Hojas sueltas (V)

XV.-

 

Partidas de cartas

En el centro del pequeño salón, una mesa redonda, de un indefinible color, similar a la madera, pero, como todavía ignoraba, madera barata, de hecho, una vulgar imitación. Sentados a su alrededor, y entre una nube de humo, remangados, solteros y casado, juegan interminables partidas de cartas. El mueble bar está abierto. Beben todos menos ella, que, risueña, se complace en ganar partida tras partida para desespero de aquella singular colección de varones que disimulan su leve ira con risas artificiosas. Solo el alcohol logrará relajarlos. Y de vez en cuando, una pausa. Canapés, vino, y después, coñac y licores dulces. Su marido representaba, para lograr un sobre sueldo, vinos de Montilla Moriles y, durante un breve tiempo, licores. Destilerías Hijo de Juan Morera. Crema de cacao, anís, pipermín, curaçao y un ron escarchado, con cristales de azúcar, capaces, en función del lugar desde el que se observara, de reflejar decenas de raras iridiscencias. Dulces y alcohólicas, imagino. La botella permaneció durante años, intocada, en el fondo del mueble bar que completaba, junto a la lámpara que simulaba un ancora con tulipas opacas y el tresillo tapizado en verde, la decoración del saloncito. Forrado de espejos, con un estante intermedio, de cristal traslúcido, recortado de manera que pudiera sostener copas pero que, a la vez, permitiera almacenar las botellas, acababa por iluminar, a medida que avanzaba la tarde, una parte de la escena, para dotarla de un falso aire de casino decadente.  Ella siempre ganaba y, en ocasiones, lo suficiente como para tapar algún agujero en cualquiera de los colmados de la zona. ¿Tahúr tiene femenino? Ellos sonreían, pero maldita la gracia que les hacía. Machitos irredentos, la toleraban por que no dejaba de ser la anfitriona y porque sus canapés eran imbatibles. Pero jamás hubieran reconocido que era mucho mejor jugadora que ellos.

 

Frente a vosotros (Poema XIII) – Fragmento

 

 

El poema muerto por los celos

Dos mujeres a la vez, y no estar loco… aunque en el caso de Emilio la explicación del bolero no acaba de encajar totalmente con la historia.

No era una cuestión de amores sagrados o prohibidos, aunque el tabú social estuviera allí, por supuesto. Era otro su sentir. Es cierto que una ya era la madre de sus hijos y la otra no. Pero, siendo importante, eso no era decisivo. Estaban en su vida las dos. Y la pasión que sentía por las dos, por cada una de ellas, era un narcótico mas poderoso que la propia vida, que se había apoderado de su centro, que vivía en sus entrañas, que cabalgaba su sangre hasta dejarle extenuado para hacerle revivir al instante siguiente con renovada pujanza. Estuviera con la que estuviera, quería también estar con la otra. Y la sed que provocaban cada una de ellas, no la saciaba ninguna de ellas. Eran dos mujeres a la vez…. y no estaba loco, solo era cautivo en la ardorosa cárcel que despertaban, (no era el único al que conseguían someter, pero eso es otra historia), en permanente estado de exaltación y rendido, porque no escribirlo, a su sexualidad, que alimentaba la suya con un vigor inusual. O esa decía él. 

Oír a Emilio aquel día, cuando descosió sus labios, sellados por su caballerosidad innata, y bajó la guardia, mecido por el alcohol y la música…,  y al declinar del día, y para mi sorpresa, se tornó mas locuaz de lo habitual, …… mientras se dejaba acunar por el rumor de las confidencias, ………fue singular. Pocas veces me ha sido dado oír a un hombre hablar con tanto respeto y tanta pasión sobre su relación no con una, sino con dos mujeres. Musitaba lo que, en otras circunstancias, hubiera parecido una plegaria. Lo que, probablemente, para él era una oración, pagana, procaz .. pero oración, al fin y al cabo. Infieles las dos por naturaleza, leales solo a ratos, tal y como se desprendía de su historia, las adjetivaba con devoción. Una pantera lúbrica, decía. Incapaz de sujetar su naturaleza en ningún caso. ¿Para qué? Capaz de devorar, y me estás entendiendo perfectamente, todo lo que cayera a su alcance. Sexo y solo sexo. Un misterio, añadía. Una belleza morena que escondía tesoros sin descubrir, terrenos por explorar, bajo un aire lánguido de chica moderna. Que invitaba, sin palabras, a sobrepasar todos los limites. Que hacía de su aparente indiferencia un polo magnético para todo lo prohibido. Y no sabías de cual de ellas hablaba. O si lo hacía de las dos y mezclaba recuerdos como el que agita hielo en un vaso de whisky, antes de apurar los sorbos.

Había leído por entonces, recién publicado, el libro de Antonio Colinas, “Sepulcro en Tarquinia” e impresionado por el poema central, se lanzó a la aventura de escribir algo similar. Cabe decir que, para entonces, por una u otra razón, ambas mujeres habían puesto cierta distancia con Emilio. Permanecían en su vida, pero no estaban con él. Bebían otros labios, frecuentaban otras camas, fieles a su naturaleza infiel, y mi amigo asistía, mentiría si dijera que impasible, como espectador privilegiado, a lo que todavía eran. Situacion que ellas abonaban con particular saña, pues a pesar de todo, ninguna renunciaba plenamente a él, y, para sorpresa de todos, tenían celos la una de la otra como solo algunas hembras son capaces de tener. Algo que le producía, por igual, dolor y anhelo. El atractivo glorioso de lo perdido, la esperanza de un imposible.

Remató su poema. Autocrítico por hábito, por una vez pensó que había escrito algo que podía darse a leer. Un poema digno, de ritmo pausado pero armónico, lleno de emoción, con un tono melancólico que casaba perfectamente con su propósito y con su estado de ánimo, algo doliente pero esperanzado.

