La libreta gris. Tercera parte.

X.-

Emigrando, para empezar.

Tras una boda de la que no recuerdo memoria gráfica alguna, salvo, quizás, un pequeño primer plano de mi madre, sonriente…… una boda que siempre dio la sensación de que fue, sin serlo, como a escondidas, el destino fue Barcelona. Teniendo, como tenían, un cierto arraigo en Madrid, jamás se supo el porqué de esa decisión. ¿Qué los llevó allí? ¿El solo hecho de que ya era tierra de promisión? O posiblemente la voluntad de encontrar un nuevo escenario, lejos de toda relación familiar, donde empezar, literalmente, de cero. Porque cero era lo que tenían. Pero, ¿por qué? Parecía más sencillo intentarlo en Madrid, donde él tenía al grueso de su familia y ella había trabajado en la empresa de su tía Rafaela durante bastante tiempo. En algún tenue rincón se esconde, sin duda, un distanciamiento buscado por razones no siempre comprensible y, desde luego, nunca explicadas. ¿Él estaba herido porque le obligaron a vender, con el pretexto cruel del reparto de una herencia, la papelería en torno a la que pensaba edificar su futuro? ¿Por ello se alejó de todos? ¿Huía de algo mas? ¿O era ella la que no deseaba volver porque había descubierto el deshonesto proceder de sus familiares, propietarios de lo que era una mutua incipiente, en torno a la recién implantada seguridad social?

Sea lo que fuere, Barcelona fue su elección. Y una habitación con derecho a baño y cocina, su primer destino. Frente a los “Jardinets”. Allí vivieron hasta que algunos año después, la puesta en marcha de una factoría automovilística les proporcionó a él su primer trabajo estable y a ella un piso de protección oficial donde cobijarse con su camada. Luego os cuento.

De aquella época era la foto, por supuesto en blanco y negro, donde una joven, cuyo nombre os desvelaré otro día, futura campeona de bolos y luego esposa abandonada en extrañas circunstancias, juega con un niño y unas palomas. Tenue recuerdo de aquellos días. Aparentemente felices. Cerca de la parroquia de los Capuchinos, (un “hola, cordero” incrustado en la memoria evoca a Fray Bernardo), con un entorno amable, al calor de las buenas obras en el Somorrostro, el instante atrapado en la fotografía no permite ver, no desvela todavía una trastienda emocional más compleja. La inocencia del crío flota sobre aquel tiempo que ella evocara siempre como de incertidumbre laboral (algo que, por otra parte, la va a acompañar siempre), tiempo de no llegar nunca puntual a pagar la habitación, lo que recordó siempre con especial amargura por el trato recibido de la patrona, tiempo de sobrevivir empeñando las piezas del ajuar que bordara en su pueblo natal, al calor del brasero, en las frías tardes de invierno, de ver como su esposo, incapaz de encontrar trabajo en una ciudad en la que, sin especial dificultad, podía trabajar de algo quien quería trabajar, se escapaba solo al cine porque, al parecer, solo tenían dinero para una entrada, la de él, claro. Un breve boceto de deslealtades posteriores.

Fue entonces cuando vivió su primer encontronazo con la lengua que nunca aprenderá a hablar. Perdió un buen puesto de trabajo porque colocaron en él a alguien menos capaz y más inexperta, solo porque disfrutaba de un rotundo apellido catalán. Había que oírle contar la historia. Unas veces en clave dramática, otras sacando a relucir una sorna peligrosa, imitando a los protagonistas de lo que, en ese momento, parecía un sainete. Pero lo que cierto es que nadie pudo convencerla jamás de que aquella pérdida de independencia marcó indeleblemente su vida. Fuera o no su plan, quedarse sin trabajo y encinta prácticamente a la vez, selló su destino. Iba a nacer su segundo hijo.

Hojas sueltas (II)

IX.-

 

II.- Una carta

 

                                                                Barcelona, a 12 Diciembre 1.99…

Querido M…….:

Recibí, al día siguiente de que la depositaras en Correos, tu tarjeta y “minuta” de fecha 29-11-9…

Al margen de que coincidió con la mudanza del despacho y la vorágine de horarios y de problemas mil que ello conlleva, he preferido tomarme tiempo para contestarte. No te ocultaré que mi primera reacción cuando interpreté tu envío, sorpresa aparte, fue presentarme en tu casa pero …… dado que has optado por la vía epistolar, aceptaré las reglas que has elegido.

Deduzco de tu misiva que estás dolido y enojado por que mi despacho te facturó el trabajo que realicé para ti con motivo de la compra de tu nuevo consultorio. La verdad es que, en mi ingenuidad, cuando me dijeron que habías pagado mediante un talón a vuelta de correo, interpreté que, sabedor como eres (posiblemente mejor que nadie) de los disgustos que ese tema me ha venido ocasionando tradicionalmente, contento como estabas de mi trabajo, lo pagabas inmediatamente como atención a mi persona.

Y esa deducción, obviamente desacertada una vez desvelado el verdadero sentido de tus envíos, me produce reacciones encontradas.

Déjame decirte, en primer lugar, que me parece que no son maneras de hacer las cosas. Si el envío de la factura te suponía un problema, ¿por qué no me llamaste inmediatamente?. ¿Qué necesidad había de esta serie de gestos (te enfadas si apostillo que los creo más propios de alguien como yo que de una persona de tu rigor intelectual y tu calidad emocional) cuando cogiendo el teléfono podíamos haber hablado en el acto de la cuestión? ¿Qué te impidió llamarme, anticiparme el tema y emplazarme para, como hasta ahora, sentarnos delante de una botella de buen vino y hablar de lo que procediese? No lo entiendo, francamente.

Porque, además, en esos días te llamé para ir a jugar al paddle y no me dijiste ni palabra. Por una desgraciada casualidad (y no busques segundas lecturas, porque no las hay), tuve que suspenderlo y tú tampoco hiciste nada para vernos. Y la mudanza, como te decía antes, hizo el resto.

Pero es que, si en la forma creo que no has estado muy acertado, en el fondo tampoco parece que te asista la razón. Lo he desmenuzado desde varios puntos de vista y no acierto a comprenderte. Entiendo que tu minuta “sin cargo” señala que no podía cobrarte por mis servicios por que una deuda de gratitud eterna para contigo me obliga a trabajar gratis para ti. Es evidente que (¿la falta de práctica?) el redactado de tu minuta es francamente desafortunado. Intento traducirte. Y si me equivoco en la traducción, te pido disculpas anticipadas.

Empiezo por el final. Desde 1.984 hasta la actualidad, me dices. ¿Debo entender que durante todo este tiempo he sido tratado como paciente? Hasta donde me llega la memoria, la maldita memoria, me diste de alta en tu consulta en 1.986, a finales. Y, desde que cenamos en mi casa con P……. (y con el telón de fondo de tu solicitud de oír “You’ve got a friend”), desde entonces …. he pensado que cuando íbamos a cenar, a jugar al billar o a tomar una copa, lo hacía con mi amigo M…, no con mi médico. Y que tú lo hacías con tu amigo Emilio, no con tu paciente. Descubro que ello no era así. Y añado que quizás deberías haberme advertido de ello.

Terapia familiar, me dices. ¿Incluyes allí las veces que has tratado a miembros de mi familia?. Veamos, M…….. Al igual que mientras fui tu paciente, las personas de mi familia que han ido a tu consulta han pagado lo que tu has dispuesto. Hasta donde sé, ha pagado A……, y ha pagado y paga mi hija O……. Lo que has tenido a bien cobrar, lo que ha pedido tu colaboradora encargada del tema. Y cuando te pedí que intervinieras en el tema de mi hermana N……, tanto mi familia como yo teníamos y tenemos la intención de pagar lo que corresponda. Ignoro tus tarifas. No sé si a otras personas les cobras más o menos, ni lo quiero saber. Pero nadie, jamás, ha dado por sentado que nuestra amistad fuera patente de corso para aprovecharse de ti profesionalmente. Y no creo que tú pudieras tener esa sensación fundadamente. Y si alguien se ha colado de rondón en tu consulta y no ha pagado (francamente lo ignoro) ha sido siempre a mis espaldas y contra mi voluntad.

