activistas en el amplio sentido de la palabra. Y la suya fue desbordante. Reuniones y más reuniones. Y muchas iniciativas solidarias.

Es en ese escenario en el que hace su aparición la “ayuda americana”. Mucho se ha escrito sobre esa cuestión, así que no es cosa de añadir nada. Leche en polvo y queso. Y algo de mantequilla, aunque escasa. Una leche, eso sí, que por mucho que la agitaras siempre hacía algunos grumos, un queso amarillento (antecedente directo de lo que luego descubrí como «queso de bola») cuyo aspecto no invitaba precisamente a la degustación, pero paliaba el hambre y una mantequilla que, cuando llegaba, era mejor que la habitual margarina de «varios colores» que le hacía de sustitutivo cotidiano. Como no podía ser de otra manera, la parroquia monopolizó el asunto y se acabó encargando de su control y posterior reparto. Participó asiduamente. Los lotes cuidadosamente confeccionados, con su característica bolsa, llegaban a las casas más necesitadas, semana tras semana. Y ella, con su impulso infatigable, cubría todo el barrio y sus aledaños.

Muchas familias humildes accedieron así a productos que les habían estado vetados durante años. Al margen de la calidad, que esa es otra historia. Y dentro de los destinatarios, la parroquia no se quiso olvidar de familias que vivían en chabolas, instaladas detrás del campo de deportes.

Fue un sábado, al mediodía. Inquieta porque una de esas familias, la que vivía en una de las barracas mas destartaladas, no había recogido su paquete, extrañada, decidió llevárselo. Abnegada, responsable como siempre, le robó un rato a su ya escaso tiempo y allí que fue. Cargada con el bulto, se detuvo ante el andrajo que hacia, a la vez, de puerta y de cortina. Y anunció su presencia. Una voz de hombre la invitó a entrar. Apartó la tela. Franqueó el umbral, en semi-penumbra y, sumergiéndose en el claro oscuro que creaba el rayo de sol que la colgadura había dejado pasar, descubrió, al fondo, un único espacio iluminado. Allí, alrededor de una mesa ovalada de buen tamaño, un puñado de personas se aprestaban a comer. No acabó de contarlas. Su mirada se posó en el centro de la mesa. Y allí, deslumbrante, una paellera gigante, rebosante, aparecía ornada por una legión de gambas relucientes, que se grabaron en su retina para siempre. Inolvidables gambas rojas dando vida a un bodegón irrepetible.

Eso la decidió. A su regreso logró despojarse del pudor que, hasta ese día, la había bloqueado.  Fue capaz, por fin, de pedirle al párroco que la incluyera en el reparto de la ayuda. Ni que decir tiene la sorpresa del clérigo. Y que su estupor dejó paso al asentimiento. Sin musitar palabra. Desde entonces, sus hijos supieron de las “exquisiteces” que llegaban desde Usa. No tenían gambas rojas, pero podían tomar leche de la ayuda americana. No había para paella, pero tenían queso. Y al zato de pan, le pudieron añadir algo de mantequilla. Y dejaron de irse a dormir, cosa que sucedía mas veces de las que era capaz de recordar, con el estomago vacío.

Hojas sueltas (VI)

XVI.-

Teas y amor

El manojo de teas que acaba de comprar en la carbonera del barrio, en los bajos de la que luego será la Plaza de San Cristóbal, prende fuego al carbón barato, en el fondo de la cocina económica. Ligadas aún con el cordel de esparto que da forma al puñado de astillas resinosas, contagian la llama al carbón con verdadera ferocidad.

De forja sencilla, grisácea virando al negro, con tres fuegos en los que diversos aros permiten mayor o menor intensidad de rescoldo,  la cocina económica preside humildemente la pieza y va a proveer durante muchos años, hasta que llegue la primera y socorrida estufa de butano, todo el calor que cabe en el piso. Veladas de invierno entre las estrechas paredes de una estancia que solo se transformará, muchos años después, tras la primera y “milagrosa” lluvia de dinero que, sobre 1972, logrará acumular el cabeza de familia.