Nunca nadie lo pudo leer, salvo una de ellas. Debilidad, probablemente. Solo una de ellas supo donde se guardaba el único original que Emilio tenía. Y solo ella pudo descifrar que, a lo mejor, solo a lo mejor, era la otra la real destinataria del poema.

Años mas tarde, cuando las cicatrices eran solo un tenue recuerdo, Emilio volvió sobre el poema. Para descubrir que no estaba donde debía estar. Que alguien lo había hecho desaparecer. Solo una de ellas pudo hacerlo.

Como por casualidad, he encontrado entre los papeles de Emilio un manuscrito que, sin duda, perteneció al poema. Un fragmento …. salvado de los celos.

 

……………..

Está en el dulce aroma de la tarde
tu presencia.
Tu reclinada silueta
se dibuja entre los troncos de los pinos.
Hay un rumor de gaviotas en tus manos,
un escalofrío como de arpas en tus dientes,
un bramido de mar que vaga entre tus sombras.
El algodón tembloroso de la túnica
que baña tu cintura,
que rodea tus hombros, se agita.
Prisionero del viento,
se ciñe a tu contorno.
Has llegado.
El gesto altivo,
mordiéndome en los labios,
atezada la piel,
escasa la cintura,
negros los ojos,
amor mío… toda la vida
pendiente de tus deseos,
todos lo sueños
llorando en tus pestañas.
…….

De «Frente a Vosotros».    

                                                                 Inédito

 

Como un disparo…

Suena el adiós como un disparo.
Y te veo partir.

Necesitas irte…. ya nada te retiene a mi costado,
………porque todo te hiere,
aunque las caricias se presuman dulces
y los embates estén llenos de ternura.

Te vas … es tu momento para desaparecer,
como en un fundido a negro,
sin mas razón que un “porque sí” austero y seco.

Aquella noche aciaga, llegaste enfurecida….
con una despedida, como la bala de un revolver,
amartillada en tus labios.
Y el adiós sonó como un disparo.

El rito ancestral de desunirse, sacerdotisa impura,
se apoderó de todo lo que pudimos ser.
Ya y para siempre.

Vivimos juntos horas gloriosas, memorables instantes,
mientras la noche resbalaba entre tus muslos
y mis manos se llenaban de goces infinitos.

¿Donde han quedado los radiantes días que tus ojos prometían,
donde los besos que llevaban
tan solo mi inicial entre tus labios?

¿Quien bebe el néctar de tu sexo,
quien galopa tu vientre,
quien, por demás, bebe los filtros que tu cuerpo destila,
quien naufraga en tu hechizo, sibila impúdica?

Y, noche tras noche, amanecer tras otro,
por mas que beba en el recuerdo,
que busque en el origen, que reinterprete la historia
¿donde queda el sedimento postrero
ese que da sentido al día que está por llegar,
qué traduce lo vivido?

La vida, sin ti, es un lugar inhóspito y extraño.

Las fichas (IV)

XIV.-

Ficha D

La familia de mi padre (I)

Introducción

Creo que no hay demasiadas personas que se apelliden Plo. No llegan al centenar si nos ceñimos a la rama peninsular. La rama francesa es eso, otra rama. A esa la vamos a dejar al margen. Espero que no me lo tengan en cuenta. Incluso puede que me lo acaben agradeciendo.

Como suele suceder habitualmente en eso de la genealogía, no parece que haya unanimidad. Que si tienen su origen en un pueblo de Teruel por deformación de su nombre, que si en realidad surgieron en Álava. Incluso puede que hubiera una rama en Jaén. Y polémicas sobre si son o no son fruto de un linaje común. A saber. La verdad es que, lo parezca o no, me da lo mismo. Y no voy a dedicarle tiempo a averiguar cual es el tronco del que brota la estirpe.

Ya ves tú. Para acabar descubriendo cosas como que Juan Plo nació en Úbeda, Andalucía, España, en 1583, y murió en la ciudad de Santiago, Chile en 1643. Y que se casó en 1617, en México, con Juana Pérez del Águila, hija natural del Capitán Melchor Jofré Pérez del Águila y de Isabel de Quijano. O, imaginemos, la familia de Juan Plo había merecido del Emperador Carlos I por privilegio dado en Valladolid el 25 de Julio de 1548 armas, que, dada la prebenda, tendrían una descripción de los mas señorial. …….. “escudo cortado por una franja dorada, primero de gules, con un arco de piedra sobre ondas de agua de azur y plata y superado de dos haces de diez venablos cada uno con las varas de oro y los hierros de plata, atados y colocados uno a cada lado y segundo de sinople, un templo azteca al natural acostado de otros dos haces de flechas como los anteriores con bordura de sable y tenantes dos tigres”. Lo dicho. A saber. Dedicas un montón de días a investigar y descubres todo esto y …… ¿qué? Igual suena bien pero no lleva a ninguna parte. Con permiso de los estudiosos del blasón. Así que me lo ahorro. Me lo ahorro todo. Genealogía y heráldica. Ambas cosas me la traen al pairo. Por si no ha quedado claro. Como si, al final, fueron con Colón en su cuarto viaje o estuvieron con los tercios en Pavía. Que más da.

Aceptemos que eran linaje y estirpe de lo mas noble. Eso si. En su origen, claro. Luego parece evidente que degeneraron con los siglos. Porque, hasta donde llega mi memoria y las «leyendas» que me han contado, que no van mas allá de 1920, y salvo un par de excepciones, los Plo eran, simplemente, una pandilla de cabrones. Ellos y muchos de los que les rodeaban.