Referencia aparte merece la atención que, en su día, a través del C.A.P., diste a mi madre. Por lo que sé, ella fue honesta contigo y te explicó su situación económica. Y tú la atendiste a través de la Seguridad Social. O al menos eso es lo que tenemos entendido. Hasta que tu te saturaste y la remitiste al C.A.P. que le correspondía por domicilio. Y todo estuvo bien y nadie puso objeciones a lo que tú, libremente, decidías en cada momento. Y si no es así, deberías aclararme el tema. Por que esa es mi percepción de los hechos. Te lo aseguro. Y si por eso se te debe algo, no tienes más que decirlo y mi madre te lo abonará.

Y durante todo este tiempo, me has hecho consultas sobre todo lo que se te ha antojado (cuando vendiste tu piso en Avda. M………. y compraste tu casa actual, de tu renta, de mil cosas que has tenido a bien comentarme), y jamás te he dicho nada. Antes al contrario. Y cuando he podido, en la medida de mis posibilidades, he correspondido a tu amistad con la mía y a tus detalles con los míos.

No puedes ahora, por que te cobro un trabajo, ponerte así. No soy un desagradecido, si es eso lo que te duele. Tu has cobrado a quien has querido, lo que has querido y como has querido. Tú has organizado la cuestión a tu libre albedrío. Y nadie ha tenido ni tiene nada que objetar. Y mi agradecimiento ha quedado patente, no sólo en mis palabras sino, por ejemplo, recomendándote a decenas de personas que han pasado por tu consulta (y a muchas otras que no han querido ir).

Por eso, cuando llega mi trabajo, no tienes derecho a dar por sentado que no debo cobrarte. Mi trabajo es tan digno como el tuyo. Puede que no goce de esa aureola que os coloca a los médicos (señores de la vida y de la muerte) por encima de toda consideración, pero también merece respeto. Y te hice un buen trabajo. Te di un buen consejo inversor. Velé por tus intereses adecuadamente, propicié el final feliz de la cuestión y mi presencia (ponderada incluso por el abogado del vendedor) te ahorró muchos quebraderos de cabeza. Por eso el despacho te facturó, con una bonificación importante, en atención a ti.

Añadiré, si me lo permites, una reflexión final. Pseudofilosófica, si lo prefieres. Además de todo lo anterior, creo que existe otro error en tu pulsión del tema. Dando por sentado, aunque sólo sea a efectos dialécticos, que, en medio de nuestra amistad, pudiera deberte algo, que tengo contigo una deuda de gratitud pendiente, en última instancia soy yo como individuo y como persona, quien decide cómo, cuando y donde la pago. No se cobran las deudas de gratitud, no puedes cobrármela tú. La pago yo. Y creo tener derecho a decidir en qué circunstancias.

Desgraciadamente, este problema no es nuevo. Y siempre lo he resuelto igual. Y tú lo sabes, por que precisamente cuando ejercías de psiquiatra conmigo, supiste de las angustias que me causaba la gente que daba y da por sentado que no les tengo que cobrar. Y por ello, de siempre, cobro a todo el mundo. A mis amigos, con una bonificación. Pero todos pagan. P….. pagó por su separación, por su divorcio, por la venta de su piso, etc…. R… paga. J.. paga. Y la amistad no se mezcla con la profesión. Como entendía que estabas haciendo tú también.

Añadiría un montón de cosas, pero esto va camino de convertirse en algo demasiado extenso. Es posible, en cualquier caso, que no te guste lo que acabas de leer, o que no lo compartas. No tienes más que hacer lo que, entiendo, debiste hacer el primer día. Coges el teléfono y me llamas. Y defiendes tus argumentos delante de la botella a la que antes me refería. Con la misma fiereza con la que te escribo, con el mismo afecto – espero – con el que te escribo. Por que, puedes creerme, si no te quisiera, esta vez hubiera pasado la página como me enseñaste.

Un fuerte abrazo

Emilio

 

                                     

                                                      Al acabar de leerla, antes de reordenar el texto y pasarlo a limpio, recordé la historia. Emilio había hablado de la carta y la peripecia vital que escondía alguna tarde perdida, al calor de las confidencias que desata el vino. Hasta donde yo sé, su carta nunca tuvo respuesta.

Hojas sueltas (I)

VIII.-

En la caja de Emilio había, creo que ya os lo conté, un puñado de hojas sueltas. Temas aparentemente aislados. Notas garabateadas apresuradamente, borradores apenas abocetados, bosquejos de cartas, …. Como si al no incorporarlos a la libreta gris, hubiera querido dejarlos al margen. Pero dignos de ser tomados en consideración. Algunos teñidos de amargura. O eso me parece a mí. Recuerdos que el tiempo no parece haber mitigado. Están llenas de tachaduras y “pentimentos”. Las he “pasado a limpio” y las publico como creo que él hubiera querido. Esta es una de ellas.

 

No money, no show.

No era todavía época de artistas ambulantes por las calles de nuestra ciudad. No era habitual. Algún músico, si. Pero funambulistas, mimos, malabares… esos vinieron después. O al menos, creo recordarlo así. No tenía noción de ello. Quizás simplemente por que estaba tan destruido entonces, mi dignidad andaba por los suelos, que mucho de lo que sucedía a mi alrededor me pasaba desapercibido. Pero de verdad que no los recuerdo.

Malos días. No sé si alguna vez has tenido esa sensación. Nada encaja, nada está en su sitio. Todo lo que intentas fracasa o no funciona. Nadie parece reparar en tu existencia. Cuesta respirar. Una mano atenaza tu garganta. Te pesan los ojos que, además, se pasan las horas al borde del llanto. El latido de tu corazón o es apenas perceptible o se te desboca en el pecho. Como si estuviera o a punto de detenerse o a punto de hacerte estallar el plexo solar y salir huyendo. Aquello no era vida.

Mi amigo, cuasi-hermanos escribiría años después, en un alarde de cinismo, creo que no estaba mucho mejor que yo, pero lo gestionaba de otra manera. Tenía un orgullo que lo mantenía en pie. Para que luego digan que el orgullo no lleva a ninguna parte. Y como aún era mi amigo, estuvo ahí. De lo poco que hubo entonces.

El sinsentido en el que no vivía tenía muchas consecuencias. No todo eran noches insomnes. Quizás ni siquiera era lo peor. Al fin y al cabo…. devoras libros o intentas que la música alivie tu angustia y todo eso que tienes. Acabas haciendo de la necesidad, virtud. No. Lo peor posiblemente fuera que todo ello agigantaba los miedos que venían contigo desde la infancia. Los convertía en titanes que te tomaban rehén sin posibilidad de rescate. Y atrapado, te instalabas en el pánico a todo. Miedo a ir y a no hacerlo. A intentar algo y lo contrario. A decir y a estar callado. Mal compañero el miedo. Creedme.

Y entre mis fobias, la de salir de las fronteras de lo que entonces era mi país. Terror, literal, a lo desconocido. Y ahí mi amigo estuvo al quite. Viajero empedernido, tenia un congreso de su especialidad en Leiden. Y allá que fuimos. En un coche al que él llamaba cariñosamente “el armario” y que debía ser un modelo antiguo de Seat que no soy capaz de recordar. Un armatoste. La verdad es que los coches me han importado toda la vida un comino. Pero esa es otra historia.

Loco del volante, podía estar horas enteras conduciendo. Para mi era incomprensible, pero era inútil razonar con él. Volante y asfalto lo convertían en un tío feliz. Y locuaz. No callaba nunca. Mezclaba temas compulsivamente. Música y paisaje, anécdotas de sus guardias médicas, coches y motos, alguna evocación del colegio, alguna anécdota sobre antiguos compañeros, y de nuevo música y coches. Radiografiaba, mientras las tarareaba, sus canciones favoritas y radiografiaba los coches de su devoción. Y lo dicho. Allá que fuimos. Insomne como era entonces, no tardé en quedar dormido.