Pero mientras tanto, lumbre para destilar la magia de sus pócimas gastronómicas que fascinan a la prole siempre insaciada. Candela con la que escribir un verdadero tratado de cómo barajar los ingredientes más modestos y sencillos, de como estirarlos hasta lo impensable, para llenar estómagos infantiles, que no siempre hallan consuelo en poder compartir un huevo frito o en merendar día tras día algo de pan con aceite, ora con sal, ora con azúcar; un despliegue de sabiduría y creatividad que logrará educar sus paladares para que puedan disfrutar siempre más de cualquier manjar que se lleven a la boca. Ascuas donde calentar el agua para el boto de sus escalofríos, donde hervir la malta de las mañanas y el pseudo chocolate de las tardes, donde freír, donde guisar, donde ejercer una alquimia de hechicera buena, silenciosa e inolvidable. Un puñado de teas y mucho amor.

 

 

 

 

 

 

Hojas sueltas (VII)

XVII.-

El piropo.

No consigo recordar el tipo de árbol, ¿acacias, olmos?, que sombreaba aquel paseo central, de tierra compactada, con decenas de ellos alineados a ambos lados. Bordeado por dos calzadas laterales, pavimentadas con los entonces habituales adoquines de la ciudad, absorbían el, aún, menguado tráfico de la zona, camino de fábricas y naves situadas en la zona portuaria. 

Su cruce con la calle principal, la de acceso al barrio, era un incesante hervidero humano que siempre hallaba amparo bajo sus ramas. Un río de idas y venidas, en el que se cobijaban por igual la prisa y la lentitud, mientras tejían un mosaico de contrastes vitales que amenizaba nuestra existencia. Apresurados unos, calmos otros, aquel cruce de la calle con el sencillo bulevar vivía eternamente preñado de bullicio y correrías infantiles, risas y confidencias adolescentes, amagos y complicidades juveniles, sesudas reflexiones adultas y no menos transcendentales sentencias de ancianos, en su inevitable sabiduría. 

Sacrificados, los árboles, cuando hubo que engrandecer las calzadas para dar paso a los camiones que transportaban las rocas destinadas a la construcción de los muelles de la ampliación del puerto, perdura en mi recuerdo su presencia. Demasiada vida deambulando a la sombra de su memoria. Imposible olvidar tantos momentos. 

El día era espléndido. Cogido de su mano, llegábamos de alguna de las contadas escapadas que, cómplices, solíamos hacer hasta la calle Cruz Cubierta, su Eldorado comercial, cuando el rugido del motor de un camión dejó paso al piropo del camionero. Un requiebro tosco, pero, a pesar de ello, simpático. Madre ya de cuatro hijos, la torpeza del lenguaje no impidió un leve estremecimiento. Mi mano lo detectó al instante. Eso y, de reojo, un esbozo de sonrisa. De mujer complacida, a pesar de todo. Un grito primario para recordarle que posiblemente su bella figura de antaño, inevitablemente castigada por su reciente maternidad, desprendía cierta rotundidad, guardaba un atractivo sin marchitar que, podía, todavía, despertar alguna pasión, por pasajera y ruda que fuera.

Interludio

¿Qué era lo que más le sorprendía del poeta y editor de Seix Barral?
“Creo que él, como muchos de esa generación, tenía algo muy religioso, protestaba como por un contrato no cumplido, porque la vida no tendría que ser desagradable, el dolor no tendría que existir, las cosas debían ir bien… Pero las cosas van mal, el dolor existe y la vida puede ser desagradable. La vida no está aquí para juzgarla sino para vivirla. No hay que protestar porque junto a la montaña hay un desfiladero”.

EL PAIS
22 de diciembre de 2015
De una entrevista a Salvador Paniker,
de Andrea Aguilar.