Primera parte

Escojamos una referencia para hilvanar la historia. Imaginemos, por imaginar, que son la rama de Jaén. Simple intuición. ¡Qué rama más mala!, cantaría Gato Pérez. Y eso que a mi los de Jaén no me han hecho nada. Nada de nada. Pero de algún sitio tienen que haber salido.

Así que …. pongamos que salieron de Jaén. De Baeza, sin ir mas lejos. De familia aun con posibles. Cortijo. Alguna hectárea de olivo, algún secarral sembrado de cereal, media docena de lomas con un poco de caza. Y perros, esmirriados por supuesto, pero rápidos como centellas. ¡El hambre es lo que tiene! Casa de dos plantas, caballerizas, con algún ejemplar notable en sus cuadras y habitaciones sencillas para los peones. Un corral anexo con aves.

Y allí, asentado en sus reales, el bisabuelo, ……. un pelaje. Licenciado en derecho, sin ejercicio conocido. Prototipo, esculpido en bronce, del macho ibérico mas rancio, aparente prohombre de la villa donde tenían cortijo y arraigo, era, en realidad un putero impenitente, un jugador compulsivo y un tirano despiadado. Dos veces arruinado, pudo renacer de sus cenizas materiales mediante artes nunca explicadas. A caballo entre la estafa y el robo, imagino, logró no perder el cortijo, o, mejor dicho, recuperarlo. Debió ser lo único que no se dejó definitivamente en el tapete.

La bisabuela era, como casi todas las mujeres de su época, invisible. Nadie ha hablado jamás de ella. Al menos en mi presencia. A pesar de mi capacidad indagatoria, ni rastro de su paso por la vida. Ni una triste foto, ni una palabra en su recuerdo, ni una mínima evocación, solo silencio. Inicios del siglo XX. Parir, callar y volver a parir.

Tres hijos varones; sin vestigio, por supuesto, de hijas, si las hubo. Nunca nadie habló de esa descendencia.

El hijo mayor, licenciado en derecho, como el padre. Los otros dos hijos, militares. Uno africanista, el otro, comandante de ingenieros, muerto en un pequeño pueblo de Jaén; inicios de la guerra civil. A manos de milicianos. Recuerdo algún susurro, reverenciando su nombre, mezcla de dolor y culto.

Mi padre nació del vástago letrado. Y los Plo aparecen, como por ensalmo, en Madrid. No sin dejar, para sorpresa de sus legitimarios, una calle a nombre del bisabuelo en el pueblo jienense. A saber, por que…. nunca he estado allí, pero siempre hay algún amigo generoso que te manda la foto de la placa de la calle de tu bisabuelo para confirmarte el dato. ¿Qué merecimiento justificó en su día la decisión municipal? Ni idea. Pero prefiero no saberlo. Aquel elemento era incapaz de nada honesto así que…. quedémonos en la capital del reino.

Hojas sueltas (IV)

XIII.- 

Postales de verano

I.- El tendedor

Un breve paseo. El camino reseco, porque agosto no ha permitido ni una gota ese año, enmarca a las dos mujeres cuando se gira hacia atrás, tan solo para verlas, para disfrutar del simple hecho de que están allí, con él. Hermosas en su diferencia, rubia de cabello liso y ojos claros una, cabello rizado y oscuro como sus ojos la otra, hermosas en su diferencia, pero de idéntico caminar; con la inquietante carnalidad que los vestidos veraniegos no logran disimular, a pesar de estar cosidos con esa aparente intención, recorren el corto trayecto que separa, en el extremo del pueblo, la casa familiar del suave desmonte que conocen como «el tendedor».

Un cubo de aluminio contiene la colada que les trae desde los viejos lavaderos, junto a la fuente. Ríen ambas, ajenas al calor, y su risa agita los lunares, azules y rojos, que adornan sus vestidos. Ríen con todo. Y su risa, que probablemente disimula su angustia de hembras insatisfechas, eternamente estéril una, perennemente fértil la otra, inunda de felicidad al niño que las acompaña. Ajeno a la tragedia que siempre se ha interpuesto entre ambas mujeres, se siente feliz al caminar junto a las que son, en ese momento, las dos mujeres más importantes de su vida. Su madre y su madrina. Ajeno, por supuesto, a la extraña historia que el tiempo le revelará pero que entonces, en plena infancia, todavía no turba su sueño.

Ropa tendida. Sábanas relucientes, extendidas sobre matojos de boj y de retama, al inclemente sol del mediodía. Un manto blanco que, de no ser por el sol de justicia, sería, inverosímil, nieve en agosto. Sábanas blancas para un tiempo aparentemente feliz, perfumadas al calor denso del aire que agita levemente los matorrales e inunda el tejido de aromas inolvidables. El olor de los veranos lejos de la ciudad. El olor de una parte de su infancia. Blancura y risas, un telón vital que se convierte en el decorado de días felices. 

II.- La arboleda y “el huerto de los frailes” 

La breva es realmente grande. Aunque cueste creerlo, llena toda la palma de su mano. Eugenio, de un salto, se ha encaramado a la higuera y en menos de lo que tarda en contarse, tiene media docena de brevas en la mano. La primera es para el niño que, con la boca abierta, asiste día tras día a las proezas de su joven mentor. Una breva fresca, cuarteada de puro madura, dulce, inolvidable.

Las brevas del huerto de los frailes, el huerto que se constituye en la frontera norte de su paraíso infantil, de su única patria. El huerto, con valla de adobe, caída en muchos rincones, pleno de misterio, de higueras centenarias, de almendros viejos y de leves hileras de antiguos cultivos agostados, el huerto casi incrustado en la arboleda.