Desperté al pie de la Torre Eiffel. Había tenido la humorada de entrar en Paris solo para darme esa sorpresa. Eran las seis de la mañana y hacía frío. La torre estaba cerrada. Ya subiríamos otro día. Una baguette con mantequilla y a Leiden.

Por supuesto, a mi no se me había perdido nada en un congreso de oncólogos. Meritorios, que duda cabe, esforzados, pero una compañía francamente aburrida. Que me perdonen. Así que el destino inevitable fue Ámsterdam. Donde, obviamente, nunca había estado. Centraal Station, Jordaan, Nieuwendijk, Kalverstraat cuando todavía no se sabía una calle cara y pasear por ella era un placer reconfortante, el Singel y el Bioemenmarkt, el mercado de las flores, entre barcazas orilladas en el canal. No estuve muchas horas, pero por razones que desconozco la ciudad se me incrustó en el alma. Sin previo aviso, como por ensalmo, la ansiedad dio paso al sosiego. Y por un rato recuperé la calma y la sonrisa, y esa sensación olvidada de estar bien contigo mismo y con el resto de la humanidad. Y solo pudo ser la ciudad. Porque durante las horas que pasé allí, solo hablé con el camarero del Café Karpershoek, eso sí, en mi lamentable inglés. Era la primera vez que respiraba el aire libre que era la esencia de aquella ciudad. O dicho de otra forma, aunque pueda parecer ridículo porque probablemente lo es, en aquel momento y para mí, era una puerta de salida. Que me permitía intentar dejar atrás un mundo claustrofóbico y pequeño, de creencias simples, obligaciones rutinarias y cotidianeidad mediocre. Y de soledad y desamor. Claro. Luego, con el transcurso del tiempo y los viajes posteriores te das cuenta de que la ciudad tiene más mucho más que ofrecer. Pero aquel día, aquella pincelada era mucho.

Y la plaza Dam. Iglesia, palacio, hotel y monumento. Y los puestos donde comer arenques con pepinillo y cebolla.

Él estaba allí, en el centro. Cama de vidrios, colchón de clavos, botellas, trapos, aros y bastones metálicos. Su tenderete lograba tu atención aunque no quisieras. Y el corro de curiosos fue tomando forma. Unos pocos primero, algunas decenas después. Cuando el zíngaro estuvo cercado por una pequeña multitud, se agachó para coger una gorra cochambrosa. Armado con ella, inició una vuelta al ruedo agitándola levemente, para que los presentes se dieran por aludidos y la llenaran de monedas. O algún billete, claro. Que él no le iba a hacer ascos.

Uno de los curiosos, en el otro extremo del corro, despeinado, tejanos viejos y anorak roto, ojos mezquinos, interpeló al artista. “Hey, man, how are we going to give you money if we have not seen what you know how to do?”. La interpelación sonó como una bofetada. El fulano del anorak roto tenía cara de pocos amigos. Un breve silencio. Frío hasta en las pestañas.

Giró sobre si mismo. Pocas veces he vuelto a ver tanto orgullo en unos ojos. Encaró al entrometido, lo taladró literalmente, paseó la vista por el resto de la gente y escupió: “No money, no show”. No se que hubiera dado por esa fiera dignidad. 

Le llovieron las monedas. Y cuando remató la vuelta y el casquete bullía de monedas, dio comienzo al espectáculo. Ritual antiguo para embaucar a un puñado de curiosos con cuatro trucos simples pero efectistas. Su show. Supervivencia en estado puro. Piel curtida, insensible al dolor. Fuego en la boca, fuego en los ojos. Aquello era dignidad. Lo demás, paisaje.

Una foto ya descolorida, revelada por contacto, vertical, de apenas ocho por cinco centímetros es el único recuerdo material que he conseguido rescatar.

Emilio dejó la foto cogida con un clip a la pagina del relato.

 

 

 

Las fichas (II)

VII.- 

Ficha B

Libros, música y efectos colaterales.

 

Mis padres no leían habitualmente. No tenían opción. Supongo que no tenían ni oportunidad. Ella nunca tuvo tiempo. Y él no estaba. Sobrevivir era la tarea y cada uno lo hacía a su manera. De hecho, resulta difícil saber si, caso de haber podido, se hubieran aplicado con la literatura. No recuerdo rastros de que tuvieran ese hábito. Pero, aunque pocos, en casa siempre hubo libros. Pensando en nosotros, supongo. Y de ellos mamé a destajo todo lo que pude.

Una librería de salón. Sin pretensiones. Y en ella una breve colección de lo que entonces eran mini libros, de la Editorial Aguilar, Colección Crisol, con un par de decenas de títulos variados. Desde “Sandokan / La mujer del Pirata” hasta “El Cantar del Mío Cid”. Desde Fray Luís de León y “La perfecta casada” hasta “El caballero de Olmedo” de Lope de Vega. Y Tirso, y Calderón, y San Juan de la Cruz, Y Marquina y “En Flandes se ha puesto el sol”. Si, también Marquina. En un rincón de la estantería, sutilmente oculto, el libro del Dr. López Ibor. Y en lugar preferente, lecturas sugeridas para nosotros. Los dos libros de Quoist. “Amor: El Diario de Daniel” y “Dar: El Diario de Ana María”.El teólogo francés, entonces de moda, escribió, entre otros, un par de libros en los que abordaba con un lenguaje pretendidamente moderno una especie de aproximación desde las tesis católicas a la realidad cotidiana. Bajo la ficción de dos diarios adolescentes, se intentaba, tal y como pretende siempre este tipo de autor, teorizar y, sobre todo, adoctrinar a los adolescentes sobre el futuro, marcando la ruta que debía seguir su vida afectiva, y, en especial, su sexualidad. Atentos a los títulos y el matiz masculino/femenino de ambos. Sugerencia, sin duda, del confesor de mi madre, él había dispuesto que esos libros debían formar parte del itinerario formativo de sus hijos adolescentes. Y, disciplinada, así lo hizo. Sin fisuras, como siempre, sin demasiado criterio propio, porque, entre otras coas, esa es la utilidad de un confesor. Esos dos libros y el del jesuita Martín Vigil, “La vida sale al encuentro”, creo que fueron la guía pedagógica que nos brindó en la adolescencia. En especial a mi. Porque, hasta donde soy capaz de recordar, mis hermanos no debieron de leerlos. Ya eran muy listos entonces.

Lector precoz, devoré los tres una y otra vez, en un bucle malsano, intercalándolos, afortunadamente eso sí, con las aventuras de Sandokan (creo que esos libros, los dos primeros de la saga, llegué a sabérmelos casi de memoria), y los clásicos de Crisol. Me fascinaba en especial “El cantar del mío Cid” y la afrenta de los infantes de Carrión. ¿Cómo evitar que la mente desbocada de un niño de doce o trece años no soñara con Yáñez, o con Álvar Fáñez?. Imposible sustraerse al sueño de ser Aníbal, no refugiarte en Capua y galopar a la conquista de Roma. Y luego estaba Lope. Me gustaban y aún me gustan mucho sus obras de teatro. Incluso podría recitar algún trozo, si la ocasión lo merece.

También estuvo la biblioteca del colegio. Si es que se puede llamar así a un armario con puerta de cristal, colocado en una especie de antesala del pasillo por el que los profesores accedían a las clases. Del orden de doscientos libros, mal contados, de historia, biografías y relatos de descubrimientos. Alejandro y Aníbal. Julio César. Los Escipiones. Atila. Ricardo “Corazón de León”. Gengis Khan. Marco Polo. Colón, Cortes, Núñez de Balboa, Magallanes y Elcano. Y Da Vinci. Y Stanley y Livingstone, por supuesto. Y las crónicas de los viajes de Scott, Amundsen y Peary. Que entonces, por su dureza, casi eran relatos de terror. La soledad y la locura impregnaban sus páginas desoladoras. Sin novelas. No había novelas en aquel armario. Bueno. Miento. Había una. Que valía por cien. “La Isla del Tesoro”. Leída varias veces, casi compulsivamente. Confieso que, desde entonces, mi amor por Stevenson no ha hecho mas que crecer.

