Las fichas (III)

XII.-

Ficha C

Un niño en la ventana, un barreño en el balcón, indios, cowboys, y bosques de “esparraguera” rodeando “Fort Apache”

Un escorzo inverosímil, probablemente hasta imprudente, la presenta con su perfil izquierdo girado hacia la cámara. El niño, con un jersey de lana de varios colores, que la cámara no permite identificar, pero que el recuerdo entrevera de verde y amarillo, mira de frente al objetivo. Flequillo “marcelino”, leve sonrisa, gesto confiado. En brazos de su madre no existe el miedo, a pesar de que la presencia en la parte derecha de la foto de la sombra que delata la fachada del edificio, permite deducir que el crío está sobre el vacío. Aún así, ni la más leve sombra de angustia en su mirada. Eso vendrá después, cuando la vida le enseñe que son la deslealtad y el desamor. Pero, afortunadamente, eso está lejos. Ahora sonríe levemente. Nada como los brazos de su madre. Días de tenues recuerdos. Una vivienda nueva, una oportunidad diferente. 

Entonces, todavía se podía ver el mar desde el balcón. A lo lejos, se divisa la pincelada inconfundible de horizonte, bajo la que se puede adivinar una playa a la que irán algunas veces, antes de que la industria la conquiste definitivamente para el tráfico portuario. Y en la margen derecha del cuadro, la inconfundible silueta del faro del delta del Llobregat. La imagen que injerta en él un afecto desmedido y eterno por todos y cada uno de los faros que logra ver. Algo que siempre le proporcionará un placer inmenso, cada vez que tiene oportunidad de acceder a uno, en cualquier rincón de la tierra.

Un barreño al sol. La orientación del piso permite muchas horas de sol intenso y ella no duda. Calienta así el agua con la que, en el mismo balcón, a salvo del viento, les bañará a su hermano y a él. Premonición ecológica, ahorro obligado de teas y carbón para la cocina económica. Privilegio desaparecido a medida que el tiempo les proporciona otras comodidades. Privilegio añorado muchas veces. Agua y sol. Y las manos de su madre mojando, siempre entre risas, su inocencia.

Un balcón en el que rara vez hubo flores, solo algún geranio frustrado y reseco, pero lleno de macetas donde la “esparraguera” (asparagus plumosus) llenaba las barandillas de bosques. 

Bosques propicios para que los indios emboscaran eternamente al 7º de caballería, en aquel tiempo en el que el niño todavía creía que los indios eran malvados y el 7º de caballería era la encarnación eterna de los héroes duros pero justos. Fuertes fronterizos hechos, para desespero de su madre, de trozos de pinzas para la ropa. Durante horas y horas los “casacas azules” resistían en “Fort Apache” el asedio indio, a la espera de un auxilio que se demoraba …….. hasta el instante en que el tiempo de juego acababa y una voz cálida emergía de la cocina y les llamaba a la mesa.

Y empezaba la magia. La de la mas sencillas exquisiteces. Hechizo grabado de manera indeleble en su memoria, sabores inolvidables, guisos únicos, recetas llenas de amor, porque solo así, de amor, cabe calificar aquel milagro permanente de placeres culinarios, brotando de aquellas manos únicas. Afanosas y mágicas, doblemente mágicas…. capaces de dar de comer a sus hijos con un presupuesto inexistente.