La libreta gris. Primera parte (continuación).

IV.-

II.- Viaje de ida y vuelta. 

Del pueblecito donde se tomará la instantánea a Barcelona, tras una breve etapa en Madrid donde conoció al que luego sería el marido que la condenó por segunda vez a la nada afectiva, para regresar, siempre, al bendito rincón que la vió nacer. En ocasiones, para pasar largas temporadas estivales o para alejarse de la eterna infelicidad de su matrimonio y luego, definitivamente, para yacer junto a su hermano mayor y sus padres en el frío panteón familiar. Como refugiándose de todo lo que sucedió fuera de allí o, probablemente, para esperar en aquel nicho el amor de sus padres o intentar revivir el cálido recuerdo del afecto del hermano perdido.

Siempre anhelando regresar, buscando retroceder al origen de todo, para soñar con reanudar la historia en el preciso y tenue momento en el se torció. O intentando recomenzar. Como si todo lo que sucedió después hubiera sido un mal sueño. Soñando con recomponer su vida, con volver a vivirla desde el preciso instante en que las cosas se encaminaron en la dirección equivocada. Incluso aunque regresar, por mor de lo que sus hermanos y sobrinos le reservaban, fuera en muchas ocasiones, una pesadilla. Una cruel pesadilla. A todas luces injusta.

Un singular y vano ejercicio, en el que se mezclan, por igual, la nostalgia de lo que no pudo ser y la realidad tangible de lo que sigue sucediendo. Un escenario cernudiano, entre la realidad y el deseo. Un cruel debate interno sobre cómo ha sido su vida y como pudo o debió ser. Un eterno viaje sin destino, a la búsqueda del amor, que siempre anheló y nunca tuvo. Entre la ingenua esperanza de encontrarlo en los orígenes y la dura realidad de su ausencia al final del viaje.

Nunca fue capaz de entender, dada su inmensa capacidad para querer, como era posible que sus padres no la quisieran como ella anhelaba, como ella, porque no decirlo, creía merecer, como ella necesitaba. Como ella los quería. Situación que pensó en recomponer con su matrimonio, para descubrir, con estupor, que la historia volvía a repetirse. Por otras razones, por otros motivos, pero situada de nuevo frente a la cruda realidad que supone dar para no recibir. Historia que se repitió con sus hermanos, cuyo afecto deseó casi hasta el final de su vida y que culminaron algunos de sus hijos cuyo desamor manifiesto no fue jamás capaz de comprender. Máxime tras haber laminado su vida en un intento de que ellos tuvieran lo que ella no pudo tener. Con un desapego hacia sí misma que pocas personas son capaces de poner en práctica y, mucho menos, de llevar hasta sus últimas consecuencias. Hasta la extenuación.

No cabe la menor duda de que sobre eso influyó, de manera decisiva, una educación primaria y monolítica, que le trasmitió un único sentido de la vida filtrado por el tamiz de esa religiosidad que cabe calificar de casi fanática, impregnada del integrismo religioso imperante durante el franquismo y que sus padres, su madre en especial, transmitieron a todos sus hijos como certeza inapelable.  Esa que revela la mirada de la fotografía. Sin fisuras y sin que quepan interrogantes sobre el misterio, nunca aclarado, que hizo que los nietos jamás vieran al abuelo, durante muchos años, visitar la iglesia a la que solo fue de cuerpo presente. Su madre, capaz de todo por defender sus convicciones, que blasonaba de ser la única que podía recorrer el pueblo de una punta a la otra, en el clima prebélico de los últimos días de la Republica, para ir a la iglesia, arrostrando las iras y groserías de los peones que, por entonces, construían el canal de Las Bárdenas, marcó a fuego esa convicción en su hija. 

Pocas veces cabe hablar tanto de una vida mediatizada por un arraigado sentido religioso. Tan convencido y, sin duda, teñido de una pátina tan convincente. Rozando el merito de la beatificación. Coherente hasta el final. Fruto, sin duda, de la profunda convicción que le trasmitió su madre, y a la que su padre nunca opuso una resistencia que, por demás, hubiera sido inútil. Una fe, porque estamos hablando de eso, que marcó su vida, su noviazgo, su matrimonio, la relación con sus hermanos, su maternidad, de tal manera que no cabe entender la mayor parte de los episodios relevantes que protagonizó, por activa o por pasiva, y casi siempre a su pesar, sin esa convicción, sin el matiz que añade a todo lo vivido, el punto de vista que da esa creencia. Un convencimiento que vertebró su vida. Un viaje, este sí, sin retorno. Guiado por la mano inapelable de sus confesores, hasta el extremo de que, cuando al final de su vida decidió tirar la toalla y pasar tranquila y sola, con la única compañía de sus hijas, sus últimos años, poniendo fin a un matrimonio torturante, necesitó la autorización del sacerdote que se ocupaba entonces de su salud espiritual. De no haberla obtenido, jamás hubiera dado el paso, a pesar de que su esposo acumulaba méritos sobrados para ello y…………. para más.