De los tebeos, otra de mis pasiones, prefiero hablaros otro día. Pero también estuvieron allí.

Quién les había de decir, ajenos, por supuesto, a las tesis de aquellos libros que acabarían por hacernos, por hacerme, más mal que bien. Ignorantes de que aquella visión de la vida y de la realidad me iba a meter en una burbuja emocional totalmente deformante. Desconocedores de que el precio que habré de pagar, años después, para vivir con sus efectos primero y para intentar escapar de ellos después, será extremadamente doloroso.

Pero hubo mas. Amén de los libros, propios o prestados, felizmente, llegó la radio. Y con ella, la música.

Aquel bendito aparato de radio, una Telefunken comprada a plazos, pagada tras no pocas odiseas, fue la ventana. Su capacidad de llenar las horas e inundar la casa de música fue media vida. Había otras cosas, claro. Desde el “Ángelus”, “el Ángel del Señor anunció a María….”, hasta “el parte” de la Radio Nacional que fundara Millán-Astray y que entonces aún destilaba fascismo por todo el dial. Y Radio Miramar. Y Radio Juventud. Pero, sobre todo, estaban los programas musicales y “de variedades”. Para mi, un programa de radio en especial. No consigo recordar ni nombre ni emisora. Discomanía o El Gran Musical. No estoy seguro. Pero no olvidaré jamás la sintonía. The Marcels. Aunque entonces no pudiera saber el nombre del grupo porque ninguno de los locutores se hacía eco de ella, la especial y singular introducción de “Blue Moon” era magia. Escuchadla. “Bom ba ba bom ba bom ba bom bom ba ba bom ba ba bom ba ba dang a dang dang. Ba ba ding a dong ding Blue moon moon blue moon dip di dip di dip Moo Moo Moo Blue moon dip di dip di dip Moo Moo Moo Blue moon dip di dip di dip. Bom ba ba bom ba bom ba bom bom ba ba bom ba ba bom ba ba dang a dang dang Ba ba ding a dong ding”. Una chifladura “doo wop” fascinante. Una onomatopeya musical inconfundible. Con ella empezaba todo. Una sintonía que te daba acceso a un mundo maravilloso.

“Blue moon, now I’m no longer alone
Without a dream in my heart
Without a love of my own”

y que abrió la senda a lo que luego fuera casi toda la música del mundo.

Aunque a ella, a mi madre, quien le gustaba de verdad era Gloria Lasso. “Luna de miel”. “Nunca sabré cómo tu alma ha encendido mi noche. Nunca sabré el milagro de amor que ha nacido por ti. Luna de miel”. La votaba por las noches, escribiendo breves cartas al final de una jornada eterna, para que volvieran a ponerla en uno de aquellos programas en los que los oyentes podían decidir quien era el o la mejor cantante o canción. Y la oías tararearla suavemente mientras se acostaba en aquella cama casi siempre vacía. Y, por supuesto, todos los sábados, “Fantasía”. De la mano de aquellos cuatro monstruos radiofónicos. Almendros, Fernández, Arandes y Gallo. Y los inacabables duelos entre “dinámicas” y “guardiolistas” que siempre le producían una sonrisa escéptica. Ventajas de la equidistancia musical. Aunque siempre sospeché que los matices de la voz del inefable “Pepe Hucha” no le desagradaban en absoluto.

Mi padre tenía gustos mas eclécticos. Flamenco, claro, que por algo había nacido en la tierra de María Santísima. Y rumba. Como no podía ser de otra manera, rumbero él para muchas cosas. Bambino y Peret. Y “El Pescailla”. Pero también baladistas románticos, tipo Tom Jones o Engelbert Humperdinck. Y luego, tiempo después, eso si, José Feliciano y Simon & Garfunkel. Moderno él, para casi todo. Aunque eso fue después. Mucho después.

Pero de la mano de la Telefunken, se empezaban a respirar otros aires. Sobre todo, porque permitía atisbar que hay afuera estaban pasando cosas, había otros mundos. Los Sirex, Los Brincos, Los Salvajes. Y, claro, The Beatles y The Rolling Stones y toda la oleada de pop-rock británico: The Hollies, The Who, The Animals. Y aquel loco maravilloso de Them, el irlandés que, entonces no lo sabía aún, iba a acompañarme el resto de mi vida. Y Dylan. Y los Beach Boys y “The Mamas & The Papas”. Y Tamla Motown. La maravillosa música de “la joven América”. The Miracles, The Supremes y The Four Tops, mi segundo single:

“Reach out (reach out for me.)
I’ll be there, with a love that will shelter you.
I’ll be there, with a love that will see you through.
I’ll be there to always see you through”.

Y, claro, Otis Redding y Aretha Franklin. Mi otra única devoción verdadera. Y los cantautores. El inicio de una ruta inacabable, el comienzo de una aventura que aun persiste.

Bendita Telefunken                 .

Y, mensajes genéticos al margen, esa fue una parte del material básico con el que se forjó mi barro primigenio. Una mezcla inverosímil de libros escogidos entre la “guía espiritual” y la casualidad, llenos por igual de guiños rancios y de aventuras sin fin, para llenar un corazón adolescente de sueños inverosímiles y de ideales absurdos. Y, al rescate, la música que irrumpía entonces como un torrente que iba a sacudir nuestras vidas. Lo que parecía una simple forma de evasión acabó por convertirse en una medicina singular para paliar los efectos del complejo mundo emocional en el que debíamos vivir, prisioneros, sin duda, de lo que trataba de conformar nuestra propia esencia, aquel sincretismo de religiosidad, fascio y machismo que mamábamos desde el origen, que formaba parte de nuestro ADN, que se incrustaba en nuestra mente y tatuaba nuestra piel. Códigos e ideas inaceptables. Y un fango espeso en el que estuvimos chapoteando, aún sin saberlo, demasiado tiempo. El que tardó en llegar la curación.

 

“And I wanna make love to you yes, yes, yes
when the healing has begun”

“And The Healing Has Begun”
(“Into The Music” 1979 Van Morrison)

Las fichas

VI.-

Un puñado de fichas, aparentemente sin clasificar. Algo caóticas, si se me permite la expresión. Pero un caos hermoso. O al menos a mi me lo parece. Os transcribo algunas.

 

Ficha A

El chico sin raíces. Barcelona. Zaragoza. Gallur. Sádaba. Sofuentes.

Un charco untuoso con un oscilante arco iris flotando en la leve capa de gasóleo. Es la estación de Gallur. No recuerdo porque razón, pero he viajado solo hasta Zaragoza. La figura de mi padre en el andén de la Estación de Francia, perdiéndose en el ángulo muerto que la curva del propio apeadero obliga al tren, uniendo sus manos sobre el pecho en un simbólico abrazo, en un gesto que automatizaré desde entonces como muestra de afecto máximo. Una leve angustia delata, en su rostro, el miedo a dejarme con mis pocos años solo en el tren. Un abrazo a distancia, probablemente el más cálido que nunca me dedicó. En el bolsillo llevo un limón de caramelos, envuelto en un celofán levemente verdoso, troceado en gajos azucarados. No ha sido posible resistirse al encanto del vendedor que con su carrito ambulante camina paralelo a las vías vendiendo golosinas.

Zaragoza. Y luego Gallur. Un electro-tren, cuasi plateado y sucio, frágil, con un leve aire como de juguete, parecido al tren eléctrico que soñaba conducir por las imaginarias vías del salón de casa. Otro de esos recuerdos mágicos, otra de mis evocaciones inmarchitables. Siempre amaré viajar en tren. Siempre lamentaré no haber sabido, cobarde, hacerle un quiebro al destino que me hubiera permitido viajar en mis años jóvenes por toda Europa, en tren.