 

 

Hago un alto en la tarea que me ha absorbido durante semanas. Muchas horas trabajando en los papeles de Emilio. He corregido notas, recopilado hojas sueltas, aclarado dudas sobre tachaduras y borrones, clasificado fichas y, de la mano de todo ello, he descubierto, del amigo que conocía, facetas que ignoraba sobre la otra persona que mi amigo también era.

Está atardeciendo. La luz del crespúsculo se apodera de la habitación en la que trabajo y el penúltimo rayo de sol, antes de fundirse con el horizonte, ilumina la estancia con una calidez distinta a la de otras veces. O eso me parece a mi. Bebo pausadamente. Sorbos cortos. El licor impregna mis papilas, mientras vuelven a mi memoria plegarias de antaño. Hacia años que no lo hacía, agnóstico militante como soy. Pero luz y licor me llevan hasta ello y activan remembranzas olvidadas.

Invoco a mi amigo.

La persona que conocí. Sus ojos negros, su leve sonrisa entristecida por contratiempos y desengaños, su corpachón torpe pero tierno y su talante cordial y afectuoso. Un ser humano inseguro, sutilmente triste, que, según solía confesar, parecía mas de lo que era.

Y el personaje oculto, ese que aflora en sus escritos, que sigo ordenando con pasión, a la búsqueda de las aristas y escondrijos del Emilio que no conocía.

El atardecer ha dejado paso a la leve penumbra del ocaso, solo agrietada por la tenue luz de una lámpara de pantallas verdiazules, lo que da a la estancia un aspecto algo fantasmal. Fluyen los recuerdos. Pausadamente. Una cámara lenta desgrana secuencias que creía arrumbadas. Emilio ríe débilmente. Como arrepintiéndose de esa risa que parece que la vida no va a permitirle. Una sonrisa clandestina. Como engañando al destino. Como con miedo a desafiar a los dioses, con el temor de que se sientan celosos de su alegría y opten por punir su osadía. Sus ojos delatan miedos ancestrales, grabados a fuego en sus genes, tatuados en su piel que, a pesar de todo, no le impiden militar en el pesimismo vital del que blasonaba en alguna oportunidad. ¿Pesimista vital o, como diría Sérgio Rodrigues, positivista desilusionado?

¿Modesto o inseguro? Las dos cosas a la vez, afirmo, aunque mas lo segundo que lo primero. Tras una apariencia de persona sólida se escondían inseguridades sin cuento. Desconcertado, sin rumbo muchas veces, ¿era sensible o era débil? Lo debilitaba la sensibilidad, sin duda, atrapado en ese mundo pseudosartriano que le impedía ser feliz si no veía felices a los demás. Y eso lo convertía en alguien muy atormentado. ¡¡Creía que la vida debía ser “de otra manera”!! Y, sin embargo, en ocasiones encontraba el modo de sacar fuerzas de flaqueza y sobreponerse a situaciones que hubieran destruido a cualquiera. Acumulaba tragedias personales con la misma sorprendente serenidad, con la misma naturalidad con la que otros, por ejemplo, coleccionan pintura. ¿Miedoso o cobarde? No sabría decirlo. Sin duda tenía miedo en muchas ocasiones. Un miedo heredado, mamado para ser exactos. Fruto de su origen, de lo que se vivía en aquel pequeño piso, donde la clueca protegía a sus pollos y, sin saberlo, no lograba mas que debilitarlos. Y creció con ello. Probablemente si algo hubo de heroico en su vida fue la manera como lo combatió siempre. Aunque no siempre logró vencerlo. Pero cuando tuvo que hacerlo, la cobardía quedó en segundo plano y se atrevió.