La arboleda de chopos quintañones, que aún no han sido sacrificados en el altar de la estupidez humana ante la pasividad de un pueblo torpe e incapaz de impedir un crimen de semejante magnitud, chopos que serán telón de fondo de muchos recuerdos infantiles. Mecidos por el viento, de hojas verde-grisáceas, ululando en las noches frías, los chopos guardaban en su seno decenas de secretos. Secretos que por culpa de la estulticia humana duermen ahora quien sabe donde. Recuerda, en especial, un arroyo represado en un rincón sencillo, antesala del edén, para diversión de unos niños que chapotean en él y se solazan en la umbría, sobre la hierba todavía húmeda de rocío, entre el piar de los gorriones y el vuelo hipnótico de las mariposas. Una playa privada en medio de un bosque, perdido en el corazón de una sierra árida, un oasis ignoto en mitad de las huebras.

Como telón de fondo, juncos y moreras. Juncos que acabarán, pintados de colores chillones, en algún jarrón de la vieja casa. Y moreras, cuajadas de frutos negros y rojizos, con los que calmar la gula del niño y con los que llenar, para postre de la cena, la lechera de aluminio de la abuela.

III.- La pedrada

La silueta de la mujer se recorta, frágil, vestida de negro, contra la pared levemente enjalbegada de blanco. Se encoge e intenta, en un gesto instintivo evitarla. Y lo logra por milímetros. La pedrada de su nieto roza la sien de la anciana y golpea violentamente contra la puerta de madera.

¡¡Como para haberla dejado en el sitio con solo un poquito más de puntería¡¡.

Un sonido seco, una muesca profunda en el portón. Y el guijarro en el suelo, a los pies de la mujer de negro.

Ella observa la escena entre sorprendida y aterrorizada. El niño, el hijo mayor de uno de sus hermanos mayores, lleva todo el verano protagonizando situaciones conflictivas. La abuela, todo carácter, ha asistido impasible al espectáculo. En su fuero interno, piensa que ha sido la actitud pasiva de la anciana, quien, por otra parte, no oculta su preferencia por el nieto díscolo, la que ha dado alas a la actitud del crío. ¡Pero de ahí a que, en un rapto de furor, por una rabieta absurda, el mocoso se atreva a tirarle semejante pedrada a su abuela! De ahí su mueca de espanto. No concibe que esas cosas puedan llegar a pasar. Siente tal respeto por la figura de sus padres, tiene tal temor reverencial por su madre, que el gesto iracundo de aquel renacuajo malcriado violenta todo lo que piensa, todo lo que siente, todo aquello en lo que cree. Y más siendo, como es, el favorito de la abuela, que le distingue con el mejor trozo en la mesa, con la mejor paga, y, cosa singular, con algún que otro beso cariñoso. Lo que conlleva, indefectiblemente, una serie sin fin de menosprecios para sus hijos, que, a pesar de su actitud ejemplar, no consiguen, ni de lejos, el mínimo aprecio por parte de la anciana. Humillante a la par que incomprensible. La anciana está más próxima al nieto maleducado, grosero y egoísta qué a sus hijos, los otros nietos, que se esmeran en ser cariñosos, educados y tienen un comportamiento modelo. Misterios insondables que la afligen en lo mas hondo.

Frente a vosotros (Poema XXVI)

Amo estos días,
la aventura infinita que cobijan,
el cuchillo gris del desencanto
y la esperanza que aliento y atesoran.

Gozo las señas de identidad
que aun persigo,
las leves referencias geográficas
que mi cuerpo vincula con su origen;
bebo los cálidos alientos
de la tierra que quiero,
intuyo el sabor del mar entre mis labios
y el espejo de las nubes imposibles.

Buceo en las horas con pasión,
encadenándome a su curso,
expectante y temeroso;
recorto la espera,
galopando sobre el tiempo sin montura
ni resuello.

Devoro las uvas del futuro,
las eternas cerezas de la risa,
las agridulces ciruelas de mi llanto,
las naranjas doradas de los sueños,
elegidas con precisa indecisión.

Adivino la soledad, las pieles fugitivas,
los ojos lejanos,
los adioses;
siento una y mil veces la ternura,
voluntariamente ajeno
a su posterior dolor inevitable.

Vivo, ¡al fin!,
estos días prestados
con la avidez y anhelos necesarios.

 

De «Frente a Vosotros».    

                                                                 Inédito        

Poema sin titulo

Mírale bien, tú, que aún conservas
alguna imagen de su infancia.
Mírale bien y no dictes sentencia
precipitadamente.
Hay algo mas que tiempo dormido
decorando su rostro.

Si tu recuerdo es vivo
echarás en falta muchas cosas.
Aquel brillo encendido entre los labios,
una frente perennemente limpia,
una sonrisa saltándole en los ojos
y el eterno alboroto de sus rizos.

Contrasta su actual silencio
con las ágiles palabras de antaño
y la que fuera alegría entre sus dedos.

Todo quedó sacrificado en el altar
de ella. Si logras escucharle
te dirá:              “Nunca le des todo
lo que tengas. Resérvate un cobijo
donde llorar en soledad su adiós”

                                                   Leiden
                                                   24/5/1984
                                                   San Just Desvern
                                                   28/6/2019

¿Desfachatez o envidia?

Intentar obtener prestigio daña la dignidad
“La devoción del sospechoso X”
Keigo Highasino

 

Introito.

La gente detesta a los abogados. Incluso las personas mas prudentes, aquellas que solo emplean lenguajes políticamente correctos, las que contemporizan, incluso esas en su fuero interno, los detestan. Nos detestan. Leyendas de todo tipo, chistes buenos, regulares y malos, algunos muy malos, y, como no, refranes populares, “Advocats y Procuradors, al infern de dos en dos”, dice el dicho.