Desde allí, desde la estación de Gallur, “la Renfe”, un viejo autocar, de sempiterno olor a mareo, siempre lleno, recorriendo destartaladas carreteras comarcales, entre campos de cereales pespunteados por alguna acequia. Lleno de maletas, bolsas, atados, fardos, jaulas. Sádaba. Más ajetreo. Subidas y bajadas. Algún grito con el inefable acento de aquellas tierras.

Y, por fin, la tartana. A las riendas el cartero manco, precisamente cartero por manco, de tenue bigotito, de voz meliflua y de gestos vagamente autoritarios. La tartana. Se crea o no, idéntica hasta en sus últimos detalles, menos en el muñón perennemente vendado de su conductor, idéntica a la tartana de papel de Aguirre, el hábil vasco. Portento de la papiroflexia, capaz de crear con un trozo de cartulina los juguetes más insospechados, el vasco Aguirre me ha regalado pocos días antes, sin haberla visto jamás, una tartana de cartulina blanca igual a la que ahora me espera al bajar del autobús en Sádaba. Con el cartero manco a las riendas. Mutilado de guerra y amo y señor de la ruta final de mi viaje.

Regreso solo un momento a la residencia de solteros. El vasco Aguirre, a ratos salido de un cuadro de “El Greco”, a ratos cantor, y siempre sonriente en su altura. Intimo de Rafa, el hombre del servicio médico, eterno compañero de mi padre en inacabables partidas de mus, una de las pocas bellas personas que me ha sido dado conocer, mentor dotado de una ternura infinita y de un humor que solo una tragedia personal posterior acabará cuarteando, como casi siempre, cuando con el tiempo se convierta, literalmente, en el vecino de arriba. Un puñado de varones refugiando su soltería en un entorno que se abre a mi presencia y la de mis hermanos de la mano de mi padre, el único casado que siempre tiene tiempo para ellos. Otro día os contaré la historia de Rafa.

El trote del caballo que tira de la tartana, por un camino que tardará decenas de años en ser una carretera mínimamente normal, hace temblar toda la estructura de tela, cercana en su ondular al de la cartulina de Aguirre. Se esmera el caballito. Sufre en algunas cuestas y descansa levemente cuando toca descender por las leves ondulaciones de la carretera.

Mi madre, de la que llevo mucho tiempo alejado por razones que aún hoy no sé, pero que intuyo, está mas cerca. Atardecer. La puesta de sol tiñe los trigales de un ocre casi sanguinario. Al borde del incendio pictórico y emocional que nunca podré olvidar y que viajará siempre conmigo hasta cualquier rincón del mundo. Jamás otra puesta de sol como aquella. Quizás algunas mas bellas, en África, en la franja de Caprivi, sobre el Chobe, pero ninguna tan preñada de esa dulce melancolía, de ese anhelo que precede al reencuentro. Cerca ya de mi madre tras fechas de separación. Cerca de Sofuentes, principio y final, gloria y miseria, el único rincón donde creí tener raíces…… Algo que quizás se revele como banal a los ojos de muchas personas. Raíces. Pero que cobran su importancia cuando la vida te va empujando a creer que no eres de ningún parte. Un desarraigo que acaba por moldearte aunque no quieras. Que te deja sin referentes para algunas cosas y que te convierte, sin tu saberlo, en rama mecida por el viento.

Y tras una curva, final de viaje. Sofuentes, toda la ilusión de entonces y toda la miseria que vendrá después. Aunque, afortunadamente, aún no lo sé. Y nada perturba la magia del momento. Lo otro … lo otro, aún tardaré años en descubrirlo.

La libreta gris. Segunda parte (continuación)

V.-

Album II (Algo sobre mi padre)

II.- El hombre de los mil secretos. Siete o catorce.

Mi madre tuvo siete hijos y su marido catorce. Simplemente. Con toda la naturalidad del mundo. Como quien no quiere la cosa. Seguramente, además, en el mismo lapso de tiempo. No me negaréis que es un capítulo interesante.

¿Qué padres han partido sin secreto alguno? La necesidad de mantener ocultos determinados episodios del pasado constituye una tradición muy arraigada. Incomprensible para mi, si dejo de lado los oscuros vericuetos de la moral tradicional, que alcanza uno de sus mayores logros cuando consigue sepultar la vida de las personas en la vergüenza del silencio. Los míos no han sido una excepción.

Se llevaron con ellos mil secretos.

Él jamás nos contó casi nada. No es que fuera de pocas palabras. No era un mal conversador. Podía ser ameno y divertido si se lo proponía. Pero de él, nunca hablaba. Alguna leyenda imaginada para adornar sus orígenes y poco más. Desde luego, nunca nos habló de esos otros siete hermanos a los que, por otra parte, nunca pudimos decidir si los queríamos conocer. Un singular dilema que el tiempo nos resolvió. Fue mas cómodo perderles la pista. Pero él…. él jamás nos hubiera hablado de ellos. Es más. Cuando supimos de su existencia, cuando supe.., jamás me atreví ni siquiera a mencionarlo en su presencia. Algo mas que un tabú.

Y …..me diréis? Si el no lo contó, si nunca hablaste de ello con él, ¿cómo lo sabes? ¿De donde sacas la certeza para escribirlo? Sencillo.  A pesar de que ella se llevó consigo otros mil secretos más …. este se le escapó un día. Mejor, no pudo evitar contarlo. Necesitó hacerlo. Y no seré quien se lo reproche. Y, claro, abierto el cauce, se desbocó el torrente.

Siempre dispuesta a la charla amigable y a la confidencia, de palabra sencilla pero precisa, manejando con soltura el singular vocabulario aprendido de su madre, disfrutaba realmente de una buena conversación. Y más si, como acostumbraba a pasar en los últimos tiempos, podía sentarse en casa de su hijo y abrir su corazón, vaciarlo de congojas. Su angustia había llegado al limite. Imagino. Y lo dejó ir. Por eso supe cuantos hijos tuvo realmente su marido, mi padre.

No recuerdo que jamás explicara cuando y como fue la primera vez que supo de esa doble vida, de esa poligamia desatada, compulsiva que él llevaba. ¿Como supo que su marido se dedicaba a preñar sistemáticamente a casi toda mujer con la que tenía oportunidad de relacionarse? ¿Cómo averiguó que había un hijo aquí, otro allá, tres en L’Hospitalet, dos en Extremadura?

Por que lo cierto es que durante años estuvo intentando que la percepción que sus hijos tenían del padre fuera siempre positiva y llena de afecto. Hasta el punto de que las contadas ocasiones en que él aparecía por casa, siempre estaba trabajando, lograba que todos sus hijos corrieran a la puerta a celebrar esa presencia. Una ingenua bandada de gorriones. Para ella era puro ejercicio de autocontrol o, porque no escribirlo, recurso de hembra solitaria que emplea a su camada para mantener cerca, para retener al macho. En cualquier caso, como os digo, queda para el misterio saber como y cuando empezó a intuirlo y porque, cuando tuvo todos los datos, un día desveló el secreto. Nadie sabe la razón por la que se decidió a hacer participes a sus hijos de todo ello.  Un día dejó de proteger la imagen de su marido y decidió mostrarlo tal y como era. Es posible que a los pequeños les ocultara la situación algunos años más, pero a los mayores, en especial al primero de sus hijos, no le ahorró detalles. ¿Porque entonces? No lo sé. 

El nombre de los otros hijos de su marido, los detalles de su sexo y edad, sus diferentes orígenes, conversaciones con alguna de aquellas mujeres que formaban parte de la vida de su marido, …… detalles que llevan una tristeza infinita al alma de cualquier hembra y en los que ella, por razones difíciles de comprender, se recreó, a la búsqueda de una explicación que nunca llegó. En su afán de saber, lo supo todo. Quizás solo casi todo. Supo detalles de todo tipo, incluso hasta cual de ellas se encargaba de llamar a su marido al trabajo y recordarle los santos y cumpleaños de sus hijos o de comprar algunos de los regalos con los que aquél intentaba mitigar los remordimientos que causaba con su eterna ausencia. El dedo en la llaga. Definitivamente. Hurgando en la herida para siempre.