Si hubiéramos preguntado a sus convecinos, a la gente del barrio donde se crió, hubieran hablado de un buen chaval, nacido de familia humilde pero complicada, muy hecho a su entorno mas próximo, tímido, siempre necesitado de afecto. Siempre en segundo plano, no destacaba por casi nada. Estudiante normal, con mucha memoria, eso si…no era demasiado buen deportista, no era creativo, no era hábil, no tenia cualidades de esas que, a simple vista, llaman la atención. Pero el conjunto no era desdeñable. Cuando tocaba, siempre estaba allí. Hasta el punto de que muchas veces acostumbraba a ser la solución de los problemas…. hasta que, luego, empezó a ser tan sólo el problema. Pero eso os lo cuento otro día.

Todos coleccionamos deslealtades. Ajenas y propias. Pero Emilio era un caso singular. Su catálogo de deslealtades ajenas agrupaba un selecto detalle de dolorosas experiencias. Estoy seguro de que en las páginas que faltan aflorara algo de ello. Y de las suyas. Que las hubo. Y alguna, sonada. Pero cuando fue víctima, nunca, que yo sepa, se dejó llevar por el rencor. Jamas dedicó ni tiempo ni recursos a tramar venganzas. O, mejor dicho, su rencor no fue más allá de un castigo sencillo: el o la desleal de turno salía de su vida para siempre. Y si fue sayón, encontró la manera de hacerse perdonar. O eso creo recordar.

La noche ha acabado por matar al día. He dejado de escribir. Necesito una pausa y nada mejor que un poco de música para quebrar el cristal de silencio que ha acabado por apoderarse de la estancia. He escogido a Neil. 1972 y su inmortal “Harvest”. Canciones de esas que siempre están ahí. El plato está ligeramente desequilibrado y la aguja produce un tenue ruido que no logra, en ningún caso, incomodarme y no parece perturbar al músico. Acústica y harmónica. “It keeps me searching for a heart of gold. And I’m getting old”. También yo envejezco. El paso de los días ahora ya es despiadado. Y echo de menos a mi amigo. Tengo la aventura de sus textos. Me hacen una compañía que no pudo imaginar. Y me seduce descubrir lo que está por llegar. Pero lo echo de menos. La idea me conmueve hasta la médula. Hubiéramos podido envejecer juntos.

Hojas sueltas (V)

XV.-

 

Partidas de cartas

En el centro del pequeño salón, una mesa redonda, de un indefinible color, similar a la madera, pero, como todavía ignoraba, madera barata, de hecho, una vulgar imitación. Sentados a su alrededor, y entre una nube de humo, remangados, solteros y casado, juegan interminables partidas de cartas. El mueble bar está abierto. Beben todos menos ella, que, risueña, se complace en ganar partida tras partida para desespero de aquella singular colección de varones que disimulan su leve ira con risas artificiosas. Solo el alcohol logrará relajarlos. Y de vez en cuando, una pausa. Canapés, vino, y después, coñac y licores dulces. Su marido representaba, para lograr un sobre sueldo, vinos de Montilla Moriles y, durante un breve tiempo, licores. Destilerías Hijo de Juan Morera. Crema de cacao, anís, pipermín, curaçao y un ron escarchado, con cristales de azúcar, capaces, en función del lugar desde el que se observara, de reflejar decenas de raras iridiscencias. Dulces y alcohólicas, imagino. La botella permaneció durante años, intocada, en el fondo del mueble bar que completaba, junto a la lámpara que simulaba un ancora con tulipas opacas y el tresillo tapizado en verde, la decoración del saloncito. Forrado de espejos, con un estante intermedio, de cristal traslúcido, recortado de manera que pudiera sostener copas pero que, a la vez, permitiera almacenar las botellas, acababa por iluminar, a medida que avanzaba la tarde, una parte de la escena, para dotarla de un falso aire de casino decadente.  Ella siempre ganaba y, en ocasiones, lo suficiente como para tapar algún agujero en cualquiera de los colmados de la zona. ¿Tahúr tiene femenino? Ellos sonreían, pero maldita la gracia que les hacía. Machitos irredentos, la toleraban por que no dejaba de ser la anfitriona y porque sus canapés eran imbatibles. Pero jamás hubieran reconocido que era mucho mejor jugadora que ellos.