La libreta gris. Segunda parte (continuación)

Album II (Algo sobre mi padre)

II.- El hombre de los mil secretos. Siete o catorce.

Mi madre tuvo siete hijos y su marido catorce. Simplemente. Con toda la naturalidad del mundo. Como quien no quiere la cosa. Seguramente, además, en el mismo lapso de tiempo. No me negaréis que es un capítulo interesante.

¿Qué padres han partido sin secreto alguno? La necesidad de mantener ocultos determinados episodios del pasado constituye una tradición muy arraigada. Incomprensible para mi, si dejo de lado los oscuros vericuetos de la moral tradicional, que alcanza uno de sus mayores logros cuando consigue sepultar la vida de las personas en la vergüenza del silencio. Los míos no han sido una excepción.

Se llevaron con ellos mil secretos.

Él jamás nos contó casi nada. No es que fuera de pocas palabras. No era un mal conversador. Podía ser ameno y divertido si se lo proponía. Pero de él, nunca hablaba. Alguna leyenda imaginada para adornar sus orígenes y poco más. Desde luego, nunca nos habló de esos otros siete hermanos a los que, por otra parte, nunca pudimos decidir si los queríamos conocer. Un singular dilema que el tiempo nos resolvió. Fue mas cómodo perderles la pista. Pero él…. él jamás nos hubiera hablado de ellos. Es más. Cuando supimos de su existencia, cuando supe.., jamás me atreví ni siquiera a mencionarlo en su presencia. Algo mas que un tabú.

Y …..me diréis? Si el no lo contó, si nunca hablaste de ello con él, ¿cómo lo sabes? ¿De donde sacas la certeza para escribirlo? Sencillo.  A pesar de que ella se llevó consigo otros mil secretos más …. este se le escapó un día. Mejor, no pudo evitar contarlo. Necesitó hacerlo. Y no seré quien se lo reproche. Y, claro, abierto el cauce, se desbocó el torrente.

Siempre dispuesta a la charla amigable y a la confidencia, de palabra sencilla pero precisa, manejando con soltura el singular vocabulario aprendido de su madre, disfrutaba realmente de una buena conversación. Y más si, como acostumbraba a pasar en los últimos tiempos, podía sentarse en casa de su hijo y abrir su corazón, vaciarlo de congojas. Su angustia había llegado al limite. Imagino. Y lo dejó ir. Por eso supe cuantos hijos tuvo realmente su marido, mi padre.

No recuerdo que jamás explicara cuando y como fue la primera vez que supo de esa doble vida, de esa poligamia desatada, compulsiva que él llevaba. ¿Como supo que su marido se dedicaba a preñar sistemáticamente a casi toda mujer con la que tenía oportunidad de relacionarse? ¿Cómo averiguó que había un hijo aquí, otro allá, tres en L’Hospitalet, dos en Extremadura?

Por que lo cierto es que durante años estuvo intentando que la percepción que sus hijos tenían del padre fuera siempre positiva y llena de afecto. Hasta el punto de que las contadas ocasiones en que él aparecía por casa, siempre estaba trabajando, lograba que todos sus hijos corrieran a la puerta a celebrar esa presencia. Una ingenua bandada de gorriones. Para ella era puro ejercicio de autocontrol o, porque no escribirlo, recurso de hembra solitaria que emplea a su camada para mantener cerca, para retener al macho. En cualquier caso, como os digo, queda para el misterio saber como y cuando empezó a intuirlo y porque, cuando tuvo todos los datos, un día desveló el secreto. Nadie sabe la razón por la que se decidió a hacer participes a sus hijos de todo ello.  Un día dejó de proteger la imagen de su marido y decidió mostrarlo tal y como era. Es posible que a los pequeños les ocultara la situación algunos años más, pero a los mayores, en especial al primero de sus hijos, no le ahorró detalles. ¿Porque entonces? No lo sé. 

El nombre de los otros hijos de su marido, los detalles de su sexo y edad, sus diferentes orígenes, conversaciones con alguna de aquellas mujeres que formaban parte de la vida de su marido, …… detalles que llevan una tristeza infinita al alma de cualquier hembra y en los que ella, por razones difíciles de comprender, se recreó, a la búsqueda de una explicación que nunca llegó. En su afán de saber, lo supo todo. Quizás solo casi todo. Supo detalles de todo tipo, incluso hasta cual de ellas se encargaba de llamar a su marido al trabajo y recordarle los santos y cumpleaños de sus hijos o de comprar algunos de los regalos con los que aquél intentaba mitigar los remordimientos que causaba con su eterna ausencia. El dedo en la llaga. Definitivamente. Hurgando en la herida para siempre.

Un verdadero desafuero permanente que debió sobrepasarla primero, humillarla después para derrotarla finalmente.

Su llanto, cuando en ocasiones evocaba esa situación, era denso pero digno, contenido, decidida como estaba a no dejar que la derrota fuera definitiva. Aspiraba a sobreponerse. Inútilmente, cabe añadir. Ella no se daba cuenta de que sus cada vez más frecuentes referencias al tema dejaban patente esa derrota que se resistía a aceptar, que no quería reconocer.

Y el allí. A su lado. compartiendo, es una ironía, la cama con ella. ¿De que material está hecho un hombre así? Teniéndola. Incondicional. Abnegada. Leal. Firme como una roca. Y hermosa. ….porque era una mujer especialmente hermosa…… ¿Qué encontraba aquel hombre fuera de casa que no hubiera en aquel hogar modesto pero decente? ¿Qué necesidad tenía de más hijos, el muy insensato, cuando no podía sacar adelante a los que iba teniendo con su legitima? ¡Pero si ella le dio todos los que quiso¡ Encantadores, nobles, cariñosos… al menos por entonces!!!!! Y todos anhelando permanentemente la presencia de su padre. 

Ella murió sin entenderlo. Seguro.

¿Y él? Cuando el corazón le falló, camino del centro hospitalario donde murió, ¿pensó en los catorce hijos? ¿Recordaba los nombres de todos? ¿Pasaron por su mente en sus últimos instantes de lucidez las caras de todos y cada uno de ellos? ¿Evocó a todas las mujeres que habían parido de él? ¿Tuvo tiempo de rememorar solo una décima de segundo aquellos rasgos femeninos que habían sucumbido a su persona? El último secreto. Imposible desvelarlo.