Un verdadero desafuero permanente que debió sobrepasarla primero, humillarla después para derrotarla finalmente.

Su llanto, cuando en ocasiones evocaba esa situación, era denso pero digno, contenido, decidida como estaba a no dejar que la derrota fuera definitiva. Aspiraba a sobreponerse. Inútilmente, cabe añadir. Ella no se daba cuenta de que sus cada vez más frecuentes referencias al tema dejaban patente esa derrota que se resistía a aceptar, que no quería reconocer.

Y el allí. A su lado. compartiendo, es una ironía, la cama con ella. ¿De que material está hecho un hombre así? Teniéndola. Incondicional. Abnegada. Leal. Firme como una roca. Y hermosa. ….porque era una mujer especialmente hermosa…… ¿Qué encontraba aquel hombre fuera de casa que no hubiera en aquel hogar modesto pero decente? ¿Qué necesidad tenía de más hijos, el muy insensato, cuando no podía sacar adelante a los que iba teniendo con su legitima? ¡Pero si ella le dio todos los que quiso¡ Encantadores, nobles, cariñosos… al menos por entonces!!!!! Y todos anhelando permanentemente la presencia de su padre. 

Ella murió sin entenderlo. Seguro.

¿Y él? Cuando el corazón le falló, camino del centro hospitalario donde murió, ¿pensó en los catorce hijos? ¿Recordaba los nombres de todos? ¿Pasaron por su mente en sus últimos instantes de lucidez las caras de todos y cada uno de ellos? ¿Evocó a todas las mujeres que habían parido de él? ¿Tuvo tiempo de rememorar solo una décima de segundo aquellos rasgos femeninos que habían sucumbido a su persona? El último secreto. Imposible desvelarlo. 

La libreta gris. Primera parte (continuación).

IV.-

II.- Viaje de ida y vuelta. 

Del pueblecito donde se tomará la instantánea a Barcelona, tras una breve etapa en Madrid donde conoció al que luego sería el marido que la condenó por segunda vez a la nada afectiva, para regresar, siempre, al bendito rincón que la vió nacer. En ocasiones, para pasar largas temporadas estivales o para alejarse de la eterna infelicidad de su matrimonio y luego, definitivamente, para yacer junto a su hermano mayor y sus padres en el frío panteón familiar. Como refugiándose de todo lo que sucedió fuera de allí o, probablemente, para esperar en aquel nicho el amor de sus padres o intentar revivir el cálido recuerdo del afecto del hermano perdido.

Siempre anhelando regresar, buscando retroceder al origen de todo, para soñar con reanudar la historia en el preciso y tenue momento en el se torció. O intentando recomenzar. Como si todo lo que sucedió después hubiera sido un mal sueño. Soñando con recomponer su vida, con volver a vivirla desde el preciso instante en que las cosas se encaminaron en la dirección equivocada. Incluso aunque regresar, por mor de lo que sus hermanos y sobrinos le reservaban, fuera en muchas ocasiones, una pesadilla. Una cruel pesadilla. A todas luces injusta.

Un singular y vano ejercicio, en el que se mezclan, por igual, la nostalgia de lo que no pudo ser y la realidad tangible de lo que sigue sucediendo. Un escenario cernudiano, entre la realidad y el deseo. Un cruel debate interno sobre cómo ha sido su vida y como pudo o debió ser. Un eterno viaje sin destino, a la búsqueda del amor, que siempre anheló y nunca tuvo. Entre la ingenua esperanza de encontrarlo en los orígenes y la dura realidad de su ausencia al final del viaje.

Nunca fue capaz de entender, dada su inmensa capacidad para querer, como era posible que sus padres no la quisieran como ella anhelaba, como ella, porque no decirlo, creía merecer, como ella necesitaba. Como ella los quería. Situación que pensó en recomponer con su matrimonio, para descubrir, con estupor, que la historia volvía a repetirse. Por otras razones, por otros motivos, pero situada de nuevo frente a la cruda realidad que supone dar para no recibir. Historia que se repitió con sus hermanos, cuyo afecto deseó casi hasta el final de su vida y que culminaron algunos de sus hijos cuyo desamor manifiesto no fue jamás capaz de comprender. Máxime tras haber laminado su vida en un intento de que ellos tuvieran lo que ella no pudo tener. Con un desapego hacia sí misma que pocas personas son capaces de poner en práctica y, mucho menos, de llevar hasta sus últimas consecuencias. Hasta la extenuación.

No cabe la menor duda de que sobre eso influyó, de manera decisiva, una educación primaria y monolítica, que le trasmitió un único sentido de la vida filtrado por el tamiz de esa religiosidad que cabe calificar de casi fanática, impregnada del integrismo religioso imperante durante el franquismo y que sus padres, su madre en especial, transmitieron a todos sus hijos como certeza inapelable.  Esa que revela la mirada de la fotografía. Sin fisuras y sin que quepan interrogantes sobre el misterio, nunca aclarado, que hizo que los nietos jamás vieran al abuelo, durante muchos años, visitar la iglesia a la que solo fue de cuerpo presente. Su madre, capaz de todo por defender sus convicciones, que blasonaba de ser la única que podía recorrer el pueblo de una punta a la otra, en el clima prebélico de los últimos días de la Republica, para ir a la iglesia, arrostrando las iras y groserías de los peones que, por entonces, construían el canal de Las Bárdenas, marcó a fuego esa convicción en su hija. 

Pocas veces cabe hablar tanto de una vida mediatizada por un arraigado sentido religioso. Tan convencido y, sin duda, teñido de una pátina tan convincente. Rozando el merito de la beatificación. Coherente hasta el final. Fruto, sin duda, de la profunda convicción que le trasmitió su madre, y a la que su padre nunca opuso una resistencia que, por demás, hubiera sido inútil. Una fe, porque estamos hablando de eso, que marcó su vida, su noviazgo, su matrimonio, la relación con sus hermanos, su maternidad, de tal manera que no cabe entender la mayor parte de los episodios relevantes que protagonizó, por activa o por pasiva, y casi siempre a su pesar, sin esa convicción, sin el matiz que añade a todo lo vivido, el punto de vista que da esa creencia. Un convencimiento que vertebró su vida. Un viaje, este sí, sin retorno. Guiado por la mano inapelable de sus confesores, hasta el extremo de que, cuando al final de su vida decidió tirar la toalla y pasar tranquila y sola, con la única compañía de sus hijas, sus últimos años, poniendo fin a un matrimonio torturante, necesitó la autorización del sacerdote que se ocupaba entonces de su salud espiritual. De no haberla obtenido, jamás hubiera dado el paso, a pesar de que su esposo acumulaba méritos sobrados para ello y…………. para más. 

La libreta gris. Segunda parte.

III.-

Álbum II (Algo sobre mi padre)

I.- Sin foto.

Ahora no tengo fotos suyas. Las tuve. Pero se perdieron en mudanzas. O están en otras manos. O desaparecieron víctimas de algún divorcio. Ya se sabe. Pérdidas involuntarias. Pequeños rencores incomprensibles. Pero ese no es ahora el tema. Otro día.

A pesar de ello, de no disponer de ninguna instantánea, no resulta difícil recuperar su imagen. Inalterable a lo largo de muchos años.  Como si siempre hubiera sido igual. 

Poco pelo. Peinado con esmero para disimular la evidente calvicie. Ojos verdes. Dañinos por atractivos. Bigotito militar. Mínimo y muy perfilado. Sonrisa seductora, puede …. que …. muy seductora. Barbilla breve. Óvalo varonil. 

Saliendo de la cabeza, del cuello hacia abajo, disminuía su encanto. Un pecho que pecaba de estrecho, nada atlético. Una tripa prominente, como corresponde a todo buen bebedor de vinos y licores, coñac en especial. Brazos sin muscular. Piernas cortas y poco vigorosas. Andares ligeramente torpes. Eso si. Siempre atildado. Dotado de una elegancia natural. De lo que el denominaba “clase”.  Presumido hasta lo indecible. Coqueto. Y obsesionado con su imagen y su limpieza personal. Luego os explicaré la razón. 