Y tiene varias explicaciones, pero la que prefiero es aquella que pone el acento en el hecho, indudable, de que nuestra mera existencia, la de los abogados, es una prueba, irrefutable, de la estupidez humana. ¿Cómo, si no, denominar a esa niebla espesa que parece invadir el cerebro de los seres humanos en situaciones que debieran resolver con una simple conversación y un posterior apretón de manos y, sin embargo, acaba degenerando en un pleito que da de comer a varios letrados? Personas que se han amado, que han convivido, que se han reproducido son, en miles de casos, incapaces de finalizar su relación sin que intervengan los abogados. Personas que han trabajado durante años codo con codo, cuando aparecen las dificultades, pueden llegar a eternizar sus diferencias al ritmo desesperante de cualquier juzgado. Hermanos que se han querido con sincero afecto pierden la brújula cuando la herencia no favorece sus expectativas (o las de sus conyugues, todo hay que decirlo) y se convierten, para su desasosiego posterior, en carne de sentencia. Y así en casi todas las situaciones y entornos que podáis suponer. La lista de ejemplos sería inacabable.

Y toda esta reflexión, os diréis, ¿qué tiene que ver con el titulo? A ello voy. En realidad, se trata de una entradilla para poner en contexto un par de historias, que no conocería si no fuera abogado, por supuesto, pero que hablan de gentes capaces de, mientras maldicen de los letrados, chulearles durante muchos años. Porque, en realidad, piensan que ser abogado es fácil y que, sobre todo, que ellos lo hubieran podido hacer, y mejor, si hubieran tenido el título. Pequeño detalle sin importancia, para ellos. Y siempre, porque no suele fallar, so pretexto, para mas “inri”, de una amistad que, luego se sabe, siempre es mentira, nunca existió. Culpa suya. Nada más peligroso que trabajar para algunos amigos. En realidad, nada más peligroso que escogerlos mal.

Dicho de otra manera. Diez mil abogados en el fondo del mar son el principio de una gran historia, pero hay por ahí, suelto, cada pelaje capaz de darle la vuelta a la maldición histórica y dejar chica cualquier leyenda en torno a los leguleyos, que en nada tienen que envidiar a los denostados letrados.

Primera parte: “el gallego”

Un gallego mas fino que el coral. Una especie de Cardenal Mazarino venido a menos, siempre sonriente, con ínfulas de cachondo y divertido, siempre pendiente de su imagen y del “qué dirán”, intentando siempre elaborarse un prestigio a golpe de cualquier cosa, a casi cualquier precio, pero al que, por lo que se ve, no se le podía dar la espalda ni un minuto porque, como lo hicieras, te colocaba una daga entre la tercera y la cuarta intercostal, mientras él, claro, ponía cara de asombro a la par que se le escapaba la sonrisilla mezquina entre los labios. Que quede claro que en esta historia nada hay contra los gallegos y que nadie desea dejarse arrastrar por los tópicos. De verdad, nada contra los gallegos. Pero, al parecer, éste….

Apareció disfrazado de vecino del letrado. Su esposa era una chica introvertida pero amable y muy hospitalaria. Y, como sucede siempre con todas las relaciones, al principio era muy agradable tratar con ellos. Hasta se esmeraban. Sobre todo, ella. Probablemente porque venían de ambientes familiares similares. Familias humildes con muchos hermanos y bastantes penurias. El era otra cosa. Hijo de militar y exseminarista. Y muy pagado de si mismo. Suficiente para poner a cualquiera sobre aviso. A cualquiera …. menos a un ingenuo impenitente como nuestro letrado. Además, tenían hijas de la misma edad que simpatizaron. Lo dicho. Todo muy agradable.

Hasta que le confirió el honor, que luego se reveló dudoso, de querer colaborar profesionalmente con él. Como estaba en sus inicios, y eso siempre te convierte en sospechoso, que la empresa para la que trabajaba nuestro gallego le encomendara algún asunto era un privilegio. Y allá fue. Poniendo los cinco sentidos en todo lo que hacía, estudiando aún mas de lo habitual, repasándolo todo hasta el exceso, porque no podía fallar. Dándolo todo, vamos. Y, por fortuna, con éxito. Y mira tu por donde, cuando llegó el momento de cobrar, se torció la cosa. Qué si es mucho, qué si no ha sido tanto trabajo, qué lo hablo con mi jefe y te digo…. Meses y meses dándole largas para poder cobrar una parte del fruto de su trabajo, un dinero que precisaba porque, como es sabido, abrirse paso en una profesión y mas si es liberal, siempre es duro. Un dinero que nunca acababa de llegar. Y, eso si, más encargos. Y resuélveselos rápido y bien. Para no fallar. Y para ver como la pelota del “ya te pagaré” se hacía cada vez mas grande.

Incapaz de sentarse delante de él, mirarle a la cara y decirle la verdad. Que le está haciendo los encargos porque, al margen de su calidad como profesional, no puede ir a otro despacho a no pagar, como hacía con él, porque las cosas no van bien, porque la empresa tiene muchos problemas y, evidentemente, poco dinero. Incapaz de mirarle a los ojos y pedirle que le eche una mano, que lo necesita y que.. hazte a la idea, ya te pagaremos. Lo mínimo para que hubiera podido tomar su decisión y sentirse dueño de su trabajo y su tiempo. Lo mínimo para salvaguardar su dignidad. Y …. adivinadlo. La historia se fue repitiendo. Te pago un poco y te dejo a deber más. O este tema, que no me queda mas remedio que pagarte, lo cobrarás tarde, mal y ….con un descuento que te impongo porque sé que necesitas el dinero. Un encanto, vamos…

No voy a negarlo, nuestro letrado reconoce que “el gallego” alguna vez tuvo algún detalle. No todo fueron sombras. Pero pocos. Detalles me refiero. No sea que se malacostumbrase.

