Hojas sueltas (IV)

XIII.- 

Postales de verano

I.- El tendedor

Un breve paseo. El camino reseco, porque agosto no ha permitido ni una gota ese año, enmarca a las dos mujeres cuando se gira hacia atrás, tan solo para verlas, para disfrutar del simple hecho de que están allí, con él. Hermosas en su diferencia, rubia de cabello liso y ojos claros una, cabello rizado y oscuro como sus ojos la otra, hermosas en su diferencia, pero de idéntico caminar; con la inquietante carnalidad que los vestidos veraniegos no logran disimular, a pesar de estar cosidos con esa aparente intención, recorren el corto trayecto que separa, en el extremo del pueblo, la casa familiar del suave desmonte que conocen como «el tendedor».

Un cubo de aluminio contiene la colada que les trae desde los viejos lavaderos, junto a la fuente. Ríen ambas, ajenas al calor, y su risa agita los lunares, azules y rojos, que adornan sus vestidos. Ríen con todo. Y su risa, que probablemente disimula su angustia de hembras insatisfechas, eternamente estéril una, perennemente fértil la otra, inunda de felicidad al niño que las acompaña. Ajeno a la tragedia que siempre se ha interpuesto entre ambas mujeres, se siente feliz al caminar junto a las que son, en ese momento, las dos mujeres más importantes de su vida. Su madre y su madrina. Ajeno, por supuesto, a la extraña historia que el tiempo le revelará pero que entonces, en plena infancia, todavía no turba su sueño.

Ropa tendida. Sábanas relucientes, extendidas sobre matojos de boj y de retama, al inclemente sol del mediodía. Un manto blanco que, de no ser por el sol de justicia, sería, inverosímil, nieve en agosto. Sábanas blancas para un tiempo aparentemente feliz, perfumadas al calor denso del aire que agita levemente los matorrales e inunda el tejido de aromas inolvidables. El olor de los veranos lejos de la ciudad. El olor de una parte de su infancia. Blancura y risas, un telón vital que se convierte en el decorado de días felices. 

II.- La arboleda y “el huerto de los frailes” 

La breva es realmente grande. Aunque cueste creerlo, llena toda la palma de su mano. Eugenio, de un salto, se ha encaramado a la higuera y en menos de lo que tarda en contarse, tiene media docena de brevas en la mano. La primera es para el niño que, con la boca abierta, asiste día tras día a las proezas de su joven mentor. Una breva fresca, cuarteada de puro madura, dulce, inolvidable.

Las brevas del huerto de los frailes, el huerto que se constituye en la frontera norte de su paraíso infantil, de su única patria. El huerto, con valla de adobe, caída en muchos rincones, pleno de misterio, de higueras centenarias, de almendros viejos y de leves hileras de antiguos cultivos agostados, el huerto casi incrustado en la arboleda.

La arboleda de chopos quintañones, que aún no han sido sacrificados en el altar de la estupidez humana ante la pasividad de un pueblo torpe e incapaz de impedir un crimen de semejante magnitud, chopos que serán telón de fondo de muchos recuerdos infantiles. Mecidos por el viento, de hojas verde-grisáceas, ululando en las noches frías, los chopos guardaban en su seno decenas de secretos. Secretos que por culpa de la estulticia humana duermen ahora quien sabe donde. Recuerda, en especial, un arroyo represado en un rincón sencillo, antesala del edén, para diversión de unos niños que chapotean en él y se solazan en la umbría, sobre la hierba todavía húmeda de rocío, entre el piar de los gorriones y el vuelo hipnótico de las mariposas. Una playa privada en medio de un bosque, perdido en el corazón de una sierra árida, un oasis ignoto en mitad de las huebras.

Como telón de fondo, juncos y moreras. Juncos que acabarán, pintados de colores chillones, en algún jarrón de la vieja casa. Y moreras, cuajadas de frutos negros y rojizos, con los que calmar la gula del niño y con los que llenar, para postre de la cena, la lechera de aluminio de la abuela.

III.- La pedrada

La silueta de la mujer se recorta, frágil, vestida de negro, contra la pared levemente enjalbegada de blanco. Se encoge e intenta, en un gesto instintivo evitarla. Y lo logra por milímetros. La pedrada de su nieto roza la sien de la anciana y golpea violentamente contra la puerta de madera.

¡¡Como para haberla dejado en el sitio con solo un poquito más de puntería¡¡.

Un sonido seco, una muesca profunda en el portón. Y el guijarro en el suelo, a los pies de la mujer de negro.

Ella observa la escena entre sorprendida y aterrorizada. El niño, el hijo mayor de uno de sus hermanos mayores, lleva todo el verano protagonizando situaciones conflictivas. La abuela, todo carácter, ha asistido impasible al espectáculo. En su fuero interno, piensa que ha sido la actitud pasiva de la anciana, quien, por otra parte, no oculta su preferencia por el nieto díscolo, la que ha dado alas a la actitud del crío. ¡Pero de ahí a que, en un rapto de furor, por una rabieta absurda, el mocoso se atreva a tirarle semejante pedrada a su abuela! De ahí su mueca de espanto. No concibe que esas cosas puedan llegar a pasar. Siente tal respeto por la figura de sus padres, tiene tal temor reverencial por su madre, que el gesto iracundo de aquel renacuajo malcriado violenta todo lo que piensa, todo lo que siente, todo aquello en lo que cree. Y más siendo, como es, el favorito de la abuela, que le distingue con el mejor trozo en la mesa, con la mejor paga, y, cosa singular, con algún que otro beso cariñoso. Lo que conlleva, indefectiblemente, una serie sin fin de menosprecios para sus hijos, que, a pesar de su actitud ejemplar, no consiguen, ni de lejos, el mínimo aprecio por parte de la anciana. Humillante a la par que incomprensible. La anciana está más próxima al nieto maleducado, grosero y egoísta qué a sus hijos, los otros nietos, que se esmeran en ser cariñosos, educados y tienen un comportamiento modelo. Misterios insondables que la afligen en lo mas hondo.