Un carácter singular. Mezcla de inmadurez, irresponsabilidad, insatisfacción y miedo. Un coctel, nunca equilibrado, de melancolía y guasa. Cuasi religioso y pagano con la misma devoción.  Siempre a la búsqueda de algo inaprensible. Algo que probablemente buscó toda su vida sin encontrar si quiera el inicio del camino. Incomprensible casi siempre, al menos para nosotros. Para su esposa y sus hijos legítimos.

Lees a Machado, y ahí está. Un Don Guido de opereta. Flaco favor le hizo el poeta.

Así lo he recordado durante años. Así lo recuerdo ahora, al escribir, lejano todavía el momento de su futura redención. No me atrevo. No puedo redimirlo. Aún.   

Recuerdos agrios. Mi padre vivió rodeado de misterios aún por descifrar. Todo en él, en su pasado, es todavía un enigma. Aún hoy no soy capaz de discernir que hubo de verdad en su vida y cuanto de ficción. No sé si algún día lo sabré. Lo que contaban tanto él como alguno de los miembros de su familia sobre su pasado ¿era verdad o era farsa? 

Os aseguro que todos estos años, desde su muerte repentina, he tratado de revivir lo vivido y lo sabido, a la búsqueda no ya de una explicación, que no parece posible, si no, al menos, de una mínima razón que dé sentido al personaje. Y no soy capaz. Al menos, de momento. Sigo en el empeño.

Todos hemos mentido alguna vez, todos hemos atravesado alguna etapa de nuestra vida en la que ha sido imposible escapar de ese mar tormentoso que es el fingimiento, pero de ahí a vivir permanentemente en la impostura, de ahí a convertir tu vida en una patraña permanente…..

Su padre, un, al parecer, prestigioso abogado madrileño, un hermoso ejemplar de más de metro noventa de estatura, adornado de virtudes sin cuento, acabó casándose con la tercera criada a la que dejó preñada. Mi bisabuelo arregló, como se solía hacer en aquella época, los dos primeros embarazos, pero a la tercera se hartó y casó a su hijo con la, hasta ese momento, última víctima de la fogosidad del letrado.

Esa era la abuela María. Una mujer sencilla que se encontró casada con aquel elemento y que, según cuentan, murió de tristeza. Cosa comprensible si se sabe que, años antes del inicio de la Guerra Civil, aquel marido que su gravidez le impuso, acabó muriendo retorcido de dolor, convertido en un gurruño, carcomido por la sífilis. Algo que los marcó para siempre. Eso y que, además, el licenciado dejó a su cargo cuatro hijos aún adolescentes. Y, por supuesto, un patrimonio ya menguado que se acabó evaporando definitivamente en las garras de un albacea, venido entonces, casualidades de la vida, a mejor fortuna. Un albacea del que igual hablamos otro día. Por todas estas cosas y alguna más que seguro desconozco, hasta donde soy capaz de recordar, todo el mundo se refería a ella, inevitablemente, como la “pobre María”. 

Y aquí empiezan las leyendas. La familia que había perdido su mina de plata en una timba con el conde de Romanones, el cortijo de Baeza, donde nació, y que se evaporó sin dejar rastro, la bala que lo rozó en el frente de Madrid, donde se dedicaba a “pasar nacionales”, la papelería vendida contra su voluntad, los cuatro huérfanos disgregados al morir la madre, adjudicados sin ton ni son entre las diferentes ramas de la familia, algún rumor sobre su estancia en un correccional. A saber. Secretos de familia. Ese tópico bajo el que casi todo el mundo esconde lo que, al fin y al cabo, no deja de ser la vida. Las cosas que pasan. Lo que los seres humanos hacen para sobrevivir. Y de lo que nos empeñamos en avergonzarnos por sistema. !!Como si no cocieran habas en todas partes¡¡

Y aquí la historia toma otro sesgo. Un noviazgo clásico con la chica topolino. Una bala perdida que alcanza el necesitado corazón de aquella chica ingenua que llegó a la capital para intentar abrirse camino. Mi madre, claro. Bendita bala. Sobre todo, si le hubiéramos preguntado a ella en los meses anteriores a su muerte. Toda su resignación, que la tuvo, hubiera quebrado ante el recuerdo silenciado del que había sido su marido. Quizás ella hubiera podido evocar las incipientes pero ya sólidas artes de seductor que en su día fueron suficientes para deslumbrarla. Imagino. Porque con los años costaba mucho entender como pudo ella caer bajo su hechizo. Porque a esas alturas me había contado bastante de él como para no saber de su amargura.

Tengo la impresión de que él se aferró a ella porque era, sin duda, la única persona mínimamente sólida que había conocido en años. Náufrago entonces, como lo volvió a ser en repetidas ocasiones a lo largo de la vida, aquella chica de un pueblo remoto, no exenta de clase, de belleza y de principios, fue el saliente rocoso al que aferrarse para escapar de la tempestad, el único tablón en medio de los restos con el que mantenerse a flote. Y ella le salvó la vida. Y a cambio, el solo supo dejarla preñada.

La libreta gris. Primera parte.

II.-

La libreta gris. Transcripción.
He suprimido tachaduras y resuelto alguna vacilación que se desprende del contexto general.
Intuyo que Emilio transcribió a la libreta borradores anteriores y, aun así, volvió a corregir los textos. Escribía sobre su familia.

Álbum (Algo sobre mi madre)

I.- Instantánea en blanco y negro.

La foto, revelada en mate, pespunteada por un pequeño marco que pretende imitar el tono de la madera, la inmortaliza junto a su padre y su madre. Un sencillo y reseco muro de piedra es el telón de fondo para las tres figuras que componen el conjunto. Vestida con una sencilla bata, confeccionada, sin duda, por ella misma, mira directamente a la cámara, con su habitual franqueza. Está donde estuvo siempre. En ese territorio emocional en el que vivió durante muchos años, a la espera de que sucediera algo que jamás, apenas al final, llegó a suceder.

Su madre, a la izquierda de la imagen, también mira a la cámara. A simple vista, parece tan solo la mirada de una anciana enlutada, enfrentada al objetivo casi sin desearlo. Pero cualquier espectador mínimamente atento descubre, al instante siguiente, algo inhabitual. Su mirada destila la fiereza de quien sabe que nada más va a suceder contra su voluntad. Una voluntad inquebrantable. Basada en certezas absolutas. Las certezas que nadie logra alcanzar. Hija de generaciones y generaciones de campesinos, huérfana de madre a los trece años, obligada por ello a prohijar a sus hermanos, pasó de gobernar la casa de su padre a hacerlo con la de su marido, con la misma naturalidad con la que cualquier persona muda su vestido. Madre de nueve hijos, de los que solo siete salieron adelante, perdió a su primogénito en los últimos días de la contienda Civil. Una bala perdida lo mató en el frente de Alicante. Se ocupó, en aquellas fechas convulsas, de recuperar su cadáver para darle sepultura al tiempo que se sepultaba, ella también, en el luto que nunca abandonó. Cuando se subvierte el orden natural y una madre debe llorar a su hijo, sobrevivir no está al alcance de cualquiera. Pero hacerlo, además, con esa determinación, con ese aire desafiante, no puede hacerlo nadie. Ella supo, después, que su madre era la excepción. Desafiante, al tiempo de enlutarse supo que nada ni nadie podrían volver a herirla y se sintió invulnerable. Y así vivió el resto de sus días. Invulnerable, manejando a su antojo vidas y hacienda, cobrándoles a todos los que la rodeaban la deuda que la vida no le perdonó.