Un día, era inevitable, todo estalló. Cuando los imponderables industriales y la impericia del truhan se mezclaron, todo se derrumbó. Se creó tantos enemigos que encontraron la forma de asfixiarlo económicamente. Al margen de que tanta mentira es difícil de sostener durante tanto tiempo. Todo se fue al garete. Y, aunque cueste creerlo, allí estaba él. Para arremangarse y pasarse seis meses de su vida trabajando, durmiendo solo tres o cuatro horas diarias, porque a alguien que, a pesar de todo, creía su amigo, le habían puesto un pleito en el que le reclamaban 1.000 millones. Si, leéis bien. Antiguas pesetas, pero 1.000 millones. Con más 100 de intereses y 100 de costas. Y contra pronóstico (porque los demandantes tenían razón, pero no la supieron demostrar) el letrado de nuestra historia ganó el juicio. Tras un calvario procesal que resulta inútil detallar porque nadie creería. En todas las instancias. Y piensas…. esta vez sí, esta vez te va a contar que su trabajo se vio recompensado. ¡Ni hablar!  Con un pretexto repugnante, el galaico se evapora y le manda a un interpuesto para que por enésima vez regatee a la baja, pero que muy a la baja, el precio de su trabajo. Que, no importa, claro está, además ha estado a punto de costarle la salud.

Pero da igual. “El gallego” se deprime y allí está él. A disposición. Y no le falta un detalle cada noviembre, aunque también sea su cumpleaños y no reciba ni una triste felicitación. Y cuando necesita trabajo, lo sitúa al frente de una empresa que es cliente suyo, con un contrato superblindado y una remuneración que casi alcanza la suya. Para que se sienta bien y no tenga problemas de auto estima ni personal ni profesional. Y porque un amigo siempre es un amigo. Y… si, lo habéis adivinado, lo primero que hace al llegar es pedir sus facturas, las de nuestro letrado, para ponerlas en cuarentena….. y tardar dos años en atenderlas. Si, habéis leído bien, dos años. Deduzco que fue una muestra de agradecimiento…. Y con su coartada moral y todo… no vaya a ser que la gente piense que como le paga, lo hace porque es su amigo….

Más. Un golpe de suerte lo coloca al frente de una empresa relevante. Y se va. Solo faltaría. Y deja su tarea a medias en la empresa donde lo colocó, sus facturas sin pagar, por supuesto, y además le pide que le cobre lo que le deben de los últimos meses…… Pero en un gesto de magnanimidad, le encarga que reflote la nueva empresa …. No porque confíe en él, por que aquella vez lo sacó de un apuro mortal … no, solo porque es el mas barato y porque …. ya sabes, le pagará como y cuando le dé la gana y lo que le dé la gana. Piensa que esta vez no se atreverá…… y comete la enésima necedad. Y se repite la historia. Hace un trabajo brillante, de esos que terceros privilegiados espectadores de su tarea califican de “encuadernable para las escuelas de negocio”, consigue acuerdos inverosímiles y contra pronóstico con las administraciones publicas, y ….. si, si …….le prometen colaboraciones de futuro, pero ….. sus facturas primero cogen polvo y luego se pudren en un archivo anónimo. Con premeditación y alevosía, porque, por supuesto, se esperan a que haya cerrado todos los acuerdos para decirle que no le van a pagar el esfuerzo extra. Y cuando pide explicaciones … corre a coger el teléfono para quedar y mirarle a la cara y darle una explicación…… ¡qué te lo has creído! ¿No ves que es “el gallego”? No tiene coraje para mirarle a la cara. Y por última vez que le vuelve a dejar en la estacada. ¿Por última? ¡Qué va!

A alguien muy próxima y muy vulnerable y muy frágil y muy indefensa, a alguien muy importante para nuestro letrado le diagnostican una grave enfermedad. De las que dan miedo de verdad. De esas en las que se juega la vida. Y allá que va nuestro hombre, haciendo de tripas corazón, a luchar contra el destino que golpea donde mas le duele. A ayudar en todo lo que pueda. No hace falta que lo escriba, ¿verdad? Le llegan ánimos de casi todas partes, pero nunca de él…… está tan ocupado que no se le ocurre llamarle un día para simplemente hacerle un rato de compañía. Sigue resolviendo los problemas de la empresa y alguno ocasional de la familia del galaico, pero él no sabe coger el teléfono y hacerle llegar una palabra de ánimo…… Y, esta vez si, esta vez se cansa de almacenar agua en un canasto de mimbre. Y lo dice …..¡por fin! “Déjalo, porque no me tratas con respeto y nunca estás cuando se te necesita”.

Y ahora, cuando acaba de escupir el relato, ……. porque esto no está contado, está escupido, ………. y antes de permitirme publicarlo en mi blog, me confiesa que va a coger papel y enviárselo de su puño y letra con una nota, un solo interrogante: ¿Cómo has podido ser tan mezquino? Pero duda y cual Saulo camino de Damasco……cae del caballo. Y remata. Me reconoce que el sonsonete que alguien le ha estado susurrando al oído durante todos estos años, acaba por abrirse paso y disuadirle: “No solo no era tu amigo…. es que además siempre se ha muerto de envidia”.