Como hacia el fondo, dado el singular enfoque de la imagen, aparece su padre. Esa perspectiva lo presenta levemente empequeñecido. Sentado en el poyete de piedra que da acceso al “huerto de las higueras”, mira a la cámara sin apenas interés. Como quien no ha comprendido todavía el misterio de la imagen capturada por el objetivo, como dudando de si no será algún oscuro truco de brujería el que se esconde tras la pátina brillante del objeto que esgrime el autor de la instantánea. Luce su sempiterna boina, bajo la que esconde la leve calvicie que su encanecido cabello no logra disimular. Su mirada, como siempre, refleja una inocencia que el tiempo no ha golpeado lo suficiente. Sencillo, honrado, trabajador, se agotan los tópicos para definir su persona. Machadianamente bueno. No exento, eso sí, de genio, que no sabemos si ha sido domado por el recio carácter de su mujer o por el simple paso del tiempo. En ese momento es ya un hombre casi derrotado por la enfermedad que lo matará prematuramente. Destila bondad. Voluntariamente sometido al dictado de su esposa, solo muy de vez en cuando se atreve, en privado, a llevarle la contraria. Y, sin embargo, sabe mantener su dignidad masculina con pequeños gestos que lo redimen a los ojos de cualquiera. 

Y ella, junto a ambos. El tiempo y sus maternidades todavía no han marchitado un atractivo que solo ajará la enfermedad. Una belleza nada ortodoxa, por cierto. Es verdad que no queda rastro de la adolescente que bordaba un ajuar al que el tiempo dio más utilidades de las previstas. Ni de la chica topolino que llegó a Madrid para trabajar en la empresa de su tía Rafaela. Ni de la joven coqueta que veraneaba en Asturias, navegaba en patín y rechazaba pretendientes que luego fueron notarios. Ni siquiera de la ingenua mujer que aceptó casarse con alguien que ni siquiera fue capaz de comprarse un traje para su boda.

Cabello rizado, formando unas singulares hondas asimétricas que dotaban a su rostro de una personalidad singular. Frente amplia, llena de nobleza, nariz perfecta, boca firme, de labios siempre brillantes, sin necesidad de aderezos. Ojos nobles. La mirada mas limpia que he visto jamás. No era especialmente estilizada, aunque se libró de la maldición que convertiría en culonas a sus hermanas, pero su caminar estaba lleno de gracia y de una sensualidad que probablemente le era ajena pero que le acompañó, sin ella saberlo, durante muchos años. Era un mujer muy hermosa.

Allí donde la muestra la fotografía, atrapada junto a sus padres, permaneció toda la vida. Esperando que sucediera un milagro. En aquella casa, donde la siega y la trilla reunían a cuadrillas de peones venidos de mil lugares, el nacimiento de un varón era una bendición del cielo. La primera hija también fue bienvenida. Brazos para ayudar en la cocina, para dar salida a tanta ración como el alimento de los jornaleros requería.  La siguiente hembra, quiso el destino que fuera ella, ya solo era una boca más que alimentar. Una pequeña maldición en un contexto en el que sobrevivir no era sencillo. Por más que se esforzó, sus padres nunca vieron sentido a su existencia hasta el final de sus días. Por si ello no bastara, para colmo, a medida que los progenitores se fueron haciendo mayores, el inevitable cambio de punto de vista tampoco se detuvo en su persona. La llegada de una hermana, la última de los hijos del matrimonio, volvió a ser otra bendición. ¡Era la hija llamada a cuidarlos en la vejez! Lo que la convertía, al menos temporalmente, en objeto de especial atención. Ella, carente del sentido de la oportunidad que el destino le negó, quedó atrapada en esa zona neutra, sin, a los ojos de sus padres, utilidad alguna, aunque pudiera tenerla, sin merecer ni el cariño ni la atención de nadie. Si acaso, como evocaba muchos años después, el puntual afecto de su hermano mayor. La bala perdida que enlutó a su madre la privó de aquel único referente afectivo. Lo que la condenó a pugnar, durante el resto de su vida, por obtener un amor que sus padres no tenían intención de brindarle. Esa sentencia inapelable la obligó a vivir esperando lo que nunca llegó. Salvo, quizás, el fugaz hálito de ternura que su padre le regaló durante sus postreras semanas.

Emilio Plo “In Memoriam”

19/XI/1952 – 20/XI/2012

“La memoria es un rayo de luz en
un muro cubierto de escarcha”
(“La huella de tu ausencia”, Kim Echlin ).

“Y al final del cuento,
como siempre,
cicatrices”
(“As de guía”, Tontxu)

 

I.-

Cuando su viuda apareció en el dintel de mi puerta, no supe bien a que atenerme.

Ella me detestaba y tras el doble trago de tanatorio e incineración, pensé que no la vería nunca más. Ni falta que hacía. La segunda esposa de Emilio nunca había sido santa de mi devoción. Muerto él, ella daba igual.

Vestida con desaliño, probablemente para realzar lo doliente de su figura, mal peinada, no murmuró ni una palabra. Aferraba con las dos manos una caja vieja que lucía todavía las etiquetas de una conocida marca de botas de montaña. Un gesto brusco y la caja quedó como depositada a mis pies. Se giró y musitó: “Él hubiera querido que las tuvieras tú”. Para cuando quise reaccionar, había desaparecido. Sin ni siquiera despedirse. Ni un “ahí te pudras”. Lo que, por otra parte, era de esperar.

Dejé la caja en el canterano de la entrada. Tenía asuntos inaplazables que atender. Las viejas botas de montaña de Emilio y mi curiosidad podían esperar. Cuando giré levemente la vista para volver a mirar la caja no fui capaz de intuir lo que venía.

No recuerdo cuantos días habían pasado cuando la asistenta me hizo notar que aquel no era el sitio para ninguna caja. Y menos aquella. Estorbaba. Dispuesto a complacerla, me hice cargo. Su destino natural era el trastero de la buhardilla. Por la escalera se me ocurrió levantar una esquina de la tapa. Y, para mi sorpresa, en lugar de las viejas botas que supuse había, la visión de una amalgama informe de hojas de papel, pequeñas libretas, fichas anotadas…. me sorprendió. Detuve la subida y me desvié hacia el sillón donde leía habitualmente. Abrí la caja en mi regazo y sumergí las manos en aquel desbarajuste de lo que ahora se me aparecía ya como un anárquico conjunto de notas, un puñado aparentemente inconexo de borradores y confidencias escritas con la inconfundible letra de Emilio. Ojeé algunas notas. Muy personales. Sin duda.

No soy capaz de determinas las horas que, clavado en el sillón, dediqué a devorar todos aquellos caóticos relatos que la viuda de mi amigo había puesto en mis manos. Pero mi cuerpo entumecido y mis ojos enrojecidos a partes iguales por el agotamiento y la emoción, pedían una tregua.

Un leve refrigerio para recomponerme. Mientras especulaba. ¿Qué se suponía que, amén de leerlo, debía hacer con todo aquel material? ¿Ordenarlo? ¿Corregirlo en la medida de lo necesario? ¿Publicarlo? ¿Qué esperaba la viuda de Emilio que hiciera? ¿Y Emilio? ¿Debía convertirme en su editor?

Parecía un material literario de primer nivel. La prosa de Emilio era compleja pero dotada de una fuerza evidente. Lo que contaba .. a retazos.. pero no exento de cierta coherencia ….. era una historia dolorosa. Con luces y sombras, por supuesto. Conocía alguno de sus capítulos pero otros me resultaban, además de sorprendentes, absolutamente novedosos. Aquellas notas, aquellas fichas, aquellas libretas escondían vivencias que quizás debían contarse. Releí algunas. Me detuve en varias fichas con anotaciones aparentemente inconexas pero que, en su conjunto, cobraban sentido. Una de las libretas te llevaba a la conclusión de que Emilio, en algún momento, había intentado hilvanar la historia. Algunas hojas sueltas trasmitían la sensación de que hubiera intentado autocensurarse. Eran episodios especialmente duros. Desconocidos para mi que, hasta aquel momento, creía saberlo todo sobre él. Había cartas muy personales.

Me tomé un respiro. Imaginaba su rostro, especialmente sereno casi siempre, mientras repasaba algunas de aquellas líneas. Traté de imaginar cual había sido el deseo de mi amigo. Y, como por ensalmo, percibí un guiño. Una sonrisa entre pícara y cómplice iluminó el recuerdo. Y con el corazón en un puño, me puse a la tarea. “In memoriam”.