                                                                                                   «continuará» 
                                               Segunda parte: “el jugador de bridge”

Frente a vosotros (Poema X)

No recuerdo haber vivido ninguna de las crisis que, al parecer, sufren las personas cuando su edad se cifra acabada en cero. Hasta los 60, claro. Eso es otra tema. Pero si recuerdo que, a los treinta, con toda mi vida patas arriba, recuperé la necesidad de escribir. Trabajando como un poseso para sacar mi familia adelante, había dejado de hacerlo. Y, ¿a la búsqueda del tiempo perdido?, lo hice a todas horas. En cualquier lugar y con cualquier medio. A destajo. Sobre todo, poesía. Y en 1983, con la inestimable ayuda de un amigo luego desaparecido, de esos que, aunque pasen los años, recuerdas con afecto, auto publiqué un libro de poesía, “Cuaderno Bretón”, (del que hay un poema en el blog y del que, a lo mejor, añado alguno mas), que la extinta Librería Francesa me permitió, en un alarde de generosidad, depositar en su mesa de libros de poesía. Una mesa fascinante, debo añadir. ¡Al lado de poetas consagrados! Se vendieron por los menos tres ejemplares. La librería envió la liquidación, pero nunca fui a buscar el dinero. Me dio vergüenza. De verdad.

 Sin embargo, el libro, que si vieron amigos y algún conocido, atrajo la curiosidad de alguien de mi entorno que conocía a otro alguien que tenía un amigo que conocía al director de una editorial. Una buena editorial, debo añadir. Fijaos si era buena que consiguieron publicar el primer libro de relatos de Enrique Vila-Matas, quien, por cierto, no tardaría en consagrarse. Aun lo tienen en su catálogo. Y yo en mi biblioteca.

Y, para mi sorpresa y gozo, decidieron que podían publicar un libro con mis poemas. Todavía me pellizco al recordarlo. A todo esto, estábamos ya en 1985. Primavera, creo recordar. Así que acabé de pasar a limpio los que me parecieron mejores, traté de darles un orden coherente, depuré las temáticas, pensé un titulo, encargué un par de diseños para la portada, comí un día con mi contacto y con alguien que me dijeron que era el director, hablamos de cómo se iba a financiar la edición y ……. allí acabó todo. La editorial tuvo un problema en México, su economía se resintió, cancelaron proyectos y mi libro se quedó en un cajón. Con sus portadas y todo. Y eso que estaba dispuesto a financiar una parte de la edición. Por amor a la poesía. Y por un poco de vanidad, todo hay que decirlo.

 Cuando decidí iniciar el blog me resultó irrenunciable no incluir un apartado dedicado a la poesía. “Accidentes íntimos”. Una expresión preciosa que le había leído a Dirk Bogarde en una entrevista, creo que en “El País”, cuando aún era un diario legible, y que había reservado como el que guarda una botella valiosa. Para descorcharla en un día señalado. Resultó que Justo Navarro, un excelente novelista, que no sé yo si había leído a Bogarde, la aprovechó para titular una novela que tengo en la estantería pero que no he leído, aunque sé que es buena, por la rabia que me dio lo del titulo. El descorchó la botella antes que yo. Así que, llegado el momento, no renuncié a plagiar a Bogarde. Lo hiciera o no Justo, no iba a prescindir de esas dos palabras, que había hecho mías tiempo atrás. Y en ese apartado he ido publicando poemas. Alguno, si os fijáis, de un libro inédito, “Frente a vosotros”, que es el proyecto fallido del que os estoy hablando. Y que ahora categorizo en el blog, para que tenga vida propia.

  No queda ahí la historia. En ese libro hay un poema que escribí movido por la impresión que despertó en mi una foto en una exposición de Man Ray. Era junio de 1982. Apenas seis años después de la muerte del genio. En el Palau de la Virreina. El retrato de una mujer de ojos claros. En blanco y negro. Cuando repasaba los poemas del libro, decidiendo si debía publicarlos, topé con él. El poema X,  ….. porque ninguno tiene titulo. Solo un ordinal en números romanos.

 E intenté evocar el retrato. Lentamente, muy lentamente fueron retornando a mi memoria los contornos de aquella foto, de aquel rostro femenino. Pero mas de treinta años lo difuminan casi todo y no estaba seguro. Los rasgos del retrato iban y venían, jugueteaban con mis recuerdos, se escabullían ….. para acabar esfumándose ante mi desespero. No lograba completar su semblante.

 Entonces no hubiera sido posible, pero ahora, gracias a la magia de los buscadores de internet, cabía la posibilidad. ¿Estaría en alguna galería de imágenes la foto? No hubo suerte. Tuve que desistir. Exhaustiva obra de Man Ray en numerosos sitios, por supuesto muchas fotos de mujeres, pero ni rastro de ella. Una casualidad pareció venir en mi ayuda. Una de las búsquedas me llevó a la web de una librería de viejo y allí encontré un ejemplar, en muy buen estado, del catalogo de la exposición. Y, claro, la incógnita. ¿Era un catálogo exhaustivo? ¿Estaría allí la foto? Solo una manera de saberlo. Tuve que disimular mis ansias cuando llegó el envío. A mi edad, la contención es imprescindible. Pero…. la foto no estaba en el catálogo. Mirado y remirado. Ratos enteros delante de alguna de ellas. Pero no. No regresaba aquella emoción. No era ninguna de ellas. No estaba allí. Intento fallido. 

Pero ….. había oído a una buena amiga hablar de exposiciones en la Virreina. Alguien vinculado profesionalmente durante muchos años a actividades culturales municipales. Y me atreví a preguntar. ¿Por casualidad sabes si hay fotos de aquella exposición? No dudó. Y eso que lo primero que tuvo que hacer fue hablar con su ex, al que por un montón de razones y con toda justicia, detesta. El ex estuvo correcto. Tampoco vamos a excedernos a estas alturas. Pero nos dio la pista. Y allí que fuimos. Arxiu Fotogràfic de Barcelona. Donde mi amiga tenía otra amiga. Quien, gentilmente, ya nos esperaba con diapositivas y fotos de la exposición. Lupa de aumento en ristre, pude ver todo el material disponible. La mayor parte, panorámicas amplias de la exposición, abarcando, a su vez, bastantes retratos. Dudé. En dos de ellas, en un extremo, al lado de varias otras, una foto parecía sintonizar, por fin, con mi recuerdo. Quizás era ella. Pero no quise precipitarme. Y pedí copias de varias fotos. Después de haber llegado hasta allí, tampoco iba a estar de mas tener alguna foto de la exposición para archivar junto al catálogo. Y, de paso, podía volver a verlas tranquilamente en casa. 

Y aquí está. En mi pantalla. Ampliada todo lo posible, dada la calidad del negativo original y la traslación de la que dispongo. Pero …. es ella. La mujer de mi poema. ¡Por fin ¡  

Igual tras todo esto, el poema se queda en nada. Pero a mi ella todavía me inquieta.

 Por  cierto. Gracias, Laura.

 

 

 

X

Si fueran míos tus ojos
que adivino verdes
que intuyo astutamente lisonjeros….

Si su brillo alumbrara
los rincones oscuros de mi alma
los callejones confusos de mi mente….

¡Si dejaras de ser
por azar
un retrato anónimo!

¡Si cobraras vida!

 

                                        De «Frente a Vosotros».

                                        Inédito

Trenzas morenas

A simple vista, unas trenzas morenas, unas gafas sin estilo (escogidas por su madre, seguro…), y unos andares levemente desgarbados. Todavía puedo verla. Con una falda plisada de cuadros escoceses y un sencillo jersey.  “Es mona, pero le falta algo…” hubieran dicho las cotillas del barrio, en el improbable caso de que alguien les hubiera pedido opinión. “Feuchita”, dijo mi madre, la única vez que logré hablarle de ella. Como en su entorno familiar nadie destacaba por su atractivo físico, lo que dificultaba que pudiera llamar la atención, no tenía cartel…. pero … a los 13 años……tampoco se le podía pedir otra cosa. ¡Solo faltaría!

Pero para mi, su pelo siempre brillaba, sus ojos negros eran dos tizones preciosos y su manera de caminar era inigualable. Se equivocaba. Mi madre, que gozaba todavía entonces del privilegio de la infalibilidad, se equivocaba posiblemente por primera y única vez. Tenía algo. No lucía al lado de alguna de sus compañeras de curso, precoces ya a su edad y que descollaban en casi todos los aspectos. Pero, ¿misterio?, era la única que conseguía perturbarme con su sola presencia. Me daban igual el resto de las chicas y, en mi necedad, era capaz de no pestañear delante de ninguna, pero ella…… a mi ………. me gustaba mucho. Fijaos si me gustaba que, como nuestras iniciales coincidían, todo mi afán era llenar los arboles de nuestro entorno con, eso si, discretos corazones encerrando una bonita ecuación de letras al cuadrado. Siempre río cuando lo recuerdo. Bendita ingenuidad. ¡Cómo si hubiera habido la más mínima posibilidad de que se hubiera entretenido mirando las cortezas de los árboles! ¡Y como si, de haberlo hecho, hubiera entendido el mensaje! Insensato.

Nunca me hizo caso. ¿Lo veíais venir, verdad? Entonces ya había iniciado mi camino a la invisibilidad. Había mutado a transparente, al menos a los ojos de cualquiera de aquellas niñas. Vivía confortablemente instalado en aquella sensación, ingobernable, de cómo gestionas el hecho, evidente, de que, por mucho que te empeñes, no le vas a gustar a nadie. Inodoro, incoloro e … insípido. Y no exagero. Entonces, cuando os digo que no le gustaba a nadie era … a nadie. ¡Qué invisible, … era inmaterial!. No sé si cabe diagnosticar el síndrome de la “no atracción” pero estoy seguro de haberlo contraído y de haberlo padecido durante mucho tiempo. Me curé. Tardé en hacerlo, pero lo logré años después, apenas supe que todas las niñas de la clase de mi hermana más pequeña habían andado “locas por mis huesos”. O eso me dijo, …..!la muy mema¡ ¡No darme hasta entonces ni una pista! Con el bien que le hubiera hecho a mi castigada autoestima. Y con las horas de síndrome que me hubiera ahorrado.

Bueno, a lo que íbamos. Le gustaba, como no, uno de los tíos guapos de la clase. Un tío que daba rabia de tan fantástico que era. Bueno… estudiando no era gran cosa. Ahí estaba …. mi venganza. ¡Ya ves tú! ¡Menuda venganza! Seguro que el tío no dormía por las noches por culpa de eso….. El muy capullo tenía la desenvoltura que te da la certeza de ser guapo, muy guapo. Si además a tu familia le van bien las cosas y luces bonitos jerséis, pantalones a la moda y te han elegido jefe de la patrulla “scout” pues ……imagina. Todas a tus pies. A los de él, claro. Que nunca le hizo ni el más mínimo caso. Menudo idiota. Porque, por supuesto, no tenia mi visión. Donde el solo veía un pato feo yo empezaba a intuir al cisne.  Y….¿sabéis? yo tenía razón.

Años después, unos pocos años después, la única vez en mi vida que volví a verla era un bellezón de los que quitan el hipo. Y asumo el riesgo de ser vituperado por emplear esta expresión. Ahora debe ser machismo irredento. Pero aquel día, cuando la vi… todavía se podía emplear esa expresión. Las chicas muy guapas te quitaban el hipo. Y ella lo lograba. Y, claro, seguía siendo inalcanzable.

¿Qué como acabó la historia? Pues entonces y como siempre. Gestionando mi transparencia. Tratando de que el tiempo cicatrizara la herida. Sumergiéndome en mis libros y en mis discos. Leyendo como un poseso y oyendo canciones maravillosas mientras observaba atentamente como llegaba un tercero y se quedaba con la chica. Ella, por supuesto, creo que nunca supo nada. No vio ninguno de los corazones.

La historia de mi vida. Solo que esta vez, aderezada con la inocencia del primer amor.